Capítulo 14 Paco y Benito
Paco y Benito
Uxía
—¡Lo digo en serio! ¡Es una perra! —insisto al ver que, después de mi alegato a favor del género femenino, él se queda callado y no dice nada—.
¡Y no sé por qué digo esto, porque me encantan los perros y tu exnovia no me gusta nada, me gusta menos que nada, no me gusta ni un poquito!
—Sé que estoy siendo demasiado efusiva, pero es que la impotencia, la decepción y tristeza que he visto reflejada en sus ojos mientras me ha contado su historia me ha desarmado y enfurecido a partes iguales.
—Te lo agradezco —murmura él deslizando en sus labios una sonrisa que no llega a sus ojos.
—No hay nada que agradecer —le aclaro—. Esa tipeja se merece arder en el infierno, de hecho, se merece algo peor, el infierno sería un hotel cinco estrellas para ella.
Su sonrisa se vuelve más real, más sincera.
—¿Y qué hay de ti? ¿Qué te pasó con el tal Tomás? —pregunta con cautela.
—¿Tomás? —repito, pronunciándolo como si solo su nombre ya me diese alergia.
—Manuela y tu abuela lo nombraron durante la cena… —me recuerda.
Me revuelvo encima de la manta y desvío la mirada. No me apetece hablar de ese tema, pero él ha confiado en mí para contarme un capítulo de su vida que estoy bastante segura de que no le apetecía revivir.
—No hay mucho que contar —suspiro molesta—. Nos conocimos en la universidad y empezamos a salir.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos? —me interrumpe.
—Algo más de dos años —reconozco de mala gana.
—Así que la cosa era seria.
—Eso se suponía, teníamos planes…
—¿Y qué pasó? —pregunta con interés.
—Le ofrecieron un trabajo en Holanda —respondo—.
Me pidió que me fuese con él, pero yo no quería dejar el hotel.
—Hago una pausa y bajo la mirada a mis manos entrelazadas—.
Era una buena oportunidad y se suponía que iba a ser algo temporal, un año, dos como mucho.
—Hago una nueva pausa e inspiro con fuerza—.
Lo teníamos todo organizado para que la distancia no supusiese un problema entre los dos; él vendría dos fines de semana al mes y yo iría a verlo los otros dos. Parecía que podía salir bien.
—¿Y no fue así?
—Se fue el dos de septiembre y me dejó el dieciocho. Nuestra relación a distancia no duró ni dieciséis días —me revuelvo otra vez.
—¿Me lo estás diciendo en serio? —El tono de su voz es de completa incredulidad.
Asiento.
—Lo peor fue que le bastó una llamada de minuto y medio para decirme que se había dado cuenta de que buscábamos cosas diferentes; él quería mejorar, ascender y, según él, yo era demasiado conformista, no era el tipo de mujer que quería a su lado para crecer.
Sus palabras todavía duelen y me queman la garganta.
—Dijo que no éramos compatibles ni estábamos hechos el uno para el otro, que quería otro perfil de persona para compartir su vida, y ese fue el final de nuestra historia.
—Ese tío es un auténtico cabrón.
—Era ambicioso… Siempre pensó que yo no tenía suficientes aspiraciones —murmuro.
—Lo dicho —repite con contundencia—: Ese tío es idiota.
—Eso no lo hizo menos doloroso —reconozco.
—Estás mucho mejor sin él, sin duda, saliste ganando —afirma con vehemencia sin apartar la mirada de mí.
Un sinfín de tonos anaranjados y amarillentos se reflejan en sus bonitos y profundos ojos grises, creando un efecto hipnótico que me atrapa, me confunde y me nubla cualquier atisbo de pensamiento racional.
No sé cuánto tiempo permanecemos así, el uno prendido del otro, pero, durante cada uno de los segundos que me sumerjo en el interior de sus pupilas, me siento como si estuviese adentrándome en una dimensión irreal en la que solo existimos él y yo, una dimensión peligrosa, porque en lo más profundo de mi ser tengo la certeza de que el camino por el que me estoy introduciendo en ella no tiene vuelta atrás y es de una sola dirección.
El miedo se entremezcla con el anhelo en mi pecho, lanzando un chispazo directo a mi corazón.
—Creo que… Creo que deberíamos dormir algo —balbuceo al fin cuando el primero gana el pulso que ambos disputaban en mi interior.
Él asiente.
—Será lo mejor, ha sido un día largo —accede en voz baja, resistiéndose a apartar la mirada—. ¿Por qué no vas subiendo? Voy a apagar el fuego —sugiere, desviando al fin los ojos hacia la chimenea.
En cuanto el contacto visual se rompe y el hechizo se evapora, una extraña sensación se asienta en mi interior, como si cada célula de mi ser fuese consciente de que, aunque todo sigue igual, algo ha cambiado entre los dos.
Despacio, tomándome mi tiempo, me levanto, me acerco a la mesa para coger una de las velas encendidas con la que iluminar los escalones, me dirijo a la puerta del salón y, antes de abandonarlo, le dirijo una mirada de soslayo.
Tal y como dijo, está apagando las llamas y, sin embargo, yo sigo sintiendo su calor.
Descolocada y un tanto abrumada, subo la escalera, entro en la habitación, apago la vela, la coloco sobre la mesilla y aparto la manta para tumbarme en mi lado del colchón, mirando hacia la ventana, y contemplo como desde el cielo la luna parece sonreírme para hacerme saber que ha sido testigo de lo que acaba de ocurrir en el salón.
