Capítulo 5 #4
Elena estiró el brazo hacia la alacena sobre él para alcanzar una taza de cerámica.
Julian alzó una mano para retirar una caja de munición de punta hueca de su trayectoria.
Los nudillos de él rozaron el aire a un centímetro escaso de su muñeca.
Se quedó inmóvil. Ella se detuvo, con los dedos curvados en torno al asa de la taza.
Julian apoyó la palma contra la encimera y deslizó la caja con el pulgar.
—Café.
Señaló con un gesto de barbilla la prensa francesa en el otro extremo de la superficie.
—Gracias.
Sirvió el líquido oscuro y observó cómo se elevaba el vaho.
Se apoyó contra el mueble opuesto, aferrando la calidez de la loza.
Julian terminó de montar la corredera, encajándola con un chasquido seco que rebotó en las paredes desnudas antes de apoyar el arma.
Sus ojos de acero buscaron sus pupilas oscuras.
La escrutó con detenimiento, trazando la curva del pómulo y la línea firme de su boca, buscando la rigidez con la que ella solía blindarse cada amanecer frente a la violencia del día.
Hoy no estaba. Llevaba consigo las luces del puerto.
Elena sostuvo su examen con la barbilla en alto.
—Diferente.
—Dormí bien.
Julian tomó un paño de microfibra y limpió el cañón de la pistola. No insistió. Jamás le exigía nada que ella no le entregara por propia voluntad.
Julian se acercó a la pequeña mesa de madera junto a la puerta.
Sobre la superficie reposaba un mapa táctico del distrito de almacenes, sujeto en las esquinas por cargadores de repuesto.
Trazó una ruta con el extremo romo de un bolígrafo.
Elena se aproximó hasta quedar al otro lado del tablero, estudiando la tinta roja que marcaba los callejones que debían sortear para interceptar a los ejecutores de la familia Voss.
—Entraremos por el muelle de carga.
Señaló un corredor estrecho en el plano esquemático.
—Demasiado expuesto.
—Solo durante diez segundos. El ángulo muerto de las cámaras cubre la aproximación.
Julian clavó la mirada en el esquema. Levantó el bolígrafo y golpeó con suavidad el acceso a la azotea.
—Mejor.
—La azotea exige trepar por la escalera de incendios del edificio adyacente y saltar el vacío.
Julian alzó la vista. Sus ojos de acero apresaron los suyos oscuros.
Dejó el bolígrafo. Rodeó la mesa con paso medido y se detuvo a dos palmos de distancia.
Levantó la mano hacia el cuello del jersey de Elena, aunque sus dedos se replegaron sobre sí mismos un instante antes de rozarla.
En su lugar, acomodó la solapa del abrigo de cuero colgado tras la silla, alisando un pliegue sobre el tejido grueso.
—Más seguro.
La quería lejos del suelo. Lejos de la línea directa de fuego.
Era una corrección táctica, pero la intensidad con que contemplaba el cuero pesado del abrigo delataba una negativa tajante e innegociable a dejarla cruzar un patio abierto.
Elena tomó la prenda y deslizó los brazos por las mangas; el peso protector del material se asentó sobre sus hombros.
—Por la azotea.
Julian le ofreció un cargador adicional. No lo dejó directamente sobre su mano: lo apoyó en el borde de la mesa, golpeando una vez la cubierta metálica. Elena lo tomó y lo aseguró en la cartuchera del cinto.
—¿Lista?
—Sí.
Salieron del refugio hacia la gélida penumbra previa al alba. Las farolas parpadeaban con debilidad, proyectando sombras alargadas sobre el pavimento húmedo. Elena caminaba erguida. El aire helado le mordía las mejillas, pero la carga íntima de las luces del puerto la mantenía firme.
Julian acompasó su marcha medio paso por detrás de ella, ligeramente a su izquierda.
Se convirtió en su sombra protectora, barriendo la calle solitaria con giros lentos y metódicos de cabeza.
Vigilaba los puntos ciegos. Examinaba cada ventana oscura.
La envolvía en un perímetro silencioso forjado de acero y vigilancia absoluta, permitiéndole avanzar sin la necesidad de guardarse la espalda.
Avanzaron por el distrito textil. Las tiendas dormían tras rejas de hierro forjado.
En los escaparates en penumbra, los maniquíes parecían testigos mudos.
Elena observó su reflejo en el cristal: sus ojos oscuros, lúcidos y decididos.
Detrás, la estampa de Julian: una mole rotunda de carbón y sombras que se desplazaba con cadencia depredadora.
Él no miraba a los maniquíes; rastreaba en el vidrio el reflejo de los callejones que dejaban atrás.
Elena moderó el paso, dejando que él quedara casi a su altura, sin volver el rostro hacia él.
—Los hombres de Voss llevarán rifles.
—Lo sé.
—Necesitarás ganar altura si me inmovilizan.
—No va a ocurrir.
Lo afirmó como un hecho consumado. Jamás consentiría que la acorralasen.
Elena observó sus manos reflejadas en el escaparate: los dedos relajados, suspendidos junto al cinto.
Parecía sosegado, pero estaba enteramente preparado para desatar la violencia.
Ella cargaba con las luces del puerto y él portaba la oscuridad, y juntos se adentraron en la ciudad sin quebrar el silencio.