Versos para Caronte Chapter 17
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Chapter 17

CAPÍTULO VI. RUPTURA

P ermanecí callado durante un buen rato.

Sentía que la coraza que me había protegido de mí mismo se había caído en pedazos y, por fin, experimentaba el dolor y el vacío de ser un “alma rota”.

¿Era eso lo que había sufrido? ¿Me había alejado de mi esencia al igual que el lobo de la balada?

¿Cómo había llegado a ese punto? Todo empezaba a cobrar sentido.

La pena me invadió. No sabía el motivo exacto, pero sentía que me había traicionado a mí mismo. Por fin sentía que una parte de mí se había roto. ¿Era eso lo que debía buscar en el inframundo? Me sequé las pocas lágrimas que quedaban en mi rostro y me dirigí a Caronte.

—Caronte… ¿Es posible que aquello que perdí, tan importante como para sentirme muerto en vida, fuera yo mismo? —le pregunté con congoja—. ¿Es mi propia esencia lo que ha quedado sepultada en el inframundo?

Caronte se giró y volvió a mirarme con orgullo. Sin haberme respondido verbalmente, la expresión de su rostro me había dado la respuesta. Volvió a guardar el remo en el interior de la barca y se sentó enfrente mía.

—No me extrañaría, chico —me respondió con seriedad—. Nuestra esencia es nuestro motor en vida. Es la que nos permite crecer y disfrutar el proceso, Sin ella solo somos una carcasa autómata condenada a sobrevivir.

Caronte me observó en silencio, sus ojos reflejando una comprensión profunda y antigua. Finalmente, asintió como si se estuviera respondiendo a sí mismo.

—La esencia es algo que muchos pierden en el tumulto de la vida, chico. En tu caso, es posible que sí sea eso lo que buscas. Pero solo tú puedes descubrirlo completamente —continuó con voz tranquila—. Solo siendo fieles a nuestra propia esencia podemos ser verdaderamente felices.

Las últimas palabras de Caronte despertaron de nuevo la corriente que transmitía el poemario, esta vez todavía más fuerte que las anteriores.

Tanto, que pegué un grito del sobresalto.

Tras mi reacción, el poemario salió disparado de mi regazo y acabó en el medio del navío justo entre Caronte y yo.

De pronto, una luz fuerte empezó a emanar del poemario y, como anteriormente, las páginas empezaron a pasar solas.

Hasta que frenaron en seco en uno de los poemas.

Caronte levantó la mirada regalándome una sonrisa cómplice y se dirigió hacia mí.

—Creo que ya sabes lo que toca… —dijo Caronte todavía sonriendo.

Claro que lo sabía, pero no dejaba de sorprenderme el espectáculo que había vivido.

Era la segunda vez que el poemario ya no me necesitaba para elegir qué poema tenía que leer, ya decidía él por mí.

Lo recogí del suelo de la barca y leí el título: Hoy te he vuelto a ver.

Me aclaré la voz y empecé a recitar los versos que tenía frente a mí.