Una madre peor 48
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No entro en el cuarto.

Hay una versión de esta noche en la que entro. En esa versión cojo el cuaderno de la balda de los libros, le quito la goma, lo abro por la primera página y lo leo entero de pie en un pasillo, y a las siete de la mañana del veintiocho de mayo mi hija se despierta en una casa distinta.

Esa versión no ocurrió.

Que quede escrito, porque es lo único que hice bien en toda esa noche: no entré en el cuarto de mi hija, no cogí el cuaderno y no lo leí.

Vuelvo por el pasillo, paso por delante del enchufe con la lucecita naranja y vuelvo a la mesa camilla, y me pongo con las sesenta y una fotografías, y las leo otra vez desde la primera, y las leo como se lee un expediente cuando ya se sabe quién es la fuente, que es como se lee de verdad.

Todo cambia de sitio.

No cambia el contenido. No hay una sola palabra distinta de las que leí el jueves. Lo que cambia es el peso, que es lo único que decide un expediente: los mismos hechos, con otra fuente, valen otra cosa.

La mochila. En el segundo informe de orientación, en el apartado de observaciones, consta: la menor refiere mantener preparada de forma permanente una mochila con enseres personales, ropa de muda y objetos de apego.

Yo esa mochila la encontré una madrugada de noviembre, a las cinco menos diez, a los pies de una cama, con dos mudas contadas, el pijama de los astronautas, la linterna con las pilas puestas, el libro de la biblioteca con la ficha dentro y el cocodrilo encajado abajo del todo.

Y me senté en el suelo del cuarto de mi hija con la mochila abierta entre las piernas y me di una explicación buena.

Nadie le dijo a mi hija que preparase esa mochila.

La preparó ella. La preparó sola, un martes o un miércoles de noviembre, en su cuarto, con la ropa doblada como le enseñé yo, y metió la linterna porque a mí se me olvida siempre la linterna.

Los desayunos. Veintiuna entradas y una frase.

En el primer informe: la menor refiere hacerse cargo de manera autónoma de la preparación del desayuno. Y en la transcripción, veintiuna entradas sobre eso, la primera del cuatro de septiembre.

Las leo seguidas.

He hecho el desayuno yo. Me ha salido bien.

Hoy he tirado una tostada. He abierto la ventana. He hecho otra.

He puesto el bol lejos del borde.

He aprendido a poner el cacao sin que se hagan bolas.

Hoy he desayunado sola del todo. Mamá estaba en el pasillo.

Veintiuna entradas de una niña de nueve años contando lo que sabe hacer.

No hay una sola queja en las veintiuna entradas. No hay un «tengo que», no hay un «me toca», no hay un «nadie me ayuda». Hay veintiuna veces la misma criatura diciendo que le ha salido bien.

Alguien las leyó, las agrupó bajo un epígrafe y escribió: rutinas de autocuidado no acordes a la edad.

La ropa. En el segundo informe de orientación, en el mismo apartado que la mochila, consta esto: la menor refiere mantener su ropa clasificada y preparada de forma permanente.

Yo la vi hacerlo. Un sábado de marzo, a las diez y veinte de la mañana, de rodillas encima de su cama, con los dos cajones sacados en el suelo y seis montones alineados por el borde del edredón: manga corta, manga larga, pantalones, jerséis, ropa interior, calcetines emparejados con la vuelta hecha.

Yo estuve seis o siete minutos en la puerta de ese cuarto con una toalla en la mano pensando que aquello era un inventario.

Un informe de doce líneas lo llamó autonomía y lo puso al lado de los desayunos.

Yo lo llamé inventario y no se lo dije a nadie.

Y ninguna de las dos cosas era lo que era, porque una niña que dobla su ropa en seis montones encima de una cama a la que le acaban de contar que a un compañero se lo van a llevar de su casa no está siendo autónoma ni está haciendo un inventario: está haciendo el equipaje.

La lista. En el folio nueve, en mitad de la transcripción, sin encabezado y sin explicación, hay cinco líneas transcritas con sangría y con la numeración conservada, como se transcribe algo que en el original estaba en una página aparte y escrito de otra manera.

COSAS QUE ME DAN MIEDO

1. Los perros grandes.

2. Que cierren la biblioteca en verano.

3. Los días que mamá organiza mucho.

4. Que a mamá le pase lo de papá.

5. Que me lo digan tarde.

Cinco. Ni una más ni una menos, numeradas, en el orden en que se le ocurrieron.

Leo las cinco líneas once o doce veces. Las leo hasta que dejan de significar nada y después las dejo un rato y las vuelvo a leer, como se hace con los documentos que uno no consigue sostener a la primera.

