Capítulo 19
Jonas se fue relajando a medida que comíamos, aunque supongo que no era por la comida y el ambiente distendido, sino por darse cuenta de que yo no era el enemigo.
Era un chico maduro para su edad, con la cabeza sobre los hombros, como decía papá.
Un chico de los que merecían la pena. Una lástima que mi corazón no estuviese receptivo.
Por muy agradable y sexy que resultase, yo estaba en mitad de una carrera mucho más importante.
No podía distraerme de mi objetivo, y tampoco quería.
Leí con detenimiento el documento, analizando las cláusulas con ojo experto. Luego le hice un resumen a Jonas.
—Básicamente, es lo que ellos me dijeron. —Remató la frase metiéndose una patata frita que le había robado a su hermana.
—¡Oye!, ¿por qué siempre haces lo mismo? Si quieres patatas, te las pides —protestó ella.
—Tengo que cuidar mi alimentación —argumentó como si así todo quedase claro.
—Pero sigues comiéndote mis patatas. —Susan se cruzó de brazos, bastante irritada.
—Solo te he robado un par de ellas, no es como si fuese a desaparecer el mundo.
—Sigo pensando que deberías pedirte una ración para ti solo. —Susan no veía lo que yo sí entendía.
—Robarte un par de patatas le ayuda a saciar el gusanillo. No es lo mismo que comerse una ración completa de patatas fritas. Así engaña a su estómago sin saltarse su dieta restrictiva —le expliqué—. ¿Nada de fritos ni azúcares refinados? —pregunté a Jonas.
—Ni alcohol, ni tabaco… —dejó sin terminar la frase, como si fuesen demasiadas cosas las que estuviesen en su lista de prohibiciones.
Sus ojos me miraban de una manera que creí interpretar como «yo me cuido porque soy un deportista profesional, pero supongo que tú lo haces para mantener la línea».
Y sí, lo hacía porque Desiré me explicó que la dieta era importante para mantener el envoltorio atractivo, además del ejercicio.
Digamos que una parte mantenía a raya la grasa que se acumula en el cuerpo, y la otra ayudaba a mantener las cosas en el sitio donde deberían estar.
—Te entiendo. —Con esa frase le confirmé que ambos estábamos en ese barco—. Bien, empecemos a trabajar. —Acerqué el cuaderno y el bolígrafo, pasé a una página nueva y me preparé para escribir—: ¿Cuáles sus tus demandas?
—Quiero que Susan vaya a la universidad que quiera. —Lo dijo mirándola directamente. En sus ojos brillaba esa devoción de hermano que derretiría a cualquier chica. De verdad que era un chico noble y dulce.
—Yale —ratificó ella.
—Yale —anoté—. Veamos, eso implica alojamiento, manutención, libros, matrícula y, por supuesto, la aceptación de su solicitud —enumeré.
—Podríamos vivir en el mismo apartamento —sugirió Jonas, aunque me podía imaginar que esa sugerencia estaba motivada más por el hecho de estar cerca de ella, de cuidarla, que por motivos económicos. Con lo que sacaría con su fichaje, podría permitirse pagar dos apartamentos.
—New Haven está a cuarenta minutos de Hartford, uno de los dos perdería demasiado tiempo cada día.
Y si estás pensando en alojaros en un lugar intermedio sería peor, porque entonces ambos saldríais perjudicados.
—Conocía la distancia porque era un poco menos de lo que yo había tardado ese mismo día en ir hasta allí desde West Haven, la donde vivía con mis tíos, hacia la costa.
—Es demasiado tarde para solicitar plaza en una residencia. A estas alturas ya estará todo cogido —suspiró Susan, abatida.
—Yo creo que, si pueden hacer que ingreses en la universidad, también podrán conseguirte una plaza en una residencia. —Si estaban tan desesperados por conseguir a Jonas, no dejarían piedra que remover para conseguirlo.
—¿Estás segura? —preguntó Jonas, escéptico.
—¿Te explicaron cómo funcionaba la cláusula de cesión? —Sus cejas se fruncieron.
—¿Qué cláusula? —Busqué la mencionada parte en el documento y lo deslicé frente a él para que pudiese leerla. Era enrevesada, pero un abogado experto en contratos deportivos podía interpretarla sin ningún problema.
—Básicamente, dice que jugarás en el equipo principal, los Connecticut Whale, durante la vigencia de tu contrato, salvo que seas convocado por el entrenador del equipo principal, los New York Rangers para cubrir alguna baja.
—¿Me traspasarían a los Rangers? —preguntó sorprendido.
—No, te cederían, por lo que no disfrutarías de ninguna compensación económica, salvo las atribuibles a dietas y alojamiento.
Según mi forma de verlo, estarían pagando a un jugador de primera al precio de uno de segunda.
En otras palabras, quieren asegurarse de que eres la promesa que esperan que seas, atándote al equipo con un suculento contrato.
Si no eres lo que esperan, la pérdida no será muy grande, porque estarás jugando en un equipo de segunda.
Pero si destacas, se harán con tus servicios en el equipo principal, sin pagarte lo que te correspondería.
—Ahora entiendo por qué el contrato era por tres temporadas. —La mandíbula de Jonas estaba tensa al decirlo. Pues todavía no había terminado.
—Si pensabas que después de ese tiempo podrías librarte de ellos, será mejor que eches un vistazo a la cláusula de debajo.
—Jonas enseguida se puso a buscar donde le decía, leyendo en silencio lo que había allí escrito.
Por si no lo entendía del todo, que probablemente fuese así, me dispuse a explicarle:
—La empresa tiene preferencia sobre futuros contratos que te sean ofertados, por lo que si igualan la oferta tendrás que quedarte con ellos, y si aun así quieres irte, tendrás que pagar una prima de liberación.
Lo único que dejan libre es que lo hagas tú o el nuevo equipo.
—Sus dedos se pusieron blancos de tanto que estaba apretando el papel sobre la mesa.
Estaba claro que esa parte no se la habían explicado.
Por eso siempre hay que llevar a un abogado a este tipo de entrevistas, para saber realmente lo que te están ofreciendo y exigiendo.
—Yale no merece ese precio. —Susan tenía claro que ella no estaba dispuesta a sacrificar a su hermano por conseguir la mejor educación. Una vida por otra nunca es un precio justo.
—¡Eh!, sigo aquí —les recordé—. Me has contratado para que el acuerdo sea bueno para ti, ¿recuerdas?
—Sí —dijo seco, como si ya no le entusiasmara el trabajo que le habían ofrecido. Podía entenderle, cuando se mete el dinero de por medio, tu pasión por lo que haces empieza a envenenarse.
—Entonces vamos a apretarles todo lo que podamos, sin que tengas que ceder lo que no quieres —le ofrecí con determinación.
—¿Puedes hacerlo? —se apresuró a preguntar Susan.
—Podemos probar a ver hasta dónde llegamos. Si no te convence, siempre puedes firmar con otro equipo. —Pero con las pruebas que tenía delante, tenía muy claro que los Connecticut Whale querían capturar a este pez.