Una segunda oportunidad (Serie Costanzo nº 3) CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

Thomas está que echa humo. La reunión termina y no logran firmar el acuerdo con Xiao Zhan. El imbécil quiere a Melina antes de firmar el contrato. Le cabrea que la esté usando como moneda de cambio.

Para colmo, su hermano cree que debería vender a Melina. Hace todo lo posible por mantener la calma mientras Stefano descarga su ira sobre él. Camina hacia el bar y se sirve una copa para relajarse.

—¿Por qué coño no la vendes? Total, ya no sales con ella —dice Stefano, cabreado porque Thomas se niega a vender a Melina.

—¿Por qué coño debería venderla? Es mía y de nadie más. Digas lo que digas, no pienso venderla —le gruñe Thomas a su hermano.

—No te atrevas a usar ese tono conmigo. Puede que sea tu hermano, pero también soy tu don. Muéstrame respeto cuando me hables —le escupe Stefano a la cara.

—No pretendo faltarte al respeto, pero no me pidas que venda a Melina, joder. ¿Cómo puedes pedirme algo así? —Thomas también está furioso con su hermano. No puede creer que le esté pidiendo que venda su posesión.

—Sé que la retienes para encontrar a James, pero el trato que está en juego merece que la vendas, así que acepta de una puta vez —dice Stefano, clavándole el dedo en el pecho.

—¡No! —Nada en este mundo haría que Thomas cambiara de opinión. Era suya, para quedársela y hacerle la vida imposible. No había ninguna puta manera de que la vendiera a otro.

—Lo harás; si no lo haces, lo haré yo.

—No te atreverás —gruñe Thomas.

—Sabes que lo haría, así que más te vale aceptar o lo haré yo a la fuerza —advierte Stefano mientras camina hacia la puerta—. No pienso perder una conexión con el submundo asiático por una tía que no vale la pena —añade al salir, dando un portazo.

En cuanto Stefano cierra la puerta, Thomas agarra lo primero que tiene a mano y lo arroja contra ella.

La copa que hace un segundo contenía su whisky se hace añicos.

Thomas camina de un lado a otro del despacho, echando humo.

Las amenazas de su hermano no son vacías, y le enfurece que Melina pueda acabar vendida a otro.

Le hierve la sangre de pensar que otro hombre pueda tener a su Melina, su propiedad.

Él es el único digno de poseerla en este mundo.

Sabe que parece que todavía siente algo por ella, pero es imposible.

Thomas la odia profundamente y no confunde su posesividad con amor.

Que le den al amor. Su posesividad por Melina va mucho más allá.

Thomas conoce a hombres como Xiao Zhan, mucho más crueles con las mujeres que él.

No puede permitir que otro monstruo entre en la vida de Melina.

Thomas es el único monstruo que Melina merece.

Solo él tiene derecho a hacerla temblar de miedo.

Ahora mismo le dan ganas de arrancarle la cabeza a Xiao Zhan por desear a su Melina.

¿Cómo se atreve a querer lo que es suyo?

Xiao Zhan no entiende que él es el único hombre con derecho a ver el terror en sus ojos, a contemplar cómo le tiembla el labio inferior mientras intenta contener las lágrimas.

Pero lo que más disfruta es cuando ella se da cuenta de que el Thomas que conocía ya no existe, de que solo queda el monstruo que tiene delante.

Thomas siempre ha sido un monstruo, pero para Melina era el novio perfecto.

Agarra una botella de whisky de la estantería y la arroja contra la puerta al recordar que perderá un gran negocio si no la vende.

Se lleva la mano al bolsillo interior del pecho, saca un cigarrillo y lo enciende.

Se pasa las manos por el pelo antes de dar una calada.

A medida que fuma, cae en la cuenta de que la culpa es de Melina.

Es culpa suya por ser tan sexy; ella es la razón de que su hermano esté cabreado con él y de que vaya a perder un negocio importante.

Thomas recuerda que nada de esto habría pasado si ella no hubiera meneado el culo delante de Xiao Zhan.

Thomas no puede creer que ella siga intentando arruinarlo mientras él le hace la vida imposible.

Es tan generoso que la deja vivir, y ella se lo paga jodiéndole los negocios.

El corazón le arde de rabia al darse cuenta de que Melina tiene la culpa de otro revés en su vida.

El odio que siente por ella se propaga como un incendio.

Thomas necesita hacérsela pagar, y esta noche pagará por todo lo que le ha hecho.

—¡Leo! —grita Thomas.

—Sí, señor —dice Leo al entrar en el despacho de Thomas.

