Capítulo 46
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
Gemma
Los pasos se detienen ante la puerta.
No pasan de largo. Se han detenido.
Salto de la cama antes de haber decidido moverme; mi cuerpo realiza cálculos que mi cerebro aún no ha procesado. Nina sigue dormida, pequeña y cálida bajo la fina manta. El cerrojo está echado.
Mis zapatillas están junto a la puerta. Cojo una. No es un arma. No es prácticamente nada. Pero es lo que tengo.
La cerradura hace clic.
Algo metálico deslizándose contra el metal, el sonido de una herramienta haciendo lo que se supone que deben hacer las llaves.
Me coloco entre la puerta y la cama. Me tiembla la mano.
La puerta se abre de par en par.
Lanzo la zapatilla antes de ver nada más que una sombra. Impacta con un golpe seco —a la altura de la cabeza, un golpe sólido— y la silueta en el umbral se queda inmóvil.
—Nina, ven aquí —mi voz no parece la mía. Demasiado firme. Demasiado monótona—. Ven con mamá ahora mismo.
Nina emite un sonido a mi espalda, confusa y asustada, por despertar de mala manera. Alargo el brazo hacia atrás sin mirar, busco su brazo y la saco de la cama colocándola detrás de mí en un solo movimiento.
—Pero qué cojones… —la voz es baja, ronca, suena más molesta que herida. Una voz de hombre. Entra en el haz de luz que llega del aparcamiento y lo veo claramente por primera vez.
Es alto. No enorme, pero lo suficiente como para llenar el marco de la puerta.
Pelo oscuro y corto. Su rostro es anguloso.
Mandíbula marcada, pómulos aún más afilados, una boca tensa en una línea rígida.
Pero son sus ojos los que hacen que se me hunda el estómago.
De un verde pálido, casi grises con esta luz, y completamente helados.
Esa clase de mirada que nace de saber exactamente de lo que eres capaz.
Sostiene mi zapatilla en una mano.
—Me has robado el puto coche.
Las palabras aterrizan en algún lugar lejano. Estoy sopesando todo lo demás. La forma en que se yergue de pie, con el peso ligeramente desplazado de su pierna derecha. La forma en que su mano libre no se ha movido hacia ningún lugar, sino que permanece relajada a su costado, lista.
Se parece mucho a los hombres con los que Dominik solía reunirse en los aparcamientos. Esos que venían a casa cuando se suponía que yo no debía estar en ella. Esos que dejaban de hablar cuando yo entraba en una habitación.
—Atrás —pego a Nina más fuerte contra mis piernas. Ahora está llorando, unos hipos pequeños y silenciosos que me rompen algo en el pecho—. Voy a gritar.
—Grita todo lo que quieras. Nadie en este agujero de mierda va a llamar a la pasma —tira la zapatilla al suelo. Cae con un ruido sordo—. No he venido a hacerte daño. He venido a por mi maldito coche.
Claro que tenía un rastreador. Claro que no se me ocurrió comprobarlo. Claro que soy una idiota que le robó el coche a alguien que podía permitirse rastrearlo.
—¿Mamá? —la voz de Nina es minúscula. Aterrorizada.
No le respondo. No puedo apartar la vista de él. No puedo darle una oportunidad.
Luca
La cara de la cría se queda petrificada.
No es la reacción de sorpresa que podría tener un niño si un desconocido entrara en pleno juego. Esto es puro terror. Lo reconozco porque lo he visto en hombres hechos y derechos en los segundos previos a comprender que van a morir.
Ya no llora. No emite ningún sonido. Simplemente se queda quieta detrás de las piernas de su madre, con unos ojos demasiado grandes para su cara y los dedos enredados en la tela de una camiseta demasiado ancha.
Joder.
No he pensado. El rastreador dio la señal, conduje, forcé la cerradura. Treinta segundos, quizá menos. Lo he hecho mil veces. Entrar en habitaciones donde no me han invitado, lidiar con lo que hubiera dentro.
Pero esto no es un almacén. No es una oficina de trastienda ni un contenedor de carga.
Es una habitación de motel, y hay una niña en ella que me mira como si fuera el monstruo de debajo de su cama.
Siento algo en el pecho que suelo intentar acallar. Un tirón, profundo y tenso, en un lugar que creía haber incinerado hace años. La niña tiene…
Cuatro años. Quizá cinco.
Pelo oscuro. Húmedo de haberse bañado.
La misma edad que habría tenido ella.
Aparto la mirada. Obligo a mis ojos a centrarse en la mujer.
Está descalza, lleva vaqueros y una sudadera con capucha que ha pasado por demasiados lavados.
El pelo castaño recogido, con mechones escapándose alrededor de un rostro que es todo ángulos marcados y agotamiento.
Guapa, de esa forma en que la gente es guapa cuando está demasiado cansada para ocultar nada.
Sin maquillaje, sin armadura, solo piel y lo que sea que la mantiene en pie entre su hija y yo.
Sus ojos son del color del café. No se apartan de mi rostro.
Está aterrorizada. Puedo verlo en el pulso acelerado de su garganta, en la forma en que su respiración se ha vuelto superficial y rápida. Pero no se ha movido. No ha retrocedido. Su cuerpo es un muro, y no va a dejarme pasar sin que pase por encima de ella primero.
He visto esa mirada antes. En madres en Nápoles, en Calabria, en una docena de lugares donde hombres como yo atravesaban puertas sin invitación. Las que morirían antes de quitarse de en medio.
—¿Por qué me has robado el puto coche?
Mi voz suena más áspera de lo que debería. La niña se estremece tras las piernas de su madre, y me odio un poco más.
—Pensé… —a la mujer se le quiebra la voz. Traga saliva, lo intenta de nuevo—. Pensé que alguien me seguía. Desde el trabajo. Vi su coche y las llaves estaban puestas y yo simplemente… entré en pánico.
—Así que te lo llevaste.
—Sí —no aparta la mirada. No pone excusas—. Lo siento. No debí hacerlo. Tenía miedo y no pensaba con claridad y mi hija estaba conmigo y yo simplemente…
Se detiene. Toma aire.
—No puedo pagárselo. Ahora mismo no. No tengo… —su mandíbula se tensa—. No tengo nada. Pero lo haré. De alguna manera. Lo solucionaré y le compensaré por cualquier daño que haya causado, por cualquier molestia, yo…
—No quiero tu dinero.
Las palabras salen secas. Tajantes.
Parpadea. Algo cambia en su expresión; confusión, tal vez, o un nuevo tipo de miedo.
Podría decirle que el dinero no significa nada para mí. Que tengo suficiente para enterrar a tres generaciones y que aún haya un sobrante para quien sea que quede. Que no hay nada que pueda darme que importe, nada que nadie pueda darme, porque lo único que alguna vez quise se perdió para siempre…
Un metal frío presiona contra la parte posterior de mi cráneo.
El clic de un seguro que se desactiva.
—No te muevas, joder —dice una voz detrás de mí.
Luca Sartori lleva seis años sin sentir nada.
Entonces, un coche robado, una mujer asustada y una niña silenciosa entran en su vida; y el hombre más gélido de la familia finalmente tiene algo que perder.