Capítulo 23
Rowena
Podría haber tenido cada centímetro de su cuerpo sobre mí y aun así le habría dicho: más cerca.
Me quedé con él esa noche, por unas horas. Hicimos el amor. Y fue intenso y primitivo como las otras veces, pero al mismo tiempo completamente diferente. Porque esta vez ambos sabíamos lo que significaba.
Me llevó a su cama y me tapó la boca con la mano para que me callara cuando mi débil voluntad ya no era capaz de hacerme callar.
Vi cómo el placer se apoderaba de su rostro y, cuando me soltó la boca, lo inundé de besos, ahora que había vuelto a concedérmelos, ahora que por fin podría intentar saciarme de él, si es que alguna vez lograba hacerlo.
Después, estábamos tumbados en su cama uno al lado del otro mientras nuestras respiraciones volvían a ser regulares.
Su cuerpo brillaba por el sudor; una gota que le bajaba por el cuello mientras estaba encima de mí, ahora que se había acostado, había quedado atrapada en ese pequeño hueco que tenía entre los pectorales y los abdominales.
La toqué con el dedo índice y dibujé en su pecho una raya húmeda hasta su pezón.
Besé el punto donde me había detenido y lo mordí, como él solía hacer, con un suave roce de dientes. Sabía a sudor y sexo, y era tan sólido que parecía capaz de sostener el mundo.
Me recosté con la cabeza sobre su brazo y me di cuenta de que había apoyado la cabeza sobre un tatuaje. Me levanté un poco para leer. En la parte interna del bíceps, una inscripción en cursiva decía: «Born in Hell». Lo acaricié pensativa y volví a usar su brazo como almohada.
Omar se había dado cuenta de mi movimiento, pero no dijo nada.
Me vino a la mente lo que había dicho sobre Magliotti, el hecho de que la policía solía ir a su casa cuando era niño y ese tatuaje me hizo entender que los problemas para él debían de haber empezado muy pronto y que probablemente ya los había encontrado dentro de su casa, sin necesidad de que tuvieran que llamar a la puerta para entrar.
Omar me tomó por sorpresa, respondiendo en voz alta al flujo de mis pensamientos como si tuviéramos una conexión telepática entre nosotros:
—La primera vez que me arrestaron tenía quince años. Fue Magliotti.
Tomó aire y decidió seguir hablando:
—Mi mamá era adicta a las drogas y sus novios también.
Siempre había un gran lío en nuestra casa.
—Hizo una pausa—. Una noche, mi madre no estaba y su novio se quedó en la casa conmigo y con mi hermana.
Ella era una niña. Mi madre podía hacer lo que le diera la gana, pero este tipo le puso las manos encima a mi hermana.
Le clavé unas tijeras de costura en el ojo. Se quedó ciego.
No dije nada. Me quedé tensa con la mejilla apoyada en su pecho, escuchando cómo su voz resonaba en su pecho mientras hablaba.
—Mi hermana lo vio todo y después no habló durante dos meses. Me pregunté durante años si habría sido menos traumático para ella cualquier cosa que ese imbécil quisiera hacerle, en lugar del espectáculo que yo le hice ver esa noche.
Levanté la cabeza para mirarlo:
—¿Es por ese delito que tuviste problemas con el pasaporte?
Apartó la mirada de mí:
—No solo por eso —admitió.
—No estoy segura de querer saber más —confesé, levantando la cabeza de su pecho para poder mirarlo.
Me tomó la cara con la mano y me besó en la boca.
Me pareció que con ese beso quería disculparse por lo que acababa de decirme y también por lo que no me había dicho.
Pero era una tonta, claro, porque solo se trataba de un beso.
Uno que te dejaba sin aliento, que te daba escalofríos, que podía calentarte por dentro, pero que no pedía perdón a nadie, ni a Dios, ni a la justicia y, desde luego, tampoco a mí.
Cuando terminó el beso, nos quedamos mirándonos. Me miraba como si ese beso lo hubiera sacudido de la determinación con la que lo había iniciado y hubiera encontrado en él algo que no esperaba encontrar.
Me apartó un mechón de pelo de la cara. No hacía falta que hablara. Yo ya me había dado cuenta.
Algo entre nosotros se estaba mezclando. Algo de él estaba en mí y algo de mí estaba en él, como una especie de yin y yang en el que las dos partes se entrelazaban cada vez más estrechamente, hasta volverse inseparables.
Cada momento que pasáramos juntos, nos aceptaríamos más, nos entenderíamos más. Nos volveríamos más parecidos.
Me asusté al darme cuenta de que deseaba con todo mi ser que eso pasara lo antes posible.
Omar me atrajo hacia él y hundió su rostro en mi cuello, volviendo a susurrarle a mi piel secretos que no decía de ninguna otra manera. Su lengua en mi cuello era una invitación clara, la presión de su erección en mi pierna disipaba cualquier duda.
Todavía me deseaba. Me tendría otra vez.
Sabíamos que estábamos haciendo algo que nos traería muchos problemas. En el mejor de los casos, yo volvería a Estados Unidos sin que mi papá se diera cuenta de nada y, por el resto de la vida, nos encargaríamos de no volver a pensar en este verano.
Sin embargo, mientras tenía su cuerpo fuerte contra el mío, mientras disfrutaba y él ahogaba mis gemidos con su mano en la que estaba escrito «Nunca olvidar», la idea de irme al otro lado del mundo y no volver a verlo nunca más empezaba a parecerme una opción cada vez menos atractiva.