Capítulo 12 Sin plomos y a lo loco
Sin plomos y a lo loco
Uxía
Agotada, dejo la bayeta encima de la mesa del salón y echo un vistazo satisfecho a mi alrededor.
Llevamos casi seis horas trabajando sin parar, he sufrido nueve miniataques de pánico, y eso porque, después de cruzarme con dos ratoncillos y siete cucarachas, dejé de sentir palpitaciones y de subirme a la primera superficie que tenía a mano para conformarme con estremecerme y gritar al encontrarme con la mayor parte de las especies de insectos que habitan en el mundo animal.
Y tengo más mugre encima de la que he tenido jamás, pero reconozco que ha merecido la pena porque que el resultado no está quedando nada mal.
Todavía no se puede decir que la casa tenga un aspecto confortable, ni siquiera que resulte habitable, pero al menos ya no da la sensación de que nuestros pulmones vayan a colapsar a causa del polvo cada vez que respiramos o de que vayamos a coger una enfermedad infecciosa a cada paso que damos.
Hemos limpiado sin descanso desde que llegamos de nuestro brunch improvisado y reconozco que hemos formado un equipo bastante bueno.
Lo primero y más importante para no morir asfixiados fue abrir todas las ventanas de la casa; a continuación, Ben se encargó de hacer una primera batida en la cocina, el salón y las habitaciones, retirando la capa más gruesa de polvo y las telas de araña, y después, mientras echando mano a incontables litros de detergente, más de cinco paquetes de bayetas diferentes, la fregona y mucha paciencia, yo limpiaba los muebles, el suelo y las paredes a conciencia, él se dedicó a colocar planchas de metacrilato en las ventanas rotas y tablillas en la escalera para que subir y bajar por ella no resulte una trampa mortal.
—Tengo dos noticias, una buena y otra mala —anuncia el susodicho entrando en el salón—. ¿Cuál quieres escuchar primero?
Mis ojos vuelan hasta él y, de forma involuntaria, lo recorro de arriba abajo.
Se ha quitado el jersey que llevaba puesto y la camiseta, que en principio era de un rojo intenso, ahora luce un tono casi amarronado; tiene la frente manchada, el pelo negro cubierto de polvo y bastante revuelto, se le nota cansado y, a pesar de todo eso, sigue siendo tan atractivo que durante unos segundos mis conexiones neuronales se apagan y me quedo callada.
—¿Uxía?
Escucharlo pronunciar mi nombre me hace reaccionar, aunque, al bajar la mirada inconscientemente a su boca, siento que me sonrojo y, de forma un tanto brusca, vuelvo a coger la bayeta y la retuerzo entre mis manos para desviar mi atención a cualquier otro lugar.
—La buena, primero siempre la buena —suelto a toda prisa.
—He conseguido arreglar las ventanas y la escalera para salir del paso, y el tejado, a pesar de tener algunas tejas rotas, no parece estar demasiado dañado.
Asiento.
—¿Y la mala?
—He revisado lo que se supone que era el cuadro eléctrico… No hay corriente.
—¿No hay luz? —pregunto—. ¿Estás seguro? ¿No estará algún plomo fundido o algo así?
Él niega con la cabeza.
—Eso mismo pensé yo, pero no.
—No puede ser.
—Por lo visto, sí.
—Te aseguro que la última vez que vine había luz —afirmo—. Recuerdo como si fuese ayer que por la noche el abuelo encendía una lamparita que estaba encima de la mesa del salón para leer un rato.
—No lo dudo, pero ahora no la hay —se reafirma, observándome con fastidio.
Normal, que no haya electricidad nos lo complica todo una barbaridad.
—Voy a llamar a mi abuela —declaro sacando el teléfono del bolsillo para marcar el número de la línea fija del apartamento que comparte con Manuela.
—¿Sí? —contesta la primera.
—¡Lela! —exclamo al escuchar su voz.
—Tesoro, ¿qué tal estáis? Te pongo en manos libres que Manuela también quiere saludarte.
—Muy bien, hemos estado limpiando la casa —respondo—. ¿Y vosotras? ¿No estaréis liando alguna de las vuestras?
