Una historia diferente Capítulo 7 Un vendaval llamado Mati
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Capítulo 7 Un vendaval llamado Mati

Un vendaval llamado Mati

Uxía

La taberna no es demasiado grande, la barra sigue siendo la misma desde que, cuando no levantaba ni dos palmos del suelo, venía con mis padres casi cada sábado a este lugar y tanto las mesas de madera como los bancos y los taburetes del mismo material están situados tal vez demasiado cerca los unos de los otros para aprovechar bien el reducido espacio del local, restándoles intimidad a los clientes.

Los manteles son de papel, no hay copas sofisticadas, ni servilletas de tela y, para cuando tomamos asiento, ya estoy convencida de que ha sido un error traer a Ben a este lugar.

Él no dice nada ni hace ningún gesto que demuestre que no está a gusto, pero tampoco hace falta que lo haga para que me dé cuenta de que ni este es su ambiente ni la taberna el tipo de sitios que suele frecuentar, no tengo ninguna duda de que está tan fuera de su hábitat como un oso polar al que acaban de soltar en medio de Central Park.

Lo que le dije hace un rato es cierto… Hablar con él ha desmontado la imagen que le había adjudicado de tipo egocéntrico, bastante estúpido y soberbio; no obstante, sigue sin encajar en este lugar.

¿Por qué elegí esta taberna y no un restaurante más de su estilo si sabía que no iba a encajar? Fácil: porque tengo la absoluta certeza de que la comida, sencilla pero típica de la zona y deliciosa le va a encantar.

La camarera se acerca, pedimos las bebidas y, antes de darle tiempo siquiera a ver la carta, pido para los dos.

Xoubas , pimientos de padrón, lacón con grelos y empanada de zamburiñas…

Una vez que la camarera se aleja con el pedido lo contemplo con atención.

—Te prometo que te va a gustar —anuncio.

—No tengo ninguna duda. —Sonríe—. Es un lugar pintoresco… ¿Vienes mucho?

—Ya no —respondo.

—¿Y eso?

Frunzo el ceño al darme cuenta de lo que estoy a punto de decir en voz alta.

—Supongo que igual me he acomodado un poquito y me resulta más fácil comer y cenar en el hotel que salir a hacerlo fuera.

Él se ríe entre dientes.

—Como tu abuela y Manuela te escuchen admitir eso… —me advierte con un brillo divertido bailando en sus ojos.

—Tranquilo, antes de dejar que eso ocurriese me tragaría mi propia lengua —lo interrumpo fingiendo pánico.

—Qué imagen tan gráfica. —Pone una mueca.

Me dispongo a responder, no obstante, las palabras mueren en mis labios al descubrir al vendaval de rizos rubios y ojos verdes que entra por la puerta como una exhalación.

—¿Mati? —llamo a mi mejor amiga, asombrada de verla aparecer así mientras siento como todo mi cuerpo se pone en tensión.

En cuanto sus ojos nos encuentran, se acerca a nuestra mesa con celeridad.

—¿Ha pasado algo? ¿Está todo bien? ¿Mi abuela? ¿Manuela? ¿Qué han hecho esta vez? —Las preguntas salen de mi boca una tras otra de forma atropellada.

—Tranquila, todo perfecto —me asegura haciendo un gesto despreocupado con la mano a la vez que se deja caer en un taburete al lado de Ben y lo recorre sin pizca de disimulo de arriba abajo.

Siento que mi espalda se relaja, ¡menudo susto me acaba de dar!

Pero así es Mati: un huracán impredecible, extrovertido, risueño y directo que no conoce el significado de la palabra «vergüenza», que viste siempre colores llamativos que resaltan sus sensuales curvas, no tiene filtros y más veces de las que me gustaría actúa sin medir las consecuencias.

Pero también es la persona más noble y leal que conozco, y por eso y mucho más la quiero a rabiar.

—Tú debes de ser el famoso Ben. Yo soy Matilde, Mati para los amigos, encantada —se presenta, depositando dos sonoros besos en las mejillas de un asombrado Ben con total naturalidad.

