Una historia diferente Capítulo 20 Fuera telarañas
70%

Capítulo 20 Fuera telarañas

Fuera telarañas

Uxía

Todavía con los ojos cerrados y sumida en un estado de semisomnolencia de lo más placentero, disfruto de las perezosas caricias que sus dedos depositan al enredarse en los mechones desparramados de mi pelo.

Su respiración, a pesar de estar despierto, es pausada y el calor que desprende su cuerpo a mi lado me resulta agradable y reconfortante.

—Buenos días —susurra recibiéndome con una sonrisa de lo más sensual cuando, al abrir los ojos, su mirada intensa y magnética cae sobre mí con la fuerza de un vendaval.

Me tomo unos segundos para contestar, los segundos que tardo en darle un repaso a la forma en que su cabeza permanece apoyada en el brazo que tiene doblado sobre la almohada, a la manera en que su pelo cae despeinado sobre su frente y a esa sonrisa descarada y juguetona que me dedica y que debería ser ilegal.

—Buenos días —respondo frunciendo el ceño algo molesta, porque soy consciente de que, cuando yo he dormido poco y estoy recién levantada, con cara de sueño y el pelo alborotado parezco una loca de manual y, en cambio, él, en exactamente la misma situación, parece todavía más atractivo de lo normal.

Su mirada se oscurece al recorrer la piel de mi hombro que la camiseta que le cogí prestada para usarla como un improvisado camisón deja al descubierto, y sus labios descienden hasta los míos, secuestrándolos en un beso lento y profundo que me provoca un fuerte latigazo de deseo entre las piernas.

La mano con la que acariciaba mi pelo desciende por mi rostro, mi cuello y el costado de mi cuerpo, haciéndome estremecer hasta colarse entre mis muslos y ascender por ellos en busca del punto exacto donde se esconde el centro de mi placer.

Ahogo un gemido contra sus labios en el momento exacto en que dos de sus dedos se introducen dentro de mí y su pulgar presiona contra mi clítoris y comienza a trazar sinuosos círculos con los que me enciende y me acelera la respiración.

Excitada y decidida a tomar el control, lo empujo para dejarlo con la espalda pegada al colchón y me coloco encima, a horcajadas sobre el prominente bulto que desde el interior del bóxer me recibe listo para la acción.

Me restriego contra él y contemplo como los músculos de su pecho y su abdomen se tesan a la vez que su sonrisa se congela y sus ojos me contemplan con hambre.

Una de sus manos enmarca mi cara.

—Eres tan bonita —murmura con la voz tomada por el deseo.

Encantada al ver la forma en que le afecto, me apoyo con las rodillas en el colchón, le bajo el calzoncillo y, buscando su miembro con mi cuerpo, bajo de forma brusca para introducirlo sin más preámbulos en mi interior.

El placer es tan intenso que nos arranca un grito a ambos.

Sus manos acarician mis muslos y las mías se aferran a sus hombros cuando, sin apartar mis ojos de los suyos, comienzo a moverme despacio, una y otra vez, en una lenta agonía tentándolo, provocándolo, volviéndolo loco y excitándolo.

El sudor comienza a perlar su cuerpo, la palma de su mano acaricia mi endurecido pezón por encima de la tela de la camiseta, y jadeo dejándome llevar por la sensación.

Lejos de aumentar la velocidad, me regodeo en una lentitud que me abrasa, me destroza y me desespera, incendiándome con cada embestida, quemándome lentamente con cada uno de sus roces y con cada una de sus caricias.

Mi respiración se acelera a un ritmo que soy incapaz de controlar, el corazón me galopa con furia dentro del pecho y, cuando sus dedos se clavan en la piel de mi cadera, me elevo y desciendo de golpe sobre él, atrapo su hombro con mis dientes y siento que todo a mi alrededor explota a la vez que nuestros cuerpos, unidos por un hilo intangible tan frágil como irrompible, se convierten en diferentes partes de un mismo ser.

Sin aliento y desplomada sobre su pecho, continúo moviéndome; Ben aumenta la presión de sus dedos sobre mi piel, arquea la espalda y su cuerpo se tensa al encontrar su propia explosión en un estallido de placer.

Todavía permanece dentro de mí cuando, sudorosos y con la respiración entrecortada, entrelazamos la mirada y nos echamos a reír.

La sensación que me invade es extraña: una mezcla de química, miedo, esperanza y confianza; algo intenso, demasiado intenso que ni siquiera con Tomás llegué a sentir.

Quizás porque hasta ahora nunca me había permitido soltarme del todo, pero con Ben es diferente, con él es algo natural, algo que se me escapa de las manos y que, por mucho que lo intente, no puedo reprimir.

Mi móvil comienza a sonar sobre la mesita de noche, interrumpiendo mis pensamientos y, sobresaltada, me deslizo a un lado con rapidez, dispuesta a cogerlo.

—Es una videollamada —anuncio—, échate a un lado —le ordeno, empujándolo al ver que se trata de mi abuela.

Él no parece molestarse y asiente obediente.

—¡Lela! —la saludo con demasiado entusiasmo—. ¡Anda, pero si también está Manuela! —añado al ver su cara compartiendo la pantalla.

Mi reacción es tan exagerada que las dos ancianas, que no tienen un pelo de tontas, intercambian un gesto, desconfiadas.

—¿Todavía estás en la cama? —pregunta enseguida la segunda al descubrir la almohada a mi espalda.

