Versos para Caronte Chapter 36
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Chapter 36

Una lágrima rodó por mi rostro mientras Lady Sire bailaba y saltaba de alegría.

Había olvidado por completo ese momento, sin duda uno de los que marcaron el principio del fin.

Me había acostumbrado a estar mal la mayor parte del tiempo, a las discusiones y malas caras, al control.

Pero siempre en privado. Fuera, en público, vivía con la máscara puesta.

No sé muy bien si era simplemente supervivencia o que no quería preocupar a los demás.

Simplemente, me había acostumbrado a aparentar que todo iba bien.

Sin embargo, aquella noche, todos me vieron llorar; aquella noche ya no pude soportarlo más.

Esa máscara que me había permitido durante años pasar inadvertido, se rompió en pedazos.

Mostrando a mi alrededor la realidad que tanto quería ocultar.

—Por favor… para —le pedí mientras me secaba la lágrima que ya iba por mi mejilla.

—¿¡Y perderme esta lírica tan maravillosa?! ¡Ni en sueños! —respondió Lady Sire, eufórica—. Con este te has superado. El final bonito del abrazo me sobraba. ¿Pero el resto? Pura melodía para mis oídos.

Por más que intentaba comprenderlo, no lo conseguía. ¿De verdad disfrutaba tanto viendo mi sufrimiento? ¿Por qué tanta obsesión con el amor que daña y duele?

—¿Cómo puedes disfrutar tanto del amor tóxico? Eres puro veneno —le dije, con asco tratando de recomponerme de la ira que crecía en mi interior.

—Ya te lo he dicho, jovencito. Es la versión más cruda y real del amor —sonrió vilmente—. No entiendo cómo lo dejaste pasar.

—No lo dejé pasar, conseguí escapar. Que es muy diferente —la corregí seriamente con la ira creciendo cuanto más la escuchaba hablar—. Ese día fue el primero en que conseguí abrir los ojos. Ese día, mi corazón pidió socorro en público.

—Sí, sí, lo que tú digas —respondió Lady Sire, sin siquiera mirarme, mientras volvía a dirigirse hacia el fuego—. Veamos qué más escondes.

De nuevo, con un simple gesto, el fuego comenzó a retorcerse y crecer todavía más.

Sin embargo, a pesar de lo rápido que había mostrado la imagen anteriormente, esta vez se retorció sin mostrar nada claro.

Lady Sire rechistó. Golpeó el suelo con el pie, molesta, como si no entendiera por qué estaba fallando de repente.

—¿De verdad sigues resistiéndote? —me dijo girándose hacia mí con un gesto completamente desagradable.

—Pero si no he hecho nada, arpía —le corregí con asco y odio.

Lady Sire me devolvió la mirada con el mismo sentimiento.

Sin embargo, yo la ignoraba por completo.

De hecho, me había quedado un poco intrigado.

¿Por qué pensaba Sire que era culpa mía que el fuego no mostrara nada?

Justo ha ocurrido cuando he tratado de corregir su visión del amor pero, ¿acaso no lo había hecho también en los poemas anteriores?

Seguí buscando una lógica unos segundos más. Pero, cuando me quise dar cuenta, por fin una imagen empezaba a proyectarse en medio de las llamas: