CAPÍTULO DIECISÉIS
MELINA
—Quería esperar a que Leo se fuera para hacerte una pregunta —dice Melina mientras caminan hacia la oficina de Thomas a buscar los productos de limpieza. Serena va a echarle una mano.
—¿Qué quieres preguntarme?
—¿Por qué no queréis que nadie sepa que estáis juntos? Creo que sería buena idea que la gente lo supiera. Quizá todos esos hombres que te dan miedo te dejarían en paz de una vez.
—Sé que si supieran que estamos juntos, lo harían, pero puede que a las otras no les haga gracia.
—¿Qué otras? —Cuando llegan a la oficina de Thomas, Melina espera a que Serena entre primero.
—Las otras criadas me desprecian porque mi madre y yo recibimos un trato preferencial del sotto capo. Si descubren que el hombre más codiciado de los suyos está saliendo conmigo, me despreciarán todavía más y me harán la vida aún más imposible.
—¿Thomas no puede hacer algo? —pregunta Melina mientras coge los productos de limpieza y se dirige a la puerta. Serena la ayuda con parte de las cosas.
—Si se lo cuento, solo conseguiré empeorar las cosas.
—Hmm, entiendo. Hacéis muy buena pareja. Seguro que a Leo le está matando que nadie lo sepa.
—¿Se notó tanto? —pregunta Serena, mordiéndose el labio inferior.
—Sí, bastante. Si no te importa que pregunte, ¿cuánto tiempo lleváis saliendo?
—Seis meses. —Serena y Melina suben las escaleras hacia la habitación de Thomas para limpiarla.
—Seis meses, y lo habéis mantenido en secreto, guau. —Melina abre la boca formando una O mientras dice «guau». Sin querer, su mente viaja a donde estaba ella hace seis meses. Se le llenan los ojos de lágrimas al recordar una de las peores tragedias de su vida, ocurrida justo entonces.
—Melina —la llama Serena, devolviéndola a la realidad.
—Perdona, ¿qué decías? —Melina se limpia una lágrima que se le ha escapado sin darse cuenta. Se le parte el alma cada vez que recuerda lo que pasó hace seis meses.
—Te decía que hasta hoy habíamos hecho un trabajo excelente ocultándolo. Leo se dejó llevar un poco.
—Leo debe de quererte mucho para aceptar mantener vuestra relación en secreto tanto tiempo.
—Sí, así es —admite Serena, sonrojándose.
—Dios, me acuerdo de cuando yo era como tú. Me sonrojaba con solo oír su nombre.
—¿Te refieres a cuando estabas con el sotto capo? Pensaba que no te gustaba.
—Eso es lo que todos creen, pero me enamoré perdidamente de él. —A Melina no le importa que Serena no crea que sus sentimientos por Thomas sean genuinos. Sabe que costará mucho convencer a alguien. La señora Costanzo solo le cree porque sabe por qué Melina traicionó a Thomas.
—Eso es difícil de creer, teniendo en cuenta que te acercaste a él para robarle el dinero.
—Lo sé, y por eso ni me molesto en decírselo.
—¿Todavía le quieres? —Melina nota la sorpresa de Serena al hacerle esta pregunta.
—Sí, le quiero.
—Si de verdad es así, sería increíble.
—Supongo que sí, pero basta de hablar de amor. Pongámonos a trabajar.
—Sí.
***
Melina vuelve a los cuartos de las criadas después de un largo día.
Está deseando llegar a casa y darse una buena ducha.
Serena tuvo que dejarla a mitad de la limpieza para atender a Linda.
Como siempre, atraviesa los jardines de camino; ya se ha convertido en un hábito.
Melina distingue una figura apoyada contra la pared cerca del invernadero.
Esta noche no hay luna, así que no puede ver quién es desde lejos.
A Melina se le va el color de la cara al reconocer a la persona.
Se queda paralizada, mirándolo fijamente.
—Hola, Melina —dice Matteo. Sabe cómo se llama. Eso no es buena señal.
—Hola, Matteo. —Melina le dedica una sonrisa forzada. Da un paso atrás, alejándose de él. No puede estar aquí a estas horas por nada bueno. A Melina se le escapa un grito cuando choca con alguien por detrás. Se da la vuelta y ve a Seth de pie detrás de ella. ¿De dónde ha salido?
—¿Por qué quieres huir? Ni siquiera te hemos dicho por qué estamos aquí —dice Matteo, apartándose de la pared y acercándose a ella. A Melina el corazón le late cada vez más deprisa con cada paso que él da.
