Capítulo 48. Enfrentamiento mano a mano.
Emma estaba a punto de sucumbir por el miedo. Marco la arrastraba con fuerza hacia su camioneta, con los dedos hundidos en la piel de su brazo como su fuesen garras dispuestas a no soltarla.
El estacionamiento olía a gasolina y a humo de cigarrillo, pero ella apenas podía respirar por los sollozos. Cada paso que daba le parecía un adiós.
La certeza de que esa vez no saldría con vida le atravesaba el pecho como un puñal.
—Camina, maldita sea —gruñó el hombre, y le apretó más el brazo—. Hoy vas a aprender lo que pasa cuando me traicionan.
Las lágrimas corrían por las mejillas de la mujer. Intentó articular una súplica, pero la voz se le quebró. Su corazón martillaba tan fuerte que creía que se le saldría del pecho.
Por los nervios, Emma se tambaleaba. En una ocasión la punta de su tacón pisó una abertura del pavimento y su pie se dobló un poco haciéndola perder el equilibrio.
No cayó porque Marco la tenía bien sostenida, pero eso lo enfadó. La empujó contra un muro y se inclinó sobre ella con su aliento caliente y cargado de alcohol rozándole la piel.
—Camina bien, zorra. No intentes retrasarme porque te juro que tu castigo será peor.
La amenaza era clara y brutal. Emma cerró los ojos, temblorosa, y emitió una oración silenciosa de súplica antes de continuar.
Pero como respuesta a su ruego desesperado, el ambiente a su alrededor cambió de manera súbita. Una sombra se abalanzó desde atrás y un brazo fuerte se enlazó al cuello de Marco aplicando una firme presión.
—Suéltala, hijo de puta.
La voz de Liam estalló con furia. Marco gruñó, sorprendido, y aflojó la mano que retenía a Emma.
Ella, al sentirse liberada, se apartó enseguida y miró la escena con sollozos descontrolados.
—Liam… —exclamó horrorizada.
—¡Vete, Emma! ¡Busca ayu…!
No pudo terminar porque Marco comenzó a forcejear poniendo en práctica la rudeza a la que estaba acostumbrado.
Se abalanzó hacia atrás, golpeando a Liam en la espalda contra la carrocería de un auto.
Ella se angustió tanto por lo que sucedía que enseguida corrió al interior del bar.
—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!
Al quedar solos, la lucha se volvió más encarnecida. Marco, más corpulento y experto en lucha mano a mano, se inclinó hacia adelante, giró la cadera y proyectó a Liam contra el suelo con un golpe seco.
El impacto lo dejó aturdido por un instante, con el aire escapando de sus pulmones. Marco se lanzó encima de él para inmovilizarlo con su peso. Su rostro deformado por la ira estaba apenas a centímetros del suyo.
—Te voy a matar, Hamilton —escupió con veneno—. A ti y a tus malditos hijos si no dejas a Emma en paz. Ella es mía, ¿entiendes? Siempre lo fue.
Liam jadeó bajo la presión y respondió con la voz cargada de determinación.
—Nunca. Ella no volverá contigo jamás. Emma es mía, la protegeré con mi vida.
Un destello de rabia cruzó los ojos de Marco. Le soltó un puñetazo brutal en la mandíbula y luego otro en el costado.
Liam, resistiendo el dolor, logró bloquear el tercero y contraatacar con un golpe al rostro que hizo tambalear a su enemigo. Aprovechó para girar el cuerpo y liberarse empujándolo hacia un lado.
Rodaron sobre el pavimento, intercambiando golpes, gruñidos y jadeos. Marco alcanzó a conectar otro puñetazo en el abdomen de Liam haciéndolo retorcerse, pero este lo sujetó del brazo con firmeza y lo torció arrancándole un gruñido de dolor.
—¡No te atrevas a volver a tocarla! —rugió Liam, su voz vibrante de furia.
Por un instante pareció que podía dominarlo, pero Marco, astuto y despiadado, buscó bajo su chaqueta y de pronto el frío metálico de una pistola brilló bajo la tenue luz del estacionamiento.
El cañón se apoyó contra la sien de Liam. El silencio fue ensordecedor, roto solo por la respiración entrecortada de ambos.
—Eres hombre muerto, Hamilton —susurró Marco, con una sonrisa macabra pintando su rostro.
Liam lo miró con fijeza, sin apartar los ojos. El miedo lo contuvo bajo su férrea determinación.
—Haz lo que quieras conmigo, pero nunca podrás borrar lo que Emma y yo tenemos ni la harás por completo tuya. Ella te odia. A mí, en cambio, me pertenece desde mucho antes de conocerte.
El dedo de Marco rozó el gatillo. El tiempo pareció congelarse.
Pero desde la entrada del bar comenzaron a escucharse pasos y voces apresuradas. Gritos de alarma y el eco de gente corriendo. Marco apretó la mandíbula, furioso.
—Maldita sea… —gruñó, y apartó la pistola de la cabeza de Liam repasando los alrededores con nerviosismo.
Se incorporó con brusquedad, empujando a Liam contra el suelo. Antes de marcharse, se inclinó lo suficiente como para que sus palabras fueran una daga.
—Esto no se acaba aquí, Hamilton. Voy a recuperar a mi mujer. Me llevaré a Emma lo quieras o no y tendremos otro hijo para recuperar el que perdimos. Si intentas detenerme, acabaré contigo y con tus asquerosos gemelos.
Liam, aún tendido en el suelo, lo miró con odio puro, pero Marco ya retrocedía hacia su camioneta, guardando el arma.
El motor rugió y en cuestión de segundos el vehículo desapareció en la oscuridad de la calle.
Las voces se hicieron más cercanas. Los guardias de seguridad del bar llegaron primero, seguidos por Darryl y Felton, quienes estaban alarmados por los gritos de Emma.
—¡Liam! —exclamó la mujer lanzándose sobre él.
Se arrodilló a su lado, temblando de pies a cabeza, y lo abrazó con desesperación mientras sus lágrimas le empapaban la camisa.
—Creí que… creí que te mataría… —balbuceó entre sollozos.
Liam la rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho. El cuerpo le dolía, la mandíbula le ardía y el abdomen estaba resentido por los golpes, pero nada de eso importaba.
Solo quería sentirla a ella, asegurarse que se encontraba bien y a su lado, donde debía estar.
—Estoy aquí, mi amor. Estoy contigo —susurró, acariciándole el cabello mientras ella temblaba sin control—. No dejaré que vuelva a tocarte. Nunca.
Emma hundió el rostro en su cuello, llorando con fuerza, como una niña perdida que por fin encontraba refugio.
Los guardias rodearon la zona, Darryl y Felton intercambiaban preguntas urgentes, pero para ellos solo existía el calor del otro y la seguridad de sus brazos.
Para Emma, el miedo no desaparecía, pero en ese instante supo que no estaba sola. Liam había llegado justo cuando más lo necesitó, sin temer a la terrible amenaza que significaba Marco.