Capítulo 23 Un castillo de naipes en medio de un huracán
Un castillo de naipes en medio de un huracán
Ben
Mis dedos trazan círculos en su pelo con cadencia y ella suspira sobre mi pecho.
Estoy tan a gusto, me siento tan pleno ahora mismo que si pudiese congelaría para siempre este momento, no obstante, como es imposible, porque, al menos que yo sepa, no tengo poderes sobrenaturales, me conformo con grabármelo en la memoria convirtiéndolo en uno de mis más preciados recuerdos.
—Deberíamos seguir leyendo —suspira ella con cierta pereza.
La entiendo, no es que no quiera conocer el resto de la historia, es que, de una forma u otra, igual que me pasa a mí, le cuesta romper esa pequeña burbuja que compartimos en la que solo estamos nosotros.
Una sensación extraña se abre paso en mi pecho y me obligo a ignorarla.
Sé que yo era el primer interesado en localizar esas cartas para conocer esa parte oculta de la historia de mi abuela, pero, desde que empezamos a leerlas, tengo la sensación de que lo que sea que está escrito ahí no solo es pasado, creo que puede afectar a esto que está creciendo con fuerza entre nosotros, y me aterra pensarlo.
—Deberíamos —concedo, removiéndome un poco a la vez que enredo los dedos en su sedoso pelo.
Uxía se incorpora sobre un codo y, tras depositar sobre mis labios un suave beso que me sabe a poco y me deja con ganas de más, coge la siguiente carta del libro y se acomoda para comenzar a leer, dando vida con su voz pausada a las letras que permanecen escritas sobre el papel.
Vigo, 1 de mayo de 1947
Querido Antonio:
Estos días en nuestro pequeño refugio han sido un sueño dentro de la pesadilla en la que yo misma decidí convertir mi vida.
Me encantó conocer a tus amigos de la infancia y ver ese lugar tan especial para ti. Imaginarte de niño correteando por los senderos, bañándote en el río, buscando moras en los matorrales o subiéndote a los árboles.
Nunca imaginé que mi corazón volvería a abrirse ni que encontraría la manera de volver a sentir, y estoy convencida de que, si lo ha hecho ahora, es porque cada uno de sus latidos estaba destinado a ti.
El pensamiento de que el destino ha unido nuestros caminos me reconforta y me hace sonreír. No recuerdo cuándo fue la última vez que sonreí antes de conocerte, pero aquí lo hago cada día, porque es muy fácil volver a sentir felicidad junto a ti.
Echo de menos nuestros paseos en bicicleta hasta la orilla del río, contemplar la luna desde la orilla, merendar debajo del magnolio de la entrada o cenar al calor de la chimenea del salón.
No sabes cuánto extraño tu risa, tu mirada intrépida y divertida y el tono de tu voz susurrándome canciones al oído mientras la luz de las estrellas entra por la ventana de nuestra habitación.
Suspiro por el momento en que todo esto termine para poder empezar una vida de verdad contigo, sin tener que escondernos, sin mentiras, sin miedo ni secretos ni presión.
Esa esperanza es la que me da fuerzas para mantenerme firme en el objetivo que me trajo aquí, un propósito que me he replanteado mil veces, y cada una de ellas he llegado a la misma conclusión: esa fue mi única salida y, aunque no me siento orgullosa, ahora, gracias a ti y a tu forma de mirarme, vuelvo a sentirme digna de amor y comprendo que no tuve ni tengo elección.
Siempre tuya, te quiere,
Marie
Vigo, 10 de mayo de 1947
Querida Marie:
Sé que debemos mantener las formas y aparentar, pero no sabes lo mucho que me cuesta mantenerme lejos de ti.
Verte caminando por el hotel y no poder acercarme a besarte, llevarte en el autobús cada mañana y no poder acariciarte…
Nuestros encuentros clandestinos me dan la vida, pero después vuelvo a perderla cada vez que me aparto de ti.
Me rompe no poder ayudarte, saber que te pones en peligro cada día y que no hay nada que yo pueda hacer para protegerte es una tortura que todavía no me acostumbro a sentir.
