Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Más respeto por las casualidades
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Más respeto por las casualidades

XLI

El amanecer la encontró despierta. Después de una noche de sueños interrumpidos y silencios pesados, Sofía llegó al hospital con el cuerpo en automático y el alma todavía a medio recoger.

Llevaba ojeras maquilladas y la dignidad en reconstrucción.

Sabía que lo volvería a ver. Que sería inevitable.

Lo que no imaginaba era que fuera a suceder tan pronto. Ni tan crudo.

Apenas cruzó la puerta de su sala, ahí estaba él.

Sentado en la estación de enfermería, como en aquellos principios en los que se conocieron.

Café en mano, bata blanca bien plantada, mirada concentrada en el monitor.

Parecía que no había pasado nada. Como si el mundo no se le hubiera derrumbado a nadie.

Ella se quedó quieta una fracción de segundo. Respiró consciente, enderezó la espalda y se preparó para pasar de largo. Pero entonces, él habló:

—Es una malformación arteriovenosa —dijo, sin levantar la vista—. El informe de la tomografía ya está dentro, échale un ojo .

Extendió la historia clínica como quien entrega una carta marcada. Ella la tomó sin responder, evitando todo contacto visual, y siguió caminando. Profesional, imperturbable… como si fuera posible.

Llegó al cubículo del paciente. Con la respiración contenida, abrió el expediente. Entre las hojas, algo sobresalía: un papelito amarillo, doblado en la esquina.

Lo siento.

Siempre buscaré la manera de tenerte cerca, aunque sea con chantaje intelectual.

Hay casos a los que una buena neuróloga no puede resistirse. Este es uno.

Sofía cerró los ojos no más de un segundo. Pero fue suficiente para que el temblor le subiera desde el estómago hasta la mandíbula. Porque había heridas que, aunque ya no sangraran hacia afuera, latían hacia dentro intensamente.

Estrujó el papel con frialdad. El instante en que pensó en guardarlo se convirtió en un lanzamiento inconsciente al cesto de la basura.

Inspiró calmada, se giró hacia el paciente…

y comenzó a examinarlo, como si no hubiera empezado el día tropezando con un fantasma que, aunque no la tocara, aún le quemaba el pecho.

El caso sin dudas era fascinante, complejo. Un hallazgo neuroquirúrgico de manual. Pero Sofía sabía que no necesitaba interactuar con Adam para aprovecharlo al máximo.

Así que se dedicó a estudiarlo con una precisión casi obsesiva: analizó las neuroimágenes con los especialistas, participó en las discusiones clínicas relacionadas y no se permitió ni una sola desviación emocional.

Pero, al acercarse la hora de la evolución vespertina —la que Adam debía realizar—, comprendió que, si no ponía distancia, terminaría cayendo en el mismo círculo vicioso una y otra vez.

Anotó sus observaciones con extremo detalle y se acercó a Karen. Sus pasos eran firmes, pero al hablar, la voz le salió un poco más baja de lo normal.

—¿Te importaría seguir adelante con este caso tú? —preguntó, esforzándose por sonar natural.

Karen la miró en silencio. Solo un segundo. Luego, con esa empatía que no requiere muchas palabras, asintió.

—Es que… Adam lo va a operar mañana, y... —añadió Sofía, soltando un suspiro corto, casi imperceptible. Como quien se quita una piedra del pecho sin que nadie lo note.

—Claro, no tienes que explicarme, por mí no hay problema —dijo Karen, con voz amable—. Yo me ocupo.

Sofía lo agradeció con una mirada silenciosa. De esas que no buscan gratitud, solo un poco de aire. Porque hay renuncias que no se celebran, pero salvan.

Para poder seguir trabajando, Sofía tuvo que desconectarse.

No en el sentido de ceder, sino de soltar lo que no dependía de ella.

Pero, aun así, no podía entender por qué Adam era tan egoísta.

