Una madre para mis gemelos Capítulo 45. En el bar.
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Capítulo 45. En el bar.

El sábado en la noche, el edificio de oficinas de la constructora Hamilton estaba casi vacío. Solo unos pocos empleados de mantenimiento y de seguridad recorrían los pasillos.

Liam cruzó el vestíbulo con paso firme, saludando a quien encontraba a su paso. Iba a su oficina para recoger unos documentos que debía revisar el domingo en casa. Por irse de paseo ese día con Emma y los niños dejó tareas pendientes que no podía atender el lunes.

El silencio de los pasillos le resultó extraño, ya estaba acostumbrado al bullicio de los empleados y al constante sonar de los teléfonos.

Cuando le faltaban pocos metros para llegar a su oficina, vio que la de puerta de la oficina de Darryl se abría y su amigo salía con rostro cansado, la corbata deshecha y la chaqueta del traje colgando de su mano.

Lo observó con asombro y confusión.

—¿Volvieron a atacarte en el estacionamiento?

Darryl le dedicó una mirada de reproche.

—¿Qué haces tú por aquí? Es sábado en la noche. ¿Emma no está en casa y tus hijos ya se durmieron?

Liam sonrió, ladeando la cabeza.

—Mis hijos están en la casa con la niñera y Emma me espera en un bar donde nos reuniremos con sus amigas. Solo vine a buscar unos papeles que no pude revisar hoy.

Darryl soltó una risa incrédula.

—¿Tú? ¿El obsesionado con los informes y las reuniones no pudo revisar unos papeles? ¿Qué estuviste haciendo todo el día, Hamilton?

Liam entró en la oficina seguido por Darryl. Se llegó a su escritorio para revolver las carpetas que tenía encima en busca de lo que necesitaba.

—Emma me dio el sí. Nos vamos a casar.

Darryl se enderezó la espalda, sorprendido.

—¿De verdad? ¿Vas a casarte de nuevo? ¡Vaya! Eso sí que no lo esperaba. Felicidades, amigo —expuso con sinceridad y se acercó a él para darle unas palmadas en el hombro.

—Gracias. —Liam no pudo contener una sonrisa satisfecha—.

Te confieso que tenía algo de miedo, pensé que se negaría por todos los problemas que hemos tenido con mis suegros, pero la convencí y los niños se pusieron muy felices con la noticia.

Para celebrarlo nos fuimos a un parque acuático, allí pasamos un día increíble.

—¿Un parque acuático? —repitió Darryl, casi distraído—. Vaya, pero que buena vida se dan los hombres que tienen familias. No voy a un parque acuático desde que tenía doce años —completó como para sí mismo.

Liam notó la diferencia en el tono. Darryl sonaba apagado, muy distinto a su habitual humor sarcástico.

—¿Qué ocurre contigo? —preguntó, cruzándose de brazos—. Se supone que deberías estar brindando conmigo, no mirando al vacío.

Darryl suspiró y se frotó la frente.

—Terminé con Leonela. Me llamó al móvil luego del almuerzo para decirme que se iba de la ciudad y que me deseaba una buena vida. Por eso me quedé aquí todo el día. No tenía energías para levantarme del sillón e irme a mi solitaria y fría casa.

Liam frunció el ceño.

—¿Leonela? ¿Esa que conociste hace dos meses mientras pagabas en la comisaría una multa por estacionarte mal y que a la semana metiste a vivir a tu casa?

—La misma. —Darryl soltó una risa amarga—.

Para mí fue la relación más larga que he tenido.

Pensé que con ella sí funcionaría, que finalmente iba a tener algo estable, quizás…

hasta una familia, pero ya ves. Ahora estoy aquí, solo otra vez.

Y me acabé el whiskey que tenía en la oficina, así que debo comprar otra botella para cuando deba ofrecerle a algún cliente.

Liam lo observó en silencio unos segundos. Sabía que su amigo era un conquistador empedernido, siempre persiguiendo nuevas aventuras, pero esa tristeza que se reflejaba en su rostro contenía sentimientos profundos. Lo había juzgado mal todo ese tiempo.

Darryl, en el fondo, buscaba algo estable del cual sostenerse. Ya había pasado demasiado tiempo solo.

—Lo siento —dijo al fin—. Sé lo que es pensar que has encontrado a alguien con quien construir un futuro y perderlo de golpe, pero créeme... Tarde o temprano, las oportunidades vuelven —aseguró, pensando en la triste pérdida de Vanessa y en el regreso repentino de Emma, que lo devolvió a la vida.

—No te pongas melodramático —replicó el otro, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos—. Yo… bueno… ya volveré a las andadas, supongo.

—Sí, seguro mañana estarás detrás de otra —admitió Liam con una media sonrisa y terminó de buscar los documentos que necesitaba—. ¿Te animarías a ir conmigo al bar Seven?

—¿Al Seven? ¿A tu cita con Emma y sus amigas?