Sin embargo, sé que eres fuerte, admiro tu determinación y tu inteligencia y confío en que muy pronto podré hacer público lo que siento por ti.
Ten mucho cuidado con H, ese tipo es un mal bicho y me revuelve la sangre pensar que está cerca de ti.
Siempre tuyo, te quiere,
Antonio
Vigo, 20 de mayo de 1947
Querido Antonio:
Tus palabras son el salvavidas que me mantiene a flote, tus besos furtivos, el oxígeno que necesito para vivir.
La reunión de ayer con H ha ido bien, pero siento que una parte de él todavía no confía del todo en mí y, desde Alemania, Vollblut empieza a impacientarse, me exigen resultados, quieren pruebas para poder detener a los que ellos consideran traidores.
Así que necesito que la cena que tengo pasado mañana con M, H y Q discurra sin mayores complicaciones.
Es parte esencial del plan, no puedo fallar.
No sabes las ganas que tengo de perderme en tus brazos y fingir que el resto del mundo no existe y que todo va bien.
Siempre tuya, te quiere,
Marie
—Vollblut. Es la primera vez que dan un nombre, tiene que ser importante —comenta Uxía.
—Es cierto, eso debería decirnos algo —anuncio levantándome a toda prisa para coger mi teléfono—. ¿Y quién será ese H? Ya lo ha nombrado varias veces.
—Por no hablar de M y Q. Esas iniciales son nuevas, no habían salido hasta ahora —añade ella—. Estoy segura de que son los hombres que aparecían en la foto con tu abuela.
Vuelvo con el móvil en la mano y me dejo caer a su lado.
Tecleo con velocidad y, cuando la información ocupa la pantalla, comienzo a leer en voz alta.
—Vollblut fue una facción de las SS creada en 1946, su líder era Friedrich Hansen.
—Hago una pausa y trago saliva, porque me cuesta encajar lo que leo a continuación con mi adorada abuela—.
Estaba compuesta, sobre todo, por jóvenes de las juventudes hitlerianas y veteranos destacados de las SS, y uno de sus principales cometidos era localizar pruebas contra antiguos militares alemanes, los cuales, una vez finalizada la guerra, tras la derrota de Alemania, a pesar de que en su círculo privado siguieron apoyando las ideas del régimen, renegaron de él públicamente y huyeron de Alemania para salvarse.
A todos ellos las diferentes SS del momento los consideraban traidores e intentaban localizarlos y usar las pruebas obtenidas para chantajearlos o ejecutarlos.
Por ello, en muchos casos durante los años posteriores, algunos de estos antiguos oficiales aparecieron muertos por causas y en situaciones inexplicables… Un coche que se quedaba sin frenos, un veneno difícil de detectar, un incendio del que no consiguieron escapar…
La voz me tiembla y siento un frío glacial recorriéndome por dentro.
Uxía, que no ha parado de buscar información en su propio teléfono mientras me escucha hablar, afirma:
—El tal Hansen era un animal, durante la segunda guerra mundial fue considerado uno de los hombres de confianza del secretario de Hitler.
Se paseaba por los campos de concentración con tanta familiaridad como lo hacía por el salón de su casa, promovió asesinatos en masa…
Qué asco de gente. —Hace una mueca—. ¿Podría ser que tu abuela colaborase con Vollblut buscando información de H y los otros dos para proporcionársela?
Igual ellos eran los alemanes traidores y Marie trataba de recabar información sobre ellos para que la facción pudiese atraparlos y ejecutarlos.
Sé que no lo dice con mala intención, de hecho, la hipótesis tiene toda la lógica, sin embargo, sus palabras caen sobre mí como una patada directa en el estómago y siento como si acabase de hacerme un agujero en el pecho y estuviese estrujándome el corazón.
¿Mi abuela colaborando con esa gentuza? No me lo puedo creer. La imagen de la mujer dulce, cariñosa, divertida y empática que he guardado entre mis recuerdos como oro en paño se distorsiona, transformándose en un retrato abstracto que soy incapaz de reconocer.
—Necesito un descanso —anuncio con la voz apagada, levantándome para salir del salón.
—Ben —me llama Uxía, preocupada.
