Capítulo 67. Las cartas están echadas.
Luego de un gran revuelo en el centro comunitario, por haber ayudado a las maestras a ordenar y entregar a los niños a sus padres y tutores y dar declaraciones a la policía, Liam al fin pudo salir de los alrededores del Jardín de infancias St. James con sus dos hijos y con Emma, seguido de cerca por el guardaespaldas.
Volvieron a la casa en un silencio tenso. Emma se sentó en el asiento de atrás, con un niño a cada lado, abrazados a ella. Los gemelos seguían nerviosos y confusos, pero también, muy cansados, dormitándose sobre las piernas de la mujer.
Liam los veía cada diez segundos por el retrovisor, como si necesitara asegurarse que continuaban allí, junto a él y lejos del peligro.
Compartía miradas con Emma a través del espejo empañadas por el miedo y la desesperación, aunque también, por un profundo anhelo y la determinación de que nada ni nadie iba a separarlos.
Al llegar a la casa los recibió Carmen, que ya había llegado para su turno de la tarde, y la cocinera, que no se quiso marchar hasta tener la seguridad de que los niños habían salido bien de aquel terrible problema.
Entre ambas ayudaron a Emma a asearlos y darles de comer mientras Liam se ocupaba de dar respuestas a todas las llamadas y mensajes que había recibido.
Todo San Francisco se había enterado de lo sucedido y sabían que en ese colegio estudiaban sus hijos.
Aceptó una videollamada de Julián y Camila, quienes se enteraron del hecho mientras estaban en San Diego supervisando las labores de mantenimiento de la casa que tenían en aquella ciudad y visitando a viejas amistades.
—Los niños están bien, se los aseguro. Hace unos minutos terminaron de comer y los subieron al cuarto de juegos para que se relajaran antes de que duerman la siesta.
—Camila quiere hablar con ellos —exigió Julián, preocupado.
—Ya subo para pasarles el teléfono, pero no se angustien más. Ellos están en perfecto estado, a ninguno le ocurrió nada.
—Liam, debemos poner una demanda —insistió Julián—. Alguien tiene que pagar por eso y terminar tras las rejas. Poner una bomba falsa en una escuela solo para asustar al padre de uno de los chicos es una acción de un enfermo mental. ¡Eso es un crimen!
—Hoy la policía recogió infinidad de denuncias —explicó él mientras se dirigía al cuarto de juegos—. Y durante esta semana llegarán más. Los grupos de padres están ardiendo con los mensajes que se envían para asegurarse que todos asistan a la comisaría.
—Cuando regrese hablaremos de ese asunto, seguiré ese caso con atención. Es imposible que nos sintamos inseguros de dejar a los niños en la escuela. ¡Esto no puede volver a pasar! —vociferó Julián, rojo por la indignación.
Al llegar al cuarto de juegos, Liam les pasó el teléfono a sus hijos para que hablaran con sus abuelos. Él salió al pasillo suspirando hondo por el cansancio. Se recostó en la baranda de la escalera y apoyó sus manos en ella bajando los hombros y la cabeza en una postura agotada.
Emma salió para reunirse con él dejando a los niños con Carmen.
—¿Estás bien?
—No —dijo con sinceridad, con su rostro endurecido clavado en el suelo—. Mira lo que fue capaz de hacer ese maldito hijo de puta para llegar a mis hijos. Y estuvo allí, tan cerca, quizás le pasé por el lado y ni lo noté. Sabe cómo esconderse.
Ella le acarició el pecho y la nuca buscando calmarlo.
—Lo vi. Tenía peluca y lentes de contacto oscuros, pero su rostro es inconfundible para mí y más aún, su mirada amenazante. Sentí mucho miedo.
—Se coló entre la policía para hacer todo eso. ¿Sabes el peligro que eso representa? Es capaz de burlar a toda una organización policial para lograr sus fines. ¿Qué contactos tiene? ¿Cómo se maneja? ¿Hasta dónde puede llegar buscando lastimarnos?
