Capítulo 25 La última carta
La última carta
Ben
Paso un brazo sobre los hombros de Uxía y la acerco más a mi costado para darle calor.
Tiene la piel de las manos arrugada, el cabello empapado y los labios algo pálidos, pero ahora que nos hemos vestido con ropa seca espero que vaya entrando en calor.
Estoy muy a gusto con ella, sentado sobre las piedras de la orilla del río contemplando la enorme y brillante luna llena, y lo que acaba de pasar ha sido…
Dudo que existan las palabras adecuadas para describirlo, sin embargo, no me gustaría que por mi arrebato la cogiese el frío, así que, aunque si por mí fuese alargaría este momento, me vuelvo hacia ella y, dedicándole una sonrisa, propongo:
—Creo que deberíamos volver, estás congelada —anuncio mientras froto su brazo.
Ella sonríe de vuelta, sus ojos brillan más de lo normal, se la ve relajada y su mirada destila complicidad.
—No tanto, ya estoy entrando en calor.
La contemplo con aire escéptico.
—¿Y si seguimos leyendo? —propone.
Me remuevo incómodo, con lo a gusto que estamos, ¿para qué estropear el momento?
—¿Aquí? —me muestro reticente—. ¿No crees que sería mejor hacerlo en casa, que tenemos chimenea?
—Es cierto, pero no tenemos todas esas estrellas, ni este paisaje bucólico bañado por la luna llena —rebate.
La observo durante unos segundos y ella me dedica una sonrisa con la que me resulta imposible negarle nada, de hecho, me asusta bastante darme cuenta de que, cuando me mira como lo está haciendo ahora, sería capaz de poner todo mi jodido mundo a sus pies.
—De acuerdo, déjame acercar las bicicletas y encender las linternas para enfocarte con ellas, no queremos que te dejes los ojos intentando distinguir la letra.
Me levanto y, tal y como acabo de decir, acerco las bicis y las coloco de tal forma que al encender las linternas los haces de luz señalen por encima de sus hombros. Saco la lata de la cesta y se la tiendo antes de sentarme de nuevo muy pegado a ella para rodear sus hombros con mi brazo.
¿Me apetece seguir descubriendo el contenido de las cartas? La verdad es que no demasiado, pero ahora que hemos empezado habrá que terminar, y al menos es un consuelo saber que la tengo a mi lado.
Uxía saca el siguiente sobre y se aclara la voz antes de empezar a leer en voz alta.
Vigo, 15 de junio de 1947
Querida Marie:
Conformarme con verte por las mañanas en el autobús o con cruzar alguna que otra mirada furtiva en el hotel se está volviendo misión imposible para mí.
¿Cómo te explico que cuando tú me faltas siento que a mi corazón le cuesta latir? ¿Cómo te digo que incluso el sol parece volverse opaco cuando no tengo tu luz y que el mundo se siente un lugar frío e inhóspito sin ti?
La espera de noticias me desespera, lo único que me consuela es pensar en los días, semanas, meses y años que están por venir.
Soy consciente de que tienes razón cuando dices que en este momento no podemos correr riesgos, que pueden estar vigilándote y que es peligroso que me vean contigo; soy consciente de que lo más sensato sería no levantar sospechas.
Me repites una y otra vez que tenga paciencia, y te juro que lo intento, sin embargo, necesito que comprendas que cada día que no estás conmigo se convierte en una vida entera en la que lo único que puedo hacer es pensar en ti y que, con tal de tenerte a mi lado, con tal de dejar de escondernos, el riesgo de que nos vean juntos es un riesgo que estoy dispuesto a asumir.
Sé que mientras no recibas noticias no puedes moverte de aquí, pero yo sueño con llevarte de nuevo a nuestro refugio, con los días en los que el tiempo se vuelve infinito, con oler el perfume de tu pelo sobre la almohada y ver tu sonrisa antes de dormir.
Siempre tuyo, te quiere,
Antonio
Vigo, 18 de junio de 1947
Querido Antonio:
Los minutos que le robamos al día para vernos son los que me impulsan a seguir, mi corazón late con fuerza al pensar en todo lo que estás dispuesto a arriesgar por mí, pero tienes que entender que no puedo permitírtelo, porque ponerte en peligro es algo que no puedo admitir.
Todavía no he recibido noticias sobre el día de mi reunión con Friedrich y si mientras eso no ocurre, H o cualquiera de los suyos llegan a descubrirme y saben que estás conmigo, no solo irán a por mí, también acabarán contigo.
Tengo miedo de que más pronto que tarde se dé cuenta de la falta de los documentos que robé de su despacho; necesito deshacerme de ellos, entregarlos, y no sé cuánto tiempo pasará antes de que Friedrich acceda a recibirme.
No me siento orgullosa de lo que voy a hacer, pero me consuela saber que tanto H como el resto, además de traidores, son criminales que han terminado con muchas vidas. Ahora, por mi culpa, los que antes consideraban sus camaradas terminarán con las suyas.
Te quiere y te añora,
Marie
Vigo, 20 de junio de 1947
Querida Marie:
No sabes el alivio que supone para mí saber que al fin has recibido noticias de Alemania y que toda esta pesadilla está a punto de llegar a su fin.
