Capítulo 64. La noticia.
En el Jardín de infancias St. James, el día marchaba con total normalidad. Hasta que la señora Henderson, la directora, recibió una llamada misteriosa.
—¿Sí?
—Cuide de sus niños, directora, o terminarán tan hechos pedazos que no podrá reunir sus cuerpitos enteros —le dijo una voz ronca y maquiavélica que a la mujer le heló la sangre.
—¿De qué habla? ¿Quién es?
—Hay un tic tac dentro de la instalación, espero lo encuentre rápido o será mucho lo que tendrá que limpiar.
La directora se puso nerviosa y se levantó de su escritorio para salir de la oficina al tiempo que activada el modo de grabación. Necesitaba tener un registro de esa llamada.
—¿Quién habla? ¿Dígame su nombre? ¿Acaso es una amenaza?
—Mi nombre no le servirá de nada. Hay padres que no deberían haber nacido, que se meten en las vidas de otros para robarles lo que les pertenece. Esos tienen que pagar. Serán sus hijos quienes cancelen esa deuda, pero si usted quiere salvar a alguien, señora, actúe ya o todos morirán.
—¿Morirán? ¿De qué manera?
Henderson corría por el pasillo desolado en dirección a la casilla de vigilancia, en busca de los guardias de seguridad. A su alrededor, en las aulas resonaban las vocecitas de los niños y de las maestras mientras impartían sus clases.
—Tic tac, señora. Busque el tic tac.
La llamada se cortó. Henderson no se detuvo hasta llegar a la casilla y alertar a los guardias. Se comunicó además con la policía enviándoles la parte de la llamada que había logrado grabar. Los oficiales avisaron que enseguida se harían presentes en la escuela.
***
En la constructora, Liam se encontraba en la oficina de Darryl mirando los planos del proyecto urbanístico que estaban por culminar en Redwood Creek.
—No puedo creer que en unas semanas estemos entregando a otro este infierno. Pensé que se nos alargaría por un año más —expuso Darryl con una sonrisa.
—Cumplimos a cabalidad con los tiempos estipulados. No fue fácil, pero lo logramos. Y no lo llames infierno —se quejó Liam—, mira que este proyecto se convertirá en nuestro sello de distinción hasta que obtengamos otro de mayor calibre.
Darryl sonrió divertido.
—En dos años y medio terminamos una urbanización completa, hermano, ese es un tiempo record para cualquier constructora.
Para lograr esa hazaña tuvimos que enfrentar infinidad de discusiones con proveedores y contratistas, superar dos amenazas de huelgas de empleados, mediar entre las exigencias de los inversionistas y las quejas de vecinos, evitar catástrofes laborales y sobrellevar políticas rudas.
Deja que lo llame infierno, al menos, en privado.
Liam negó con la cabeza, aunque tuvo que dibujar una sonrisa en su rostro al aceptar que aquel proyecto había sido difícil, pero en pocas semanas lo terminarían.
—Aunque haya sido un infierno, el trabajo valió la pena.
Las casas están listas, las calles pavimentadas y los servicios funcionando.
Todas las evaluaciones que le han realizado hasta ahora han salido positivas.
No recuerdo un proyecto que haya avanzado con tanta precisión en esta empresa.
Creo que superamos la gestión de mi padre.
—Pusiste la vara muy en alto, pero lo logramos. Ahora sí podemos decir que has cumplido con tu promesa de llevar al éxito a la constructora Hamilton.
—Al éxito todavía no, pero vamos en camino. Tengo muchas otras metas que alcanzar —reflexionó como para sí mismo.
Darryl le palmeó un hombro.
—Estoy seguro que este proyecto nos traerá grandes beneficios. Lo culminamos sin sobrecostos, que es casi un milagro. Los inversionistas están encantados, sobre todo después de la última visita de inspección. Dijeron que el diseño del parque central será el punto más atractivo.
—Lo será. Redwood Creek tiene un equilibrio entre modernidad y naturaleza. Si logramos que las familias sientan que pueden vivir allí seguras y sin estrés, habremos hecho algo más que construir casas. Ese será nuestro sello de garantía.