Si él ya había tomado su decisión, si estaba nuevamente con Julia, si iba camino a construir la vida que decía querer…

¿por qué insistía en interponerse en la suya?

¿Por qué acercarse, provocarla, mantener viva una llama absurda, cuando todo indicaba que sus caminos solo sabían desentrelazarse?

Cuando Adam regresó por la tarde para evolucionar a su paciente, la decepción fue doble.

No solo se encontró con Karen en lugar de Sofía: también descubrió que las ganas de ella de no verlo eran más fuertes que sus deseos de llegar hasta el final con una malformación arteriovenosa intracraneal a punto de romperse.

Pero claro… para él, ni siquiera ese dolor que Sofía sentía parecía una justificación válida para apartarse de un caso extraordinario.

—¿No estaba Sofía lidiando con este paciente? —preguntó, fingiendo interés profesional.

—Me pidió que me encargara —respondió Karen con calma, sin alzar la vista del expediente.

Adam no dijo nada más. Solo apretó los labios y asintió en silencio. Pero por dentro, algo se le retorció. No sabía si era culpa, frustración o esa forma disfrazada de egoísmo que a veces se le confundía con nostalgia.

Hojeó el expediente con fingida atención. Pero no leía. Solo pensaba en ella.

Para Adam, ni siquiera la piedad tenía espacio cuando se trataba de sus prioridades.

Ya había elegido su camino con Julia, porque ella era el espejo donde podía verse con aumento.

Sofía, en cambio, era el espejo donde tenía que mirarse a tamaño real.

Y al parecer… ese reflejo no le gustaba demasiado.

Entonces, ¿por qué la ausencia de ella le raspaba por dentro como una astilla mal sacada? Sí Sofía era el único lugar donde no podía esconderse de sí mismo y era justo por eso la había empujado tantas veces lejos. Estaba difícil de entender.

Varios días pasaron. Sin dramatismos y sin palabras, pero con una tensión subterránea que todo lo rozaba.

Ni Sofía ni Adam volvieron a hablar. Él lo intentó.

Dos veces. Una en persona, otra por mensaje…

pero ella había decidido cerrarle el paso también por ahí.

Ya no le debía explicaciones a nadie, y mucho menos a quien no sabía sostener ni sus sentimientos ni su lealtad.

Así que la distancia se volvió hábito. Profesionales al extremo. Fríos en los pasillos. Invisibles en las reuniones. Como si el silencio entre ellos fuera parte del protocolo hospitalario.

Hasta que llegó el día de la guardia. Sofía supo desde que se despertó que el día iba a ser largo.

Estaba de guardia con un residente de primer año que recién comenzaba…

y eso convertía a las próximas 24 horas en una clase práctica de principio a fin…

pero eso, aparte de que también lo disfrutaba, la mantendría sin mucho tiempo libre para pensar.

El día pasó sin grandes sobresaltos. Algunos ingresos menores, un par de interconsultas, y el residente de primer año preguntando más de lo que resolvía. Sofía no se quejaba. Era justo lo que necesitaba: una guardia técnicamente exigente, pero emocionalmente neutra.

Hasta que dieron las seis. Ella bajó a Radiología pues la habían convocado para valorar una tomografía urgente. El paciente estaba inestable, con signos neurológicos fluctuantes.

Cuando Sofía entró a la sala de imágenes, el recurrente «no puede ser» volvió a apoderarse de su expresión facial. Allí estaba Adam, valorando el mismo caso. También de guardia. Y, por alguna razón, estaban solos en el salón.

Él estaba de pie junto al monitor, brazos cruzados, con ese aire de superioridad que usaba como coraza. Sofía se acercó sin decir nada. Miraron juntos la tomografía, intercambiaron algunos comentarios técnicos y directos. Hasta que el silencio se volvió más complejo que la imagen misma.

—Esto no es casualidad, ¿verdad? —dijo ella, sin mirarlo—. Tú sabías que yo estaba de guardia.

