Una madre para mis gemelos Capítulo 74. Un hombre enfermo.
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Capítulo 74. Un hombre enfermo.

Liam, con Emma y los gemelos, tomaron un avión rumbo a Seattle acompañados por uno de los guardaespaldas. Al llegar alquilaron un auto tipo vans y fueron a la casa de los Bowen.

Lo primero que Emma notó al llegar fue que la puerta de entrada había sido cambiada y además, sus padres instalaron una reja de seguridad adicional.

—Qué extraño. Esto no estaba así antes —expresó ella antes de tocar el timbre.

Liam apretó el ceño y, antes de seguirla, le pidió al guardaespaldas que se mantuviese en alerta.

Gisela, la madre de Emma, una mujer bajita, delgada y de cabellos cortos, los recibió con una sonrisa de asombro.

—¡Hola, yo soy Matt! —se presentó uno de los gemelos apenas la mujer asomó la cabeza a la calle y extendió hacia ella un ramo de flores que habían comprado en el aeropuerto.

—¡Y yo soy Lucas! —informó el otro entregándole una caja de chocolates.

Gisela estiró su rostro en una sonrisa ancha y los abrazó a ambos como si fuesen dos peluches.

—Pero, ¡qué preciosos! Estos niños son adorables.

Fred, el padre de Emma, se encontraba detrás. Miraba la escena emocionado, aunque sin poder salir porque su esposa y los niños bloqueaban la entrada.

—¡Hija! ¡Liam! ¡Me alegra que ya estén aquí!

—Hola, papá. Ya voy a darte un abrazo. Espera que estos tres terminen de saludarse —dijo Emma en broma, viendo como su madre seguía abrazando y besando a los niños conmovida por sus gestos dulces y sus risas.

Entre besos y abrazos entraron a la casa. El chofer quedó afuera, en el auto, atento a los alrededores.

—¿Son alérgicos a los perros o a los gatos? —preguntó Fred a Liam—. Porque tenemos dos perros y un gato.

—No que yo sepa, aunque quizás los perros y el gato sean alérgicos a ellos. Cuando los niños los descubran, los tomaran como si fuesen sus juguetes favoritos.

—Ahhh, mis animales son muy cariñosos. De seguro se la llevarán bien.

La pareja había dejado a los animales en la terraza para que no saltaran encima de la visita y los dejaran saludarlos como debían, pero los niños apenas los notaron abrieron las puertas y se les lanzaron encima para acariciarlos y abrazarlos.

Había un caniche mestizo y lanudo de color marrón, que movía la cola como si fuese el aspa de un ventilador. El perro buscaba las caras de los recién llegados para lamerlas y como la de los niños se encontraban a su altura, eran sus favoritas.

Por supuesto, ellos se dejaban llenar de babas encantados.

El otro era un pomerania de pelaje abundante, negro en su mayor parte y crema en la zona del pecho y panza, que ladraba con un tonito agudo muy fino y daba vueltas sin parar demostrando su emoción. Matt se puso a dar vueltas con él en medio de risas, resultando divertido para los perros.

Lucas divisó sobre una mesa a un gato gris atigrado sentado sobre sus patas traseras, que los miraba con superioridad.

Corrió hacia él y lo atrapó sin darle oportunidad a escapar, logrando que el animal apenas pudiese emitir un maullido de sorpresa antes de verse envuelto por esos bracitos firmes y cariñosos que lo incluyeron en el revuelo de bienvenida.

Pasaron un buen rato entre gritos, risas, abrazos y ladridos mientras se instalaban en el jardín a tomar una limonada y galletas.

Gisela estaba feliz con los niños. Sacó todos los juguetes de los perros y con Emma se pusieron a jugar con ellos.

Fred en cambio, se sentó en una silla junto a la mesa, acompañado por Liam. Ambos se ponían al día sobre San Francisco y Seattle, comentando del clima, la gente, el tráfico y los negocios.

—¿Piensan regresar a San Francisco? —quiso saber Liam.

—Lo pensamos luego de que Gisela se recuperó —respondió Fred—. Pero entonces, Emma se… embarazó —habló como si le costara sacar esa palabra—, y se fue a vivir a Salem. Como aquí estábamos más cerca de ella, decidimos quedarnos.

Liam apretó con disimulo la mandíbula, recordando a Marco y todo el daño que le había hecho a Emma. Por instinto sus ojos se posaron en ella, como asegurándose de que se encontraba segura y feliz.

—Y ahora que se casará conmigo y viviremos en San Francisco, ¿no lo consideran?

Fred miró a Liam con los ojos muy abiertos y llenos de preocupación.

—¿Han pensado bien ese asunto de la boda?

—Muchísimo —aseguró Liam con tono determinante.

Fred parecía perdido y angustiado. Vio a su hija con el miedo reflejándose en sus pupilas, así que Liam decidió trasmitirle más confianza.

—Fred, escucha, mi situación personal y financiera ha cambiado mucho. Ahora dirijo la constructora de mi padre y, a pesar de los contratiempos habituales que se presentan en ese tipo de negocios, me va muy bien. Puedo proteger a Emma de miles de formas posibles, darle estabilidad y tranquilidad.

—De eso estoy seguro. Conocí a tu padre y lo recuerdo como un hombre correcto y exitoso.

