Capítulo 38. Una condena silenciosa.
Emma esperaba impaciente en el pórtico de la casa a que llegaran los gemelos de la escuela. Había hecho un cartel con la palabra «Bienvenidos» en el medio y una serie de dragones alrededor que parecían más lagartijas con alas.
Lucas y Matt la habían retado a dibujar sola, sin la supervisión de ellos, así que se esforzó por hacerles aquel dibujo para recibirlos y sorprenderlos.
En ese instante escuchó el motor del auto acercándose y alzó el cartel. Los niños la miraron impactados por la ventanilla y comenzaron a reír y gritar con emoción.
Al bajar, corrieron hacia ella para abrazarla y apoderarse del dibujo. La felicitaron por su logro, aunque, como buenos artistas que eran, les dieron sus opiniones sobre los colores usados.
Se dispusieron a entrar en la casa mientras los chicos hablaban de forma atropellada, contando a la vez sus aventuras del día. Ella los escuchaba encantada, intentando seguir cada palabra, pero la charla se interrumpió al oír que otro auto llegaba al hogar.
Los vigilantes le permitieron el paso al ser conocido y ya aprobado por el señor Hamilton.
El corazón de Emma dio un vuelco cuando reconoció el vehículo elegante de Julián y Camila. Los gemelos olvidaron todo y corrieron hacia sus abuelos para abrazarlos.
—¡Abuelita! ¡Abuelo!
Emma respiró hondo, alisó su ropa con las manos y se obligó a mostrar una sonrisa, aunque por dentro la tensión la mordía. Saludó con un gesto cordial mientras los niños rodeaban a sus abuelos, quienes los recibían con entusiasmo exagerado.
Camila le dirigió un asentimiento frío, Julián apenas un vistazo. Luego todos entraron en la casa.
—Parece que hoy almorzaremos juntos —dijo Julián con voz firme, casi dando una orden.
Emma tragó saliva y se dirigió a la cocina donde Carmen ya estaba preparando la mesa solo para ellas y los niños. Entre ambas colocaron los asientos adicionales, ajustando cubiertos y platos.
Cuando al fin todos se sentaron, Emma intentó relajarse. La charla giraba en torno a los gemelos y sus dibujos. Hasta que Lucas, con naturalidad infantil, comentó su aventura más emocionante de la semana.
—¡Fuimos al parque y tenemos nuevos amigos!
El silencio cayó un instante en la mesa. Julián frunció el ceño, Camila abrió los ojos sorprendida.
—¿Cómo que fueron al parque? —preguntó ella, mirando a Emma.
Emma mantuvo el tono sereno.
—Hemos ido en un par de ocasiones. Vamos con Carmen y con el chofer asignado por Liam. Nunca están solos.
—Tú no estás preparada para cuidar niños en la calle, Emma. Nunca has tenido hijos ni has trabajado con ellos, y Carmen no puede hacerse cargo de todo. Esto no es un juego —intervino Julián con un deje de reproche.
El comentario le atravesó como una daga. Emma apretó los labios, consciente de que los niños escuchaban y la miraban confusos. No respondió. Bajó la mirada y prefirió concentrarse en cortar el pan de su plato.
El resto de la comida se mantuvo en un equilibrio tenso, hasta que todos se trasladaron a la sala al terminar. Los abuelos habían llevado un regalo para los niños, así que ellos se ocuparon de abrir la caja decorada justo cuando el timbre de la entrada sonó.
Carmen se dirigió a la puerta para saber quién era y segundos después apareció acompañada por Becca, quien venía con una caja envuelta en celofán transparente en las manos.
—¡Hola a todos! —saludó la mujer con entusiasmo.
Los niños simplemente la saludaron con un «Hola» y un movimiento de manos, sin dejar de ocuparse de abrir su regalo. Julián y Camila, en cambio, se pusieron de pie para darle un abrazo.
—¡Becca Donnelly! ¡Qué gran sorpresa! —exclamó Camila, con los ojos brillándole por la alegría.
—Traje galletas para los niños —anunció la mujer con una sonrisa amplia.
Camila obligó a sus nietos a dejar lo que hacían para recibir el obsequito y dar las gracias.
