Capítulo 27. La advertencia.
Emma bajó las escaleras de la casa ya lista para salir. Llevaba puesto un vestido turquesa y un abrigo ligero en caso de que refrescara más tarde. En el salón, los gemelos estaban en el suelo rodeados de sus juguetes mientras la niñera revisaba sus tareas escolares.
—Emma, ¿ya te vas? —preguntó Lucas, y levantó la vista con un mohín de insatisfacción en el rostro.
Ella se agachó para quedar a su altura y acariciarle el cabello.
—Sí, cariño, voy a cenar con mis amigas.
—¡Pero no queremos que te vayas! —protestó Matt, y se cruzó de brazos—. Siempre queremos estar contigo.
—Vas a divertirte más si te quedas con nosotros —añadió Lucas, apoyando a su hermano.
Emma sonrió con ternura. Aquellos pequeños tenían la capacidad de desarmarla por completo. Los tomó de las manitas y los acercó a ella.
—Escuchen —dijo con voz suave—. Solo será un ratito. Solo voy a saludar a mis amigas porque llevo muchos días sin verlas.
—Puedes traerlas a casa —refunfuñó Matt apretando los labios.
—Las invitaré en otra ocasión, así ustedes las conoces y se ríen con ellas. Son divertidas.
—¿Se saben la canción de la vaca Lola? —quiso saber Lucas, refiriéndose al tema que ese día les enseñaron en la escuela y que estuvieron cantándole a Emma toda la tarde.
—No, pero se las enseñaré para que la canten con ustedes cuando vengan. ¿Les parece?
Los ojos de ambos se iluminaron al instante.
—Sí, y diles que traigan sus juguetes, así jugamos todos juntos en el patio —propuso Matt, arrancándole a Emma otra sonrisa.
Abrazó con fuerzas a cada uno y besó sus cabecitas. Sentía que ya los amaba, era muy fácil apegarse a ellos y sentirlos parte de su vida.
—Pero no tardes mucho —exigió Lucas antes de que ella se pusiese de pie para marcharse.
—Se los prometo —expuso Emma y alzó una mano como si aquello fuese un juramento. Aunque para ellos seguía sin ser suficiente. Ambos se aferraron a las piernas de la mujer para no dejarla ir.
Carmen sonrió divertida.
—Chicos, ¿les gustaría ver antes de la cena esa película de entrenar a dragones que tanto les gusta?
—¡Sí! —exclamaron los dos a coro, con renovada emoción, y se pusieron a dar saltitos de alegría.
Emma los motivó a que siguieran a la niñera hacia la sala donde se encontraba la televisión y ella fue a la entrada de la casa donde ya había un taxi esperándola. Escuchó cómo se ponían de acuerdo sobre los almohadones donde se sentaría cada uno para ver la película y sintió un nudo en la garganta.
Ellos se convertían en su vida. Cada pequeña despedida la hacía consciente de cuánto significaban para ella.
***
Liam se hallaba en la sala de juntas de la constructora cerrando una extensa reunión con un grupo de inversores. La mesa estaba cubierta de carpetas, planos arquitectónicos y maquetas tridimensionales.
—Entonces, señores —concluyó, con la voz aún firme pese al cansancio—, el diseño contempla espacios abiertos, áreas verdes, una amplia zona de estacionamiento y un estilo moderno que será un distintivo para el nuevo centro comercial. Estamos seguros de que superará sus expectativas.
Los inversores, hombres de traje impecable, asintieron satisfechos. Hubo apretones de manos, intercambios de tarjetas y promesas de contacto antes de que el grupo abandonara la sala dejando tras de sí el eco de un proyecto ambicioso.
Liam se dejó caer en su asiento y exhaló con fuerza. Habían pasado horas analizando detalles, defendiendo propuestas y ajustando presupuestos. Apenas quedaban empleados en la oficina. Aquella jornada había sido agotadora.
—Vaya maratón —dijo una voz burlona desde la puerta. Era Darryl Tucson, su socio y amigo, que entró con una sonrisa ladeada y las mangas de la camisa arremangadas—. Me sorprende que aún tengas energía para seguir aquí.
—No queda de otra —respondió Liam y comenzó a recoger unos papeles—. Este proyecto podría ser el más grande del año.
—Sí, sí, lo sé. Aunque hubieses adelantado parte de esta reunión el fin de semana, de esa forma no hubiese resultado tan agobiante.
—Pienso proteger la custodia de mis hijos contra mis suegros, para eso necesito dedicarles tiempo de calidad. Pasar los fines de semana con ellos es imprescindible.
—¿Y de verdad planeaste ese campamento para complacerlos a ellos o para atrapar a tu bella exnovia de la universidad?
Liam lo traspasó con una mirada iracunda, Darryl aumentó la sonrisa y alzó las manos en señal de rendición.
