4. Elle #2
—¿Cómo lo quieres? ¿Arriba en mi cabaña, delante del fuego…? —Me iba besando el pecho hacia abajo, abriéndome la cremallera de la cazadora según avanzaba, forcejeando con el jersey—. ¿En el puto suelo…? —Me estaba empujando hacia atrás ahora, por la pasarela, mientras me besaba y me manoseaba.
Y me sentía jodidamente colocada con todo.
Era esa sensación temeraria de Esto-es-probablemente-un-error mezclada con Me-importa-una-mierda, y la extraña emoción de saber que Jesse estaba ahí arriba en su cabaña, ahora mismo, con Katie… y que le jodan. No era el único que podía echar un polvo esta noche.
Agarré a Ash y me planté en seco en medio de la pasarela.
—Aquí —dije.
—¿Aquí?
—Sí. —Le atraje contra mí, y cuando nuestros cuerpos se juntaron y le sentí, duro por mí, fue tan jodidamente bueno.
Estaba olvidando rápidamente que esto era una mala, mala idea.
La peor idea.
¿Amigos con derecho?
¿Eso funcionaba alguna vez de verdad?
No. No, no creía que funcionara nunca de verdad.
Y sin embargo… las palabras seguían saliéndome de la boca.
—Así es como lo quiero —le dije—. Aquí mismo.
Entonces le devolví el beso, con fuerza.
Le jodidamente devoré.
Le chupé la lengua, trabajando la mía contra la suya, acariciando su piercing…
restregándome contra él, contra todo él, mientras me subía el jersey y deslizaba la mano dentro del sujetador.
Se sentía cálido en la noche fría, los dedos ásperos de callos mientras me apretaba el pecho, y gemí en su boca.
El hormigueo y la tensión en los pezones fue la primera oleada de verdadera excitación, de las que te marean, que había sentido en mucho, mucho tiempo.
Luego me estaba bajando los vaqueros por las caderas, y las bragas, y metiendo la mano entre mis piernas.
—¿Lo quieres despacio, Elle? —preguntó mientras me masajeaba el coño, despacio, con la palma de la mano, provocándome la entrada con las yemas de los dedos, apenas rozando—. ¿Lo quieres tierno? —Se lamió el labio—. ¿Lo quieres duro? —Y volvió a sumergir esa lengua mágica en mi boca.
El calor y la necesidad prendieron entre mis piernas, incendiándose, y me restregué contra su mano.
—Duro —logré decir entre besos.
Entonces me empujó contra la barandilla. Me abrió y me metió un par de dedos de golpe.
Jadeé por la sorpresa, pero me encantó.
—¿Así…? —preguntó, con la voz grave de hambre mientras yo le abría los vaqueros y le sacaba la polla. La sentí caliente y sedosa en mis manos frías.
—Sí —jadeé, mientras me follaba con los dedos, girándolos según avanzaba. Me pasó el pulgar por el clítoris. Y se sentía tan bien…
El deseo crecía dentro de mí, agudo y rápido.
Hacía demasiado jodido tiempo…
Le apreté la polla; estaba dura y caliente. Mientras se la trabajaba con movimientos largos y firmes, sentí la bola lisa de acero en la cabeza contra la palma. Gimió, y la verdad es que me daba igual si se corría en treinta segundos, siempre que me hiciera correr a mí.
Lo quería, y lo quería fuerte y rápido.
—¿Has follado alguna vez… con un tío… con la polla con piercing? —preguntó entre besos, jadeando.
—No.
Se le dibujó una sonrisa perversa, una sonrisa de esas de ego muy masculino.
Entonces me giró por las caderas. Me empujó hacia delante, doblándome sobre la barandilla.
Oí cómo rasgaba el envoltorio del condón y le sentí ponérselo, los nudillos rozándome.
Me sujetó las caderas con una mano mientras alineaba su polla con mi entrada, y yo me agarré a la barandilla para sostenerme.
—Aviso: te va a dar en el punto G y te va a volar la cabeza.
Sí, por favor.
Pero no entró.
—¿Te parece bien? —preguntó.
¿A qué chica no le parecería bien?
—Date prisa —solté, preparándome. Había pedido que fuera duro, y «duro» probablemente era subjetivo—. Lo quiero rápido.
Pero seguía sin follarme.
—Amigos, ¿verdad? —dijo.
—Sí —respiré, poniendo un poco los ojos en blanco, aunque él no podía verlo—. Amigos para siempre.
Me dio un azote en el culo. Supongo que no le hizo gracia el sarcasmo, pero a mí no me molestó el azote tampoco.
