Epílogo
La casa estaba en Bouldin Creek, en una calle de robles viejos y aceras agrietadas por las raíces, a quince minutos del lago.
La habían comprado en marzo, después de cuatro meses de discusiones amables sobre metros cuadrados y orientación de las ventanas.
Vivienne quería un despacho con luz norte.
Corinne quería un porche. Habían conseguido las dos cosas y un jardín trasero demasiado grande que ninguna de las dos sabía cuidar.
Un viernes de noviembre, casi un año exacto desde el primer lunes de Corinne en Helixare, la tarde caía despacio sobre Austin con la luz dorada y baja que la ciudad reserva para el otoño. Corinne estaba en la cocina pelando boniatos con una concentración que no requería la tarea.
Llevaba el delantal de cerámica manchado de barro seco. No se lo había quitado al volver del taller.
—Vienen a las ocho —dijo Vivienne desde la puerta.
Corinne no levantó la vista del cuchillo.
—Lo sé. Lo has dicho tres veces.
—La primera fue por la mañana.
—Las tres cuentan.
Vivienne entró en la cocina. Llevaba vaqueros y los pies descalzos sobre las baldosas frías. Hacía un año esa imagen habría sido inconcebible: la fundadora de Helixare sin zapatos, sin reloj, con el pelo recogido en un moño que se deshacía por un lado.
Se apoyó en la encimera y la observó pelar.
—Estás nerviosa —dijo Corinne.
—No estoy nerviosa.
—Has movido los cubiertos dos veces.
Vivienne miró la mesa puesta detrás de ella. Era cierto. Los había alineado, los había vuelto a alinear.
—Es solo Jade —añadió Corinne—. Lleva un año cenando con nosotras.
—Esta vez es distinto.
Corinne dejó el cuchillo. Se giró, se secó las manos en el delantal y la miró con esa atención lenta que todavía, después de un año, le aflojaba algo a Vivienne.
—¿Por qué es distinto?
Vivienne no contestó enseguida. Abrió un cajón, sacó un paño, lo dobló sin necesidad.
—Porque hoy le cuento lo del consejo —dijo al fin.
Corinne entendió. Asintió despacio.
—Ya.
Hacía tres días, el consejo de Helixare había aprobado el nuevo organigrama.
Daniel pasaba a director de operaciones.
Vivienne mantenía la dirección general, pero con una semana laboral de cuatro días blindada en el contrato.
Era la primera vez en catorce años que un papel oficial protegía su tiempo en lugar de exigirlo.
—No es asunto de Jade —dijo Corinne, sin reproche.
—No. Pero quiero contárselo. —Vivienne dobló otra vez el paño—. Le caigo mejor cuando le cuento cosas.
Corinne sonrió. Volvió a los boniatos.
—Le caes bien igual. Solo que no te lo dice.
El sol entraba por la ventana sobre el fregadero y caía sobre las manos de Corinne, sobre el barro seco bajo sus uñas, sobre la alianza fina que llevaba desde hacía cinco meses.
No se habían casado. Era un anillo sin nombre que se habían comprado una tarde en el mercado a un artesano que vendía plata torcida a mano.
Vivienne llevaba el suyo en la mano derecha porque en la izquierda le molestaba para escribir.
—¿Qué hiciste hoy en el taller? —preguntó Vivienne.
—Un cuenco. El cuarto. Sigue saliendo torcido.
—¿Mucho?
—Lo justo para que no apoye bien.
—Entonces no es un cuenco. Es una escultura.
Corinne la miró por encima del hombro.
—Eso mismo dijo Jade. Y luego se rió.
Vivienne dejó el paño. Cruzó la cocina y se colocó detrás de Corinne, le pasó los brazos por la cintura, apoyó la barbilla en su hombro. Olía a barro y a jabón de cocina.
—Yo no me río —dijo.
—No. Tú compras los cuencos torcidos y los pones en el despacho.
—Tengo tres en el despacho.
—Cuatro, después de esta noche.
Vivienne sonrió contra su cuello y no dijo nada. Se quedaron así un momento, mientras el vapor empezaba a subir de la olla y la luz seguía bajando y la casa entera, esa casa que era de las dos, respiraba en silencio a su alrededor.
Hacía un año, ninguna de las dos habría sabido estar así. Quietas, sin agenda, sin que el silencio significara una negociación.
—Tengo que terminar la cena —dijo Corinne.
—Lo sé.
Pero ninguna se movió.
Jade llegó a las ocho y cuatro minutos con una botella de vino y un escándalo. Tocó el timbre tres veces seguidas aunque la puerta estaba entreabierta, y entró ya hablando.
—Os juro que la calle esta tiene más socavones que una carretera. Casi me dejo el cárter en una raíz. —Le tendió la botella a Vivienne sin mirarla, mirando ya la mesa—. Huele de muerte. ¿Boniato?
—Y pollo —dijo Corinne desde la cocina.
—Dios. Me caso con esta casa.
