CAPÍTULO 29
Westcote House
El anillo lleva en el cajón del escritorio desde que mi madre me lo entregó el año pasado.
No lo planeé de esta forma. Cuando ella me llamó a su habitación en Halridge y me lo puso en la palma de la mano con la practicidad de quien ejecuta una resolución sin dramatismos, sus palabras fueron directas: «Era el de tu abuela.
Y el de la suya antes. Úsalo cuando llegue el momento».
No inquirió si ese instante llegase, ni me preguntó en quién tenía puestas mis intenciones.
Me lo confió con la certeza de quien comprende el destino antes de que el propio interesado logre descifrarlo.
No me refiero a esta tarde específicamente, sino a este fragmento de tiempo en que todo lo necesario ha sucedido. Solo resta un paso que lleva aguardando más de lo que estoy dispuesto a admitir.
—Hatch —llamo hacia la puerta.
—Lord —responde él, apareciendo al instante.
—El cajón de abajo del escritorio. El anillo. Tráelo.
Hatch no titubea. Se produce una mínima fracción de silencio antes de que se acerque al mueble.
Lo deposita sobre el cuero verde con ambas manos, con el mismo cuidado reverencial con que manejó mi correspondencia privada semanas atrás.
El anillo es una pieza pequeña y antigua, coronada por una piedra verde que mi abuela lució durante cuatro décadas.
Tiene el color exacto de ciertos ojos que llevo doce años memorizando en la penumbra de mi memoria.
—Hatch —murmuro, observando el brillo de la esmeralda—. El color.
—Sí, lord —responde él. Su voz posee la gravedad de quien lleva treinta años descifrando mis pensamientos antes de que yo los pronuncie—. Lo he notado también.
Pip llega el viernes por la mañana. Entra en el estudio con esa energía desbordante que le caracteriza, sentándose frente a mí con la mirada de quien realiza un escrutinio exhaustivo después de veinte años de amistad.
—Hay algo diferente en tu expresión hoy —observa, dejando sus guantes sobre la mesa—. Algo resuelto.
—Voy a pedirle que se case conmigo —anuncio sin preámbulos.
Pip deja la taza de café a medio camino, haciendo que el líquido oscile peligrosamente.
—¿Cuándo piensas hacerlo?
—Esta semana. En cuanto se presente el instante adecuado.
—Edmund —insiste él, recuperando la seriedad—. El momento adecuado no surge por combustión espontánea. Hay que diseñarlo. Hay que preparar el escenario, cuidar el contexto y asegurar que las condiciones sean óptimas para el éxito.
—Pip, no habrá escenarios diseñados.
—Solo señalo que la logística es vital en estos asuntos. ¿Tienes la joya?
—Desde hace ocho meses. Mi madre me la entregó el verano pasado, antes de que regresara a la ciudad.
Pip me mira con los ojos muy abiertos.
—Tu madre comprendía que ibas a dar este paso mucho antes de que tú fueras consciente de ello —comenta con una sonrisa de incredulidad.
—Mi madre lleva treinta y cinco años aventajándome en comprensión. Es un patrón establecido en nuestra familia.
—¿Y cómo es el anillo?
—Verde. Una piedra verde —respondo.
Pip se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Sus facciones se iluminan.
—El color de sus ojos, Edmund.
—Lo sé perfectamente, Pip.
—¿Es posible que tu abuela...?
—No tengo una explicación lógica para la coincidencia —le corto con suavidad—. Simplemente es así.
Él guarda silencio durante un tiempo inusual en él, procesando lo que considera una evidencia del destino que supera cualquier azar estadístico. Finalmente, asiente con una solemnidad que le otorga un aire de importancia.
—¿Necesitas que intervenga en algo? —pregunta con curiosidad.
—Necesito que no estés presente —sentencio—. Sea donde sea que ocurra.
—De acuerdo —acepta con la dignidad herida de quien recibe términos leoninos—. ¿Y si surgiera una oportunidad legítima de estar cerca para...?
—No, Pip. Ninguna inmediación.
—Me quedaré en casa. Completamente recluido. Sin asomar la nariz por ningún sitio —promete, levantando una mano en señal de juramento.
Lo que sucede el sábado por la tarde no responde a ninguna de las planificaciones que Pip habría considerado aceptables.
Caelina viene a Westcote House para devolver los dos últimos volúmenes que le presté el jueves; los ha devorado en apenas cuarenta y ocho horas con esa voracidad intelectual que no admite esperas.
Hatch la recibe en el vestíbulo y yo aguardo en el salón pequeño.
Me encuentro de pie junto al ventanal cuando ella entra.
Llevo el anillo en el bolsillo interior de la chaqueta desde el jueves, decidido a estar preparado para cualquier giro de la tarde.
Conversamos sobre los libros durante veinte minutos con esa fluidez que ya no requiere esfuerzo.
Me explica que el primero le resultó más estimulante de lo previsto, pero señala un fallo estructural en el tercer capítulo del segundo tomo con una precisión quirúrgica.
Yo coincido en su análisis; lo percibí al leerlo y omití el dato para comprobar si su criterio detectaba la misma fisura.
—Lo sabías —murmura ella, alzando las cejas al notar mi falta de sorpresa.
—Lo sabía —admito con una sonrisa contenida—. Quería ver si tu mirada captaba el error.