Si a ti te va mejor, entonces, sé que a mi niña no le faltará nada a tu lado.

Ni siquiera, felicidad, porque te confieso que no la veía sonreír como lo está haciendo ahora desde hace mucho —reveló, escuchando las carcajadas de Emma mientras disfrutaba de las gracias que los gemelos hacían con los animales.

A la mujer el rostro le brillaba por la alegría, sobre todo, cuando los niños la abrazaban y reían con ella, o le decían mamá. Hasta Gisela estaba conmovida por esos gestos.

—El problema, Liam… —dudó Fred—, es que mi niña tuvo la mala suerte de encontrarse en esta ciudad con alguien capaz de hacer mucho daño. Quien está dispuesto a no dejarla ir por nada del mundo.

—Yo también estoy dispuesto a no dejarla ir por nada del mundo.

Ambos hombres compartieron una mirada. Fred sintió alivio al descubrir en los ojos de Liam una férrea determinación, pero el recuerdo de Marco lo llenó de inseguridades.

—Marco Smith es muy astuto, Liam, además de obsesivo y despiadado.

Está enfermo. —Se atrevió a confesar con rostro molesto—.

No pude notarlo, nunca sospeché de su verdadera personalidad y eso me llena de rabia y frustración.

No sabes cuánto hubiese querido haber sido más perspicaz y así salvar a mi niña de ese sujeto miserable.

—No fue tu culpa. Estamos en riesgo de toparnos con gente como esa en cualquier momento, aunque nos mantengamos en alerta.

Fred negó con la cabeza.

—Un compañero del trabajo, que conoce a Marco de hace un tiempo, me comentó en una ocasión que él era un tipo agresivo y algo inestable, pero yo siempre lo vi tan tranquilo, alegre y conversador, pensé que tan solo había sido algo del pasado que ya había superado y decidí ignorarlo.

Vi a Emma tranquila con él, optimista, con ganas de comenzar a construir su propia vida luego de haberse sacrificado y dejar de lado sus sueños para ayudarme a cuidar de su madre.

Pensé que esa era una nueva oportunidad para ella y no hice nada, no averigüé ni le advertí, solo… la dejé ir —dijo eso último con pesar.

—Hiciste lo que hace un padre cuando los hijos crecen y toman sus propias decisiones, la apoyaste y te uniste a su alegría aceptándolo a él y dándoles tu bendición.

Lo que pasó después, como te dije, no fue tu culpa, ni de Emma.

Marco es un enfermo, él mismo destruyó la perfección que lo rodeaba así que debe asumir las consecuencias.

—¿Las consecuencias?

—Perderla, para siempre. Porque yo no voy a dejar que él vuelva a acercarse a Emma y pretenda lastimarla. Ella ahora está conmigo, será mi esposa y vivirá bajo mi protección. Marco jamás llegará hasta ella.

Fred se esforzó por creerle, en el fondo lo hacía, pero de nuevo la imagen de Marco y su violencia hacían tambalear su confianza.

—Al llegar, Emma preguntó por el cambio de la puerta de la casa y yo le dije que lo había hecho solo por aumentar la seguridad, pero no es verdad —confesó el hombre, mirando con fijeza a Liam—.

Marco vino hace unas semanas. No quisimos atenderlo ni dejarlo entrar porque estaba algo alterado, pensamos que se había emborrachado.

Pero él sospechó que ella estaba con nosotros y tumbó la anterior puerta a punta de golpes y patadas, entrando como un toro enfurecido.

Me dio un empujón y me tiró al suelo haciendo que me golpeara la cabeza con la pared, pasé días con malestares y con una hinchazón incómoda.

Revisó la casa de punta a punta, buscándola, rompió cosas y destruyó muebles antes de darse cuenta que ella no estaba aquí.

Liam escuchó aquella narración con los puños apretados para controlar la furia.

—Antes de irse, se acercó a nosotros y nos amenazó con matarnos si no le decíamos dónde estaba.

Su rostro era aterrador. Nunca en mi vida había visto algo igual.

Sus ojos estaban inyectados de una ira incalculable y en sus brazos podían notarse las venas sobresaliendo, como si fuese un ser de otro planeta.

Nos causó mucho miedo. Por eso le pedimos a Emma que fuese precavida cuando nos llamó para contarnos que se casaría contigo.

Ese hombre está muy mal de la cabeza, Liam, y es capaz de cualquier cosa.

Ya hemos puesto la denuncia a la policía, pero como Marco no está en Seattle no pueden hacer nada.

—Sé que Marco no está bien, ya me he enfrentado a él, pero su actitud no me amedrenta —aseguró—. Amo a Emma y quiero formar una familia con ella. Ese hombre, con su actitud violenta y enfermiza, no me lo va a impedir. Quiero que confíes en mí y de ser posible, me ayudes a detenerlo.

Fred respiró hondo y volvió a fijar su atención en su hija, que jugaba muy alegre con su madre, los niños y los perros. Siempre quería verla así, con una sonrisa sincera en los labios.

—Haré lo que sea necesario. Dime en que puedo ayudarte y me pongo a trabajar, cuenta conmigo. Esta vez no me quedaré de brazos cruzados —prometió, aunque no podía evitar sentir miedo.

La mirada diabólica que había encontrado en los ojos de Marco Smith le resultó intimidante.