Jade dejó la chaqueta en el respaldo de una silla, no en el perchero, como hacía siempre, y como cada vez Vivienne tuvo el impulso brevísimo de moverla y, como cada vez, no lo hizo. Había aprendido. La chaqueta podía quedarse en la silla. No pasaba nada.
—¿Vino? —ofreció Vivienne.
—El que he traído. El tuyo es demasiado bueno y luego no puedo beber el malo en mi casa.
—Pues entonces te llevas una botella del mío.
—Eso es lo que quería oír.
Se sentaron. Corinne sirvió. El pollo estaba bien, el boniato un poco pasado, y nadie dijo nada porque a nadie le importaba.
Jade contó una historia larga sobre una mujer del taller de cerámica que había roto sin querer una pieza ajena y había fingido que no, y Corinne la corrigió en dos detalles, y Jade dijo que la versión buena era la suya aunque fuera mentira.
Vivienne escuchaba más que hablaba. Lo hacía desde hacía meses. Había descubierto, con cierto asombro, que se podía estar en una mesa sin dirigirla.
—¿Y tú? —le dijo Jade de pronto, señalándola con el tenedor—. Estás muy callada. Eso, en ti, o es paz o es un infarto.
Vivienne dejó la copa.
—Cambiamos el organigrama esta semana.
—¿Qué organigrama?
—El de la empresa.
Jade entornó los ojos.
—¿La empresa de los millones?
—Esa.
—¿Y eso es bueno o malo? Porque pongo cara de lo que sea, pero necesito que me orientes.
Corinne escondió una sonrisa en la servilleta.
—Es bueno —dijo Vivienne—. Daniel sube. Yo bajo el ritmo. Cuatro días a la semana, por contrato.
Jade dejó el tenedor del todo.
—¿Por contrato? ¿Te puedes obligar a ti misma por contrato a no trabajar?
—Es la única forma que conozco —dijo Vivienne, y lo dijo con humor pero no del todo.
Jade la miró un segundo largo. Luego asintió, despacio, con un gesto que en otra persona habría parecido leve y que, en Jade, era casi solemne.
—Bien —dijo—. Eso está bien.
Y volvió al boniato.
Eso era todo. No hubo brindis ni discurso. Corinne miró a Vivienne por encima de la mesa y vio que se había soltado algo en sus hombros, algo que ni siquiera Vivienne había sabido que estaba apretado. La aprobación de Jade pesaba más de lo que Vivienne reconocería nunca en voz alta.
—Estás roja —dijo Corinne.
—Es el vino.
—Es el vino malo de Jade —corrigió Jade—. Tiene ese efecto. Sinceridad emocional. Por eso lo traigo.
Después de cenar recogieron entre las tres. Jade lavaba, Corinne secaba, Vivienne guardaba, y se estorbaban en la cocina pequeña como una familia que lleva años haciéndolo. Jade rompió la rutina solo para sostener en alto el cuenco torcido, recién hecho, que Corinne había traído del taller.
—¿Este es el cuarto?
—Ese es el cuarto.
—No apoya.
—No apoya.
—Es horrible.
—Lo sé.
Jade lo dejó en la encimera, donde se balanceó un poco antes de quedarse quieto en un ángulo imposible.
—Me lo quedo —dijo.
—Tú no quieres ese cuenco.
—Claro que no. Pero es tuyo y es feo y por eso lo quiero. —Lo metió en su bolso envuelto en un paño de cocina que también se llevó—. Algún día valdrá una fortuna. Cuando seas famosa.
—No voy a ser famosa por la cerámica.
—No. Pero suena mejor que «cuando te mueras».
Vivienne soltó una carcajada corta, sorprendida, la primera del año que sonó así, sin filtro. Jade la señaló triunfante.
—¿Has oído eso? La he hecho reír. De verdad. Apúntalo.
—Está apuntado —dijo Corinne.
Jade se fue a las once con dos botellas del vino bueno y el cuenco feo.
Las abrazó a las dos en el porche, a Corinne más fuerte, a Vivienne con una palmada en la espalda que ya no era de cortesía.
Bajó los escalones esquivando una raíz, gritó algo sobre el socavón, y arrancó el coche con un ruido que despertó a un perro tres casas más allá.
Cuando las luces traseras desaparecieron en la esquina, Corinne y Vivienne se quedaron en el porche. La noche de noviembre era fresca pero no fría. Olía a hojas húmedas y a leña de alguna chimenea cercana.
Corinne se sentó en el escalón de arriba. Vivienne se sentó un escalón por debajo, entre sus piernas, la espalda apoyada en sus rodillas. Corinne le pasó los dedos por el pelo, deshaciendo lo que quedaba del moño.
—Le ha gustado lo del contrato —dijo Corinne.
—Le ha gustado más de lo que esperaba.
—A mí también.
Vivienne ladeó la cabeza hacia atrás para mirarla.
—¿Tenías dudas?
—De ti, no. —Corinne le retiró un mechón de la cara—. De que durara. La gente firma contratos consigo misma todo el tiempo. Casi nunca los cumple.