—¿Y si no lo hubiera hecho?
—Entonces habría sido una información valiosa para ajustar mis futuras recomendaciones.
Caelina me observa con esa expresión que mezcla lo razonable con la irritación más absoluta, un gesto que en ella me resulta fascinante y que hoy me parece el preámbulo perfecto para lo que debe venir.
—Eres un idiota, Edmund —dice en voz baja.
—Consistentemente —respondo.
Nos quedamos en silencio, con los libros sobre la mesa y la luz dorada de junio inundando la estancia.
El peso del anillo en mi bolsillo alcanza una densidad que ya no puedo ignorar.
En este salón, con ella llamándome idiota con esa entonación exacta, comprendo que aguardar a un momento más formal sería un error. El momento es este.
Me arrodillo frente a ella.
La torpeza del movimiento es real. No hay cálculo ni pretensión en mi falta de gracia; es el desmoronamiento de la compostura de un hombre de treinta y cinco años que descubre que la importancia de lo que está en juego invalida cualquier protocolo.
Siento el roce de la alfombra en la rodilla y la mirada de Caelina fija en mí desde arriba. Sus ojos están muy abiertos.
—Edmund —murmura, retrocediendo apenas un milímetro.
—Soy consciente de que la etiqueta dicta que esto debería ejecutarse con mayor preparación —comienzo a explicar, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Y que existe una fórmula exacta para estos casos que ahora mismo se me escapa porque mi juicio ha decidido abandonarme.
—Edmund —repite ella, con el aliento contenido.
—Y que debería haber solicitado la audiencia con tu padre antes de esto, trámite que cumpliré en el orden equivocado porque...
—Edmund —me interrumpe con un matiz que roza la risa—, te estás enredando en tus propias palabras.
—Lo sé. Es lo que sucede cuando el sentimiento supera a la capacidad de oratoria.
Desde la puerta del salón, que ha quedado entreabierta por un descuido, llega una exclamación inconfundible.
—¡Venga ya! —anuncia Pip a pleno pulmón.
Ambos giramos la cabeza hacia la madera de la puerta. Caelina suelta una carcajada, una de esas risas espontáneas que estallan antes de que el decoro pueda frenarlas. El sonido llena el salón de Westcote House, devolviendo a la estancia una vida que le faltaba.
—Pip —murmuro, sin levantarme del suelo.
—Pasaba por aquí por razones estrictamente legítimas —responde él desde el otro lado, con un tono que no convencería a nadie—. No tiene ninguna relación con vigilancias o inmediaciones prohibidas. Me callo ahora mismo. Ni siquiera estoy aquí.
Caelina vuelve a mirarme. Sigue riendo, pero bajo la alegría detecto esa seriedad profunda que define los momentos verdaderos. Se inclina ligeramente hacia mí, esperando.
—¿Qué es lo que querías expresar antes de que Pip nos interrumpiera? —pregunta con suavidad.
—Que deseo que el resto de mis días posean la misma calidad que tienen nuestras conversaciones —respondo, despojándome de cualquier adorno—.
Que quiero seguir descubriendo los libros que te apasionan y discutir sobre los que nos defraudan.
Que quiero que el jardín de los Hadley sea nuestro punto de encuentro, pero que construyamos otros nuevos.
Que deseo que Hatch te sirva el café en su punto exacto cada mañana de jueves y que eso se convierta en nuestra rutina más ordinaria.
—Hago una pausa, buscando sus ojos—. Y que eres la única persona en Londres capaz de llamarme idiota de la forma exacta en que necesito escucharlo.
Caelina me observa durante un tiempo que se me hace eterno. Mantiene las manos entrelazadas sobre el vestido.
—Sí —murmura finalmente.
—¿Sí? —pregunto, necesitando la confirmación sonora.
—Sí —repite con firmeza—. Sin condiciones previas. Aceptando los doce años como parte de nuestro bagaje, no como un lastre.
Me levanto con una falta de elegancia impropia de mi rango, coherente con el resto de la escena.
Extraigo el anillo y se lo deslizo en el dedo.
La esmeralda brilla con una intensidad asombrosa junto a su piel; el color de la piedra y el de sus ojos forman una armonía que parece haber estado aguardando este segundo desde octubre.
—El color —susurra ella, contemplando la joya con asombro.
—Lo percibí en el instante en que mi madre lo puso en mis manos.
—¿Y no dijiste nada al respecto hasta ahora?
—Quería comprobar si tú también lo notabas por ti misma.
Caelina levanta la vista y me dedica esa expresión que mezcla la lógica con la exasperación. Noto en su gesto una ternura nueva, la de quien se descubre unida a la persona que no sabía que estaba esperando.
—Eres un idiota absoluto —murmura por segunda vez esta tarde, mientras acaricia el borde del anillo.
—Lo acepto. Pero ahora soy tu idiota.
Desde el pasillo, la voz de Hatch llega con su neutralidad habitual, rompiendo el círculo de silencio que nos rodeaba.
—El té está servido, lord.
En esas cuatro palabras, pronunciadas en el umbral, habitan treinta años de servicio y el alivio de un hombre que recibe la noticia que ha aguardado con la misma impasibilidad de siempre. Es su forma de decir que todo está donde debe estar, sin añadir una sola sílaba que el decoro no autorice.