De esas cinco líneas, el expediente usó una.

La tres. Está subrayada a mano en la fotocopia y aparece citada en el informe de valoración de servicios sociales, en el apartado de indicadores, entre comillas y sin las otras cuatro.

Las otras cuatro no aparecen en ningún sitio. No están en el informe de orientación, no están en el informe de servicios sociales, no están en la propuesta, no están en la resolución.

En un procedimiento, a eso se le llama selección de la prueba de cargo, y es legal, y lo hace todo el mundo, y lo he hecho yo cuatrocientas veces.

Hay una niña de nueve años que en octubre le puso número a lo que le da miedo, y de las cinco cosas que le dan miedo, dos son que su madre se muera y que no se lo cuenten a tiempo.

Y al final del tercer bloque, en el folio once, después de la entrada ciento cuarenta y tres, la última anotación.

No es una entrada. Es una diligencia, con otro tipo de letra, en la parte de abajo de la página, y dice esto:

Diligencia. Se hace constar que el testigo ha aportado asimismo un archivo de voz de 47 segundos de duración, correspondiente al día 21 de febrero del pasado ejercicio, cuyo contenido se transcribe a continuación y cuyo original obra en poder del testigo. No se incorpora el soporte.

Y debajo, entre comillas, sangrado, con el formato con el que se transcriben las escuchas en todos los procedimientos de este país:

«[voz femenina adulta] ...te pareces tanto a él... [ininteligible, aprox. 2 s] ...ojalá esa noche hubieras ido tú...»

El veintiuno de febrero del año pasado fue el primer aniversario de la muerte de Óscar.

El veintiuno de febrero del año pasado fue un martes.

Aquella noche yo bebí. Bebí sola en la cocina de esta casa después de acostar a mi hija, y me tomé algo para dormir, y hablé en voz alta, y a la mañana siguiente me desperté a las siete y diez en el sofá con la luz de la cocina encendida y la niña ya vestida.

De aquella noche recuerdo cuatro cosas: la botella, la hora del reloj del microondas, que en algún momento entré en el cuarto de Emma, y que le hablé.

Lo que no recuerdo es esta frase.

No recuerdo haberla dicho y tampoco recuerdo no haberla dicho, que es distinto y que es peor.

Y no lo digo como lo dice la gente que no quiere acordarse.

Lo digo como directora de cumplimiento normativo: yo he trabajado con doscientas transcripciones de escuchas, sé cómo se transcribe una y sé lo que significa un «ininteligible» en mitad de una frase, y esta transcripción tiene un salto de dos segundos en el sitio exacto en el que se decide todo.

Ojalá esa noche hubieras ido tú.

Yo no reconozco esa frase. No reconozco esas palabras, ni ese orden, ni ese pronombre. Y llevo siete meses acostumbrándome a la idea de que no soy una fuente fiable sobre mí misma, así que voy a decirlo con la precisión con la que hay que decirlo:

Puede que yo dijera eso.

Puede que yo, la noche del primer aniversario de la muerte de mi marido, borracha, entrara en el cuarto de mi hija de ocho años y le dijera que ojalá se hubiera muerto ella.

Es posible. Es perfectamente posible y no tengo ninguna manera de descartarlo.

Y también es posible que dijera otra cosa.

Es posible que dijera otra frase, una que empiece igual y termine de otra manera, y que entre lo que se dijo en aquel pasillo y lo que hay escrito en este folio haya un trecho que solo cubre un «ininteligible» de dos segundos.

Y hay cuarenta y siete segundos de audio, grabados aquella noche, que dicen exactamente lo que se dijo, con la voz, con el tono y con las pausas, y que no están en este expediente porque el original obra en poder del testigo.

El testigo tiene nueve años, se llama Emma Miralles Bastida y duerme a doce metros de esta silla, de lado, con las dos manos juntas debajo de la mejilla.

Y el original está en un teléfono que lleva veintisiete meses cargándose todas las noches en el enchufe del pasillo, a media altura, entre la puerta del baño y la puerta de su cuarto, con una lucecita naranja que se ve desde el salón.

Y hay una manera de terminar esto que consiste en no hacer nada. Consiste en apagar el flexo, meter las sesenta y una hojas en una carpeta, guardarla en el mueble del recibidor y vivir el resto de mi vida con dos posibilidades del mismo tamaño.

Llevo doce años cobrando por no hacer eso.

Miro el reloj del salón. Son las doce y cincuenta y uno.

Descuelgo el flexo. Recojo las sesenta y una hojas, las cuadro contra la mesa camilla golpeando el canto dos veces y las meto en la carpeta.

Me levanto y salgo al pasillo.