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de rabia, miedo y arrepentimiento. Se sentía tan saturada que comenzó a sentir vértigo.
—Liam, por eso yo…
—No se te ocurra decir que quieres apartarte de mí para evitar que él nos alcance —advirtió, muy serio, y clavando una mirada dura en ella.
—Admite que si yo no estuviese aquí, esto no habría pasado —enfatizó ella entre molesta y dolida—. Tus hijos jamás habrían pasado por este trauma.
—Tú no eres la culpable de lo que sucede, Emma. Es él, Marco —enfatizó—. Tú eres una víctima.
—Soy la única que puede detenerlo.
—No —dijo tajante.
—Liam, por favor…
Él se apartó de la baranda para erguirse frente a ella, firme y determinado. Con su rostro convertido en una máscara de amenaza y desafío, tan intimidante como la del propio Marco.
—No vas a apartarte de mí, me lo prometiste y se lo prometiste a mis hijos. Vas a ser mi esposa le guste a ese miserable o no.
—Te amo —respondió la mujer en un hilo de voz—. No quiero que él sea capaz…
Liam la tomó por el rostro y la besó con arrebato, con hambre y desesperación. Ese día estuvo a punto de perder a sus hijos por culpa de un psicópata, no iba a perder ahora a la mujer que amaba por ese mismo sujeto.
Si debía volverse un hijo de puta como Marco para vencerlo, lo haría, pero no iba a sacrificar una vez más su felicidad por culpa de un tercero.
—No me vas a dejar, no lo permitiré —aseguró al detener el beso, jadeando por el fogonazo de deseo que este le despertó y con la frente apoyada en la de la mujer, sosteniéndola con firmeza de la cabeza.
—Te amo, Liam. No quiero que te pase nada, ni a ti ni a los niños —susurró ella con las emociones a flor de piel.
Él la abrazó, envolviéndola por completo entre sus brazos, clavando su mirada furiosa en la nada. En el recuerdo de Marco Smith.
—Hoy logró burlarse de mí, pero no permitiré que lo haga de nuevo. Buscaré las formas de ponerme un paso por delante de él, de ubicarlo y llevarlo a prisión.
—Con la declaración que di hoy en la policía intensificarán la búsqueda —aseguró Emma—. Ya no solo está acusado por acoso y agresión en mi contra, sino por atentar contra la paz pública, contra la vida de tantos niños y por haber usurpado identidad oficial sin permiso.
Liam besó la frente de la mujer y le masajeó el cuero cabelludo con una mano.
—Eso no va a detenerlo, lo sé. Para invadir la escuela y poner ese artefacto, emitir un alerta de bomba y utilizar identificación y uniforme del Departamento de policía de la ciudad tuvo que mover algunos contactos e invertir dinero.
No está solo y este es un asunto muy delicado que no pasará desapercibido para nadie, hasta sus socios estarán en la mira.
Aunque se mantenga con un perfil bajo unos días, arremeterá luego. Nada lo detendrá. Ya lo demostró.
La despegó un poco de sí para poder verla a los ojos, necesitaba toda su atención.
—Debemos estar muy alertas, Emma y trabajar juntos por la seguridad de esta familia. A pesar de que aún no estamos casados, tú ya eres una Hamilton, así que no vuelvas a pensar en marcharte y abandonarnos a nuestra suerte.
Ella sonrió, aún con la expresión de pena en su rostro.
—Siento mucha rabia el tener que arrastrar con este problema, no sabes cuánto hubiese deseado…
—Tus problemas ahora son míos, Emma, así como los míos son tuyos. No se te ocurra pensar una vez más en dejarme fuera de tu vida. Vas a hacerme pedazos si lo haces. Por favor, prométeme que nunca sugerirás que nos separemos.
Ella lo observó con fijeza mientras lo tenía a tan solo centímetros de distancia, viendo con deseo reprimido sus labios.
No podía rechazarlo. Alejarse de él también la desarmaría.
Ya el destino había jugado sus cartas y los unió, ahora debían afrontar las consecuencias.