—Lo único malo, hermano, es que después de esto no tendremos ni un día de paz. Nos van a llover proyectos como si estuviésemos en medio de una tormenta —dedujo Darryl y se paró firme frente al escritorio cruzándose de brazos.
—Nos tocará bailar bajo la lluvia —aceptó Liam, ubicándose a su lado en la misma posición y también con los brazos cruzados en el pecho. Ambos observaban con orgullo los planos.
Pero fueron interrumpidos por la aparición repentina de la secretaria de Liam, que parecía agitada.
—Señor, disculpe la interrupción, pero hay algo importante que debe atender.
—¿Sucedió algo? —quiso saber él con el ceño apretado y se acercó enseguida a ella.
—Aquí en la empresa no, pero en la televisión están hablando de una noticia que podría afectarle.
Tanto Liam como Darryl acompañaron a la mujer al cuarto de servicio, donde tenían un pequeño y viejo televisor. El personal de limpieza, en sus ratos de descanso, se sentaba a mirar el noticiero o algún programa interesante que trasmitían los canales locales.
Uno de ellos, al ver lo que informaban desde el Jardín de infancias St. James, enseguida le avisó a la secretaria porque sabía que los gemelos Hamilton, los hijos de su jefe, estudiaban en esa escuela.
Liam observó con expresión de alarma las imágenes tomadas desde un helicóptero. En los alrededores de la escuela de sus hijos se producía un caos sin precedentes.
—Dicen que hay una amenaza de bomba —informó una de las mujeres de limpieza—. Están sacando a los niños.
El corazón de Liam latió con desenfreno.
—La directora hizo una declaración hace poco —agregó otro empleado—. La llamaron para advertirle que pusieron una bomba porque un padre le robó algo a alguien y sus hijos deben pagar por ese error.
La sangre de Liam se congeló en sus venas. Salió de allí y corrió a su oficina. Todos lo observaron con asombro, solo Darryl se apresuró a seguirlo.
—Ey, ¿qué pasa? —preguntó viendo que Liam tomaba con rapidez su chaqueta y el móvil que había dejado sobre su escritorio.
—Estoy seguro que fue Marco. Está cumpliendo su amenaza de atacar a mis hijos al no dejar en paz a Emma.
Darryl se asustó por lo que decía.
—¿Estás seguro?
Liam revisó su móvil descubriendo que tenía llamadas perdidas y mensajes de texto del colegio. Decidió revisarlos en el camino para poder marcharse.
—Voy por mis hijos —sentenció, y salió a toda velocidad de la constructora.
Darryl se frotó la frente con preocupación y corrió de nuevo al cuarto de servicio para ver lo que decían en el noticiero.
«Las autoridades de San Francisco responden en este momento a una amenaza de bomba reportada en la escuela St. James, ubicada en el distrito de Pacific Heights.
Según información preliminar del Departamento de Policía, todos los estudiantes y el personal están siendo evacuados y el área se encuentra acordonada».
Las imágenes cambiaron del estudio a la escena del hecho, donde se veía el movimiento apresurado de policías y bomberos, así como de niños y profesores. Un corresponsal ocupó la pantalla para informar lo que sucedía.
«Estoy frente a la escuela St. James, donde hace unos minutos llegaron unidades del Departamento de Policía de San Francisco, su equipo antibombas y camiones del departamento de bomberos. Los agentes mantienen el acceso restringido a varias calles a la redonda.
Los alumnos están siendo trasladados a un centro comunitario cercano, donde los padres podrán retirarlos. Hasta el momento no se ha confirmado la existencia de ningún artefacto explosivo, pero la policía sigue el protocolo de seguridad estándar para este tipo de amenazas».
Darryl enseguida tomó su teléfono para enviarle un mensaje a Liam.
«Ve al centro comunitario cercano a la escuela. Allí están llevando a los niños».
Al hombre el miedo le palpitó bajo la piel, impactado por lo que sucedía. ¿Marco Smith habría sido capaz de generar aquel angustiante caos?
Si eso era cierto, quedaba confirmado que ese sujeto era en extremo peligroso y sería capaz de cualquier cosa con tal de obtener lo que quería.