Una historia diferente Capítulo 8 En plena montaña rusa
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Capítulo 8 En plena montaña rusa

En plena montaña rusa

Ben

Hace rato que el sol se ha escondido en el horizonte y el azul del cielo se oscurece cada vez más al mismo tiempo que las primeras estrellas de la noche, tímidas y dispersas, comienzan a brillar sobre nosotros.

Nos dirigimos al pueblo en un Seat que tiene casi más años que yo, está bastante destartalado y de vez en cuando hace algún que otro ruido raro, acompañados de la voz de Billie Eilish, que suena con fuerza gracias a la magia de un Chromecast nuevecito y recién colocado, y tengo que reconocer que, a diferencia de mí, que hace rato que temo por mi vida, Uxía va tan relajada que incluso tamborilea de forma despreocupada con los dedos sobre el volante siguiendo el ritmo de la música.

—Me sorprende que no te hayas molestado en arreglar la ventanilla del copiloto, que ni siquiera puede abrirse, pero sí hayas instalado ese aparato —murmuro señalando con un movimiento de cabeza al Chromecast.

—En realidad, sí que podrías abrirla, pero si lo hicieses no serías capaz de volver a cerrarla —me especifica.

—Para el caso es lo mismo, no cumple su cometido.

—Depende de cuál entiendas que es ese cometido.

—A mi parecer, solo tiene uno…: la ventilación.

—No estoy de acuerdo.

—¿Que no estás de acuerdo? —repito arqueando las cejas.

Estoy descubriendo que esta chica es más terca que una mula… Y que hacerla entrar en razón es como darse cabezazos contra una pared.

—Exacto.

—Es que no es una cuestión de estar de acuerdo o no… Es una ventanilla, las ventanillas son para eso y punto —rebato, incapaz de creer lo testaruda que es.

Ella ladea la cabeza; no parece nada convencida con mis argumentos, a pesar de que son más sólidos que el cemento de la carretera que estamos recorriendo.

—Yo, por ejemplo —dice—, creo que su función es permitirte admirar el paisaje que hay a tu alrededor, y esa función la cumple a la perfección —porfía.

Niego con la cabeza y pongo los ojos en blanco.

—Lo dicho, Chromecast sí, ventana no, eso es un sinsentido —me reafirmo.

—Es cuestión de prioridades —responde acelerando todavía más.

Le dedico una mirada acusadora. Hace rato que conduce excediendo el límite de velocidad, y si, por norma general, ya no me gusta demasiado correr, ir en esta tartana aumenta todavía más la sensación de inseguridad.

—Escuchar música cuando voy en el coche es una necesidad básica a la que no quiero renunciar —sigue argumentando—. Sin embargo, en el hipotético caso de que tuviese calor, todavía dispondría de otras tres ventanillas que podría usar para airearme y ventilar.

—Lo que tú digas… —murmuro.

Ella sonríe, satisfecha, y pone el intermitente para indicar que se va a desviar a la derecha, a pesar de que hace por lo menos diez minutos que no nos cruzamos con ningún otro coche que necesite recibir esa información, y toma el desvío.

Titubea durante no más de un segundo, pero es tiempo suficiente para que yo me dé cuenta.

—¿Estás segura de que sabes llegar? —Mi voz no suena alarmada, pero sí un poco más tensa de lo normal.

Estoy convencido de que estamos más perdidos que un nudista en un desfile de moda, y teniendo en cuenta que cada vez se hace más de noche y el pobre coche parece a puntito de pedir papas, la situación no me hace ninguna gracia.

—¿Por qué lo dices? —Frunce el ceño sin apartar la mirada de la carretera, pero no afirma que lo sepa.

Lo que da todavía más peso a mi teoría de que hace rato que nos hemos perdido.

—Ehhh… ¿Quizás porque se suponía que el pueblo de tu abuelo estaba a más o menos una hora y llevamos más de hora y media metidos en el coche?