—Me quedo con los derechos —dijo, con la voz ronca, como si le estuviera matando contenerse—. Pero no quiero que joda la amistad.
—Nada de joder la amistad —dije—. Solo follar.
—Vale —dijo—. Trato.
Entonces embistió dentro de mí.
Y joder, sí. Esa sensación; caliente, impactante… jodidamente increíble.
—Mierda —gimió. Me deslizó una mano por la curva de la espalda, bajo la cazadora—. Elle… eres tan jodidamente preciosa…
—No hace falta que hables —jadeé—. No hables.
Así que no habló.
Simplemente me sujetó las caderas, fuerte, y me folló con todo lo que tenía.
Jadeaba, gruñía mientras me lo daba. La pasarela crujía bajo nosotros.
Las olas rompían en las rocas de abajo. El corazón me latía en la garganta, detrás de los ojos.
Y el coño me palpitaba, apretándose alrededor de él mientras me embestía.
Mi cuerpo fue calentándose, de dentro afuera, el calor irradiando desde mi centro mientras me trabajaba.
Todo el cuerpo me hormigueaba, cada vez más desesperado por liberarse mientras él me mecía las caderas al encuentro de sus embestidas, adelante y atrás, atrayéndome sobre su polla una y otra vez…
empujándome hacia el clímax, centímetro a centímetro. Y yo quería que me llevara hasta allí.
Así que me solté, relajándome con una exhalación, y simplemente me permití esto. Me entregué, solo por este momento.
Porque me lo merecía, ¿no?
Por suerte para mí, mi amigo con derecho era un polvazo.
Sabía exactamente qué hacer, cómo dármelo fuerte sin hacerme daño en el proceso. Cómo sujetarme con sus manos fuertes. Cuándo restregarse contra mí para darme en el clítoris, y cuándo casi salir durante un par de respiraciones, solo para hacerme desearlo más.
Incluso sabía cuándo soltarme las caderas y rodearme con los brazos para que pudiera sentir su calor, su tensión y necesidad y su aliento jadeante, contra mí. Cuándo necesitaba esa sensación de confort, de aceptación, para soltarme de verdad.
Y tenía razón con lo del piercing.
Podía sentir una presión increíblemente caliente creciendo dentro mientras me acariciaba de todas las formas correctas. Me iba a correr sin duda, gritando y perdiendo totalmente el control, como una mujer que no se había corrido con un hombre en diez largos meses.
Que no la habían follado, ni abrazado, ni deseado de esta manera —así de cerca e íntima— en demasiado jodido tiempo.
Y me di cuenta, en algún lugar profundo en medio de todo, al borde mismo del orgasmo… de que esto era exactamente lo que necesitaba ahora. Puede que fuera lo que había necesitado todo este tiempo.
Un hombre que simplemente me deseara.
Y me daba igual de qué iba ese deseo. Diseccionarlo, inspeccionarlo, rechazarlo; a partir de ahora, simplemente había terminado de descartar de plano a cada hombre que aparecía porque no era Jesse Mayes.
Jesse Mayes no me deseaba.
Este hombre sí.
Ash sí.
Mi amigo.
Ahora, mi amante.
Y que me follaran en la casi oscuridad, en mitad de la noche, en el bosque, por detrás, con la ropa a medio poner… era decididamente salvaje.
Pero no era solo sexo. No para mí.
Era locamente emocional mientras temblaba y jadeaba en sus brazos…
Apoyé la cabeza hacia atrás en su hombro.
Levanté los brazos detrás de mí y le agarré el pelo a puñados mientras me besaba el cuello, y me aferré fuerte, mientras toda la mierda que había estado conteniendo, guardada bajo llave, subía hirviendo a la superficie.
La tensión abrumadora de todo. El peso del desamor y la pérdida que había cargado durante el último año de mi vida como un jodido yunque. La presión aplastante.
Todo simplemente se rompió y salió.
Y me corrí… jadeando en la noche con la liberación. Sabiendo en ese instante, con claridad cristalina, que nada volvería a ser lo mismo.
También sabía que no estaba exactamente pensando en Ash cuando me corrí —el hombre guapísimo abrazándome, embistiendo contra mí, dentro de mí, mientras se estremecía y gemía con su propia liberación.
Estaba pensando en otra persona.
Pero no de mala manera.
Porque esto era un nuevo comienzo. El comienzo de dejar de verdad ir a Jesse.
Lo supe mientras cabalgaba las olas del orgasmo, mientras otro hombre me abrazaba fuerte entre sus brazos…
Esto era lo que se sentía al soltar.
FIN
¡Gracias por leer!
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