Adam se giró hacia ella. Le sostuvo la mirada con una media sonrisa que no le alcanzaba los ojos.

—No has cambiado nada… —respondió, con tono irónico—. Te sigues creyendo demasiado importante.

Sofía tragó saliva. Bajó la vista. Se contuvo para no decirle todo lo que pensaba. Lo miró de reojo, pero no mordió el anzuelo. Solo murmuró, con calma:

—Habrá que tenerle más respeto a las casualidades.

Volvió la mirada a la pantalla. Era un tumor de fosa posterior. Pequeño, pero haciendo estragos. Igual no entendía para qué la habían llamado a ella; era un caso evidente de neurocirugía, no de neurología.

—¿Se puede saber qué hago yo aquí? —preguntó, seca.

—En primer lugar, aprender. Y en segundo… pues, necesito tu ayuda. No hay espacio en terapia intermedia, y necesito saber si puedes ingresarlo en tu sala hasta mañana o pasado.

Sofía tenía tres camas libres. No podía decir que no.

—Vale. Envíalo con todas las indicaciones, la historia clínica completa y todos los exámenes solicitados —respondió mientras descolgaba el teléfono para avisarle a la enfermera de sala.

Adam aprovechó la llamada para acercársele:

—¿Hasta cuándo vamos a seguir así? Sabes que tenemos que hablar. Entre tú y yo no todo está dicho.

—¿Perdón? —dijo ella, alzando una ceja—. Entre tú y yo no hay nada más que decir. Es más, ese «tú y yo» ni siquiera existe.

Él se mordió la lengua, pero no se calló:

—Aún hay cosas que tienes que escuchar. Sigo teniendo un plan para nosotros.

—«Nosotros» tampoco existe —le cortó, firme—. Concéntrate en tu paciente… y déjame en paz.

Adam dio otro paso hacia ella, como si fuera a replicar, a intentar otra vez. Extendió una mano, en un gesto torpe que no llegó a ser caricia.

Pero ella no se detuvo… se fue de allí sin mirar atrás.

Dos horas más tarde, en la sala de Neurología, el paciente admitido, empezó a mostrar signos de depresión respiratoria.

Sofía lo notó de inmediato. Coordinó con el intensivista, se activó el protocolo, y en menos de quince minutos lo habían acoplado a ventilación mecánica artificial.

Mientras se aseguraba de que todo estuviera en orden para el traslado a Terapia Intensiva, intentó localizar a Adam.

Lo llamó. Una vez. Dos. Tres. Pero él no contestó.

Cuando al fin el paciente estuvo estabilizado y en manos del equipo de intensivo, Sofía decidió buscarlo personalmente. Salió de su sala con paso rápido, bajó al segundo piso, atravesó el pasillo que conectaba con Neurocirugía y empujó la puerta del salón de clases.

Ahí lo vio. Sentado frente a una mesa, con la bata mal abrochada y el celular boca abajo. Comiendo. Era comida casera caliente con ese aroma de hogar que Sofía nunca había sabido replicar. A su lado, Julia con la expresión de alguien que no solo sabía cocinar, sino que se sentía dueña del momento.

Sofía se quedó en el umbral, un segundo apenas. Lo suficiente para sentir cómo algo le hacía un nudo en las entrañas. La última cucharada que Adam se llevó a la boca se detuvo a medio camino cuando la vio. Se le borró la sonrisa. Pero no dijo nada.

Sofía mantuvo la mirada fija y sin perder la compostura le dijo:

—Tuvimos que ventilar a tu paciente. Lo pasamos a intensivo hace veinte minutos. Traté de avisarte por teléfono.

El tono era neutral. Clínico y tan correcto que irritaba.

—Tenía el celular en silencio —dijo él, incómodo, volviendo a dejar la cuchara en el plato.

Sofía asintió.

—Ya veo. Es entendible —respondió con filo— Solo te lo informaba. Pasa luego a verlo.

Y se dio la vuelta. Pero el golpe, ya estaba dado.