—¿Tienes miedo de que te hagamos algo malo? —susurra Seth desde su izquierda. La están acorralando poco a poco. Le brota un sudor frío en la frente y empieza a sentirse claustrofóbica.
—No, no lo tengo. —Melina niega con la cabeza, con la mirada yendo de uno a otro mientras se le acercan.
—Eso está bien, porque solo queremos hablar —dice Matteo mientras le enrolla un mechón de pelo en el dedo. A ella se le corta la respiración al sentir el aliento de él en el cuello.
—H-h-hablar de qué? —Melina se mueve un poco hacia la izquierda, liberando el pelo de la mano de Matteo, pero eso solo la acerca más a Seth. Traga saliva con dificultad y parpadea para quitarse el sudor de los ojos.
Melina grita cuando Matteo la agarra del pelo y le acerca la cara a la suya a la fuerza.
—Hablar de cómo perdí la polla por tu puta culpa.
—Te juro que no le pedí a Thomas que te hiciera eso. Por favor, suéltame. —Le arde el cuero cabelludo mientras él sigue agarrándola.
—¿De verdad crees que me voy a tragar eso?
—Te juro que es la verdad. —Melina no puede creer que le esté pasando esto. La segunda vez que hace algo bueno y le explota en la cara. La primera fue lo que la trajo aquí.
—Maldita perra mentirosa. —Matteo le cruza la cara de una bofetada.
—Te juro que no miento; por favor, no me hagas daño. —Las lágrimas le resbalan por la mejilla, que aún le escuece.
—Oh, no te preocupes, no seré yo quien te haga daño. Solo voy a ayudar a mi amigo a hacer lo que me gustaría hacerte a ti. Se llama «echar una mano a un colega». Seguro que te suena.
—¿Qué quieres decir?
—Ya lo verás —dice Matteo con una sonrisa de suficiencia mientras la arrastra del pelo hacia la pared más cercana.
—¿Qué quie...? —Matteo la estrella de cara contra la pared, cortándola en seco. Un dolor punzante le atraviesa la nariz y la sangre empieza a brotar. Está casi segura de que se la ha roto.
—Desearás haberte largado aquel día —le susurra, apretándola contra la pared.
—Por favor, déjame ir; te juro que no le dije a Thomas que te hiciera eso.
—Melina vuelve la cabeza hacia un lado contra la pared y los ojos se le abren de terror al ver que Seth se está bajando los pantalones.
Forcejea para despegarse de la pared, sacudiéndose para zafarse de la mano que Matteo le tiene en el cuello.
Con la otra mano, él le arranca la ropa interior por debajo del vestido.
A Melina se le cae el alma a los pies, temiendo lo que está a punto de sucederle.
«¿Estoy maldita o qué? ¿Por qué demonios me violan constantemente? »
—Estoy deseando follármela —dice Seth mientras se acerca, relamiéndose.
—Date prisa. El sotto capo volverá pronto —advierte Matteo, sujetando a Melina contra la pared.
—Por favor, para, por favor, te lo suplico.
—Melina sigue forcejeando para liberarse, sacudiéndose con más fuerza contra la pared.
Las lágrimas le corren por el rostro a raudales.
Se le revuelve el estómago cuando siente que le suben el vestido.
Esta vez sabe que nada podrá impedir que este monstruo la tome.
Cierra los ojos y se prepara para el dolor que está por venir, pero en su lugar, una voz potente le provoca un escalofrío que le recorre la espalda.
—¿Qué cojones está pasando aquí? —grita Thomas mientras se acerca. Matteo suelta a Melina de inmediato y ella se desploma en el suelo, sin fuerzas. Seth también se aparta.
THOMAS
Camina hacia Melina y se agacha a su altura.
Ve la ropa interior desgarrada en el suelo y el rostro se le enrojece de rabia.
Le aparta el pelo que se le pega a la cara y le ve la mejilla amoratada.
Se le dilatan las fosas nasales mientras la ira le enciende la mirada.
Thomas se incorpora y vuelve hacia los dos hombres que acaban de firmar su sentencia de muerte.
Thomas está furioso por lo que acaba de presenciar.
No puede creer que estos idiotas hayan tenido la osadía de meterse con Melina.
Les agarra la cabeza a ambos y se las estrella contra la misma pared donde la tenían a ella.
Los dos hombres caen al suelo tras el impacto.
