Capítulo 3
La primera vez fue un accidente de verdad.
—Décima —dijo Vivienne, sin mirar el panel.
—Ya está marcada.
Entonces sí levantó la vista. Una décima de segundo más de lo necesario.
—Usted resolvió los archivos ayer.
No era una pregunta. Corinne notó el calor subiéndole por el cuello, no de vergüenza, sino del reconocimiento de un igual en territorio enemigo. Bebió de su café para ganar un segundo.
—Marcus encontró la versión antigua en el correo —contestó—. Yo solo sugerí dónde mirar.
—Mmm.
El ascensor se detuvo en la décima. Las puertas se abrieron.
—Que tenga buen día, señora Hartwell.
—Vivienne.
Corinne salió sin responder. Las puertas se cerraron a su espalda y el ascensor siguió subiendo cuatro plantas más con Vivienne dentro, mirando el reflejo de su propia cara en el acero pulido sin verla.
La segunda vez no fue un accidente, aunque ninguna de las dos lo dijo.
Fue el jueves. Corinne bajó a comprar café a las 8:38, dos minutos antes que la víspera, y Vivienne estaba en el local de la esquina pidiendo un americano.
No había razón para que la CEO de Helixare comprara café en un local con seis mesas pegajosas y una máquina de espresso que rugía como un avión.
Tenía una cafetera italiana de seis mil dólares en la planta catorce.
Corinne lo sabía porque había leído el inventario de activos.
—Dos —dijo Vivienne al chico de la barra, y señaló a Corinne con la barbilla—. ¿Qué toma?
—No hace falta.
—Ya lo he pedido.
—Solo. Sin azúcar.
Vivienne asintió como si hubiera confirmado algo.
Pagó los dos cafés con el móvil, deslizó uno por la barra hacia Corinne, y se quedó esperando el suyo con las manos en los bolsillos del pantalón.
La luz de la mañana entraba oblicua por el escaparate y le daba en el lado izquierdo de la cara.
Ojos grises. Corinne lo registró y guardó el dato donde guardaba todo lo que no le convenía mirar de frente.
—Gracias por el café.
—No me lo agradezca. Quiero saber una cosa.
Corinne esperó.
—¿Dónde trabajaba antes de Helixare?
Ahí estaba. Tres días y ya estaba ahí. Corinne sopló el café aunque no estaba demasiado caliente.
—Llevo un par de años fuera del mercado laboral. Acabo de volver.
—No le he preguntado eso.
—Logística. Cosas de oficina. Nada interesante.
El chico dejó el americano de Vivienne en la barra. Ella lo cogió sin apartar los ojos de Corinne, y por un momento pareció que iba a insistir. No lo hizo. Sonrió apenas, con una esquina de la boca, y Corinne entendió que esa media sonrisa significaba te he visto desviar y lo he anotado .
—Nada interesante —repitió Vivienne—. Que tenga buen día, Corinne.
Salió primero. Corinne se quedó un momento con el vaso de cartón ardiéndole en la palma, las pulsaciones subidas, preguntándose cómo demonios sabía su nombre.
Daniel lo notó en la reunión de operaciones del lunes siguiente.
—Has bajado tres veces a la décima esta semana —dijo, recogiendo sus carpetas—. Yo te traigo lo que necesites. Para eso estoy.
—Me gusta moverme.
—Tú nunca te mueves. Tú haces que las cosas vengan a ti.
Vivienne no levantó la vista de la pantalla.
—Hay una administrativa nueva ahí abajo. Resolvió lo de los inversores en quince minutos y dejó que el crédito se lo llevara Marcus. No quiso aparecer.
Daniel se detuvo en la puerta.
—¿Y eso te molesta?
—Me intriga. Que no es lo mismo.
—Con la gente que te intriga sueles acabar contratándola o despidiéndola.
Vivienne sí levantó la vista entonces. Daniel sostuvo la mirada el tiempo justo —doce años conociéndola le habían enseñado dónde estaba la línea— y luego salió y cerró la puerta sin hacer ruido.
Vivienne se quedó mirando la pantalla, donde el cursor parpadeaba en un correo a medio escribir.
Lo borró. Escribió otra cosa. Lo borró también.
Abajo, en la décima, Corinne almorzaba en su mesa una ensalada de un táper, repasando un informe de inventario que no era su responsabilidad pero que había detectado mal cuadrado. Priya se acercó con su propio almuerzo.
—¿Puedo? —dijo, señalando la silla.
—Claro.
Priya se sentó. Hablaron de la cafetería nueva del barrio, de un compañero de contabilidad que se casaba, de la lluvia que llevaba toda la semana amenazando y sin caer.
Corinne escuchaba bien, contestaba poco, hacía la pregunta exacta para que Priya siguiera hablando.
Era una habilidad antigua. Durante cuarenta años la había usado para mover juntas directivas.
Ahora la usaba para almorzar con una chica de veintiocho años y no tener que hablar de sí misma.
