Epílogo
Varios meses después…
No es que acudir a una gala en el MoMA fuese mi gran sueño, pero me ayudaría a alcanzar mi objetivo.
Por fortuna no estaba sola. Yumi estaba a mi lado, luciendo un espectacular vestido de Dior que la hacía destacar por encima de muchas de las invitadas.
Ella sí que sabía cómo lucir un vestido de alta costura y desfilar por una alfombra roja como si hubiese nacido para esto.
Mi amiga había conseguido las invitaciones a la gala, así que le debía a ella la oportunidad que tenía de acercarme a mi objetivo sin levantar sospechas.
Desde que se convirtió en mi confidente, nos habíamos convertido en un equipo que lucharía hasta el final por alcanzar mi venganza.
Ella sabía perfectamente todo lo que había ocurrido con Ray, y cuando se enteró de lo que pretendía, prácticamente me amenazó con destriparme de forma muy sangrienta si no la incluía en mi plan.
En ocasiones como esta comprendía que gracias a ella sería más fácil alcanzarlo.
—¿Estás lista? —me preguntó Yumi a mi izquierda.
—Lo estoy. —Los nervios me hacían apretar el culo, pero nada ni nadie me detendría, ese día daría el último paso para alcanzar mi venganza.
Todos y cada uno de los movimientos que había hecho hasta ahora me habían acercado hasta aquí.
Era como la liga deportiva, cada partido que había disputado me había llevado hasta el partido final, esa noche iba a empezar a disputar la Super Bowl.
Y cuando terminase el encuentro, la cabeza de Ray estaría expuesta en mi vitrina de trofeos.
—Bien. Separémonos. La primera que lo encuentre que avise a la otra. —Yumi se presionó delicadamente el auricular oculto en su oído. Parecíamos dos espías en una misión de alto riesgo. ¡Alucina, Tom Cruise! Nosotras teníamos también nuestra misión imposible.
Caminamos por los salones por donde la gente se distribuía de forma aleatoria, formando corrillos y charlando, mientras los camareros serpenteaban entre ellos ofreciendo bebidas y canapés.
Alguien chocó contra mí, una mujer mayor que acababa de tomar una copa de champán de una bandeja.
—Oh, disculpa querida.
—La que tiene que disculparse soy yo, estaba distraída. —Traté de seguir mi camino, pero ella se interpuso.
—Llevas un broche interesante. —Señaló con la mirada el pequeño broche de oro que llevaba prendido junto al hombro y que sujetaba el drapeado de mi vestido de corte griego .
—Oh, lo es. —Estaba por buscar una excusa para continuar mi camino, cuando noté su ceja alzada. El broche le resultaba familiar, y entendí por qué.
Cuando Desiré lo puso allí me dijo que en un evento como este quizás me vendría bien tener una ayuda extra.
Según ella, era el emblema de las cazadoras, uno que una hermana del club reconocería sin dudar.
Cumpliendo con una de las reglas principales, una hermana ayudaría a otra a conseguir a su hombre.
—¿Piel o trofeo? —preguntó. Conocía la respuesta.
—Piel. —Un trofeo era un premio deseado, el hombre que una cazadora deseaba cazar para quedárselo. La piel no era más que el pellejo que cubría a una alimaña y que había que arrancar para darle un escarmiento y, a ser posible, extenderla sobre tu salón para pisotearla.
—Bien, estaré por aquí si me necesitas. —Sonrió de forma ladina antes de beber de su copa.
—Gracias. —Uno no rechaza la ayuda cuando se ofrece.
—Por cierto, me llamo María. Dale recuerdos a Desiré. —Si no recordaba mal, una maestra le entregaba a su pupila el broche cuando la creía preparada para salir de caza. Seguro que este broche era el que María le había entregado a Desiré.
—Lo haré. —Me despedí con una sonrisa y con algo más de seguridad en mí misma. Esa noche no estaba sola y no me refería solo a Yumi .
—Planta superior, en la barandilla, junto a la Naturaleza muerta con manzanas de Cézanne —informó la voz de Yumi discretamente en mi oído.
—Voy —susurré.
La primera dificultad de la noche era encontrar ese maldito bodegón de Cézanne.
Yo no era una licenciada en Historia del Arte como Yumi.
Busqué las escaleras para subir a la planta superior y localicé la barandilla.
No había mucha gente por allí, solo un par de personas desperdigadas.
Aquel era un sitio para escabullirse del barullo de la gente, para huir de la atención que todos buscaban en un evento como este.