—Nos estamos portando como dos angelitos —contesta Manuela con voz inocente.
—Ya… —murmuro achicando los ojos.
—Si no nos crees, puedes preguntarle a Mati… —suelta mi abuela.
—Mati es casi peor que vosotras.
—Ay, nena, relájate y desconecta —suspira Manuela.
—Escucha, lela, ¿sabes por qué no hay electricidad en la casa?
—Porque tu abuelo y yo dimos de baja el contrato hace más de diez años —responde tan tranquila.
—¿Cómo? ¿Por qué hicisteis eso? —cuestiono contrariada.
—Uxía, llevábamos más de una década sin ir y no teníamos pensado volver a pasarnos por ahí, ¿qué sentido tenía estar pagando una cosa que no íbamos a utilizar?
Su razonamiento tiene una lógica aplastante y, aun así, no puedo evitar sentirme frustrada porque habría sido un detalle que nos lo hubiese dicho antes de venir.
—¿Y no se te ocurrió comentárnoslo antes de enviarnos aquí? —protesto.
—No os hace falta la electricidad, estamos en primavera, los días ya empiezan a ser largos —me responde ella.
—Y seguro que cuando oscurezca encontrareis alguna forma de entreteneros y pasar el rato —añade Manuela en tono jocoso.
Ignoro su comentario y doy gracias de que Ben mire hacia otro lado fingiendo no haberlo pillado.
—¿Cómo que no nos hace falta luz? Tenemos tanta porquería encima por centímetro cuadrado de piel que parece que acabemos de rebozarnos en un estercolero.
—Uxía. —La voz de la matriarca de mi familia suena condescendiente—. La cocina es de leña y el agua funciona con butano. Lo único que debéis hacer es comprar una bombona y asunto arreglado.
—¿Y dónde pretendes que encontremos ahora una bombona de butano? Son casi las ocho de la tarde —farfullo.
—Te recuerdo, mi amor, que las duchas de agua fría son de lo más revitalizantes y vigorizantes.
—Y si os coge el frío, siempre podéis buscar alguna forma de entrar en calor, no vayáis a acatarraros —insiste Manuela.
El comentario es tan directo y poco acertado que incluso Ben, incapaz de disimular o hacerse el tonto, cambia el peso de un pie al otro, incómodo.
—¿Es que no puedes pensar en otra cosa? —regaño a la mujer.
—Poder puedo —replica—. Pero no quiero, a mi edad hay que ocupar la mente solo de buenos pensamientos, está demostrado que alarga la vida.
—Entonces tú vas a ser inmortal —farfullo.
—Esa es la idea —responde de lo más pizpireta.
Pongo los ojos en blanco y Ben levanta las cejas, disimulando una sonrisa.
El sonido de un camión acercándose por el camino me hace desviar la mirada hacia la ventana.
—Os voy a dejar, creo que acaba de llegar el repartidor que viene a traernos el colchón —les digo.
—Así que habéis comprado un colchón —murmura mi abuela.
Casi puedo escuchar sus ideas maliciosas desde aquí.
Ignoro de forma deliberada la forma en que ha pronunciado ese un y respondo con naturalidad.
—Qué remedio, no queríamos morir devorados por los chinches en mitad de la madrugada.
—Tú di que sí, mi niña, mucho mejor que te devore… —comienza de decir Manuela.
—Ahora sí que tengo que irme —la interrumpo, sin dejarla terminar la burrada que va a decir—. Portaos bien las dos.
—Puede que sí o puede que no —responde mi abuela, a lo que Manuela suelta una risilla traviesa antes de añadir—: Lo intentaremos, pero no podemos prometer nada.
Me despido de ellas, dándolas por perdidas, y me dirijo de nuevo hacia Ben.
—No hay corriente, mis abuelos dieron de baja el contrato hace unos años. Lo bueno es que el agua funciona con butano y la cocina es de leña, pero al menos hasta mañana nos resultará imposible conseguir una bombona.
—Lo sé, lo he escuchado —comenta él mucho menos molesto que yo—. Tendremos que tomarlo con resignación, como una experiencia diferente, algo así como ir de acampada.