Dentro de nada es la noche de las hogueras, la noche de San Juan, y ahora que la fecha de tu reunión está fijada y que ya sabemos que hasta julio lo único que podemos hacer es esperar, he pensado que deberíamos hacer una escapada, olvidarnos de todo esto al menos durante unas horas.
Marie, vente conmigo, huyamos al pueblo, disfrutemos de la magia de la noche de San Juan.
Te garantizo que, si lo vivimos juntos, será todavía más especial.
No puedo esperar al momento de tenerte de nuevo entre mis brazos.
Siempre tuyo, te quiere,
Antonio
—Por lo que se ve, tal y como dijo la anciana, que recodaba haber visto a tu abuela, vinieron una segunda vez. En San Juan —comento imaginándomelos sentados justo donde ahora nos encontramos nosotros.
Uxía asiente, eleva los ojos y su mirada se pierde en el río.
—No me sorprende que aquí se sintiesen tan a gusto, este lugar tiene algo especial, algo que te atrapa y te hace sentir seguro, confiado y te permite olvidarte de la realidad.
Su semblante lánguido y el tono con el que pronuncia esas palabras me indican que no se trata de una simple frase, que detrás de ellas se esconde algo más.
—¿Eso es lo que piensas que hacemos nosotros? ¿Olvidar la realidad?
No responde de inmediato; al contrario, frunce los labios y se limita a encogerse de hombros.
—Quedan pocas cartas, pronto descubriremos cómo terminó su historia —murmura como si eso fuese explicación suficiente—. Y, cuando eso pase, no puedo evitar preguntarme, ¿qué pasará con la nuestra?
De forma inconsciente, todo mi cuerpo se tensa.
—Con la nuestra todo va a seguir igual, nada tiene por qué cambiar.
Ella alza ambas cejas y me observa con escepticismo y un halo de tristeza empañando su mirada.
—Eso no es cierto; tu vida está en Londres y la mía, en Vigo —me recuerda.
Me muestro obstinado, porque me asusta verla así, como si ya se estuviese rindiendo, como si ni siquiera estuviera dispuesta a luchar por lo que hay entre nosotros e intentarlo.
—No digo que vaya a ser fácil, pero encontraremos la manera —insisto—. No quiero renunciar a ti. Ni a lo que hay entre nosotros.
—Yo tampoco —admite.
La sonrisa que asoma a la comisura de sus labios no llega a sus ojos, y ella termina apartando la mirada para dirigirla de nuevo a la caja.
—Será mejor que sigamos leyendo —sugiere, dando la conversación por terminada sin darme la opción de añadir nada.
No estoy conforme, pero tampoco quiero agobiarla.
Saca el siguiente sobre y lo abre con delicadeza, moviéndose un poco para que la luz de la linterna le facilite la tarea.
Yo aguardo apretando su cuerpo contra el mío, como si solo con ese pequeño gesto fuese a conseguir retenerla y que esa distancia física de la que hablábamos hace unos segundos desaparezca.
Vigo, 26 de junio de 1947
Querido Antonio:
Tenías razón: contemplar las hogueras a tu lado, sentir el calor del fuego, disfrutar del encanto de las chispas elevándose hacia el cielo y del color anaranjado de las llamas llenando el aire fue hechizante, mágico y esperanzador.
Hablar con los vecinos, desayunar debajo del magnolio, bañarnos en el río… Es tan perfecto y tan idílico que no puedo evitar preguntarme si merezco vivirlo.
Cuento los días para que todo termine.
Estoy deseando poder pasear por el puerto cogidos de la mano, irnos a tomar un helado, caminar por la arena de la playa o simplemente hablar sin parar hasta que nos entre el sueño sin tener que guardar las apariencias ni ocultarnos, sin miedo al futuro o a lo que este nos deparará.
Te quiere,
Marie
Vigo, 27 de junio de 1947
Querida Marie:
Cada día a tu lado es mágico, esos ratos que conseguimos estar a solas, ajenos a las miradas son mi tesoro más preciado.
Estoy deseando hacerlo oficial y convertirte en mi esposa. En cuanto entregues esos malditos papeles hablaré con mis padres y les diré que eres la luz de mi vida, la futura madre de mis hijos, la única con la que quiero envejecer.
Traeremos a tu madre, le pediremos que se quede aquí con nosotros, donde ambas estaréis a salvo, te prometo que yo me encargaré de todo.
Te prometo que dedicaré cada minuto de mi vida a hacerte feliz y poco a poco conseguiré que desaparezcan las huellas que la tristeza del pasado ha dejado en ti.
Te juro que ya no habrá más sombras y que todos tus días estarán llenos de la misma luz con la que tú me iluminas a mí.
Siempre tuyo, te quiere,
Antonio
Vigo, 28 de junio de 1947
Querida Marie:
Esta noche te estuve buscando en el comedor, pero desde que te dejé por la mañana en el colegio no he sabido nada más de ti.
Imagino que el sueño te ha vencido y no has bajado a cenar. No te preocupes, te estaré esperando mañana en el autobús como cada día, solo quería decirte que no puedo dejar de pensar en ti.
Siempre tuyo, te quiere,
Antonio
Vigo, 29 de junio de 1947
Querida Marie:
Estoy preocupado, esta mañana no has aparecido para ir al colegio y, al no verte en el comedor, he cogido la llave de la recepción y me he colado en tu habitación.
Todas tus cosas estaban allí, en orden, solo faltabas tú.