—Exacto, así te distraes y no terminas el día tan afligido. Ya desangraste toda tu tristeza en la oficina tomándote el whiskey que guardabas para tus clientes, una charla con amigos podría regresarte el optimismo.

Darryl dudó un momento, luego asintió.

—Sí, me parece menos patético que estar solo en casa mirando la nada. Está bien. No prometo no coquetear con alguna amiga de Emma, pero iré.

—Mientras no lo hagas con ella, todo está bien —contestó Liam, y ambos rieron antes de salir de allí cargados de carpetas.

***

El bar Seven bullía de música y luces de neón cuando Emma llegó y se encontró con sus amigas. El ambiente era moderno, con mesas altas, sofás de cuero y una barra que brillaba bajo los focos.

Emma llevaba un vestido azul sencillo, pero elegante, que resaltaba la sortija en su mano izquierda. Apenas entró puso las manos sobre la mesa con fingido disimulo. Buscaba que sus amigas notaran la joya sin que ella tuviese que decirles nada.

Lidia, al descubrirla, la tomó del brazo con una expresión de sorpresa y emoción.

—¡Déjame ver! —exclamó, y Emma sonriente acercó la mano hacia ella para mostrar el anillo.

Carla se inclinó también con los ojos brillando.

—¡Es precioso! Oh, Emma, felicidades.

—¡Te dije que había vientos de boda! —aseguró Lidia con alegría.

Las tres se abrazaron, riendo como adolescentes. Emma no recordaba la última vez que había compartido una emoción tan íntima con sus amigas.

—Cuéntanos, ¿cómo fue? —preguntó Lidia, ansiosa.

—Bueno, me lo propuso en la noche, cuando estábamos en la cama —reveló con expresión traviesa, las chicas emitieron un chillido bajo de picardía—.

Pero la pedida oficial fue esta mañana, en la cocina, mientras desayunábamos con los niños —relató, sonriendo con ternura—.

Liam sacó el anillo y me lo pidió frente a ellos. Fue… perfecto.

—Eso es lo más tierno que he oído en mi vida —suspiró Carla mientras le hacía una seña al camarero.

Pronto les sirvieron los primeros tequilas. Levantaron los vasos y brindaron.

—¡Por la futura señora Hamilton! —exclamó Carla.

—¡Por ti, Emma! —añadió Lidia.

Bebieron entre risas.

—¿Y dónde está Liam? —quiso saber Carla.

—Ya está por llegar. Tuvo que pasar por la oficina para buscar unos documentos, como nos fuimos con los niños de celebración todo el día no pudo trabajar hoy.

Aún les bajaba el calor del licor por la garganta cuando apareció un sujeto alto y de piel morena, bastante atractivo, y se sentó junto a Carla mientras guardaba su móvil en el bolsillo de su chaqueta.

—¿Terminaste tu llamada? —consultó su amiga.

—Sí. Y ya apagué el móvil para que no volvieran a molestarme —indicó el hombre. Su expresión mostraba cierta tensión.

—Emma, él es Felton, el chef del restaurante donde trabajo. Lo traje como compañía —lo presentó Carla.

Ella estrechó su mano.

—Tuvo un día especialmente difícil en la cocina del restaurante hoy —le comentó Lidia en susurros.

—Lo invité para que se despejara —explicó Carla con un guiño—. Quería traer a mi perro, pero me pareció más práctico venir con un humano.

Felton resopló, aunque una leve sonrisa apareció en sus labios.

—No soy la mejor compañía hoy, lo advierto.

—Pues aquí no venimos a amargarnos —replicó Lidia, y le sirvió un tequila—. Así que vamos a mejorar tu humor.

Felton no se lo pensó dos veces para tomarse todo el licor, sin sal ni limón que suavizaran su sabor. Su gesto se ganó un «hurra» de las chicas como celebración, que lo hizo sonreír con mayor amplitud.

Luego de un rato de charlas, sobre lo difícil que pueden ponerse los proveedores de carne en los restaurantes, Emma notó que Lidia, aunque sonreía, tenía en la mirada un leve destello de inquietud y no dejaba de revisar su móvil.

—¿Todo bien? —le preguntó, interesada.

—Jason no ha llegado y no responde a mis mensajes. Eso nunca había pasado.

—Tranquila, se le debe haber presentado un inconveniente que lo retrasó. Tal vez, con su hijo.

—No, al niño hoy lo tiene su madre, estaba libre. No entiendo por qué no ha llegado.

Emma tomó su mano y la apretó para inspirarle confianza.

—No te preocupes, ya vendrá. No desesperes.

Lidia se esforzó por sonreír y controlar su ansiedad. Tenía muchas ganas que sus amigas conocieran al hombre por el que suspiraba todas las noches, quien comenzaba a robarse su corazón.

Nadie en esa mesa podía imaginar que pronto la sombra de un encuentro inesperado les caería encima, dispuesta a amargar la vida de todos.