—Trae a Melina a mi habitación —Thomas agarra una botella de Jack Daniels y se dirige hacia la puerta del despacho.

—De acuerdo, señor.

MELINA

Leo llega a altas horas de la noche para informar a Melina de que Thomas quiere verla. Mientras camina hacia su habitación, la mente le va a mil. Melina intenta averiguar por qué la busca tan tarde, pero no se le ocurre nada. Llama a la puerta y espera a que él la deje entrar.

—Pasa —dice Thomas desde dentro.

Melina gira el pomo con cuidado y entra en la habitación. Todo está a oscuras; no hay una sola luz encendida. No se mueve de la entrada porque no ve nada. Tantea la pared más cercana en busca del interruptor. Se pregunta por qué están apagadas las luces.

—No enciendas la luz —dice Thomas desde el otro lado de la habitación. Ella aparta las manos y se queda donde está. Pasan los segundos y no ocurre nada. Melina empieza a juguetear con los dedos y a mover los pies nerviosamente mientras espera a que Thomas le diga por qué la ha llamado.

—Acércate —ordena Thomas tras una eternidad de silencio incómodo.

Piensa en preguntarle si debería encender la luz primero, pero decide no hacerlo; si él quisiera luz, se lo habría dicho. Avanza despacio, guiándose por el sonido de su voz.

—¡Ay! —exclama Melina al golpearse la pierna con algo. Se lleva las manos al pie y se lo frota para aliviar el dolor. Se ha dado con la rodilla en el borde de la cama. Recupera el equilibrio y sigue avanzando hacia Thomas en la oscuridad.

—Es suficiente —dice Thomas cuando ella llega a cierto punto. Melina no tiene ni idea de dónde se encuentra. Si tuviera que adivinarlo, diría que está en el centro, porque no hay nada a su alcance.

El sofá cruje cuando Thomas se levanta y se acerca a Melina.

El corazón le late más deprisa con cada paso que él da hacia ella.

Se le eriza todo el vello de la espalda cuando siente algo metálico y frío en la columna.

Intenta girarse, pero se detiene al notar que el objeto desciende por su espalda.

Un escalofrío le recorre la columna mientras el metal le roza la piel.

Al bajar la mirada hacia su pierna, donde descansa el arma, Melina ve un par de ojos azules clavados en ella.

Se le llenan los ojos de lágrimas al ver la ira que arde en los de él.

Thomas la mira fijamente a los ojos mientras levanta el arma y la coloca por encima de su pecho izquierdo.

A ella se le va todo el color de la cara al verlo quitar el seguro.

Thomas presiona suavemente el arma contra su pecho.

Melina siente la muerte acercarse y no tiene ni idea de qué ha hecho para merecerlo hoy.

—Vas a darme tres razones por las que no debería matarte ahora mismo —dice él mientras desliza el arma por su mejilla hasta apoyarla en su sien.

—Yo... yo-yo —tartamudea. Se le forma un nudo enorme en la garganta que le impide hablar. Traga saliva para deshacerlo e intenta hablar de nuevo, pero no le salen las palabras. Se le llenan los ojos de lágrimas al pensar en la situación en la que se encuentra.

—Tic tac. Tic, tac, tic, tac. No tienes todo el día, Melina —dice Thomas mientras gira a su alrededor y le pasa el arma por la cintura.

Melina cierra los ojos e intenta pensar en qué decir para salvarse, pero no se le ocurre nada. Tiene la mente acelerada, preguntándose si apretará el gatillo o no, y las palabras no le salen. Aunque pudiera pensar con claridad ahora mismo, no cree tener una buena razón que darle.

Melina sale de su ensimismamiento cuando Thomas presiona el arma con más fuerza contra su frente. Le flaquean las rodillas al darse cuenta de que esto es todo. Así es como muere.

—Veo que no tienes ninguna razón que darme, lo que significa que no necesitas estar en este mundo. ¿Unas últimas palabras? —pregunta mientras da un paso atrás.

Melina levanta la cabeza y mira a Thomas con los ojos nublados por las lágrimas que le corren por las mejillas.

En los ojos de él no hay remordimiento, así que sabe que va en serio.

A Melina se le parte el corazón mientras contempla esa mirada vacía de emoción.

Thomas realmente va a matarla esta noche.

Melina se da cuenta de que debe haberle roto el corazón de verdad para que le apunte con un arma a la cabeza sin mostrar la menor vacilación a la hora de apretar el gatillo.

Melina respira hondo y llena los pulmones de aire. Se aclara la garganta antes de pronunciar sus últimas palabras.

—Te quiero.

Un fuerte estruendo retumba en la habitación. Melina cae al suelo y cierra los ojos.