—Tranquilo, solo fue una broma. Todavía estoy sorprendido por lo que me contaste.
—¿Qué tiene de sorpresivo? Me reencontré con una exnovia justo cuando mis suegros decidieron arremeter de nuevo en mi contra para quitarme a mis hijos.
Necesito darles una madre que me ayude a cuidarlos y protegerlos, pero no tengo tiempo para entablar una relación con una mujer hasta convertirla en mi esposa.
Con Emma tengo parte el camino ya andado.
No meteré a mi casa a una persona desconocida.
—Seis años es suficiente para que una persona se vuelva desconocida —alegó el otro—. En ese tiempo pueden pasar muchas cosas que cambien nuestra personalidad.
—Es cierto. Y te confieso que tanto a Emma como a mí nos han sucedido un montón de cosas en estos seis años que nos hicieron cambiar.
Aunque este tiempo que he compartido con ella me permitió garantizar que su esencia continúa intacta.
Ella sigue siendo la misma mujer cariñosa y bondadosa de antes, eso es lo que me importa.
—¿Y sigue fogosa?
Liam afincó de nuevo una mirada enfurecida en su amigo, que lo hizo retroceder y alzar de nuevo las manos.
—Perdón, perdón —pidió, dirigiéndose a la puerta—. Supongo que reencontrarse con exnovias debe ser una gran experiencia, aunque te juro que yo no quisiera toparme con ninguna de las mías. Para mí ese sería un encuentro peligroso.
Liam resopló con cansancio, pero también, con cierta diversión.
Su amigo era un tipo algo complicado a nivel personal y le gustaba rodearse de mujeres complejas y de carácter fuerte.
No quería imaginar cómo habría sido en su juventud y la clase de relaciones que mantuvo.
Eso sería como entrar en un terreno minado.
Terminó de recoger sus pertenencias y se dirigió a su oficina para redactar con rapidez en el computador un informe sobre lo alcanzado ese día.
Ansiaba marcharse a casa y estar con sus hijos y con Emma. Había pasado todo el día pensando en ellos y añorándolos. Deseaba envolverlos entre sus brazos e impregnarse con sus aromas.
Darryl, en cambio, decidió irse enseguida. Ya había culminado sus tareas pendientes y tenía otras más agradables que atender esa noche.
Bajó al estacionamiento y serpenteó entre los autos aparcados que esperaban en la semipenumbra de camino al suyo. El lugar se hallaba casi desolado porque la mayoría de los empleados ya se habían marchado.
Revisaba sus llaves cuando escuchó un ruido detrás de él que llamó su atención. Al girarse, descubrió a un hombre encapuchado emerger de las sombras.
—¿Quién eres? —preguntó Darryl frunciendo el ceño.
El desconocido no respondió. Avanzó con pasos firmes hacia él y, al estar cerca, le propinó un puñetazo en el rostro.
Darryl cayó al suelo, aturdido. Intentó incorporarse, pero el hombre le encajó otro golpe en el abdomen que le arrancó el aire.
—¿Qué demonios…? —logró decir, encogido por el dolor.
La voz del atacante retumbó junto a él, grave y distorsionada, como salida de una pesadilla.
—No pienses que vas a quedarte con Emma, Hamilton. Ella es mía.
Darryl abrió los ojos de par en par. Quiso replicar, pero el dolor lo doblegaba.
«¿Hamilton? Me confundió con Liam», pensó en medio del desconcierto.
El hombre encapuchado se inclinó, susurrando con veneno.
—Aléjate de ella, o lo pagarás muy caro.
Antes de que pudiera golpearlo de nuevo se escucharon pasos apresurados. Dos guardias de seguridad del edificio aparecieron con linternas y apuntando sus armas hacia el extraño.
—¡Alto ahí! —gritó uno.
El encapuchado retrocedió y corrió en dirección a una salida lateral desapareciendo en la oscuridad sin que pudieran alcanzarlo.
Darryl quedó tirado en el suelo boca arriba, jadeando, con la camisa arrugada y el rostro adolorido. Uno de los guardias se inclinó junto a él mientras el otro evaluaba con su arma en alto el lugar por donde había huido el atacante.
—¿Está bien, señor Tucson?
—Sí… creo que sí —respondió, llevándose la mano al costado—. Solo fueron… un par de golpes. Por favor… avísenle a mi socio lo que sucedió. Aún está… en la oficina.
El guardia se encargó de pasar la novedad por radio sin alejarse de él, evaluando las sombras con atención.
Darryl se mantuvo en aquel lugar buscando recuperar el aliento. El hombre que lo abordó no había pretendido robarle nada, solo hacerle llegar una advertencia. Aunque no a él, sino a Liam.
Allí entendió que su amigo estaba en peligro. Su exnovia recién aparecida arrastraba una carga difícil de manejar.