27 de septiembre
Está confirmado. Emma M. Lion franqueó la puerta principal de Mulberry Hall y lady Harlow la recibió con la misma consideración solemne que a cualquier otro invitado. Incluso me asignaron mi propia habitación.
Qué lujo.
Esto es, hasta que tía Eugenia apareció e intentó rectificar su mundo.
—Oh, Lily. No es necesario que mande a Emma a la Habitación Campánula; compartirá la Habitación Rosa con Arabella.
Pero me había olvidado de lo poco que le gusta a lady Harlow ser rectificada por lady Eugenia Spencer.
—Querida Eugenia, Arabella tiene una doncella que la atiende. No las amontonemos. A Emma le encantará la Habitación Campánula y, como está en el mismo pasillo que la Rosa, las chicas tendrán sobrado tiempo para compartir secretos.
Tía Eugenia apretó los labios al tiempo que el ojo se le crispaba.
Pero no dijo nada.
Triunfo, me has honrado con tu corona dorada.
—Bien, Emma, como sabes, mi Violet está guardando reposo y no puede acompañarnos.
Pero Arabella y tú no tenéis por qué preocuparos.
Además de los viejos y aburridos amigos que conforman mi grupo —a tía Eugenia se le escapó un «ejem»—, he invitado a unos jóvenes que llegarán en el tren de la tarde a tiempo para la cena.
Ahora, sube a tu habitación. Descansa e instálate.
Ahora mismo me estoy «instalando» sentada a un escritorio frente a la ventana que da al parque. Me pregunto si seré capaz de arrastrar a Arabella a dar un paseo antes de que llegue la hora de cambiarse para la cena. Tendríamos que darnos prisa, porque el gong de la cena no espera a ningún paseante.
Más tarde
Humor cruel, tú eres la vida.
Tras un breve paseo en solitario —Arabella no quería ir, Arabella tampoco quería que fuera yo y me absorbió la mayor parte del tiempo—, me cambié para la cena.
Dato interesante: lady Harlow me ha asignado una doncella —asombroso— que se tomó con calma mi aspecto posterior al paseo, no dijo nada sobre el barro y me transformó en una joven presentable en un tiempo récord.
Mi cabello tenía un aspecto de lo más civilizado y, tras aplicarme un toque de perfume, me mandó al salón.
Mulberry Hall es grande. No siempre es fácil orientarse cuando se conoce poco el lugar.
Quiso la suerte que deambulara un poco más de lo que conviene antes de llegar al salón adecuado, que bullía con la conversación de los invitados de mayor edad.
Arabella se encontraba de pie entre ellos, la preferida de todos.
Justo cuando le estaba haciendo una señal a mi prima para que se uniera a mí, lady Harlow me agarró del codo.
—Demasiados viejos y muy pocos jóvenes. Pero no te preocupes, Emma —dijo lady Harlow—. Los jóvenes caballeros han llegado hace menos de treinta minutos y tienen órdenes estrictas de bajar en breve.
Ante la perspectiva de contar con la presencia de dos jóvenes caballeros, pensé: «Aquí estás, Emma. Lista para conocer a alguien interesante. Fuera de los límites de St. Crispian’s, quiero decir».
Y entonces apareció Roland.
Un dios Sol sonriente.
Me volví hacia Arabella.
—¿Sabías que Roland iba a venir?
—Por supuesto. ¿No te alegra?
Claro que me alegraba. Así se lo dije. Y pregunté:
—¿Quién ha venido con él? Alguien nuevo e interesante, espero.
En ese mismo instante, la figura desgarbada de un joven alto, por no decir desastrosamente desmañado, entró en la habitación. Charles Goddard.
—No, Arabella —gemí—. No, no, no. Me prometiste que nos lo pasaríamos en grande en el campo. No dijiste nada de mástiles ni de jirafas ni de pretendientes no pretendidos.
—Cálmate, Emma. Los cuatro nos lo pasaremos muy bien.
—Si me pide matrimonio…
—No puede —me aseguró Arabella—. Mi madre le ha dicho que tendrá permiso para casarse contigo una vez que yo esté establecida.
Eso te da al menos un año para hacer algo lo bastante imprudente como para acabar con cualquier posible idea de unión entre ambos.
En cuanto a qué podría ser ese algo imprudente, te sugiero que te fugues con tu Inquilino.
Ya vivís prácticamente en una unión de hecho, según están las cosas.
Roland y El Desafortunado se encaminaron hacia donde nos encontrábamos Arabella y yo, y tuve la ingenuidad de pensar que, al igual que Roland había pasado de ser un niño horrible a…, bueno, un semidiós, quizá ahora Charles Goddard resultara más interesante y menos irritante de lo que lo recordaba.
Me equivoqué incluso solo con esperarlo.
Ni que decir tiene que, aunque no nos sentamos juntos durante la cena —a lady Harlow le gusta desesperar un poco a sus invitados jóvenes la primera noche para que, al día siguiente, se alegren cuando los lance al uno contra el otro—, él me dedicó varias sonrisas de media luna desde el otro lado de la mesa.
Le conferían un aspecto como de estar a punto de morir de viruela.
Cálmate, Emma.
Esto también pasará.