Les levanta la cabeza del suelo y se las golpea una contra otra con fuerza.
Esto es solo el calentamiento. Cuando Thomas acabe con ellos, desearán no haber pensado jamás en tocar a Melina.
Thomas saca un cigarrillo del bolsillo interior de la chaqueta y lo enciende.
Se acerca a Matteo, al que le mana sangre de la nariz destrozada, y le aplasta la brasa en el ojo derecho.
Matteo grita y espanta a los pájaros de alrededor.
Thomas le da un puñetazo en la cara que le destroza aún más la nariz, y luego pasa a Seth.
—Arrodíllate —le ordena Thomas a Seth, que tiene varios dientes de menos y la nariz fracturada y ensangrentada. Seth se apresura a arrodillarse frente a él—. Sácate la polla. —Todos abren los ojos como platos.
Thomas se agacha a la altura de Seth y lo agarra por la nuca. Le golpea las costillas con cada palabra que pronuncia: —He dicho que te saques la puta polla. —Seth gime de agonía mientras siente las costillas partirse y se apresura a sacársela.
Thomas se incorpora y saca una navaja del bolsillo interior. —Ahora córtatela —dice, lanzando la navaja frente a Seth. A este se le abren los ojos de terror.
—Por favor, sotto capo, te juro que no volveré a hacerlo. Por favor, no me hagas esto. —Seth le agarra la pierna a Thomas y se aferra a ella como a un salvavidas.
—Has cometido un error. No soy tu puto sotto capo, porque si lo fuera, no habrías intentado tocar lo que es mío. —Thomas le ruge desde arriba y le da una patada para quitárselo de encima. Seth sale despedido hacia atrás y cae junto a Matteo.
—Por favor, sotto capo, te he sido leal todos estos años. Por favor, no me niegues la oportunidad de tener una familia.
—Por tu lealtad, podría considerar dejarte vivir si te cortas la polla.
—¿En serio, jefe?
—Sí.
—Está bien, lo haré —dice Seth, recogiendo la navaja del suelo.
Todos observan expectantes mientras acerca la hoja a su polla.
Aún vacila, pero empieza a cortar en cuanto Thomas le quita el seguro a la pistola.
Thomas observa impasible mientras Seth se cercena la polla entre alaridos de agonía.
La sangre brota a borbotones de entre sus piernas.
—Bien, ahora dásela a él para que se la coma. —Todos miran a Thomas como si le hubieran salido dos cabezas.
—Te aconsejo que te la comas si quieres que considere perdonarte la vida —le dice Thomas a Matteo, que solo tiene un ojo sano. A Matteo le dan arcadas al ver la polla de Seth en el suelo. La recoge con manos temblorosas y hace una mueca de asco mientras se la lleva a la boca.
—¡Dios mío, se la va a comer! —Melina observa con las manos tapándose la boca. Thomas puede ver lo difícil que le resulta a ella asimilar todo esto. Está tan concentrado en hacerles pagar por lo que han hecho que olvida que ella no será capaz de digerir lo que está haciendo.
—Ponte de cara a la pared —le dice, ahorrándole las cosas aún más espantosas que están por venir.
Melina no lo duda y se acerca a la pared.
Cuando Thomas se asegura de que no está mirando, vuelve con Matteo.
Sonríe con suficiencia al ver que Matteo ha hecho lo que le pidió.
Matteo no aguanta mucho con aquello en la boca; sufre violentas convulsiones, lo escupe y vomita en el suelo.
—¿Sabéis qué es lo que me asombra de todo esto? —Thomas recoge la navaja y mira a los dos hombres. Sonríe al contemplar su obra. Esta es la vez que menos sangre ha derramado Thomas.
—No lo sabemos, jefe —murmura Seth.
—Os lo diré —dice Thomas mientras clava la navaja en el estómago de Matteo.
Matteo gime de dolor y se agarra a la hoja, pero no se atreve a sacársela—.
Que vosotros dos, imbéciles, pensasteis que podíais violar a Melina y salir impunes.
—Thomas retuerce la hoja de un lado a otro—.
Sois los dos imbéciles más grandes del planeta.
—Luego le saca la navaja del estómago y se la clava en el corazón.
Desenfunda la pistola y le dispara entre los ojos.
—Me caías bien, Seth; lástima que tuvieras un amigo como Matteo.
—Por favor, jefe, prometió perdonarme la vida.
—No, prometí considerarlo, y lo he hecho. —Le dispara entre los ojos también.