CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
—Quizás la señorita Melina sienta vergüenza de mostrarse desnuda ante usted después de tanto tiempo. —Es la décima razón que Leo ha sugerido en la última hora.
Thomas acaba de contarle a Leo lo que sucedió anoche. No quería hacerlo, pero si quería su ayuda para descubrir qué había salido mal, tenía que ponerlo al tanto.
—Eso es imposible. He visto, besado y adorado cada maldito centímetro de su cuerpo. Es la razón más absurda que has dado.
—Lo sé, pero...
—¿Pero qué? —ladra Thomas, irritado.
—Por favor, no me mate por lo que voy a decir, señor.
—Habla.
—La señorita Melina será una mujer hermosa, pero la han torturado brutalmente. Estoy seguro de que su cuerpo está cubierto de cicatrices nuevas, y alguien como ella sentiría vergüenza de mostrarse ante nadie.
—Hmm. —Thomas apoya el mentón en el puño y medita sobre las palabras de Leo.
—Usted dijo que ella cambió de repente en cuanto se quitó la ropa, ¿verdad?
—Sí.
—No hay otra explicación, señor.
—Puede que tengas razón, Leo. No puedo creer que no se me ocurriera.
—Melina ya tenía algunas cicatrices cuando salían juntos, pero apenas se notaban.
Las nuevas son muy visibles porque son recientes.
Thomas por fin entiende por qué ella no quiere que la vea desnuda.
Agradece no haberla presionado demasiado anoche. Lo habría lamentado mucho.
—Es totalmente comprensible, señor.
—Gracias por ayudarme a entenderlo. Puedes tomarte el resto del día libre.
—Gracias, señor.
Mientras Leo sale de la oficina, Thomas piensa en cómo convencer a Melina de que sigue siendo jodidamente hermosa para él, incluso con el cuerpo cubierto de cicatrices. También piensa en cómo lograr que ella misma lo crea. Un golpe en la puerta interrumpe sus pensamientos.
—Adelante —dice Thomas, y la persona abre la puerta y entra.
—Melina. —Thomas se levanta de un salto. Es la última persona que esperaba ver. Incluso pensaba que lo evitaría durante días después de lo de ayer. Todavía no puede creer lo estúpido que fue.
—Hola, Thomas —dice ella con una suave sonrisa. A Thomas se le hincha el corazón al ver esa hermosa sonrisa. Echaba de menos sus sonrisas. Lleva un vestido de seda azul con estampado floral que le sienta como una segunda piel. Está preciosa.
—¿Qué te trae por aquí? —pregunta él mientras se acerca a ella, que sigue junto a la puerta. Le indica con un gesto que se siente en el sofá.
—Me gustaría hablar contigo de algo importante.
—Adelante. —Él se sienta frente a ella.
—Quiero volver a Estados Unidos.
—¿Qué? —No puede creer lo que acaba de oír. ¿Significa eso que no ha podido perdonarme?
—No te asustes; no me voy porque haya decidido no estar contigo, pero necesito tiempo lejos de aquí y de ti para pensármelo.
Sus palabras le atraviesan el corazón como una bala perdida. Sabe que la cagó anoche, pero no creía que eso fuera a alejarla tanto de él.
—Oh.
—Sí, y sé que no es seguro porque Rafael todavía podría secuestrarme, así que pensé que podrías asignarme un equipo de seguridad para evitar que eso ocurra.
Al oír a Melina mencionar a Rafael y el equipo de seguridad, Thomas recuerda lo que debería haber dicho en cuanto ella expresó su deseo de volver. Estaba tan dolido por la necesidad de ella de alejarse de él que no pensó en las consecuencias.
—Lo siento, Melina, pero no puedo dejarte volver a Estados Unidos. —Sabe que esto podría reforzar su decisión de no estar con él, pero no le importa. La seguridad de Melina es lo primero. No podría estar con ella si estuviera muerta.
—Sé que es arriesgado, pero necesito ese espacio.
—Sé que es importante que tengas el espacio que necesitas, pero no puedo, Melina. No puedo arriesgarme, joder.
—Leo podría encargarse de mi seguridad. Él se asegurará de que esté a salvo, y tú confías en él. Yo también me siento cómoda con él.
—Aun así no es suficiente para mí, Melina.
—¡Thomas! —dice ella, alzando la voz con un deje de enfado.
—La propiedad de los Costanzo es el lugar más seguro para ti. —Se levanta, dando por zanjada la conversación.
—Lo sé, pero... —Él la interrumpe.
—No, Melina, se acabó esta conversación. —Se aleja de ella y mira por la ventana de su oficina, dándole la espalda. Le duele no poder darle algo tan simple como tiempo lejos de él y del lugar que guarda tantos recuerdos horribles para ella.
Por primera vez en su vida, Thomas desea que su estilo de vida fuera diferente. Muchos de los problemas entre Melina y él no habrían surgido.
Oye sus pasos dirigirse hacia la puerta y espera a que se vaya. Cuando ella da un portazo al salir, los libros de los estantes tiemblan. ¡Mierda! Está enfadada conmigo. Ahora tiene otra razón para decidir no estar conmigo.
MELINA
Melina pasa el resto del día molesta con Thomas. Sabía que él se opondría a que se marchara, pero creía que podría convencerlo. Le decepciona no poder regresar a Estados Unidos.
Melina sale del baño después de lavarse las manos. Se dirige al sofá de su habitación para seguir viendo la tele con Franky, pero lo encuentra vacío. Quizás Franky haya bajado a la cocina a por más palomitas.
Melina se sienta y se entretiene con el móvil mientras espera a que Franky vuelva. Thomas le devolvió su antiguo teléfono. Está encantada de recuperarlo, porque pensaba que él lo había tirado.
Pasan unos minutos y Franky no ha vuelto. Melina sale de su habitación a buscarla. Baja las escaleras y echa un vistazo a la cocina, pero está vacía, así que vuelve a subir al cuarto de Franky.
Melina llega a la habitación y encuentra la puerta entreabierta.
Frunce el ceño, extrañada de que Franky haya dejado la puerta abierta estando dentro.
Empuja la puerta lentamente y entra. Llama a Franky al entrar.
Espera oír una respuesta, pero no obtiene ninguna.
Esto le preocupa; teme que algo le haya pasado.
Busca el interruptor de la luz y lo enciende.
Se le escapa un grito ahogado al ver el estado de la habitación.
Melina empieza a asustarse y grita el nombre de Franky aún más fuerte.
Toda la habitación está patas arriba. La lámpara de la mesita de noche está rota y algunos pedazos tienen manchas de sangre.
Melina reza para que no sea sangre de su hermana.
Los cojines decorativos también están en el suelo, y parece que los han rajado con un cuchillo. ¿Qué demonios ha pasado aquí?
Melina revisa los baños y el armario, pero no encuentra rastro de Franky. Sale corriendo de la habitación y empieza a buscarla por otras partes de la casa. ¡Dios mío! Por favor, que no le pase nada a mi hermana. Te lo suplico, no podría soportarlo si le ha pasado algo.