—Lo sé. —Vivienne volvió a mirar la calle—. Por eso lo metí en el de la empresa. Para que cumplirlo no dependiera solo de mí.
Corinne no respondió enseguida. Le acariciaba el pelo despacio, mirando la oscuridad entre los robles.
—Hace un año me dabas miedo —dijo al fin.
Vivienne se quedó muy quieta.
—¿Yo?
—Tú. Esa intensidad. Esa forma de querer las cosas hasta consumirlas. —Corinne hablaba sin dramatismo, como quien constata el clima—. La conocía. Era la mía. Pensé que estar contigo era volver a empezar la misma historia que me había costado cuarenta años terminar.
Vivienne tenía la vista fija en la calle vacía.
—¿Y ahora?
—Ahora pelo boniatos contigo a las siete de la tarde un viernes. —Corinne se inclinó y le besó la coronilla—. La historia es otra.
Se quedaron en silencio un rato. Un coche pasó al fondo de la calle y dejó la noche más quieta que antes.
—Yo también tenía miedo —dijo Vivienne, en voz baja—. Cuando lo descubrí. Lo de Ashford. Lo de los cuatrocientos millones.
—Lo sé.
—No de lo que fuiste. —Giró el cuerpo para mirarla de frente, las rodillas dobladas en el escalón—. De que volvieras a serlo. De que un día te aburrieras de los cuencos torcidos y de mí y echaras de menos el tablero grande.
Corinne le sostuvo la mirada.
—¿Y ahora?
—Ahora retiré un plan de expansión de diez años y dormí esa noche como hacía catorce años que no dormía. —Vivienne sonrió un poco—. Creo que ya no soy yo la que tiene que tener miedo de eso.
Corinne se rió, baja, ronca.
—Te lo dije.
—No me lo dijiste.
—Te lo dije con la mirada. Cuenta.
Vivienne se apoyó otra vez contra sus rodillas. Corinne le rodeó los hombros con los brazos y apoyó la barbilla en su cabeza. Desde allí veían el jardín delantero, descuidado, con la hierba demasiado alta y un rosal que habían plantado mal y que se empeñaba en vivir igual.
—Tenemos que cortar eso —dijo Vivienne.
—Lo dices cada viernes.
—Y cada viernes seguimos sin cortarlo.
—Es nuestra tradición.
Vivienne sonrió contra el brazo de Corinne.
Dentro, en la cocina, quedaba la mesa sin recoger del todo, una copa olvidada con un dedo de vino malo, las tres sillas separadas como las habían dejado.
En el despacho de luz norte había tres cuencos torcidos en una estantería y un hueco donde habría estado el cuarto si Jade no se lo hubiera llevado.
En el dormitorio del fondo había una cama deshecha desde la mañana porque ese día ninguna de las dos había tenido prisa.
Nada de eso era extraordinario. Esa era la cuestión.
—Daniel me preguntó hoy si soy feliz —dijo Vivienne de pronto.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que no sabía qué significaba esa palabra. Que llevaba cuarenta y seis años sin necesitarla.
—¿Y él?
—Me dijo que eso ya era una respuesta.
Corinne la apretó un poco más fuerte.
—¿Lo es? —preguntó.
Vivienne se tomó su tiempo. Miró la hierba alta, el rosal terco, la calle con sus socavones, la casa que respiraba a su espalda con las dos dentro.
—Estoy en un porche un viernes por la noche —dijo—. No tengo el teléfono encima. No sé dónde está. Llevo dos horas sin pensar en Helixare. —Hizo una pausa—. Hace un año no podía estar diez minutos sin mirar el correo. Lo medía. Llegué a contar los minutos.
—¿Y ahora cuántos llevas?
—No los estoy contando. —Giró la cabeza para mirarla—. Esa es la respuesta.
Corinne se inclinó y la besó. Despacio, sin urgencia, un beso de los que no piden nada porque ya tienen todo.
Vivienne le sujetó la nuca con una mano y se quedaron así, encajadas en los escalones, mientras el frío de noviembre se colaba por fin entre la ropa y ninguna de las dos lo usaba como excusa para entrar.
Cuando se separaron, Corinne apoyó la frente en la de ella.
—Va a hacer frío de verdad dentro de nada —dijo.
—Lo sé.
—Deberíamos entrar.
—Lo sé.
Ninguna se movió.
Una hoja se soltó de un roble y cayó sobre el escalón, entre las dos. Vivienne la cogió, la giró entre los dedos, la dejó otra vez en su sitio.
—Mañana cortamos la hierba —dijo.
—No.
—¿No?
—Mañana voy al taller. Tú tienes ese libro empezado en la mesilla desde hace tres semanas. —Corinne se levantó, le tendió la mano—. La hierba puede esperar al sábado que viene.
Vivienne miró la mano un instante. Luego la tomó. Se levantó. La hierba seguiría alta, el rosal terco, los socavones en su sitio. Habría otro viernes, y otro, y Jade volvería con vino malo, y el cuenco torcido valdría una fortuna o no valdría nada. Eso dejaba de importar.
Entraron juntas en la casa que era de las dos.