Unidos por la sangre y la luz del puerto Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

Miraba fijamente la mesa, donde descansaba su arma desmontada junto a la funda. Se apoyó contra el borde del mostrador.

—El Patriarca va a llamar.

—Que llame.

Elena se cruzó de brazos.

—Perdió tres sectores esta noche.

—Cuatro.

Ella ladeó la cabeza, estudiando la rigidez pétrea de sus hombros y las líneas de fatiga marcadas en torno a su boca. La vendetta los había consumido durante semanas, arrastrándolos por callejones infectos y almacenes en llamas.

Julian recogió la corredera del arma, la encajó de golpe y amartilló una sola vez. El chasquido metálico resonó contra las paredes desnudas. Dejó la pistola sobre la madera y levantó la vista hacia ella.

Ella regresó a la mesa, apartó la silla frente a él y tomó asiento. Apoyó los codos sobre el tablón, imitando su postura.

Él estiró la mano hacia un casquillo de latón suelto que había quedado de su revisión anterior del cargador. Hizo rodar el cilindro entre el pulgar y el índice, y luego lo deslizó por la mesa en dirección a ella.

Elena lo frenó con la palma extendida y lo hizo rodar de vuelta.

Él lo detuvo con el dedo índice.

—Duerme.

—Tú primero.

—No.

—No has pegado ojo desde lo de los muelles, Julian. Te tiemblan las manos.

Él abrió los dedos y los aplastó contra la mesa. Estaban completamente firmes.

Elena dio un suave golpe sobre el casquillo de latón.

—Me quedo justo aquí.

Julian sostuvo su mirada oscura sin discutir. Se reclinó en el respaldo, cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos.

Elena no se movió de la silla. Observó el compás lento y acompasado de su respiración tornarse profundo, perdiendo el ritmo superficial y defensivo de las calles para convertirse en algo más denso y desarmado.

Estaba totalmente expuesto. La pistola descansaba fuera de su alcance inmediato; el brazo herido, pegado a las costillas. La puerta hacia el pasillo seguía sin cerrojo. No había comprobado los cierres perimetrales desde que entraron.

Recogió de nuevo el casquillo y lo apretó dentro del puño cerrado.

Pasó media hora. La niebla entró en la bahía, difuminando las luces del puerto y proyectando sombras largas y deformes sobre los tablones del suelo.

Julian se agitó en su sueño. Ladeó la cabeza mientras su frente se tensaba en un ceño duro. Una exhalación corta y áspera brotó de sus labios. Los dedos de su mano derecha se crisparon sobre el bíceps, cerrándose como si buscaran la empuñadura de una hoja.

Elena se levantó, rodeó la mesa en silencio y se detuvo a su lado.

Él aspiró aire de golpe, apretando la mandíbula con tanta violencia que casi crujió la articulación.

Ella bajó la mano y la posó sobre su hombro.

Los ojos de Julian se abrieron de golpe. Su mano izquierda saltó como un resorte letal, apresando la muñeca de Elena con una fuerza demoledora.

Tenía la mirada dilatada, fija en su rostro pero clavada en otra habitación, en otra masacre. Aquel agarre era puro instinto asesino, forjado en sótanos y emboscadas para sobrevivir.

Ella no retrocedió ni intentó zafarse. Se quedó inmóvil, dejándose sujetar.

—Julian.

Él parpadeó. La tensión fue drenándose de su cuello y sus dedos aflojaron la presión sobre su muñeca, aunque no la soltó. Su pulgar subió hasta rozar el latido bajo la mandíbula de Elena, comprobando el pulso sereno y constante.

—Una pesadilla —dijo ella.

—No.

—Estabas peleando.

—Siempre.

Le soltó la muñeca y se pasó una mano por el rostro. Elena dio un paso atrás, tomó un vaso limpio de la rejilla sobre el mostrador, lo llenó con agua del grifo y lo dejó frente a él.

Él lo alzó y vació el agua de un trago largo antes de golpear la mesa con el cristal.

—Ve a la cama.

—Está el sofá —replicó ella.

—O el suelo.

Se levantó, recogió el arma y la deslizó en la pistolera. La sujetó por la correa y echó a andar hacia el pasillo estrecho que daba al único dormitorio. Se detuvo en el umbral y miró hacia atrás, por encima del hombro.

—Elena.

Ella alzó la vista hacia él.

—Ven.

Lo seguí al interior. El dormitorio era diminuto, gobernado por un colchón bajo cubierto con una manta de lana gris.

Una sola lámpara de pantalla agrietada descansaba sobre las tablas del suelo, arrojando un halo mortecino y amarillento contra el rodapié.

Julian dejó caer la pistolera junto a la lámpara. Se sentó al borde del colchón. Se desató las botas y se despojó de ellas una a una.

Se recostó contra las almohadas, vestido todavía, descalzo, con el brazo vendado reposando sobre el abdomen.

Me desaté mis propias botas y las acomodé con cuidado junto a la puerta. Caminé hacia el otro lado del colchón y me tendí sobre la lana áspera.

Nos quedamos boca arriba, mirando al techo. El yeso estaba cartografiado por viejas manchas de humedad.

Julian giró la cabeza. El acero de su mirada encontró la mía en la penumbra.

—Quédate.

Estiré el brazo sobre la lana rugosa hasta rozar su mano. Entrelacé mis dedos con los suyos.

Su agarre se cerró al instante, sujetándome como un ancla en mitad de la marea.

Él cerró los ojos. Yo mantuve los míos abiertos un rato más, viendo las sombras estirarse por el techo, arrullada por el compás constante de su respiración en la oscuridad.