—Tú no cuentas nada —dijo Priya de pronto, sin reproche, masticando.
—No hay mucho que contar.
—Mentira. La gente que no cuenta nada siempre tiene lo mejor.
Corinne se rió, y la risa fue genuina. Por un segundo se permitió pensar que estar allí, en una mesa blanca, comiendo ensalada de táper con una chica que le caía bien, era exactamente lo que había venido a buscar.
Una vida del tamaño correcto. Sin nadie que la mirara como Vivienne Hartwell la había mirado en el ascensor.
El almuerzo de la tercera semana empezó como trabajo.
Vivienne la convocó a la planta catorce a través de Priya, con un pretexto operativo: revisar el flujo de aprobación de gastos de la décima, que según un informe interno tardaba el doble que las demás plantas.
Corinne subió con su libreta y su portátil.
La sala de reuniones pequeña tenía una mesa de cristal y una ventana que daba al lago.
Vivienne ya estaba allí, sin chaqueta, las mangas de la camisa subidas hasta el antebrazo, con dos ensaladas y dos botellas de agua sobre la mesa.
—He pedido para las dos —dijo—. Asumo que no come carne porque su táper de ayer era verde.
—Me espía el almuerzo.
—Veo cosas. Es distinto.
Corinne se sentó. Abrió la libreta. Durante veinte minutos hablaron del flujo de aprobación, y fue una conversación buena, rápida, las dos viendo el problema desde el mismo ángulo antes de que la otra terminara la frase.
Vivienne proponía, Corinne afinaba. Vivienne afinaba lo que Corinne había afinado.
En un momento dado las dos se quedaron calladas a la vez, conscientes de que estaban hablando como dos personas que habían dirigido cosas grandes, no como una CEO y una administrativa.
Vivienne dejó el bolígrafo.
—¿Quién le enseñó a pensar así?
—Nadie. Se aprende.
—No. Eso no se aprende sentado en una mesa de operaciones.
Corinne masticó. Tragó. Bebió agua.
—¿El lago siempre está así de quieto a esta hora?
Vivienne miró la ventana, miró a Corinne, y por un instante hubo en su cara el gesto de alguien que ve cómo le cierran una puerta con tanta suavidad que casi da las gracias.
—A mediodía sí. Por la tarde se levanta el viento del sur.
—Bonito.
—Lo es.
Comieron un rato sin hablar. No era un silencio incómodo.
Era el de dos personas que habían descubierto que les gustaba estar calladas en la misma habitación, y que eso era más peligroso que cualquier cosa que pudieran decirse.
Corinne notó el peso de la mirada de Vivienne en el perfil.
No se giró. Sabía exactamente qué pasaría si se giraba.
—Lleva tres semanas aquí —dijo Vivienne.
—Las llevo.
—¿Le gusta?
—Me gusta lo tranquilo.
—Helixare no es tranquila.
—La décima planta lo es bastante.
Vivienne sonrió de medio lado otra vez, la misma media sonrisa del local de café, y Corinne empezó a entender que esa sonrisa era el sonido de Vivienne archivando otra evasión.
No insistía. Nunca preguntaba dos veces lo mismo.
Pero no olvidaba. Iba acumulando, callada, una pregunta tras otra sin respuesta, como quien junta piezas de un rompecabezas del que ya intuye la forma y solo espera tener bastantes.
—¿Le importa si le digo una cosa? —preguntó Vivienne.
—Adelante.
—Es la persona más difícil de leer que ha pasado por este edificio en quince años. Y yo leo muy rápido.
Corinne dejó el tenedor.
—A lo mejor no hay tanto que leer.
—Hay muchísimo. Por eso me cuesta.
Las dos se sostuvieron la mirada. La luz del mediodía rebotaba en el cristal de la mesa, en el agua de las botellas, en los ojos grises de Vivienne, que no parpadeaban. Corinne tuvo la sensación concreta de estar de pie al borde de algo. Se le había secado la boca. Bebió. El agua no ayudó.
—El flujo de aprobación —dijo, volviendo a la libreta—. Si trasladamos el visto bueno de gastos menores al jefe de equipo en lugar de subirlo a finanzas, recortamos día y medio.
Vivienne la observó un segundo más. Luego cogió el bolígrafo.
—De acuerdo. Redáctelo. Lo apruebo esta tarde.
Esa noche, Corinne llamó a Jade.
—Cuéntame algo bueno —dijo Jade al otro lado—. He cocido tres tazas y se me han rajado las tres. Estoy considerando dedicarme al macramé.
—Hay una mujer en el trabajo.
Silencio. Luego, despacio:
—Repite eso.
—Mi jefa. La fundadora. Me lleva pidiendo cafés y almuerzos tres semanas.
—¿Tu jefa, la dueña de la empresa entera, te invita a almorzar?
—Hoy me ha dicho que soy la persona más difícil de leer que ha entrado en el edificio en quince años.