—Las distancias son relativas —replica—. Además, con lo bonita que es esta zona, ¡no me digas que no estás disfrutando del paisaje!

Pongo una mueca que lo dice todo.

—Disfrutar, lo que es disfrutar… No sé si yo elegiría ese verbo cuando cada metro que avanzamos veo mi vida peligrar —farfullo—. Por si lo has olvidado, vamos en un Seat, en uno pequeño y un pelín deteriorado.

—¿Tienes algún problema con mi coche? —pregunta a la defensiva.

—Ninguno, salvo que, por cómo conduces y por la manera en que coges las curvas, debes de pensar que lo que llevas debajo es un puñetero Ferrari último modelo, y no una reliquia que ya debería estar en un museo.

—¿Se puede ser más clasista y superficial? —me acusa.

—No soy ninguna de esas dos cosas, me limito a decir la verdad. ¿De cuándo es? ¿Del noventa y cinco quizás?

—Del noventa —reconoce de mala gana—. Pero, para tu información, va como la seda y nunca me ha dado problemas.

Como si quisiese llevarle la contraria, el motor hace un breve traqueteo y, durante un par de segundos, cierro los ojos con fuerza.

—Solo espero que no nos deje tirados aquí, perdidos en medio de la nada —siseo.

Ella resopla con condescendencia.

—Ni nos vamos a quedar tirados ni estamos perdidos, te recuerdo que llevamos puesto el GPS y me estoy limitando a seguir sus indicaciones —me recuerda señalando la pantalla de su teléfono móvil.

—Ya, el problema es que hace más de veinticinco minutos que la cobertura falla, el aparato este ha recalculado la ruta más de cinco veces y en cada una de ellas la distancia, en vez de disminuir, aumenta.

—Relájate, vamos bien —me ordena.

—Pedirme que me relaje contigo al volante es como decirle a un condenado a muerte que disfrute de su última cena —protesto.

Ella no me mira, pero me dedica una mueca.

A estas alturas deberíamos dar la vuelta; lo más sensato sería retroceder, dirigirnos al pueblo más cercano donde haya un mínimo de humanidad y seguir nuestro camino mañana por la mañana.

—Todo esto me suena —responde con terquedad—. Ya tenemos que estar cerca.

—Ah, ¿sí? ¿En serio me vas a decir que el pino que acabamos de pasar te resulta familiar? —ironizo—. Porque eso es todo lo que hay a nuestro alrededor: arboles, piedras y más árboles. ¡Hace rato que ni siquiera nos cruzamos con un mísero coche!

Hago una pausa y farfullo:

—Además, incluso en el hipotético caso de que estuviésemos rodeados de algo que no fuese vegetación, ¿quieres explicarme cómo es posible que puedas reconocerlo cuando hace más de veinte años que no vienes a este lugar?

—Tengo memoria de elefante y un sentido de la orientación espectacular —presume, porque memoria de elefante no lo sé, pero a cabezota está claro que no le gana nadie.

—Eres una testaruda —la acuso.

—Soy persistente.

—Esa es la forma en la que se autodenominan todos los tozudos que no quieren admitir que lo son.

—Lo que no es mi caso, porque yo sí tengo razón —afirma a la vez que una sonrisa triunfal se extiende por su rostro al señalar al frente mientras exclama—. ¡Mira!

Al hacerlo, veo el nombre del pueblo en una señal oxidada que parece luchar por permanecer en pie justo en el acceso de una carretera todavía más estrecha, oscura y serpenteada.

—Ya estamos llegando, solo faltan cinco kilómetros —me informa como si yo no fuese capaz de leer por mí mismo el número que aparece grabado en el metal—. ¿Quién tenía razón? —inquiere en tono guasón.

No le contesto; por un lado, porque me jode tener que admitir que, aunque estoy seguro de que estábamos desorientados, hemos terminado encontrando el lugar, y por otro, poque lo que en principio debería ser una distancia corta y poco reseñable se está convirtiendo en la peor parte del viaje, una agonía que se me antoja interminable y en la que el tiempo parece detenerse mientras temo literalmente por mi integridad personal, porque, lejos de aminorar, Uxía sigue conduciendo en medio de las curvas, los socavones y los baches como si estuviésemos en pleno Rally Dakar.