La escucho, pero sigo andando, con los puños apretados, la miraba baja y una sensación de incertidumbre y desasosiego atrincherándose en mi pecho.
—Ben —repite.
No me detengo, en este momento no puedo ni mirarla a la cara, no cuando uno de los pilares en los que siempre se han sustentado mi vida y mis valores acaba de venirse abajo y el que creía que era mi mundo se tambalea como un castillo de naipes en medio de un huracán.
Salgo de la casa y camino hasta el magnolio para dejarme caer al suelo, y apoyo la espalda contra su fuerte y robusto tronco.
Elevo la mirada al cielo, que permanece cubierto de estrellas titilantes, y tengo la absurda sensación de que todas y cada una de ellas están riéndose de mí.
El canto de los grillos me envuelve y el suave aire nocturno arrastra la perfumada fragancia de las magnolias, acercándola hasta mí.
Es casi bucólico, en cualquier otra ocasión estaría disfrutándolo, sin embargo, ahora mismo, soy incapaz de apreciarlo y solo puedo pensar en las mil ideas, cada cual más desesperante y contradictoria, que se abren paso en mi cabeza.
Mi abuela fue y es una de las personas más importantes de mi vida, y ahora me doy cuenta de que en realidad no la conocía y de que todo lo que pensaba que ella representaba no es más que una mentira.
—¿Puedo acompañarte? —pregunta Uxía con voz suave, de pie justo delante de mí.
Sigue llevando mi camiseta, pero se ha puesto unos vaqueros, zapatillas de deporte y una chaqueta. Lleva la caja de galletas que contiene el libro hueco con las cartas debajo del brazo.
Muevo la cabeza en señal afirmativa y ella toma asiento a mi lado. No añade nada, permanece en silencio, dándome espacio, pero su mera presencia me calma y me consuela.
—No me lo puedo creer… —murmuro al cabo de unos minutos—. Mi abuela, ¿una asesina?
—No digas eso, es solo una deducción y, aun en ese caso, por lo que sabemos ella, solo se encargaba de conseguir las pruebas y la información —trata de suavizar la verdad, y se lo agradezco, pero andarnos con medias tintas no tiene sentido, no a estas alturas ni en esta ocasión.
—Colaborar con asesinos te convierte en uno de ellos…
—afirmo con vehemencia—. Te juro que no lo comprendo, ¡mataron a su padre!
¡Destrozaron su familia! ¿Cómo pudo unirse a ellos?
Aunque estuviese buscando pruebas contra militares alemanes…
Lo hacía para colaborar con una SS, eso no tiene justificación.
—La chica que escribió esas cartas no me parece una asesina.
—¿Tú has leído lo mismo que yo? —Mi tono de voz suena un poco más duro de lo esperado.
Uxía se queda pensativa durante unos instantes.
—Sigo pensado que no deberíamos sacar conclusiones precipitadas, quizás no le quedó más remedio… En una de las primeras cartas que leímos decía algo de estar dispuesta a lo que fuese para proteger a los suyos… ¿Y si la estaban coaccionando de alguna manera?
Su hipótesis le daría algo de sentido a todo esto y por eso me aferro a ella.
—¿Tú crees? —pregunto con la esperanza patente en mi voz.
—No conocía a tu abuela —declara ella acercándose un poco más a mí para entrelazar sus dedos con los míos—.
Pero sí a mi abuelo, y sé que él no se enamoraría ni ayudaría a una asesina…
Todo esto tiene que tener alguna explicación, pero mucho me temo que para encontrarla tendremos que seguir leyendo.
Mi mirada se entrelaza con la suya, la ternura que encuentro en sus ojos es un bálsamo para las heridas de mi corazón.
—Tienes razón —reconozco—. Sigamos leyendo.
—¿Seguro que quieres hacerlo? Si lo prefieres, podemos esperar a mañana —ofrece observándome con cierta preocupación.
—Ningún momento va a ser bueno, así que cuanto antes, mejor —respondo.
Lo digo convencido porque, llegados a este punto, sea lo que sea lo que voy a encontrarme en esas cartas, cuanto antes salgamos de dudas, mejor.