—Yaaaa —murmuro a la vez que lo contemplo con cierta incredulidad mientras me pregunto qué leches sabrá él sobre acampar, porque, o mucho me equivoco, o este chico poco monte conoce más allá de algún parque céntrico de Londres y el jardín de su casa.
El transportista que nos trae el colchón resulta ser un hombre de lo más agradable y, además de ayudarnos a subirlo al piso superior, no pone ninguna pega cuando le pedimos que se lleve el viejo y, de paso, el sillón del salón, que resulta irrecuperable, y unas cuantas bolsas de basura tamaño XL que hemos llenado con ropa apolillada y algunos trastos viejos que nos hemos encontrado en los armarios para tirarlos en un punto limpio que, al parecer, le queda de camino y está a pocos kilómetros del pueblo.
—No sé tú, pero yo necesito darme una ducha y deberíamos hacerlo mientras todavía entre algo de luz natural por la ventana —me dice Ben en cuanto el camión desaparece de nuestro campo de visión—. ¿Te parece que vaya yo primero?
—Claro —accedo, porque lo cierto es que siempre he sido friolera y meterme debajo del agua fría me apetece entre cero y nada—.
Cuando terminé de limpiarlo, dejé en el baño champú, gel y toallas limpias, y si quieres cierra la ventana, la tenía abierta para ver si conseguía que se fuese un poco el olor a lejía.
—Genial, gracias. —Él sonríe y se aleja en dirección a la escalera, cuyos tablones se ha tirado varias horas intentando reforzar esta tarde… El apaño no es el más estético del mundo, pero al menos para salir del paso nos vale.
Dejo escapar un suspiro de resignación porque, a pesar de que lo que me pide el cuerpo es tirarme en el suelo a descansar o subir a la habitación y dormir al menos doce horas seguidas, en lugar de hacerlo, me dirijo a la cocina arrastrando los pies.
Abro el grifo, agradecida porque al menos agua sí tenemos, y lavo a conciencia los vasos de cristal y los platos que antes he dejado en el fregadero con la intención de poder usarlos durante la cena.
En cuanto empiezo a frotar, soy incapaz de dejar de darle vueltas y más vueltas a un mismo pensamiento.
Las cartas, esas dichosas cartas que hemos venido a buscar y de las que de momento no hemos encontrado ni rastro a pesar de que para poder limpiar hemos ido estancia por estancia vaciando el mueble de la cocina, el del salón y los tres armarios de las habitaciones del piso superior.
Es evidente que todavía quedan lugares en los que mirar, pero esta búsqueda me resulta un tanto desalentadora, porque suelo querer resultados rápidos, reconozco que la paciencia no es una de mis principales virtudes y me siento como si estuviese buscando una aguja en un pajar, ya que, en mi fuero interno, tenía la esperanza de que esta limpieza profunda fuese suficiente para encontrarlas.
No tengo tiempo de darle muchas más vueltas al asunto porque, antes de darme cuenta, Ben aparece de nuevo a mi lado, con ropa limpia y el pelo todavía mojado.
—Te toca —me indica, dedicándome una sonrisa de ánimo.
Resoplo y, con expresión compungida, termino de secar el último vaso, recreándome en el proceso un poco más de lo necesario.
Si no fuese porque estoy pegajosa y siento que tengo la porquería incrustada en la piel, no me bañaría con agua fría ni de coña.
—Alegra esa cara, mujer, que parece que en vez de mandarte a la ducha te estoy enviando al matadero.
—Casi casi —rezongo.
—Imagínate que te estás dando un chapuzón en el río.
—Si lo que intentas es animarme, siento decirte que no lo estás consiguiendo.
—Te prometo que después te sentirás genial, es bueno para la circulación —insiste de buen humor.
Resoplo y pongo los ojos en blanco. Otro como mi abuela, que va y me suelta eso de que el agua fría revitaliza…
¡Desde luego lo que hay que aguantar! Porque manda narices que lo diga ella que cada vez que se ducha pone la temperatura de la ducha por lo menos a treinta y ocho grados y sale más churruscada que la piel del pollo en la freidora de aire.