Ben arquea las cejas al verse envuelto en tanta efusividad.

—¿Seguro que está todo bien? —insisto.

—Que sííí —resopla—. Relájate. Solo quería conocer al misterioso invitado del que tu abuela y Manuela llevan toda la mañana hablando antes de que se fuese de vuelta a su gris y aburrida ciudad, y como tengo unas horas libres hasta que me toque ponerme con las cenas y Brais se quedaba al mando, decidí acercarme a presentarme y saludar.

La contemplo con perspicacia… Algo trama.

—Y dime, Ben, ¿qué tal te lo estás pasando por el momento? ¿Uxía te está tratando bien?

—Muy bien, la ciudad me está encantando y por el momento no me puedo quejar del trato.

—Él contesta a todas sus preguntas en una sola frase y mi amiga asiente, satisfecha, dedicándome una mirada de soslayo.

—Es una lástima que no tengas un poco más de tiempo, en tan pocas horas se te quedarán muchas cosas en el tintero…

Igual podrías plantearte alargar tu estancia unos días más.

—Hace una pausa y, sin darle tiempo a contestar, vuelve a la carga—.

Total, ya me ha dicho Manuela que no tienes a nadie esperándote en casa y que hace siglos que no coges vacaciones.

Eso está muy bien… —murmura ella tras una pausa, dedicándole a él una espléndida sonrisa y a mí, una mirada mal disimulada.

La madre que la parió… Ya sé por dónde va y no me gusta nada. Estoy segura de que se ha compinchado con mi abuela y Manuela para venir a hacer de celestina, lo que, por cierto, a la muy puñetera le encanta, porque en lo que respecta a mi falta de vida amorosa no sé cuál de las tres es más pesada.

Mi cuerpo vuelve a tensarse… La mato, como se le ocurra soltar alguna lindeza de las suyas, pienso matarla muy, pero que muy lentamente. Y ni se imagina lo mucho que voy a disfrutarlo.

—¿Que lleve siglos sin coger vacaciones está muy bien? —intervengo en tono de advertencia cruzando los brazos sobre mi pecho.

Mi amiga hace un gesto con la mano para restarle importancia a mi comentario.

—Tú a callar, los mayores estamos hablando —me dice medio en serio medio bromeando.

La camarera aparece en este momento con la comida y Mati aprovecha para pedir la bebida.

—¿Y vosotras desde cuándo os conocéis? —se interesa Ben.

—Nos conocimos en la secundaria —responde Mati.

—¿Y sois amigas desde entonces?

—Sí —contesto, aliviada por hablar de un tema neutral—. Y, cuando Mati terminó sus estudios de cocina, mis padres la contrataron para llevar la del hotel.

—Eso es una gran responsabilidad y mucho trabajo… —comenta Ben, dedicándole una mirada de admiración.

—Yo no lo veo así, porque disfruto mucho de lo que hago —dice ella.

—Aun así… Llevar un hotel conlleva un gran esfuerzo y sacrificio —replica Ben admirado, observándonos a ambas.

—Nos las apañamos bien. —Me encojo de hombros—. Tenemos dos camareras de piso muy profesionales que se encargan de la limpieza de las habitaciones, Mati es una crack de la cocina y Brais y yo nos ocupamos del resto de las gestiones. Somos un gran equipo.

Durante el tiempo que permanecemos comiendo, la conversación es amena y agradable; nosotras compartimos anécdotas del día a día en el hotel y Ben nos cuenta algunos pormenores de su trabajo.

Después, salimos de la taberna y nos encaminamos hasta el coche de Mati para dirigirnos a la playa. Allí paseamos por la arena mojada durante algo más de una hora y luego nos sentamos en una terraza con vistas al mar.

Por momentos, Ben se queda ensimismado observando las vistas, pero se le ve relajado y se ríe de las ocurrencias de Mati (quien, para mi alivio, parece haber desistido en su más que evidente idea de emparejarnos).

Para cuando volvemos al hotel son casi las siete de la tarde.