—Corinne. —La voz de Jade cambió, se puso lenta y peligrosa, esa voz que usaba cuando dejaba de bromear—. ¿Sabe ella quién eres?
—Sabe que llevo tres semanas en la décima planta.
—No es lo que te he preguntado.
Corinne se pasó la mano por la cara. Estaba en el sofá de su piso, con las luces bajas y el ventanal abierto al calor de la noche de Austin, el ruido de las cigarras subiendo desde la calle.
—Cree que trabajaba en logística. Cosas de oficina.
—Le has mentido.
—No le he mentido. He desviado.
—Es lo mismo cuando la otra persona te está mirando como me acabas de describir.
—No me está mirando de ninguna manera. Es una jefa curiosa.
—Las jefas curiosas mandan a alguien a investigarte. No te compran el café solo dos mañanas seguidas.
Corinne no contestó. Afuera, una de las cigarras paró de cantar y arrancó otra. Jade respiró hondo.
—Mira, yo no te conozco de tus tiempos de tiburona. Te conozco de cerámica, donde rompes tantas tazas como yo y maldices peor. Y me caes bien así. Pero conozco a la gente, y la gente que te oculta lo importante al principio no lo cuenta nunca. Solo lo va aplazando hasta que explota.
—No hay nada que contar todavía. Es trabajo.
—Sí, sí. Trabajo. —Jade hizo una pausa—. ¿Es guapa?
Corinne miró el techo.
—Mucho.
—Dios nos ampare. Buenas noches, tiburona.
Colgó. Corinne se quedó sentada en la oscuridad un rato largo, con el móvil apagándosele en la mano y las cigarras llenándole el silencio que no sabía cómo llenar de otra forma.
El viernes, a última hora, casi todos se habían ido.
Corinne terminaba un cuadre cuando vio a Vivienne salir del ascensor de la décima.
No era su planta. No había razón. Llevaba la chaqueta del traje colgada del dedo, sobre el hombro, y caminaba sin prisa entre las mesas vacías, y se detuvo frente a la de Corinne, en la última hilera, con el ventanal detrás encendido de naranja por la tarde que se caía sobre Austin.
—Trabaja hasta tarde —dijo Vivienne.
—Acabo este cuadre y me voy.
—El flujo de aprobación funcionó. Finanzas se quejó. Buena señal.
—Si finanzas no se queja, no has cambiado nada.
Vivienne se rió. Una risa corta, baja, de verdad, que Corinne no le había oído antes. Le cambió la cara. Diez años más joven durante dos segundos. Corinne sintió el cosquilleo subiéndole por los brazos y odió la precisión con que su propio cuerpo había aprendido a delatarla.
Vivienne se apoyó en el borde de la mesa de al lado.
No tenía prisa. Era viernes por la tarde, la planta estaba vacía, y la fundadora de Helixare Technologies estaba apoyada en una mesa de operaciones mirando a una administrativa como si tuviera todo el tiempo del mundo y ningún sitio mejor donde estar.
—Le voy a hacer una propuesta —dijo Vivienne—. Y quiero que la considere fuera del marco de jefa-empleada.
Corinne cerró el portátil despacio.
—La escucho.
—Cenar. Usted y yo. No para hablar de flujos de aprobación. No en un sitio de Helixare. Un restaurante pequeño que conozco, lejos de todo esto. —Hizo una pausa—. Como dos personas.
El naranja del ventanal le ardía en el pelo negro.
Corinne notó las pulsaciones en el cuello, en las muñecas, en la base de la garganta, donde se le había cerrado el aire.
Sabía exactamente lo que estaba pasando.
Sabía exactamente lo que pasaría si decía que sí.
Y sabía, con la claridad fría de quien ha pasado cuarenta años calculando consecuencias, que decir que sí era empezar algo que tendría que sostener encima de una mentira por omisión que crecía cada día que callaba.
Lo que no sabía era por qué quería decir que sí con todo el cuerpo.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque hace tres semanas que intento leerla y no puedo. Y la única forma de seguir intentándolo es fuera de aquí.
—Esa es una razón muy mala para cenar con alguien.
—Es la más sincera que tengo.
Corinne se levantó. Recogió el portátil, la libreta, el vaso de café vacío.
Se tomó su tiempo. Vivienne esperó, sin moverse del borde de la mesa, paciente de una forma que Corinne reconoció porque era la suya: la paciencia del que sabe que va a conseguir lo que quiere y solo está siendo cortés con el reloj.
—El lunes le doy una respuesta —dijo Corinne.
—El lunes.
—Sí.
Vivienne se enderezó. Se colgó la chaqueta mejor del hombro. Caminó hacia el ascensor entre las mesas vacías, y a mitad de camino se giró.
—No es lunes —dijo—. Es hoy. Solo que todavía no se ha oído decirlo.
Las puertas del ascensor se abrieron. Entró. Se cerraron.