—¿Te importaría conducir como una persona normal? —le pido, agarrándome al asiento con ambas manos cuando, al derrapar hacia la derecha, casi terminamos con el capó empotrado contra un árbol.

—No seas abuelo —sonríe ella.

¡Abuelo dice! ¡Si hasta el pobre pino que casi nos cargamos se ha asustado!

—No lo soy y, como sigas así, me temo que nunca voy a tener la oportunidad de serlo.

—Sé lo que hago —afirma con una sonrisa fanfarrona asomando a sus labios—. Soy una excelente conductora.

—Pues lo disimulas que da gusto verlo —murmuro.

Ella se ríe entre dientes.

—Relájate que ya llegamos al pueblo —me indica disminuyendo la velocidad.

¡Por fin! Suspiro aliviado e intento aguzar la vista y valerme de la luz que desprenden los faros para ver que lo que ella acaba de denominar «pueblo» son, en realidad, unos cuantos terrenos cercados y un puñado de casas de piedra dispersas y, la mayor parte de ellas, más derruidas que enteras.

—¿Aquí vive alguien? —pregunto, porque me cuesta imaginarme a algún ser humano habitando en este lugar.

—Claro que sí, comprobé el último censo publicado antes de venir.

—¿En serio? —Alzo las cejas, no sé si más sorprendido de que en este recóndito lugar habite alguien o de que a ella se le haya ocurrido comprobar ese dato.

—No es Madrid, pero todavía quedan unos cuantos vecinos que residen aquí durante todo el año, y seguro que en verano la población se multiplica.

—¡Por supuesto! ¡Tiembla, Nueva York! —me burlo.

Seguimos avanzando por un camino de tierra y atravesamos una calle adoquinada, dejando atrás lo que, echándole bastante imaginación, supongo que en otros tiempos debió de ser la iglesia.

No hay farolas ni luces dentro de las pocas casas que continúan en pie, el aspecto del lugar es tan poco acogedor que, durante un segundo, me pregunto si no estaremos a punto de convertirnos en los protagonistas de nuestra propia película de terror.

Giramos a la derecha, pocos metros después a la izquierda, cogemos un bache que me hace saltar en el asiento, metemos la rueda en un agujero del que estoy seguro podríamos sacar hasta petróleo y giramos de nuevo a la derecha.

—No sabía que el trayecto incluía un viaje en montaña rusa —murmuro a la vez que siento como se me empieza a revolver el estómago.

Ella sonríe.

—Y sin tener que guardar cola para subir. Eres afortunado —afirma.

—No sé de dónde sacas que eso sea algo bueno.

—¿No te gustan las montañas rusas? —pregunta con curiosidad, clavando durante un par de segundos sus expresivos ojos en mí.

Un nuevo bache nos hace pegar un respingo a ambos.

—No —respondo con decisión—. Y haz el favor de mirar hacia delante, no quiero acabar metido en una zanja.

—¿A quién no le gustan las montañas rusas? —pregunta con sorpresa.

—A cualquiera a quien no le apetezca que el estómago le suba a la garganta.

—Estoy empezando a asumir que Finn tenía razón: eres un muermo —me acusa.

—Y yo, que tú eres una conductora terrible y bastante kamikaze.

—No comprendo por qué dices eso… —Ella contiene una sonrisa.

—Por ejemplo, porque estoy empezando a notar en las papilas gustativas el sabor de la primera papilla que me dio mi madre.

Su carcajada llena el coche; el sonido es cercano, agradable y natural, y termino sonriendo yo también, a pesar de que mi mareo no deja de aumentar.

—Tus papilas gustativas pueden estar tranquilas, acabamos de llegar —anuncia disminuyendo la velocidad a medida que nos acercamos al terreno que rodea una casa de piedra y nos detenemos justo al lado de un frondoso árbol.

