Una historia diferente Capítulo 19 Morriña
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Capítulo 19 Morriña

Morriña

Uxía

Cierro la puerta de la habitación de un portazo que hace que se estremezcan hasta los cimientos de la casa y comienzo a caminar de un lado a otro de la habitación como una demente.

¡En serio! ¡¿Qué narices acabo de hacer?! ¡Se me ha ido la cabeza por completo!  ¡¿Cómo leches se me ocurre lanzarme a besarlo de esa manera?!

Me llevo la mano a los labios al recordar ese leve contacto de mi boca con la suya que me ha provocado una descarga de diez mil voltios en el pecho.

¡El agua de este pueblo tiene que tener algo que me ha hecho perder la cabeza! Sí, sin duda es eso, he debido de sufrir una lobotomía o algo por el estilo…

Él, ahí deprimido por la carta de su abuela, y yo me lanzo a besarlo como si en lugar de neuronas solo tuviese hormonas en la cabeza.

¡Qué vergüenza! ¿Y ahora cómo lo miro a la cara?

¡No, es que no pienso mirarlo a la cara nunca más!

De hecho, voy a atrincherarme en esta habitación… ¡Ni de broma voy a…!

Unos leves golpecitos en la puerta me hacen detenerme en seco y contener la respiración, a la vez que la miro como si al otro lado estuviese un asesino en serie, o algo todavía peor.

—Uxía, ¿puedo pasar? —pregunta con voz suave.

—¡Por supuesto que no!

—No puedes quedarte ahí dentro para siempre… —No lo veo y, aun así, puedo ver esa estúpida y maliciosa sonrisa asomando a su cara.

—¿Quieres apostar?

—Solo fue un beso… Uno casto y casi imperceptible.

Mis mejillas se tiñen de rojo carmesí al escuchárselo decir y un gemido escapa de mi garganta.

—El problema es ese casi —remarco.

Aguzo el oído, porque me atrevería a jurar que acabo de escucharlo reír.

¡La madre que lo parió! ¡Será…! ¡Yo aquí muerta de la vergüenza y él, cachondeándose de mí!

—¡He debido de volverme loca para abalanzarme así sobre ti! —murmuro.

—No te abalanzaste sobre mí —replica en tono risueño—. Además —añade con una voz mucho más sugerente—, si no te hubieses lanzado tú, lo habría hecho yo.

Mi corazón da un doble salto mortal y permanezco en silencio durante unos segundos mientras mis atolondradas neuronas tratan de procesas esas palabras.

—¿Tú también querías besarme? —cuestiono.

—Pues claro que quería besarte —admite.

Me lo imagino al otro lado, poniendo los ojos en blanco, y de nuevo me quedo callada y puede que, malinterpretando mi silencio, él añade a continuación:

—Te propongo algo: si te vas a sentir mejor, hagamos como que no ha pasado.

—¿Propones que olvidemos el beso? —pregunto esperanzada.

—¿Qué beso? —bromea.

Ahora soy yo quien pone los ojos en blanco.

—Está bien —accedo, a pesar de que soy consciente de que tengo ese instante y lo que me hizo sentir grabados en el pecho.

—Y ahora que hemos aclarado esto… ¿Me dejas entrar para que podamos continuar leyendo?

Me acerco a la puerta y la abro con cierta indecisión. Ben entra con el libro en la mano y, en lugar de mirarme, camina directo hacia la cama, se sienta en el colchón y extiende el libro en mi dirección.

—¿Sigues? —propone.

Asiento, me acerco y lo cojo, poniendo especial cuidado en no tocar con las yemas de mis dedos su mano.

A partir de ahora cero miradas, cero roces, cien por cien autocontrol, que se note que soy una mujer racional y equilibrada y no un manojo de hormonas que a la mínima se deja llevar por el deseo complicando la situación.

Carraspeo un par de veces y abro el siguiente sobre. En esta ocasión lo que contiene parece ser más una reflexión a modo de diario.

15 de enero de 1947

Ya estoy instalada y he comenzado a trabajar en el colegio alemán.

De momento solo voy dos horas al día como apoyo de una de las profesoras, pero, además de acercarme a mi objetivo y abrirme puertas en los lugares indicados, me ayuda a mantenerme entretenida y a desconectar durante un rato de los pensamientos y la soledad.

Además, el hijo de los dueños del hotel donde me hospedo conduce uno de los autobuses que acerca a los niños del colegio, y se ha ofrecido amablemente a llevarme a mí también.

