Versos para Caronte Chapter 19
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Chapter 19

De nuevo, una oleada de calor se clavó en mis manos y se fue transmitiendo hacia el resto del cuerpo. A pesar de la descarga inicial, valía totalmente la pena la experiencia solo por lo agradable que me resultaba este momento. Era casi como si sintiera un abrazo en mi interior.

—¿Ves, Atlas? Ahí tienes tu respuesta —me dijo Caronte con delicadeza—. En ese poema hablas de tu esencia, pero lo haces en segunda persona. Como si fuera un ente ajeno a ti a pesar del cariño que le guardas. ¿Te das cuenta?

—Sí… —le contesté en voz baja mientras miraba el poemario—. Es como si fuéramos dos personas distintas.

—Ese es el mayor de tus problemas, chico —me respondió Caronte con seriamente—. Has desvirtuado tanto tu esencia que cuando ha hecho acto de presencia lo has vivido como un evento excepcional. ¿Por qué te has alejado tanto de ella?

Caronte se acomodó en su lugar, su mirada fija en mí, esperando una respuesta que aún no sabía cómo formular. Sentí el peso de sus palabras y de mi propia desconexión.

—No lo sé, Caronte… Supongo que fue un proceso gradual —le respondí finalmente con la voz llena de incertidumbre y tristeza—.

La vida, las expectativas de los demás, el miedo al rechazo, las pérdidas…

todo eso me llevó a construir una versión de mí mismo que creía más aceptable.

Una versión que decidió persistir a pesar del riesgo de quebrarme.

Caronte asintió, sus ojos llenos de comprensión y paciencia.

—Es un camino que muchos recorren, Atlas. Pero reconocerlo es el primer paso para volver a encontrar tu esencia. —dijo con voz firme, pero amable—. Tuviste que sufrir mucho como para crear esa versión irreal.

—Lo he hecho lo mejor que sabía… —respondí cabizbajo.

—Lo sé, chico. No te juzgo. —sonrió como solo él sabía para reconfortarme—. No se puede vivir estando en guerra con uno mismo. Deberás encontrarla y reconciliarte con ella si quieres hallar la paz interior. Solo así serás capaz de vivir una vida plena y real.

De nuevo el poemario me transmitió su corriente, pero sorprendentemente pude contener las ganas de lanzarlo por los aires.

Por suerte, esta vez no tardó mucho en encontrar el poema que quería que leyese.

Pero lo que sí que cambió fue la duración de su brillo, el cual se mantuvo sin bajar su intensidad.

A pesar del brillo que emanaba, pude contemplar el poema sin problema alguno. Sonreí cómplice al leer el título, como si supiera desde el momento que sentí la corriente que justo ese poema era el que iba a salir a la luz.

—Por tu cara juraría que has encontrado algo bueno, chico —me dijo Caronte mirándome con una sonrisa casi pícara.

—Depende de con qué ojos lo mires —le contesté sabiendo lo bello que era el poema y, a la vez, lo duros que eran los versos que guardaba—. Creo que con esto lo entenderás todo.

Cerré los ojos, respiré profundamente y volví a recitar mis propios versos: