CAPÍTULO TRECE
Se le paraliza la mente al sentir los labios de Thomas sobre los suyos.
Arquea la espalda mientras las manos de él le recorren el cuerpo.
Melina no puede creer lo que está pasando.
Pensaba que nunca volvería a estar con Thomas.
Cierra los ojos, le devuelve el beso y deja que él le devore la boca.
Ha echado tanto de menos el sabor de esos labios.
Thomas le pellizca la cintura y ella abre la boca.
La lengua de él se adentra y su sabor la embriaga por completo.
Con las manos en su cintura, la atrae hacia sí.
El calor de su cuerpo se extiende hacia ella y la inunda.
Él aparta los labios de su boca y se lleva el pecho derecho a la boca. A ella se le van los ojos hacia atrás mientras Thomas le succiona el pezón con fuerza, atrapándolo entre los dientes. Sin prisa, Thomas dedica la misma atención a cada pecho.
A Melina se le escapa un jadeo cuando Thomas entra en ella. Comienza a embestir despacio para que ella se acostumbre. Una vez seguro de que Melina está cómoda, acelera el ritmo y las embestidas se vuelven más rápidas y profundas.
Melina arquea la espalda y aferra las sábanas con las manos.
—Thomas —gime, mientras el placer va creciendo en su interior.
—Eres mía —dice Thomas, levantándole la pierna y colocándosela sobre el hombro—. Eres toda mía, joder.
Embiste más profundo. Los dedos de los pies de Melina se encogen al sentir que Thomas alcanza el punto exacto. Nota la presión acumularse en el vientre.
—Córrete para mí, Melina —gruñe Thomas, embistiendo aún más hondo.
—Thomas —gime Melina, contrayéndose alrededor de él.
Tras unas cuantas embestidas más, se corre con fuerza. Thomas la sigue con unos movimientos más. Gruñe contra su pelo mientras se corre.
—Joder —susurra, dejándose caer sobre Melina.
Le desabrocha el cinturón de las muñecas.
Ella siente el impulso de tocarlo, pero no lo hace.
Él se aparta rodando y se tumba en la cama.
Melina se gira para mirarlo y lo encuentra con los ojos cerrados.
Hace ademán de apartarle el pelo de la cara, pero no llega a hacerlo.
Thomas le agarra la mano antes de que pueda.
Le aparta la mano de un tirón y se incorpora en la cama.
—¡Fuera!
Ella lo mira confundida, sin saber si ha oído bien.
—Te doy un minuto para que te largues.
Abre los ojos de par en par al darse cuenta de que habla en serio. Entiende que el hecho de haber tenido sexo no significa que todo esté bien, pero al menos debería dejarla pasar la noche.
—¿Quieres que te eche yo mismo?
Se levanta de la cama de un salto, niega con la cabeza y busca su ropa en el suelo.
Entonces recuerda que Thomas se la rasgó.
En su lugar, coge la camisa de él y se la pone.
El miedo se apodera de ella al oír movimiento en la cama mientras busca los zapatos.
Abandona la búsqueda y sale corriendo por la puerta, aterrada de que Thomas se levante a por su arma.
Allí plantada frente a su puerta, medio desnuda y con el semen de él entre las piernas, se le llenan los ojos de lágrimas.
Se le rompe el corazón al recordar todo lo que acaba de pasar hace apenas unos minutos.
No lo procesó en el momento porque no podía creerlo, igual que cuando Thomas apareció desnudo frente a ella.
Lo único que quería era volver a sentirlo dentro.
Melina no puede creer que acabe de acostarse con él después de que fingiera querer violarla.
Lo peor de todo es que todavía lo ama. Sus sentimientos por él apenas han cambiado, aunque la haya tratado como una mierda hace unos momentos.
Los sentimientos de Melina no han cambiado porque cree que merece lo que le está pasando.
Ella le rompió el corazón a Thomas, liberando a los demonios que ahora se ceban con ella.
Se le oprime el pecho mientras cierra los ojos con fuerza; siente el dolor cuando los recuerdos de lo que Thomas estuvo a punto de hacer le nublan los sentidos.
Le duele que le haya hecho algo tan cruel.
Se le hace añicos el corazón al recordar cómo le rasgó la ropa y la tiró al suelo.
Hace una mueca al llevarse la mano a la nariz.
Tendrá que ponerse hielo o le dolerá aún más al día siguiente.
Las lágrimas le corren por el rostro, dolida de que Thomas sea quien le causa tanto sufrimiento.
Solo desea que todo esto pare, que Thomas le crea y deje de hacerle tanto daño.
***
A la mañana siguiente, Melina se despierta con el ánimo por los suelos.
Está tumbada boca arriba, mirando al techo.
Parpadea con los ojos doloridos de tanto llorar durante la noche y se pregunta si debería ir a trabajar.
Ya se ha levantado tarde y no tiene ganas de ir.
Pero como no es ella quien decide, se levanta de la cama y va al baño a prepararse.
Se observa de pie frente al espejo del baño. Tiene la nariz un poco magullada y ojeras bajo los ojos. Se le llenan de lágrimas al recordar lo que pasó el día anterior. Desea quedarse en la cama y llorar hasta desahogarse, pero teme que Thomas lo use como excusa para torturarla.