Es un gesto generoso que no me sorprende, ya que en el hotel todos son encantadores conmigo, no obstante, a pesar de su cercanía, no puedo evitar sentir que un frío intenso me recorre por dentro y que los ojos se me empañan a causa de las lágrimas cada vez que pienso en mi hogar y en mi antigua vida.

Nunca imaginé verme en esta situación, sola, lejos de mi país, de mi gente y mi cultura, descubriendo otra ciudad y, sin embargo, aquí estoy, y no me queda más remedio que adaptarme porque, aunque quisiese, ya no hay marcha atrás.

He descubierto una palabra autóctona que explica a la perfección cómo me siento: «morriña». Un término demasiado bonito para definir la añoranza que me atiza sin piedad cada vez que pienso en todo y todos lo que he dejado atrás.

Marie

Ben

Mientras ella lee, concentrada en la hoja que tiene entre las manos, todos mis sentidos están puestos en sus labios. Soy incapaz de dejar de mirarlos y me muero por volver a probarlos.

Ese beso que me dio me hizo sentir como si acabase de tocar un cable eléctrico y la descarga me hubiese recorrido el cuerpo entero.

Después, al verla salir corriendo y encerrarse en la habitación, traté de quitarle hierro al asunto, cuando lo que en realidad me apetecía era abalanzarme sobre ella y besarla de nuevo hasta dejarla sin aliento.

—El chico del autobús tenía que ser tu abuelo —declaro, tratando de pensar en algo que no sea en lo bonita que se ve con las mejillas sonrojadas o en la forma en que destacan las pecas de la parte superior de su nariz bajo la luz del sol que entra por la ventana.

—Sí. Por lo visto, se conocieron a los pocos días de que ella llegase —murmura apartando los ojos del texto para dirigirlos hacia mí.

Me acerco un poco más, pero sin llegar a tocarla.

Su mirada atrapa la mía y siento la garganta reseca y la boca acartonada por la imperiosa necesidad de saborearla.

Mi respiración se vuelve densa y la suya comienza a sonar agitada.

—Uxía —murmuro, extendiendo despacio el brazo para, con el dedo índice, recorrer su mandíbula trazando el contorno de su cara—. Creo que estás a punto de enfadarte conmigo —susurro acercándome un poco más.

—¿Por qué? —jadea al sentir la suave caricia contra su piel.

—Porque te he mentido —reconozco.

Ella permanece en silencio y traga saliva.

—No quiero hacer como que lo de antes no ha ocurrido —admito—. Quiero repetirlo.

Me inclino un poco sobre su cuerpo a la vez que con mis manos enmarco su rostro y, cuando entreabre los labios, siento que todo mi cuerpo se tensa y el deseo me sobrepasa.

—Voy a besarte —anuncio, dándole tan solo un par de segundos para reaccionar y apartarse antes de apropiarme de su boca en un beso que comienza siendo delicado, pero que se vuelve intenso y desesperado en cuanto mi lengua se encuentra con la suya.

El gemido que escapa de su garganta en forma de lamento resuena atronador dentro de mi pecho, encendiéndome todavía más, llevando la necesidad que siento por tocarla, por sentirla a un nivel que jamás había experimentado y que me cuesta horrores controlar.

El aire a nuestro alrededor se vuelve cargado, denso e irrespirable; no me importa, en este momento creo que sus labios me aportan todo el oxígeno que necesito para seguir viviendo.

Su cuerpo cede bajo el mío y nos dejamos caer en el colchón.

Ella es mi droga, una droga a la que soy incapaz de resistirme, y ahora que la he probado me temo que me va a resultar imposible superar esa adicción.

Mis manos descienden por su cuello, allanando el camino que mi lengua traza segundos después.

Las suyas avanzan por debajo de mi camiseta, descendiendo por mi pecho y haciéndome arder.

Deslizo por su cintura las yemas de mis dedos antes de colarlos por debajo de su jersey; la ropa me estorba, me molesta, porque lo único que quiero es sentir el tacto de su piel.

Ella se arquea bajo mi peso al sentir la caricia ascendente por sus costillas. Sus ojos, brillantes y demandantes, me atrapan, y se remueve bajo mi cuerpo a la vez que sus manos se enganchan y juegan con la cinturilla de mi pantalón.

Un deseo irracional me nubla la mente y me convierte en esclavo de las sensaciones que se arremolinan en mi pecho y aceleran los latidos de mi corazón.

—Uxía. —Su nombre en forma de quejido brota de mi interior y se difumina en el aire.

Ella no responde, solo jadea, y su boca secuestra la mía en un beso húmedo, intenso y exigente que me arranca de este mundo y me transporta a uno en el que solo existimos los dos.

