Una historia diferente Capítulo 30 Ascensor arriba y abajo
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Capítulo 30 Ascensor arriba y abajo

Ascensor arriba y abajo

Ben

La reunión que acabo de tener con mi jefe por videollamada ha ido mejor de lo que esperaba; he estado tantos años sin coger vacaciones que al final, cuando le dije que iba a alargar un poco más mi estancia en Vigo por motivos personales, aunque se mostró sorprendido, no se lo tomó demasiado mal.

Estoy a punto de meterme en el ascensor para encerrarme de nuevo en mi habitación cuando creo escuchar la voz de Uxía gritando mi nombre.

Sacudo la cabeza con fuerza intentando librarme de esa sensación. Llevo tantos días deseando verla y abrazarla que empiezo a tener alucinaciones… Todo lo que me dijo me dolió, me partió el corazón y, aun así, he sido incapaz de dejar de pensar un solo segundo del día en ella.

Eso por no hablar de que durante la noche la cosa, en lugar de mejorar, parece empeorar.

Desde la última vez que la vi no he vuelto de dormir de forma decente, cuando consigo pegar ojo siempre sueño con ella y al despertar estoy tan devastado que volver a dormirme se convierte en una odisea.

Así que, con este panorama, normal que esté empezando a imaginar su voz y a perder la cabeza.

—¡Ben! —la escucho de nuevo, solo que esta vez suena más cerca, demasiado cerca. Por instinto, alargo la pierna para evitar que la puerta se cierre del todo, y asomo la cabeza justo a tiempo para verla llegar corriendo y colarse en el ascensor de un salto.

La miro repetidas veces, estoy incluso tentado de pellizcarla para asegurarme de que es real.

Lleva un pantalón de algodón viejo, una camiseta que debe de tener más de diez años; tiene ojeras, los ojos un poco enrojecidos y está tan despeinada como si su cabeza se hubiese convertido en un nido de pájaros y, aun así, está preciosa, y lo más importante de todo, está aquí, junto a mí, a mi lado.

Quiero tocarla, besarla, abrazarla, decirle que estos días sin ella han sido una tortura. Necesito consolarla y prometerle que todo va a salir bien, pero tengo la garganta seca, mi lengua parece haberse vuelto de cartón piedra y soy incapaz de decirle ni una sola de todas esas cosas.

Ella también permanece en silencio, recorriéndome centímetro a centímetro como si quisiera cerciorarse de que soy real y no una visión o un espectro.

De repente sus ojos impactan en los míos y siento que ese peso que oprimía mi pecho se diluye y, por primera vez desde que salí de su hotel, el aire vuelve a entrar con libertad en mis pulmones y puedo respirar otra vez.

La puerta del ascensor se abre y, sin apartar la mirada de mí, ella pulsa el botón que conduce a la planta baja para que se vuelva a cerrar.

—Yo … —balbucea—. Necesitaba darte esto —anuncia tendiéndome un sobre con la mano temblorosa.

Cojo el sobre que me tiende con curiosidad.

No tiene nada escrito, por lo que lo abro y saco la hoja doblada de su interior.

Vigo, junio de 1948

Antonio:

Como sabes, estoy a punto de partir hacia Holanda en busca de la oportunidad de mejorar.

Nunca hemos sido cercanos, más bien todo lo contrario y, aun así, los remordimientos y la conciencia me obligan a escribirte esta carta antes de marchar.

La primera vez que te vi con Marie sentí envidia.

Lo bonita que era, la forma en la que te miraba, cómo te sonreía…

Tú vivías en la ciudad, con todas las comodidades, conducías un autobús y, por si eso fuese poco, la tenías a ella, a Marie.

Me parecía injusto que todo lo bueno te tocase siempre a ti mientras yo me deslomaba en el pueblo y pasaba los días sin pena ni gloria solo para poder comer y sobrevivir.

Después de unos días os fuisteis a la ciudad, pero la noche del 23 de junio del año pasado volvisteis juntos a las hogueras sin saber que ese día todo estaba a punto de cambiar, porque ese día os escuché hablar.

El fuego ya se había apagado y vosotros os marchasteis a la orilla del río, riendo, cogidos de la mano. Y yo os seguí, no sé por qué, pero me dejé llevar por mi instinto y lo hice.

Fue entonces cuando, escondido detrás de unos matorrales, lo escuché todo.

Marie era una chica inteligente y por eso, cuando se enteró de que era muy posible que asesinaran a su madre por el simple hecho de haber sido la esposa de su padre, negoció con Vollblut una de las facciones de las SS e hizo un trato.

Valiéndose de su perfecto español, ella viajaría a Vigo con la intención de encontrar pruebas   que demostrasen la traición de tres militares de alto rango: Henry Weber, Elias Fischer y Leon Schmidt, de los que desconfiaba la facción.

Debía robar unos documentos que estaban en poder de Weber y entregárselos a Vollblut para que pudiesen atraparlos y ejecutarlos; a cambio, ellos dejarían a su madre tranquila, sin amenazas ni ataques de ningún tipo.

Lo que los alemanes no sabían era que Marie había descubierto que fue el propio Friedrich Hansen, líder de la facción y terrorista internacionalmente buscado por todas sus atrocidades y crímenes de guerra, quien ordenó la ejecución de su padre, ni que en realidad ella actuaba como espía doble, fingiendo trabajar para ellos cuando en realidad colaboraba con los británicos, quienes le prometieron que, cuando consiguiese la localización de Hansen, trasladarían a su madre a Reino Unido y la pondrían a salvo de las represalias de los alemanes.