El perfumado aroma de sus flores blancas me golpea con fuerza en cuanto pongo un pie en el suelo y respiro profundamente.

—Son magnolias —me informa cerrando los ojos y aspirando con fuerza—. Su olor es inconfundible.

—Lo sé —admito—. Teníamos uno muy parecido a este en el jardín, a mi hermano y a mí nos encantaba y mi madre siempre nos contó que plantarlo fue lo primero que mi abuela hizo cuando compró la casa.

Su mirada brilla al posarse sobre la mía.

—¿Crees que eso puede tener algún significado? —susurra.

—No tengo ni idea, a estas alturas yo ya no creo ni dejo de creer nada —reconozco, encogiéndome de hombros.

Recorro de nuevo el árbol con la mirada y después hago lo mismo con la casa.

—¿Cuántos años tenías la última vez que viniste? —me intereso.

—Siete —responde a la vez que cierra la puerta del coche—. Y este magnolio ya tenía el mismo tamaño que ves ahora, así que ni siquiera soy capaz de imaginar el tiempo que lleva aquí.

—¿Cómo es posible que te acuerdes del tamaño del árbol? ¡Tenías solo siete años!

—Ese verano vinimos a pasar un par de semanas.

Mis padres se quedaron en Vigo, para administrar el hotel, y mis abuelos me trajeron aquí de vacaciones.

—El tono de su voz hace evidente el cariño que siente por ese momento—.

Las noches eran cálidas y yo nunca quería irme a la cama —continúa diciendo—, así que cuando mi abuela me llamaba para dormir, mi abuelo me sentaba en una de sus ramas más bajas y ella, a pesar de que sabía de sobra dónde estaba escondida, durante un rato fingía que no me encontraba.

La sonrisa cargada de nostalgia que asoma a sus labios contiene tanta luz que incluso en medio de esta noche oscura su cara se ilumina de una forma hipnótica, casi mágica.

—Es un bonito recuerdo —susurro sin apartar los ojos de ella.

—Sí que lo es —suspira sosteniéndome la mirada—. ¿Y tú? ¿Tienes algún lugar especial que te recuerde a tu infancia?

—El desván donde encontramos las fotografías de mi abuela —confieso sin pensar—. Mi hermano y yo nos escondíamos allí muy a menudo.

—¿Os escondíais? —repite ella sin disimular su sorpresa.

—Ya sabes… Era un buen lugar para escapar de las obligaciones, las reglas, y pasar las horas muertas. —Me encojo de hombros y trato de restarle importancia, pero Uxía resulta ser más perspicaz de lo que esperaba.

—¿Demasiadas reglas? —deja caer.

—Un padre excesivamente duro y exigente.

—Lo siento —dice con sinceridad.

—No era mala persona —le aseguro—. Lo que ocurre es que todo tenía que ser perfecto y hacerse a su manera. Con él no existía el margen de error, y eso, para dos niños pequeños, a veces era complicado, frustrante, y en algunos momentos necesitábamos un descanso.

Tratando de escapar del inteligente escáner de sus ojos, porque no me apetece seguir hablando del tema ni entrar en más detalles, desvío la mirada a nuestro alrededor.

La valla que cerca el jardín (por llamarlo de alguna manera, porque parece la jungla) que rodea la casa, y que debió de ser blanca en otra época, ahora apenas conserva algún pequeño resquicio de color sobre una madera carcomida y podrida que yace en el suelo, enterrada en la maleza en la mayor parte de su extensión.

La verdad es que, a simple vista, el paisaje es bastante desolador.

Avanzamos como podemos entre las altas hierbas camino de la entrada principal y, tanto la llave de hierro tamaño XL que Uxía saca de un bolsillo de su cazadora como la gruesa puerta de madera que nos recibe me transportan a una época pasada, como si estuviese a punto de adentrarme en un viaje en el tiempo que lo va a cambiar todo y del que no hay vuelta atrás.