—No tengo… —murmuro.

—Yo sí —me interrumpe—. En el bolso. Mi abuela me metió una caja hace un tiempo y la revisa de vez en cuando con la esperanza de verla empezada. —Sonríe y se agacha para cogerlo de debajo de la cama.

—Mujer precavida vale por dos. Recuérdame que le dé las gracias —bromeo mientras mordisqueo su cuello logrando que se estremezca a la vez que ella lanza el bolso de nuevo contra el suelo.

—Ni se te ocurra —me amenaza justo antes de volver a besarme y morder con delicadeza mi labio inferior.

El gesto me hace entrar en combustión y, sin dejar de mirarla a los ojos, busco sus pezones para acariciarlos por encima de la fina tela del sujetador.

Su mirada se oscurece a causa del deseo y, sin reprimir el gemido que nace en su pecho, coloca su mano derecha sobre mi erección. Los dos estamos al límite y ninguno necesita más para perder por completo el dominio de la situación.

Nos arrancamos la ropa en un intento desesperado por deshacernos de cualquier barrera que se interponga entre los dos; el anhelo por descubrir, explorar y memorizar cada centímetro cuadrado de su piel transforma mi sangre en ardiente lava que fluye por mis venas como si mi cuerpo entero fuese un volcán y tras años dormido acabase de entrar en erupción.

No puedo pensar ni razonar, lo único que soy capaz de distinguir a través de la espesa niebla que se adueña poco a poco de mi mente es un pensamiento tan aterrador como cierto: he ido a encontrarme con la única persona capaz de hacerme perder por completo ese preciado autocontrol del que tanto presumo y del que tan orgulloso me siento.

Mis caricias se vuelven más codiciosas; quiero escucharla gemir, gritar. Pellizco su pezón con fuerza y la siento arquearse contra mí.

Su mano rodea de nuevo mi miembro y comienza a deslizarse arriba y abajo en un movimiento lento pero firme con el que consigue que se tensen cada uno de los músculos de mi cuerpo.

Sus labios queman mi piel, sus uñas se clavan en mis hombros en el instante exacto en que mis dedos se adentran en su cuerpo y acarician su clítoris.

Nuestras respiraciones ya arrítmicas se aceleran todavía más, la urgencia se vuelve insoportable; lo quiero todo, necesito más.

Mientras me derrito en el caramelo fundido de sus ojos, la insto con mi rodilla a abrir más sus piernas.

Lo hace de inmediato, y exhala con fuerza al notar mi dura erección restregándose contra ella.

—Ben. —Escucharla gemir mi nombre me hace enloquecer.

Me froto contra su dolorido clítoris y ella roza sus caderas contra mí.

—Hazlo ya —suplica.

Deseo hacerla mía más que nada en este mundo, pero verla deshacerse entre mis manos me produce un placer inmenso.

—¿Segura? —pregunto con la voz ronca y entrecortada a causa del esfuerzo por controlar mi propio deseo.

Como respuesta, ella abre más las piernas y, sin hacerme de rogar, la penetro con fuerza, profundamente, muy adentro, hasta llenarla por completo. La siento apretada, engulléndome; la sensación es tan brutal que no hay ni un solo músculo de mi cuerpo que no tiemble.

Ella exhala con fuerza y, con una de mis manos, sujeto sus muñecas por detrás de su cabeza antes de salir y volver a penetrarla de nuevo, todavía con más fuerza.

Ella gime y en cada embestida comienza a moverse contra mi pelvis.

El sonido de su cadera chocando con la mía, su respiración entrecortada, sus ojos devorando mi mirada… Son demasiado para mí.

—Joder, Uxía. —Mi voz ronca rompe el aire como el trueno que precede a la tormenta. Una tormenta a la que dudo que ninguno de los dos podamos sobrevivir.

Sus labios recorren mi pecho y mi boca desciende sedienta hasta apoderarse de la suya.

La penetro una y otra vez, sin delicadeza, dándole y exigiéndole todo a la vez, hasta que sus ojos vidriosos se nublan y siento que algo se rompe en su interior, a la vez que todo su cuerpo se tensa y, agarrada a mí, sin dejar de mirarme ni un solo segundo, se libera.

Verla fundirse entre mis manos de esa manera me arrasa de tal forma que mis acometidas se vuelven incluso violentas, hasta que un fuego abrasador me recorre por dentro y me dejo llevar por un brutal orgasmo, murmurando su nombre a la vez que me dejo caer, derrotado, sobre ella.