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La comparecencia es el dos de abril a las diez de la mañana, en la tercera planta de un edificio de la calle Gran Vía de Hortaleza, en una sala con seis sillas, una mesa ovalada, una jarra de agua con cuatro vasos boca abajo y un cuadro de un puerto pesquero.
Es el trámite de audiencia. En el expediente se llama así y consiste en que, antes de que el órgano competente resuelva, se oye a la interesada y a las personas del entorno que el equipo técnico considera relevantes.
Han citado a Sara la primera y a mí la tercera, y a las otras dos personas no las conozco de nada: un señor mayor que resulta ser el vecino del cuarto y una mujer joven que debe de ser de la editorial o de la perito.
La sala tiene una moqueta gris y una ventana que da a un patio interior con aparatos de aire acondicionado.
No como nada desde el café de las siete y media y no voy a comer hasta las tres y media.
Nos citan a las diez a cuatro personas, con quince minutos de diferencia, y esperamos en un pasillo con sillas de plástico gris atornilladas al suelo, una máquina de café estropeada con un papel pegado con celo y un dispensador de agua vacío.
En ese pasillo está Sara.
Hay otras dos personas esperando, una señora mayor con una bolsa de tela y un hombre joven que mira el móvil, y ninguna de las dos tiene nada que ver con esto: en estos pasillos coinciden a la misma hora seis vidas que no se conocen.
Está con una chaqueta que no le he visto nunca, sentada muy recta, con una carpeta en las rodillas, y cuando me ve se levanta y viene y me abraza delante de todo el mundo.
—Has venido.
—Claro que he venido.
—Gracias. De verdad. Muchísimas gracias.
Me quedo con ella diecisiete minutos en ese pasillo, sentadas las dos en las sillas grises, con los abrigos en las rodillas.
Hablamos de que Bruno tiene un examen de mates el jueves.
Hablamos de que la máquina del café no funciona.
En el minuto trece me coge la mano y me la aprieta y no dice nada, y yo se la aprieto a ella.
A las diez y veinticinco sale una mujer con una carpeta al pasillo y dice mi nombre y mis dos apellidos en voz alta, como se dicen los nombres en las salas de espera de todos los edificios públicos de este país.
Dentro hay tres personas: la técnica que me entrevistó en diciembre, un hombre de unos cincuenta que se presenta como psicólogo del equipo y Raquel Ordóñez.
Raquel me saluda con la cabeza. Tiene delante una carpeta con dos pestañas adhesivas, una verde y una azul.
Me siento de espaldas a la ventana. Me ofrecen agua y digo que sí, y la técnica pone un vaso boca arriba y lo llena, y ese gesto — darle la vuelta a un vaso— dura dos segundos y es lo único que va a pasar esta mañana que no esté previsto en ningún sitio.
Me toman los datos. Me advierten de que debo decir verdad, que es una advertencia protocolaria que aquí se hace y que la gente escucha como se escucha el «cuidado con el escalón».
Y me preguntan durante cuarenta minutos.
Preguntan bien. Preguntan en abierto primero y en cerrado después, dejan silencios largos y no interrumpen, y el psicólogo del equipo no dice ni una palabra en la primera media hora.
Y yo digo la verdad durante cuarenta minutos.
Digo que Sara Noguera es una madre extraordinaria y que su hijo se ha criado en una casa alegre, y digo lo de la casa alegre con esas palabras, y la técnica lo escribe.
Digo que en veinte años no le he visto tomar una decisión pensando primero en ella.
Digo que la he visto sacar adelante a ese niño sola, sin cobrar una pensión, con un trabajo que se paga tarde y mal.
Digo que jamás la he visto ebria. Digo que jamás la he visto desatender a Bruno.
Digo que la desaparición de mi hija el veintisiete de febrero no fue culpa suya, que en esa senda iban quince niños y dos adultas y que mi hija se salió del camino, y lo digo dos veces, y pido que conste.
Y digo, porque me lo preguntan, que la vi tomarse un comprimido el veinticuatro de marzo, y que me dijo que tenía receta.
Y digo, porque me lo preguntan, que en el cumpleaños de enero bebió dos copas de vino, que es lo que bebimos todas.