Ellos lo hicieron por cortesía, aunque sin mucho entusiasmo. Ya conocían ese tipo de galletas, la despensa de la casa estaba llena de ellas.
Becca, en cambio, parecía haber encontrado un escenario perfecto. Julián y Camila eran muy amigos de su familia. Con ellos conseguiría la información sobre Liam y Emma que necesitaba. Quería saber si tenían algo serio, o solo era una relación profesional por los niños.
La sorpresa de Emma fue inmediata. No sabía que se conocían. Se esforzó por no demostrar su incomodidad, sobre todo, al sentirse rechazada. Ya que ellos se sentaron en los sofás a hablar sin incluirla, como si ella fuese una empleada más.
—Becca, querida —dijo Camila, tomándole la mano—. Hace tiempo no sabíamos de ti. ¿Cómo has estado?
—Mi familia está ocupada con la nueva apertura al sur de la ciudad. Pronto tendremos otra sucursal de la tienda.
Los abuelos se mostraron encantados.
—Eso es magnífico —aplaudió Julián—. Los Donnelly siempre han sido ejemplo de esfuerzo y buen gusto.
Emma permanecía en silencio, con una presión creciente en el pecho.
—Una mujer como tú es lo que necesitan mis nietos.
La frase lanzada por Camila la sintió como si fuese una lanza que le atravesaba el pecho.
—Sí —continuó Julián, y miró a Becca con aprobación—. Perteneces a una buena familia. Tú y Liam serían una pareja hermosa.
Aquello terminó de partirla en dos. Emma bajó la cabeza para ocultar la expresión de dolor en su rostro.
Pero los golpes no terminaron allí. Minutos después, Camila detuvo su animada charla sobre la familia Donnelly para verla con fingida naturalidad.
—Emma, ¿podrías preparar unos emparedados? Nos apetece algo ligero con el café.
El tono era claro: una orden disfrazada de petición. La trataban como si fuese la sirvienta. Así le dejaban en claro su puesto en esa casa.
Emma sintió que las lágrimas se asomaban en sus ojos, pero las contuvo. Se levantó con dignidad y caminó hacia la cocina. La rabia y la impotencia se agolparon en su pecho.
Antes de cruzar la puerta, dos pequeñas manos la detuvieron.
—Emma, ven con nosotros —dijo Lucas con una sonrisa luminosa—. Queremos jugar contigo con las raquetas nuevas.
Matt se unió, jalándola del brazo.
—¡Atrapa la pelota con nosotros! ¡Así vemos que tan divertidas son!
Emma titubeó. No quería que los gemelos la vieran llorar, pero Carmen apareció y se ubicó a su lado, muy cerca, para así susurrarle junto a su oído.
—Ve con ellos. Yo me encargo de los emparedados.
—Pero…
—Estás aquí por los niños. Por nadie más.
Carmen tenía razón. Sus palabras la hicieron sentir un poco mejor, así que asintió agradecida y permitió que los niños la arrastraran hacia el patio.
Allí comenzaron a jugar con las raquetas de velcro. Lanzaban pelotas que se quedaban pegadas al contacto.
Ella era la lanzadora mientras los niños corrían por todo el patio intentando atraparlas. Sus risas resonaban como música, aliviando por un instante la tensión que la ahogaba.
Emma reía con ellos. Corría de un lado a otro fingiendo perder para hacerlos sentir campeones. Por unos minutos olvidó las palabras hirientes y se concentró solo en esas sonrisas que la llenaban de fuerza.
Desde la sala, las miradas de los adultos seguían la escena a través de la pared de cristal.
Camila frunció los labios.
—Los niños se están apegando demasiado a esa mujer.
Julián asintió con disgusto.
—Liam la recogió de la calle, sin saber qué peligro podría traer. Esto no nos parece correcto.
Becca, que había estado observando en silencio, sonrió con un aire de triunfo.
—¿De verdad? —preguntó con fingida sorpresa—. No parece tan mala. La conocí en el parque y me pareció que está muy pendiente de los niños.
—No sabemos quién es —respondió Julián, categórico—. Y para nosotros, eso es suficiente peligro.
La sonrisa de Becca se ensanchó. Sus ojos brillaron con satisfacción mientras veía hacia el patio. Emma jugaba con los gemelos ajena a la conversación que la condenaba.