Chapter 9
Tras leerlo, una sonrisa se escapó de mi boca y Caronte me miró con orgullo.
No hacía falta preguntarle para saber qué le había gustado el poema, pero estaba deseando saber su opinión tras haber recitado dos poemas anteriormente que no le habían terminado de gustar.
No me dio tiempo a preguntarle, ya que él mismo se lanzó a hablar.
—¿Ves, chico? Esto sí que es un buen poema —Me dijo ilusionado—. Este sí que ha nacido plenamente de tu corazón.
—La verdad es que me gusta mucho, me trae buenos recuerdos.
—Se nota a leguas, no has dejado de sonreír durante todo el poema —me contestó mientras asentía con la cabeza rítmicamente—. Veo que guardas ese recuerdo como un tesoro, ¿me equivoco?
—Bueno, es normal —me puse un poco serio—. Me atrevería a decir que fue de los últimos sitios que fui feliz de verdad, es mi lugar seguro.
—Ya veo… —respondió Caronte al aire un poco pensativo—. Siento mucha melancolía en tu voz, ¿hace mucho que fuiste por primera vez?
Me quedé pensativo intentando calcular cuándo fue la primera vez, esa que lo marcó todo.
Había ido más veces de las que me gustaría reconocer a ese mismo lugar.
No dejaba de ser una ruta senderista más y ni por asomo era de las más espectaculares, pero la guardaba como un tesoro.
Fue la primera vez que, a pesar de todo, me sentí vivo y reconectado con todo y todos.
Fue la primera vez que reconocí la esencia que guardaba en mi interior y el orgullo de aquellos que también la vieron.
—Era prácticamente un niño, Caronte. —sonreí con una pizca de nostalgia—. Tenía catorce años cuando sentí por primera vez lo que plasma el poema. Han pasado ya trece años de eso.
—Y después de trece años sigues viviendo el recuerdo con tanta intensidad, entiendo…
—su rostro reflejaba lo pensativo y serio que se había vuelto—.
¿Sueles cargar de esta forma tu pasado? Porque este recuerdo guarda mucha felicidad y amor, pero no creo que todo lo que conserves en tu interior te evoque lo mismo.
Caronte tenía razón. Por desgracia guardaba con la misma fuerza los recuerdos positivos como los negativos y, por desgracia, los negativos muchas veces eran más fáciles de recordar.
Siempre había bromeado con que tenía mucha «memoria emocional», pero lo que siempre había sonado como broma era una realidad que me pesaba.
—Efectivamente, no todo lo que guardo tiene la misma belleza que La ruta del agua — le contesté un poco decaído—. Pero trato de centrarme en aquello que me ha hecho bien en mi vida.
—Y te aferras a ello como un clavo ardiendo —dijo impulsivamente Caronte casi cortando mi respuesta—. Los recuerdos hay que abrazarlos y darles las gracias, chico, no amarrarlos.
—Bueno, hay recuerdos que preferiría prenderlos en fuego.
Caronte me miró con una pizca de resignación y negando con la cabeza y se quedó en silencio mirando al río.
Las aguas que atravesábamos no eran ni mucho menos bravas, pero generaban el suficiente ruido al chocar contra la barca como para no crear un silencio incómodo.
De pronto Caronte se giró hacia mí y me señaló hacia una parte de la cueva en la que se encontraban estructuras de estalactitas y estalagmitas.
—¿Ves eso, chico? —me dijo con aire misterioso.
Asentí con la cabeza en silencio esperando que continuara hablando.
—Las vivencias que tenemos en nuestra vida son como las gotas de agua que caen desde el techo de esta cueva.
Muchas veces las gotas parecen insignificantes por sí solas, pero con el paso del tiempo son capaces de moldear hasta la más dura de las rocas.
—dijo Caronte con voz dulce mientras alargaba la mano para coger las gotas que caían del techo—.
A veces algunas gotas, como nuestras vivencias, pueden parecer destructivas e innecesarias.
Pero todas y cada una dentro de la erosión que pueden provocar, también construyen.
Creando obras tan maravillosas como estas.
Caronte hizo una pausa para contemplar de nuevo el paisaje rocoso que se encontraba ahora enfrente nuestro. En su mirada podía contemplarse una mezcla de orgullo y amor hacia esas estructuras fruto del azar y la naturaleza.
—Sé que es difícil de entenderlo de primeras, Atlas —continuó de nuevo serio—. Pero todo aquello que vivimos, sea bueno o malo, es lo que acaba conformando quiénes somos. Es por eso que hay que abrazar los recuerdos y dejarlos seguir fluyendo, es imposible amarrar las gotas al gusto.
Las palabras de Caronte resonaron directamente en mi interior.
Tenía sentido todo lo que decía, pero me costaba reconocer que tenía que estar agradecido y dejar pasar todo recuerdo vivido, incluso aquellos que me habían hecho daño.
Viendo que mi rostro se había quedado apagado y no daba respuesta alguna, Caronte se dirigió a mí.
—Los mortales tenéis un refrán que refleja exactamente esto, ¿me equivoco? —me dijo sonriendo, intentando quitar tensión al ambiente—. Algo de unos molinos y el pasado, o algo así.
—«Agua pasada no mueve molinos».
—¡Eso! —exclamó entre risas—. Ya has visto que la memoria de este viejo barquero a veces tambalea. Pues a eso me refiero, no debes quedarte estancado en aguas que ya no te impulsan.
—Bueno, pero olvidas el desgaste del molino al tratar de moverlas… De hecho, dediqué un poema a ese refrán. Sentía que era más complejo de lo que la gente piensa.
—Pues no esperemos más. Estaré encantado de escucharte.
Abrí el poemario y busqué entre sus páginas.
Por suerte o por desgracia, tenía muchos poemas escritos, por lo que buscar alguno en concreto a veces me costaba lo suyo a pesar de estar numerados.
Sin embargo, una sensación extraña recorrió mis manos mientras pasaba sus páginas, una especie de corriente interna.
Instintivamente, y sin ningún tipo de explicación, decidí coger el poemario y pasar el bloque de páginas que contenía como si fuera una baraja de naipes hasta que frené en seco en una página.
Alcé la vista hacia el título y ahí estaba, Molinos , justo el poema que quería leer.
No entendía qué acababa de suceder, pero la corriente que mantenía en mis manos se convirtió en un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.
Seguía un poco desconcertado y Caronte parecía que no se había percatado, así que empecé a recitarlo.