Si es que ha ocurrido algo, porque ¿y si él no lo ha sentido? ¿Y si solo lo he sentido yo?
Inspiro con fuerza, cierro los ojos y lo último que aparece en mi mente antes de que todo se vuelva difuso es una profunda mirada gris que me calma y a la vez acelera los latidos de mi corazón.
Me despierto sobresaltada al escuchar un ruido seco en el piso de abajo. Tiro de la manta para taparme con ella hasta la barbilla y permanezco muy quieta, en silencio, con los ojos clavados en el techo y atenta.
Por un momento me pregunto si lo habré soñado, pero entonces vuelvo a escucharlo de nuevo, alto y claro, con la diferencia de que esta vez no solo suena una vez, sino varias seguidas.
Me remuevo inquieta en el colchón y echo un vistazo a mi lado, donde mi acompañante duerme de lado, dándome la espalda y de cara a la ventana.
Alargo la mano para recorrer el espacio que se interpone entre los dos, espacio que ambos fuimos muy cuidadosos en dejar libre cuando nos metimos en la cama, y le toco con suavidad el hombro mientras murmuro su nombre.
—Ben.
Aguardo unos segundos, pero, a juzgar por su respiración, deduzco que está profundamente dormido y que no va a abandonar el reino de Morfeo con facilidad, así que hago un nuevo intento subiendo un poco el tono de voz y zarandeándolo con más fuerza.
—Ben, despierta.
Abajo suena un nuevo golpe, esta vez es un poco diferente, como si algo estuviese arrastrándose por el suelo, lo que hace que mi inquietud aumente, y esta vez muevo a Ben con cero delicadeza.
—Despierta —le ordeno.
—Mmmm…
Eso es lo único que recibo por respuesta.
¡Será posible! ¿Cómo puede dormir así? Más que dormido, parece anestesiado.
—Ben —repito moviéndolo con fuerza a la vez que desde el piso inferior escucho el sonido de lo que juraría es el crujido de un plato al romperse.
Ahora sí, por fin, él se gira volviéndose hacia mí.
—Ya era hora, eres peor que la Bella Durmiente —protesto.
—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo? ¿Te encuentras bien? —pregunta un tanto descolocado al darse cuenta de que ni siquiera ha amanecido todavía.
—He escuchado ruidos en la planta de abajo —susurro asustada.
Su expresión se relaja al instante.
—Es una casa vieja; la madera cruje, es normal escuchar ruidos.
Niego con la cabeza.
—No era ese tipo de ruido —musito—. Estoy segura de que abajo hay alguien.
—Estamos en el campo, quizás haya entrado un ratoncito, tranquila, te prometo que mañana por la mañana me encargaré de revisar cada rincón.
—A no ser que fuese un roedor mutante te garantizo que los ruidos que he escuchado no vienen de un ratón —matizo.
—No pensarás que puede tratarse de un ladrón o algo así, ¿no? —cuestiona incrédulo.
—¿Y por qué no? —rebato, a pesar de que yo misma soy consciente de lo ridículo que suena ese planteamiento.
—Igual porque estamos en una casa vieja en un pueblo prácticamente deshabitado y perdido en medio de la nada —responde tratando de imponer un poco de cordura a la situación.
—Shhhh —lo regaño—. ¿Quieres bajar el tono? Van a escucharnos.
—Uxía, abajo no puede haber nad…
El mismo ruido suena de nuevo, y él se interrumpe de golpe al escucharlo.
Sus ojos buscan los míos, que ya lo esperan con un enorme «te lo dije» dibujado en ellos.
—Vale, tienes razón —admite—. Es imposible que ese ruido lo haya hecho un ratón.
Ben aparta la manta y se levanta despacio de la cama.
—Voy a bajar, tú no te muevas —me ordena.
—Estás loco si piensas que voy a quedarme aquí sola —respondo levantándome de golpe.
Él me contempla frunciendo el ceño.
—Puedes decir lo que quieras, si tú sales de esta habitación, yo también. Separarse es lo último que se debe hacer, eso es de primero de película de terror. Siempre muere el que se queda solo.
—Está bien —resopla—, pero quédate detrás de mí.
Asiento y me coloco a su espalda mientras lo veo buscar un mechero para encender la vela que utilicé para alumbrar la escalera cuando subí a la habitación.
Las bisagras de la puerta chirrían cuando la abrimos y ambos nos detenemos un par de segundos conteniendo el aliento.
—Teníamos que haberlas engrasado —siseo.
—Como comprenderás, no contaba con tener compañía nocturna —replica entre dientes.
Seguimos avanzando en cuanto empezamos a descender, él delante y yo, agazapada a su espalda, me agarro a la barandilla de la escalera.
A nuestro alrededor todo está oscuro, porque la luz que proporciona la vela es escasa, y la madera cruje bajo nuestros pies descalzos.
De repente, Ben se detiene de forma abrupta y, como no me lo espero, choco contra su espalda.
—¿Qué haces? —pregunto.
Él no contesta, permanece en silencio, con la tensión emanando de cada músculo de su cuerpo, y se limita a echar la mano atrás para agarrarme durante un par de segundos el brazo, indicándome que me quede quieta y no avance.