—¿Estás bien, tesoro? —se preocupa mi abuela sin darme tiempo a contestar.

—Perfectamente, lo que ocurre es que no he dormido demasiado bien esta noche y estoy un poco cansada.

—Ya… —murmura ella, acercándose la pantalla a la cara como si con ello fuese a ver mejor lo que hay al otro lado… Y puede que sí, porque de repente pregunta con malicia arqueando las cejas—: ¿De repente te han salido tres brazos o es que hay alguien a tu lado?

Maldigo para mis adentros al darme cuenta de que una parte del cuerpo de Ben ha entrado sin querer en el plano.

Estoy a punto de inventarme lo primero que se me ocurra para salir del paso cuando él se me adelanta y, acercándose a mí, la saluda encantado.

—Buenos días, Carmen —dice esbozando una sonrisa que no baja del millón de euros—. Manuela —añade dirigiéndose a la segunda.

Las dos abren tanto la boca que temo que se les descoyunte la mandíbula.

—¡Ay, qué alegría! —exclama mi abuela como si acabase de descubrir que le ha tocado el gordo de la lotería.

—¿Eso que tienes en el hombro es un mordisco? —le pregunta Manuela entrecerrando los ojos.

Dirijo la mirada al punto que está señalando y me pongo del color de un tomate maduro al ver que la marca es considerable.

—¿Es que estás pasando hambre, tesoro? —se burla mi abuela echándose a reír.

Manuela suelta una risita de lo más impertinente.

—¿Has visto cómo le brilla el rostro? Ya te digo yo que hambre no está pasando —replica la anciana.

—¡Manuela! —la regaño sintiendo como hasta la raíz del pelo se me tiñe de rojo.

—Dime, Ben —continúa ella, ignorándome—. ¿Cómo va la operación telarañas? ¿Todavía queda alguna por ahí abajo?

—Ni una sola —responde el muy traidor guiñando un ojo a ese par de locas, quienes, por si no estuviese ya lo suficientemente abochornada, se ponen a aplaudir entusiasmadas.

—Os voy a dejar… —murmuro, decidida a colgar para dejar de escucharlas.

—Uy, sí, no queremos interrumpir, que ya vemos que estás ocupada —se cachondea mi abuela, que me guiña un ojo con un gesto exagerado que hace que Ben suelte una carcajada.

—Estamos ocupados leyendo las cartas —puntualizo achicando la mirada.

—¿Las habéis encontrado? Me alegro. —El tono de voz de mi abuela cambia y sus expresivos ojos se oscurecen en lo que me parece una mezcla de alivio, tristeza y nostalgia.

—Y entre carta y carta, una alegría pal cuerpo —interviene Manuela con gracia.

—Eres imposible —la acuso.

—Me lo tomaré como un cumplido —responde ella.

—Te aseguro que no lo era —le aclaro medio en serio medio en broma.

—Si ya era así de joven, no voy a cambiar ahora de vieja —me rebate.

—No os entretenemos más, imagino que tendréis mucha curiosidad por conocer lo que dicen esas cartas —interviene mi abuela en un tono socarrón que me hace resoplar. ¡Desde luego son tal para cual!

—¿Quieres que te mantengamos al tanto? —le ofrezco porque, al fin y al cabo, es de su marido de quien estamos hablando.

Ella no duda ni un segundo.

—Yo tuve mi propia historia —afirma—. Y es con la que me quiero quedar.

—De acuerdo… —accedo.

—Hablamos pronto, tesoro.

—Portaos bien, lela —le pido—. Haced lo que Mati os diga y no le compliquéis demasiado la vida.

Ellas intercambian una mirada repleta de complicidad y asienten.

Suspiro, convencida de que en sus planes está hacer justo lo contrario de lo que les acabo de pedir, y me despido de ellas.

Cuando la pantalla se oscurece elevo la mirada buscando a Ben.

—Si me miras así, nunca vamos a avanzar con esas cartas —murmura con sensualidad, inclinándose sobre mí.

Un hormigueo asciende por mi vientre y mis ganas de besarlo son tan intensas que por un momento me olvido incluso de las cartas.

—¡Quieto! —le ordeno apartándome hacia un lateral de la cama—. Es mejor que bajemos al salón para continuar leyendo, tú enciende la chimenea y yo iré a la cocina para preparar algo. Tienes que tener hambre.

—Me muero de hambre —admite con una sonrisa ladeada mientras sus ojos descienden por mi muslo desnudo haciendo que se me erice la piel.

—Para —le exijo, señalándolo con el dedo índice.

—No estoy haciendo nada, ni siquiera te he tocado —se defiende levantando las manos y poniendo cara de inocente.

—No te hace falta —murmuro mientras cojo el libro hueco que contiene la correspondencia que compartieron Marie y mi abuelo y me pongo de pie.

La camiseta me llega casi por las rodillas y, sin embargo, bajo su intensa mirada me siento desnuda, como si sus ojos tuviesen la capacidad de atravesar la tela y acariciar a mi piel.

¿Cómo me puede perturbar de esta manera sin ni siquiera tocarme?

Le doy la espalda y me dirijo a la puerta, dispuesta a abandonar la habitación sin mirarlo ni girarme en su dirección; creo que lo mucho que me afecta se me nota en la cara, y una cosa es que yo tenga que asumirlo y otra muy diferente que él lo sepa.

Bastante me cuesta ya resistirme sin que él tenga esa ventaja.