Melina arrastra los pies lentamente hacia la ducha, se quita la ropa y entra.
Se le escapan las lágrimas mientras coge la esponja.
Recuerda haberse lavado el semen de Thomas de los muslos la noche anterior.
No le daba asco, pero tenía el corazón roto.
Puede que Thomas no la haya forzado, pero aun así la hirió al fingir que iba a hacerlo.
Los hombros le tiemblan mientras más lágrimas le corren por el rostro.
No tiene ni idea de qué provocó la ira de Thomas.
Melina sabía que decirle que lo amaba lo enfureció aún más, pero no sabía qué desató su rabia en primer lugar.
Ojalá supiera qué fue para poder evitar que vuelva a pasar.
Su corazón ya no aguanta más dolor desde que llegó aquí.
La esponja se le cae de las manos cuando los sollozos la sacuden.
Se deja caer al suelo y llora hasta desahogarse.
Más tarde encuentra fuerzas para ducharse. De camino al armario, Melina decide actuar como si lo de ayer nunca hubiera pasado. Cree que llorar y recordar lo ocurrido no la ayudará. Aunque sabe que quizá no sea la mejor forma de afrontarlo, decide seguir adelante con ese plan.
Melina sale de su habitación y baja a la cocina a buscar algo de comer.
No le sorprende que no queden sobras del desayuno.
Hay tantas criadas en la casa que deben de haberse comido todo lo que se preparó.
Le extraña que ni Linda ni Serena hayan venido a despertarla para desayunar.
Se pregunta por qué. Va hacia la casa de la mafia a buscar algo de comer antes de empezar con las tareas del día.
Abre la nevera de la casa de la mafia con la esperanza de encontrar algo, pero la encuentra vacía. Se le caen los hombros al ver que está llena de ingredientes pero sin sobras. Si no fuera tan mala cocinera, se habría preparado algo. Suspira al darse cuenta de que hoy se va a morir de hambre.
—Melina, querida, ¿eres tú? —pregunta una voz desde detrás de la puerta de la nevera.
Melina cierra la puerta mientras Linda entra en la cocina.
—Lo sabía.
—Linda, cuánto me alegro de verte —dice Melina acercándose a ella.
Linda es una de las mejores cocineras que conoce. Espera que no esté demasiado ocupada para prepararle algo.
—Igualmente, querida. ¿Cómo te encuentras?
Melina se detiene y mira a Linda. Se pregunta por qué le ha preguntado eso.
—Te oí anoche —dijo Linda con una mirada de compasión.
—Estoy bien, gracias por preguntar —respondió Melina.
Esperaba que no le preguntara qué había pasado la noche anterior. Quizá había decidido fingir que nunca ocurrió, pero eso no cambiaba el hecho de que sí había ocurrido, y todavía le dolían los ojos de tanto llorar.
—Estoy aquí si me necesitas —dijo Linda, apretándole la mano con una sonrisa tranquilizadora.
—Lo sé —sonrió con suavidad.
Por suerte, Linda no estaba muy ocupada, así que le preparó un almuerzo rápido.
Mientras comía, Melina oyó una voz procedente de fuera de la cocina, una voz que no escuchaba desde hacía seis meses.
Se echó el pelo sobre la cara en cuanto la persona entró en la cocina, con la esperanza de que no la reconociera.
No estaba preparada para enfrentarse a quien estaba abrazando a Linda, pero eso no pareció importar.
—Hola, Melina —dijo una hermosa voz femenina a su espalda.
A Melina se le cayeron los hombros. Al darse cuenta de que no había logrado ocultarse, se apartó el pelo de la cara.
—Hola, Sra. Costanzo —Melina se dio la vuelta para encarar a la hermosa mujer de quien Thomas había heredado los ojos.
—¿Cómo estás, querida? —Kat le lanzó la misma mirada que Linda le había dirigido apenas unos minutos antes.
Melina se preguntó si tendría tan mal aspecto.
—Estoy bien. ¿Cómo está usted, Sra. Costanzo?
—Estoy bien, querida, pero no creo que tú estés tan bien como dices.
—¿Por qué lo dice? —Melina esperaba poder olvidar lo de ayer, pero no parecía que fuera a conseguirlo pronto.
—¿Te hizo daño? —Melina se quedó desconcertada ante la pregunta de Kat.
Miró a Linda, que negó con la cabeza, indicándole que no le había contado nada a Kat sobre su llanto de la noche anterior.
—Se nota que tienes el corazón roto, querida. Lo llevas escrito en la cara —Melina bajó la mirada al suelo, avergonzada de que todos pudieran ver lo que le estaba pasando.
—Tengo que preguntarte, Melina: ¿por qué le rompiste el corazón a mi hijo hasta el punto de que ahora ve el amor como lo peor del mundo? Se nota que lo amas, así que no lo entiendo —dijo Kat con voz triste.
La traición de Melina debía de haberle dolido a Thomas más de lo que ella imaginaba. Se preguntó cómo iba a explicárselo a la madre de él. Lo que pasó fue tan complicado que sería un milagro que Kat le creyera.
—Le juro que no quería hacerlo, pero no tuve otra opción.
—¿Podrías explicármelo, por favor?