A un evento como este se venía a dejarse ver y confraternizar, pero estaba claro que para él ese no era el objetivo.
Alcancé a ver a Yumi admirando una enorme escultura muy cerca del hombre, que permanecía ajeno a su presencia, como si nada importase más que la copa de champán que sostenía indolente entre sus dedos y la multitud que se movía en la planta inferior.
Me crucé con ella a mitad de camino. Su rostro parecía algo tenso.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Impresiona más en persona —reconoció con una ligera sonrisa, aunque parecía algo incómoda.
Desvié la mirada hacia el imponente hombre vestido con esmoquin; sí que impresionaba, y más con aquella aura de inalcanzable que parecía acompañarlo.
Sentí la palmada en mi brazo dándome ánimos. Era el momento. Tomé aire y me acerqué decidida hacia mi objetivo.
—¿Jackson Newman? —Él apenas giró el rostro hacia mí, con esa expresión hastiada del que se sabe famoso, y al que el acoso de las fans no le daba un respiro.
—No es un buen momento —trató de excusarse.
—Tal vez no te acuerdas de mí, Jack. Pero me gustaría hablar contigo un minuto, si es posible. —Sus cejas se fruncieron, como si estuviese esforzándose por recordar, o quizás sintiese un pequeño atisbo de curiosidad.
—¿Tendría que recordarte? —Ese truco lo habrían utilizado más de una vez con él. Es lo que tiene ser el famoso running back de los New York Giants, la estrella de las dos últimas temporadas.
—Soy Didi, la compañera de habitación de Diana Johnson en Columbia. —Su ceño se acentuó, como si realmente estuviese rebuscando entre sus recuerdos.
—¿Didi? —Algo debió abrirse paso en su memoria, porque sus cejas se alzaron sorprendidas. Ahora sí, parecía que me había reconocido—. ¡Vaya!, Didi. Sí que has cambiado. —Le sonreí conciliadora.
—El tiempo pasa para todos. —Era evidente que él también había cambiado en estos más de tres años desde la última vez que nos habíamos visto.
—¿Y qué te ha traído aquí? ¿De qué quieres hablarme? —Bien, ahora estaba receptivo.
—¿Recuerdas a mi exnovio, Ray? —Su mandíbula se tensó al escuchar su nombre y sabía perfectamente por qué.
Hacía algunas semanas que alguien sorprendió a Diana y a Ray en actitud cariñosa saliendo de un hotel.
Las redes sociales echaron humo con aquella noticia.
Por su gesto, estaba claro que Jack todavía no lo había digerido del todo.
Las rupturas, de aquella manera, eran muy dolorosas.
Y, además, si el pobre no tuviese suficiente con la traición de su novia, los comentarios que llegaron le descubrieron que la traición venía de lejos, y él había sido un cornudo ignorante todo ese tiempo. Sabía perfectamente cómo se sentía.
—Sí —dijo con tono cortante y seco.
—Pues voy a destruirlo, y me gustaría contar contigo para hacerlo. —Sus cejas se volvieron a elevar, sorprendidas.
—¿Y qué podría hacer yo para ayudarte?
—Deja que sea yo la que negocie tu renovación con los Giants. Sé que te gusta el equipo y el entrenador, aunque no tanto la gente que te hizo firmar esa mierda de contrato con el que estás perdiendo dinero. —Pude notar el gesto de contrariedad que hizo con sus labios. Había acertado con todo.
—Todavía me queda una temporada de contrato. —Como si no lo supiera.
—Ahora es cuando ellos harán todo lo posible por atarte con otro contrato, porque cuando el vigente expire, saben que no podrán retenerte. Por eso es un buen momento para negociar, para obtener lo que quieres.
—¿Y tú me lo vas a conseguir? —preguntó con una sonrisa triste.
—Dennise Legrand siempre consigue lo mejor para su cliente. —Sus cejas se alzaron nuevamente, solo que esta vez su sorpresa fue reemplazada por una sonrisa depredadora. Había oído hablar de mí, estaba segura.
—Creo entonces que estaré encantado de que trabajemos juntos. —Me tendió la mano para que nos la estrechásemos, cerrando el trato—. Estoy seguro de que cuidarás de mis intereses.
—Un momento. —Un hombre estaba llegando hasta nosotros con una pequeña carrera, un hombre que no reconocí hasta que estuvo lo suficientemente cerca, uno cuyos ojos acusatorios estaban sobre mí, pero que no provocó miedo en mi persona, sino un extraño cosquilleo en mi estómago.