Una pasión escondida Capítulo 1. Las mujeres de los jueves
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Una pasión escondida

Una pasión escondida

Por Cecy Ramirez

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Capítulo 1. Las mujeres de los jueves

El círculo de lectura había nacido veinte años atrás, cuando ninguna de ellas imaginaba que la madurez tendría tantas puertas y tan pocas instrucciones.

Elena Valdés, restauradora de libros y dueña reciente de la Casa de las Bugambilias, volvió a reunir a sus amigas un jueves de agosto.

A sus cincuenta y ocho años había aprendido a caminar con una serenidad que muchos confundían con resignación, aunque bajo su cabello oscuro, cruzado ya por mechones de plata, conservaba el impulso de quien todavía espera una llamada imposible.

Clara Montes, médica jubilada; Inés Luján, abogada; Teresa Robles, florista, y Julia Santillán, antigua locutora de radio, llegaron con vino, pan de anís y novelas románticas escondidas en bolsas discretas.

Se habían prometido comentar libros, pero en realidad necesitaban comprobar que aún podían sorprenderse.

La casona, suspendida sobre las calles inclinadas de Guanajuato, olía a cantera mojada, madera antigua y a las flores que trepaban por el patio como si conocieran todos los secretos de sus muros.

Apenas se acomodaron alrededor de la mesa, Julia confesó que prefería las historias con hombres peligrosos, cartas perdidas y mujeres capaces de elegir por sí mismas.

La declaración provocó risas, pero también una intimidad nueva.

Ninguna quería ya heroínas de veinte años salvadas por desconocidos perfectos; buscaban personajes con cicatrices, responsabilidades, cuerpos verdaderos y deseos que no pidieran disculpas.

Elena las escuchaba mientras sostenía la copa sin beber.

Desde la muerte de su madre, seis meses antes, la casa le había dejado una sensación persistente de compañía, como si alguien respirara detrás de los libreros.

Entonces sonó la aldaba de la entrada. No había nadie en la calle.

Sobre el umbral descansaba un sobre amarillento, cerrado con lacre color vino y dirigido a ella con una caligrafía que reconoció antes de permitirse recordarla: pertenecía a Gabriel Ferrer, el hombre al que había amado treinta y dos años atrás y que, según todos, jamás había vuelto a México.