Y digo, porque me lo preguntan y en los mismos términos en que ya lo dije el veintiuno de marzo, que no me consta que haya tomado ansiolíticos con anterioridad.
Lo digo todo con dolor, y el dolor es verdadero, y se me nota, y en algún momento tengo que parar y beber agua, y el psicólogo del equipo me acerca el vaso y me dice que me tome el tiempo que necesite.
Me tomo el tiempo que necesito.
Y aquí hay que decir una cosa que a mí no me exculpa de nada y que sin embargo es exacta: no hay una sola frase falsa en esos cuarenta minutos.
Ni una. Yo entré en esa sala a defender a Sara Noguera y salí habiéndola defendido, y si alguien pusiera hoy delante de mí la transcripción de esa comparecencia, yo firmaría cada línea otra vez.
El problema no era lo que yo dijera. El problema era que cuando yo entré en esa sala ya estaban dentro el informe del centro, el informe del centro de educación ambiental, el informe de urgencias, tres escritos de familias, once líneas de una pediatra y setenta y ocho palabras mías enviadas a las doce y veintitrés de la noche del veintiséis de marzo.
En un expediente, el testigo favorable llega siempre tarde.
Cuando salgo, Sara sigue en el pasillo. Le toca a ella a las once y media.
—¿Qué te han preguntado?
—Cosas del día de la excursión.
—¿Y has dicho lo de que iban quince?
—Lo he dicho dos veces. Y he pedido que constara.
—Eres la mejor. Eres la mejor, de verdad.
Entra a las once y media. Yo me quedo en el pasillo, porque irme sería raro, y estoy sentada en una silla gris atornillada al suelo cincuenta minutos, y a las doce y veinte sale.
A las doce y veinte sale.
Sale bien. Sale con la cara de haber contado la verdad, que es una cara muy concreta y que yo he visto cuatrocientas veces al otro lado de una mesa: la cara del que sale de una sala convencido de que, ahora que ya lo saben, esto se va a arreglar.
—Ha ido bien —dice—. Han sido majísimos.
Bajamos juntas en el ascensor y nos tomamos un café en un bar de la esquina con máquinas tragaperras y un futbolín.
Ella se toma un cortado y se come media palmera de chocolate y me dice que se le ha quitado un peso de encima, que llevaba tres semanas queriendo que la escucharan y que por fin la han escuchado.
Pago yo. Son cuatro euros con veinte.
La resolución llega el once de abril.
Son cuatro folios. El primero es la relación de antecedentes: siete puntos, cada uno con su fecha. El segundo son los fundamentos. El tercero es la valoración. El cuarto es la parte dispositiva.
El cuarto folio es el que importa y ocupa media página.
En la parte dispositiva, la Comisión de Tutela del Menor de la Comunidad de Madrid acuerda declarar la situación de riesgo, asumir la guarda provisional del menor B.
N. A. y constituir el acogimiento familiar temporal en familia ajena, con la familia seleccionada por el equipo técnico atendiendo al criterio de mantenimiento del menor en su entorno escolar y social de referencia y a la mayor estabilidad de la unidad receptora disponible.
Bego me llama esa misma tarde a las siete y diez, cuando yo llevo cuatro horas con los cuatro folios encima de la mesa camilla.
—Cielo, ya lo sabrás.
—Ya lo sé.
—Es durísimo. —Se le nota que lo dice de verdad—. Es durísimo y yo llevo toda la tarde con un nudo. Pero mira, dentro de lo malo, te voy a decir una cosa que te va a dejar más tranquila: va con Patricia.
—¿Con Patricia?
—Con Patricia y con Álvaro. Que llevan cinco años en el programa y que son dos santos. Y viven a nueve minutos del cole. El niño no cambia de clase, no cambia de amigos, no cambia de nada. Es lo mejor que le podía pasar dentro de lo peor.
—Ya.
—Y ahora hay que arropar a Sara, ¿eh? Ahora es cuando hay que estar.
La resolución tiene fecha de once de abril.
Desde el veintisiete de febrero han pasado cuarenta y tres días. Desde el asiento de apertura de mi expediente, el del veintisiete de junio a las 18:52, han pasado doscientos ochenta y ocho.