Capítulo 8. El peso de las palabras.
Al terminar el almuerzo, los niños salieron al patio a jugar con unos autitos. Liam los vigilaba sentado en un sofá de la sala, mirándolos a través de la pared de vidrio que dividía las estancias mientras compartía un café con Emma y sus suegros.
—Es hermoso ver a los niños tan alegres —comentó Camila—. Aunque pienso que lo estarían más si tuvieran a alguien que pudiese compartir con ellos más tiempo.
Liam apenas movió un músculo en su rostro ante aquellas palabras, sabía que los reclamos iniciarían en cualquier momento.
—Los niños están bien —respondió, con un tono neutro.
—Claro que están bien, pero ellos necesitan una presencia constante. Una figura que los acompañe todos los días, no solo cuando el trabajo lo permite.
Emma percibió cómo la mandíbula de Liam se tensaba. Bajó la vista a su taza dudando si intervenir o no. Le parecía injusto todo lo que decían.
—Los niños pasan mucho tiempo con la niñera —agregó Julián—. Y no me malinterpretes, Liam, pero ¿qué clase de infancia es esa? ¿Niños criados por empleados, sin la guía de unos padres? Sabes que ellos nos necesitan. Camila y yo podemos darle ese amor que les falta.
Liam apoyó los codos sobre las rodillas y se inclinó hacia adelante.
—Mis hijos no están solos —replicó, sin apartar la vista de Julián—. Nada les falta, mucho menos amor.
Camila suspiró.
—Sabemos que los amas, Liam, pero sentir amor no es suficiente. Ellos requieren de afecto cotidiano, alguien que los abrace y los consuele cuando tienen miedo.
Emma sintió un nudo en la garganta. La escena en el patio era contradictoria: los gemelos reían, ajenos a la tensión de los adultos. Se notaban felices.
Ella pensó en su niño fallecido, quien no tuvo siquiera la oportunidad de respirar aire puro porque su propio padre había cortado sus posibilidades. Le arrancó la vida al pensar solo en sí mismo, algo que Liam jamás haría.
—Perdón… —expresó sin poder contenerse y dejando la taza sobre la mesa—, pero creo que no es justo lo que están insinuando.
Los ojos de Julián y de Camila se posaron en ella al mismo tiempo, con esa mezcla de sorpresa y cálculo que reservaban para los intrusos.
—¿Injusto? —repitió Julián, arqueando una ceja.
Emma asintió, manteniendo la calma en la voz aunque por dentro temblaba.
—Lo que veo son dos niños felices, bien cuidados y con un padre que se desvive por ellos.
¿Que trabaja mucho? Es cierto, pero lo hace para darles estabilidad y futuro.
Eso también es amor. Créanme que existen padres que ni siquiera piensan en sus hijos, los ignoran a tal punto que actúan sin medir la consecuencia de sus actos cuartando sus propias vidas.
Liam la observó con atención. Pudo notar como a la mujer la voz se le afectó al final de su intervención y los ojos le brillaron por lágrimas reprimidas.
Entendió que Emma tenía un dolor profundo anclado en el pecho que no la dejaba ni respirar. Se ahogaba con él.
Camila mostró una sonrisa fría antes de hablar.
—Con todo respeto, querida, no puedes juzgar una situación tan compleja por unas horas de visita.
—A veces unas horas de visita alcanzan para notar la diferencia entre un hogar roto y un hogar con amor. Y lo que vi aquí es amor puro.
Los labios de Liam se apretaron, como si contuviera un agradecimiento que no podía pronunciar delante de sus suegros.
Julián carraspeó.
—Nadie cuestiona el amor de Liam hacia nuestros nietos. Lo que cuestionamos es su capacidad de cumplir con todas las responsabilidades. Dirige una empresa grande, viaja constantemente… ¿cómo pretende ser padre y madre al mismo tiempo?
—No pretendo ser madre —cortó Liam—. Pretendo ser el mejor padre que pueda. Y hasta ahora, creo que lo estoy logrando.
—¿Seguro? —preguntó Camila—. ¿De verdad crees que estos niños no notan tu ausencia? ¿Que no sienten la falta de tu voz y de una voz femenina en casa?
El silencio cayó como un peso. Los niños rieron fuerte desde el patio, llamando la atención de todos.
Emma no pudo evitar intervenir de nuevo.
—¿Saben lo que notan los niños? La presencia de alguien que los ama de verdad, que nunca los abandonará.
Cuando llegamos y apenas ellos escucharon la voz de Liam, corrieron hacia él para abrazarlo y recibir sus atenciones.
No se escondieron temerosos como hacen otros chicos, huyendo de gritos, golpes o rechazos.
Puede que Liam trabaje todo el día, pero cada minuto que pasa junto a sus hijos se entrega completo y eso los niños lo valoran.
Los ojos de Camila brillaron con molestia.
—Hablas con mucha seguridad, querida. ¿Acaso planeas quedarte lo suficiente para comprobar si lo que dices es cierto?
Emma tragó saliva, no había esperado un ataque tan directo. Liam intervino de inmediato.
—Basta. Emma no tiene nada que ver con esto, solo está dando su opinión.
—Una opinión sesgada —intervino Julián—. Hecha solo por haber pasado unas horas con los gemelos y compartir con ellos una comida.
Emma se inquietó por aquella acusación. Se dirigió a Liam con la vergüenza colorando sus mejillas.
—Ya debo irme.
—¡No! —enfatizó el hombre y se puso de pie dispuesto a echar a sus suegros de la casa, pero en ese instante los niños entraron a la sala directo al lugar donde él se encontraba.
Liam se inclinó y los abrazó con fuerza. Emma vio el brillo de ternura que se reflejó en los ojos del hombre mezclada con una vulnerabilidad que nadie podía negar. Tenía miedo que apartaran a los niños de su lado.
—¿Y para mí no hay un abrazo? —exigió Camila logrando que los niños corrieran hacia ella.
—¿Y para el abuelo? —exigió Julián.
Los gemelos subieron al sillón para abrazarlo por el cuello y sentarse en sus piernas, ya que él les había ofrecido mirar videos infantiles en su móvil.
Emma se puso de pie, para despedirse, a pesar de que Liam la miró con claras advertencias.
—¿Ya te vas? —preguntó Matt, preocupado.
—No hemos terminado la heladería —agregó Lucas, bajando de las piernas de su abuelo para aproximarse a ella. Su hermano lo siguió.
—Vendré otro día y así también los ayudo a terminar de construir el Banco, la escuela, la farmacia y los otros edificios que faltan.
—¿Lo prometes? —pidió Matt, tomándola de la mano y mirándola con sus grandes ojos verdes cargados de súplicas.
—Por favor —rogó Lucas, aferrándose a su otra mano.
El corazón de la mujer se contrajo y por instinto miró hacia Camila y Julián, quienes se irguieron con prepotencia al ver demostrada su teoría: los niños necesitaban mucha más compañía de la que le ofrecía su padre.
—No presionen a Emma —recomendó Liam—. Ella vendrá cuando pueda.
—Trataré de que sea pronto —agregó la mujer con una sonrisa al ver que los gemelos se entristecían por no obtener la promesa que habían exigido—. Y traeré helado.
Sus palabras los alegraron y más aún, el abrazo apretado que ella les dio a cada uno y los besos en la cabeza.
Se despidió de forma cordial de los abuelos y se dirigió a la puerta seguida por Liam, quien resoplaba por el enfado.