Una pasión escondida Capítulo 2. Las cartas detrás del muro
21%

Capítulo 2. Las cartas detrás del muro

El libro no contenía poemas, sino una llave delgada pegada al lomo y una fotografía de Elena tomada a los veintiséis años.

En ella aparecía riendo junto a una locomotora abandonada; al fondo, casi borrado por el sol, Gabriel la miraba como si el resto del mundo fuese una interrupción.

La fecha escrita detrás coincidía con el nueve de abril, el tercer número del sobre.

Teresa encontró una pequeña cerradura oculta en la moldura del librero.

Cuando Elena introdujo la llave, cedió un panel angosto y apareció un compartimento lleno de cartas atadas con una cinta color vino.

Había más de cuarenta, todas dirigidas a Elena, todas abiertas y jamás entregadas.

Reconoció la letra de Gabriel, las estampillas de ciudades extranjeras y la progresión de los años.

Aquel descubrimiento no reparaba el tiempo; lo volvía más dolorosamente real.

Las amigas formaron un círculo alrededor de la mesa.

Elena leyó primero en silencio y después, a petición propia, en voz alta.

Gabriel había escrito desde Madrid, Lisboa, Buenos Aires y Montreal.

En cada carta explicaba que la acusación contra su padre era falsa, que una red de intermediarios había vendido piezas del archivo ferroviario y que él poseía fotografías capaces de demostrarlo.

También hablaba de Elena sin grandilocuencia: recordaba su manera de doblar las esquinas de las servilletas, su impaciencia ante las injusticias y la tibieza de su nuca durante los bailes.

No exigía que lo esperara; sólo pedía que supiera que no la había abandonado.

Las últimas cartas eran distintas. Advertían que alguien interceptaba su correspondencia y mencionaban a Octavio Mena, antiguo administrador de la casa y socio del tío de Elena.

El nombre continuaba vivo: Octavio era hoy un empresario respetado, benefactor de museos y aspirante a adquirir la casona para convertirla en hotel.