Una Navidad con las Conalls (El Legado de Morna 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

H ew se levantó temprano a la mañana siguiente para poder trabajar tallando el gran trozo de madera que quedaba de los adornos que había hecho. Esperaba convertirlo en una especie de trineo que él y Adelle pudieran usar en su salida de esa tarde.

Tan solo pensar en pasar más tiempo con ella hacía que el corazón se le acelerara.

Había vivido solo durante tanto tiempo que se había convencido de que era la única manera de honrar la memoria de su difunta esposa, permanecer atrapado en los recuerdos del poco tiempo que había tenido con ella.

Pero con cada día desde que había conocido a Adele, se sentía más vivo.

Poco a poco estaba aprendiendo que nada podía estar más lejos de la verdad.

Mae no había sido una mujer celosa. Sabía que tenía su corazón y vivía su vida con más luz y amor que cualquier otra muchacha que él hubiera conocido. Ella habría deseado más para él. No le habría agradado que él hubiera pasado tantos años completamente solo.

Le entristecía que durante tanto tiempo no hubiera visto la verdad en los errores que estaba cometiendo.

Todo lo que podía hacer ahora era intentar seguir adelante, vivir el resto de su vida como Mae lo hubiera deseado. A ella le habría encantado saber que él había encontrado la felicidad de nuevo. Casi podía oírla susurrándole al oído, suplicándole que no la dejara escapar de entre sus manos.

No tenía intención de permitir que Adelle hiciera tal cosa, pero también sabía que lo mejor era que la tarde que pasaran juntos fuera al aire libre.

Era un hombre que llevaba demasiado tiempo sin compartir la cama con otra mujer, y sabía que la próxima vez que él y Adelle estuvieran solos entre cuatro paredes no sería capaz de contenerse de reclamarla como suya.

Por esta razón trabajaba, arrancándole astillas a la madera con tanta fuerza como podía reunir, dándole forma al asiento perfecto para dos. Era un hombre necesitado, y necesitaba ejercitarse físicamente todo lo que pudiera para mantener la mente alejada de ella.

* * *

Ya fuera que Hew no le hubiera dicho a Mary lo que planeaba que hiciéramos esa tarde, o que ella estuviera condenadamente decidida a no decirnos lo que sabía.

Bri y Blaire habían insistido en vestirme, y habían decidido ponerme el vestido más fino que tenía. —¿Están seguras de que esto es apropiado? Me siento demasiado arreglada.—

—Siempre es mejor estar demasiado arreglada que desarreglada. Creo que tú fuiste la que me enseñó eso. Además, no tenemos manera de saberlo, ¿o sí?, ya que Mary se niega a decirnos cuáles son sus planes.—

Bri siguió trabajando en mi cabello, haciendo todo lo posible por sujetarlo en su lugar.

Mary lanzó las manos al aire, exasperada, mientras nos gritaba furiosa: —Ya les dije, yo no sé cuáles son sus planes. No he hablado con él al respecto. ¡Son un par de muchachas cabezudas, las dos!—

Se dio la vuelta y salió, pateando el piso a su paso. En cuanto se fue, las dos estallamos en carcajadas. —No debí haberla estado fastidiando tanto. Listo. ¿Qué te parece?—

Bri se hizo a un lado para que yo pudiera girar y mirarme en el espejo. —Gracias. Mi cabello se ve bien, pero me siento ridícula con este vestido. Preferiría estar en jeans y una blusa bonita.—

Bri se rió y se inclinó para apretarme, apoyando su cara junto a la mía. —Estoy segura de que sí, pero me temo que esos días se acabaron. Al menos en esta época no se espera que nos depilemos las piernas.—

—Gracias a Dios por los pequeños milagros.— Tenía razón. Se habría considerado bastante extraño que lo hiciéramos en esta época, y eso estaba bien para mí. Siempre me había parecido un fastidio, de todos modos.

—¿Estás nerviosa, mamá? Te gusta mucho, ¿verdad?—

Me puse de pie, deseando poder acortar el vestido por lo menos cuarenta y cinco centímetros solo para poder moverme con más libertad.

—Un poco, pero cada vez que estoy cerca de él, cualquier nervio que pueda haber tenido antes desaparece rápido.

Y sí, me gusta muchísimo, lo cual probablemente es una tontería.

En cuanto la nieve se derrita, ya no va a querer quedarse aquí. —

—Yo no estaría tan segura, mamá. Creo que, si tuviera un motivo para quedarse, lo haría. Tal vez termines siendo tú ese motivo.—

Esperaba que tuviera razón. La idea de que él se fuera me llenaba de tristeza, pero no iba a preocuparme por eso ahora. Hoy, simplemente iba a disfrutar de su compañía.