La idea era detenerlo en el lugar en el que él accediese a reunirse con ella para recibir los documentos; así, Marie mataba dos pájaros de un tiro: por un lado, ponía a salvo a su madre y, por otro, vengaba la muerte de su padre entregando a su asesino.

Comprenderás que no daba crédito, pero enseguida supe que esa era mi oportunidad para hacerte entender lo que era sufrir, lo que era estar en el lado menos afortunado de la balanza. Pensé que por una vez serías tú quien se tendría que joder.

Me desplacé a Vigo, localicé la dirección de Weber a través del colegio alemán, me presenté en su casa y le dejé un anónimo en el buzón advirtiéndole de que Marie los estaba traicionando y le había robado esos documentos.

No tenía nada contra ella, solo quería que tú, el niño bonito, el que siempre lo había tenido todo supieses por una vez lo que es perder.

No pensé en las consecuencias reales de mis actos hasta mucho después, cuando me enteré de que ella había desaparecido y que tú estabas destrozado, y los remordimientos y la culpa me volvieron un desgraciado.

Te pido perdón, quiero pensar que no soy mala persona, solo alguien que actuó movido por un sentimiento equivocado.

Lo siente,

Pancho

—Pancho, el hermano de la anciana del pueblo… Fue quien la delató —murmuro más para mí que para ella.

—¿Te das cuenta de lo que significa esto? —La voz de Uxía resuena, cargada de anhelo, en el ascensor.

—Mi abuela no era una traidora, no estaba ayudando a los alemanes —afirmo comprendiendo la magnitud de lo que se esconde en esta carta—. Estaba ayudando a los ingleses para que atrapasen al asesino de su padre.

Uxía asiente.

—Cuando se enteró de que la habían descubierto, debió de contactar con ellos, que la tuvieron escondida unos días mientras, tal y como le habían prometido, trasladaban a su madre a Reino Unido y lo preparaban todo para que ella también viajara allí —razona Uxía.

—¿De dónde has sacado esta carta? —pregunto contemplando el papel como si en mis manos tuviese una reliquia.

—La tenía mi abuela, Manuela me la entregó hoy de su parte… —confiesa.

El ascensor se detiene y ahora soy yo quien presiona el primer botón que alcanzo para que siga en movimiento.

—¿Y sabes qué? —añade—. Siempre supo dónde estaban escondidas las cartas.

—¿En serio? —pregunto perplejo.

Uxía asiente y una triste sonrisa se forma en sus labios.

—¿Y por qué no nos lo dijo?

—Quería darnos tiempo para conocernos, ella pensaba que estábamos hechos el uno para el otro y quería que nosotros también lo viéramos. —Su voz sale temblorosa, casi tanto como lo están mis manos—. Lo siento, siento mucho todo lo que te dije, siento haberte apartado de mí —añade de inmediato.

Sus ojos se llenan de lágrimas y, en el momento en que su labio comienza a temblar a causa del llanto, tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no hacerla callar, abrazándola y estrechándola contra mí.

—Me sentía muy culpable por no haber estado al lado de mi abuela —confiesa, y su gesto de dolor es como una puñalada directa a mi corazón.

—Siempre has estado con ella —le recuerdo.

—Lo sé, pero se puso enferma y yo no estaba ahí, estaba contigo. Y sé que el resultado hubiese sido el mismo, que no hubiese cambiado nada, pero una parte de mí se culpaba porque mientras ella sufría yo estaba pletórica y feliz.

—Tu abuela ha sido una persona afortunada porque siempre ha estado rodeada de amor —digo con voz suave.

Verla tan devastada me parte el alma en dos.

—Lo sé —admite secándose las lágrimas.

El ascensor llega a la planta baja y, antes de que la puerta pueda abrirse, vuelvo a pulsar otro botón.

—Estaba aterrada —confiesa con voz trémula—. Iba a perder a mi abuela, tu volvías a Londres y estaba segura de que también iba a perderte a ti, no me veía capaz de superarlo, porque sabía que estaba enamorada de ti.

Uxía

Contengo la respiración, mi corazón late con fuerza y mi respiración se acelera de forma descontrolada, pero por fin lo he dicho en voz alta y me siento viva y liberada.

Ben se queda en silencio, con sus preciosos y profundos ojos grises fijos en mí.

—Repítelo —me pide con voz seria.

—Estoy enamorada de ti —anuncio con seguridad—.

De ti, de lo que provocas en mi cuerpo, de quién soy cuando estoy contigo y de cómo me haces sentir.

No quería sufrir y no me daba cuenta de que yo misma me condenaba a ese sufrimiento del que escapaba renunciando a ti.

Sé que no será fácil, pero si me perdonas…

Ben da un par de pasos al frente, sus manos enmarcan mi rostro y sus labios descienden sobre mi boca impidiéndome seguir.

El contacto con sus labios hace que el mundo, mi mundo, vuelva a girar y a tener sentido para mí.

—Te quiero, Uxía… —susurra secando las lágrimas que riegan mis mejillas con las yemas de sus pulgares—.

Te quiero desde el primer momento en que te vi.

Que el universo te haya puesto en mi camino es el mejor regalo que podría pedir, y te prometo que, si confías en mí, si le das una oportunidad a nuestra historia, dedicaré cada segundo de mi vida a conseguir que cada página tenga un final feliz.

Me pongo de puntillas y lo beso; lo beso con pasión, con esperanza y anhelo, lo beso con los labios, con el alma y con el corazón.

Porque, aunque me ha costado, al fin he comprendido que Ben es mi universo, el único universo en el que puede orbitar mi corazón.