—Muchas gracias por todo a las dos —dice cuando entramos en la recepción.

—Voy a tener que apurarme para servir las cenas, pero me ha encantado conocerte, Ben, es una pena que tengas que marcharte tan pronto —se despide Mati, dedicándome una mirada de soslayo.

—¿A qué hora sale tu avión? —le pregunto a Ben haciendo como que no la veo.

—A las once, todavía tengo tiempo para ducharme y recoger las cosas de la habitación.

—¡De recoger nada! —exclama mi abuela, que justo en este momento sale del ascensor.

—¿Qué dices, lela? —pregunto volviéndome hacia ella.

—No puedes irte —le insiste pasando de mí.

Ben y yo nos miramos durante unos segundos sin comprender qué bicho le ha picado ahora.

—Ah, ¿no? —pregunta él al fin.

Mi abuela niega con la cabeza.

—Hace un rato he caído en la cuenta de cómo puedes conseguir más información.

—¿Has recordado algo más? —Su rostro se torna esperanzado.

Mi abuela niega.

—Más o menos… —dice con aire misterioso a la vez que una sutil sonrisa asoma a sus labios.

—¿Te importaría ser un poco más concreta? —le pido comenzando a impacientarme, porque no comprendo de qué está hablando.

—La casita del pueblo —dice mi abuela como si eso lo explicase todo.

—¿Qué casita? —pregunta Ben.

—¿La casa del pueblo de Orense? ¿La de la familia del abuelo? ¿Esa a la que llevamos veinte años sin ir? —pregunto cada vez más confundida.

Ella asiente tan satisfecha como si acabase de descubrir la fórmula de la penicilina.

—Durante el tiempo que pasó aquí, Marie y tu abuelo se carteaban y sé que, cuando ella se marchó, él escondió allí todas esas cartas —explica—. Si vais a la casita y dais con las cartas, creo que Ben podría encontrar las respuestas que buscaba.

—¿Estás sugiriendo que leamos correspondencia privada del abuelo? —Mi voz contiene una mezcla de indignación y sorpresa.

—Dudo que les importe, ya que los dos están muertos —interviene Mati quien, al parecer, por una vez ha decidido ser práctica.

—No lo veo claro, me parece una falta de respeto. —Niego con la cabeza y me vuelvo hacia Ben, quien permanece callado.

—¿Tú qué opinas?

Él aprieta la mandíbula, parece dudar.

—Igual no es lo más ortodoxo del mundo, pero no se me ocurre ninguna otra manera de que puedas despejar las dudas que te han traído hasta aquí, aunque, por supuesto, todo depende de lo importante que sea para ti —le dice mi abuela.

—Quiero aclarar las cosas—afirma Ben—. Me conozco y sé que, aunque intente olvidarme del tema, no lo voy a conseguir —murmura fijando su mirada en mí.

Está pidiendo mi consentimiento, de forma muda, sin palabras, pero sé que lo está haciendo y, durante unos segundos, me debato entre diferentes sentimientos.

Por un lado, no quiero profanar los recuerdos de mi abuelo; si él escondió esas cartas fue para salvaguardarlas y mantenerlas en secreto, pero, por otro lado… Entiendo que Ben quiera saber, comprendo que lo necesite…

—Venga, Uxía, solo son cartas —interviene Mati.

—Son las cartas de mi abuelo —señalo.

—Y de la mía —me recuerda Ben.

Por mucho que me fastidie admitirlo, tiene razón… Y supongo que eso le otorga tanto derecho como a mí a la hora de tomar esta decisión.

—¿Y dónde se supone que están? —cuestiono de mala gana.

—No lo sé, tendréis que buscarlas —responde mi abuela encogiéndose de hombros.

—¿No sabes en qué parte de la casa las escondió? —insisto.

Ella niega con la cabeza.

—Pero eso puede llevarnos horas, o incluso días… ¡No puedo dejar el hotel solo durante un tiempo indefinido! —protesto.

—Claro que puedes, hoy no has estado y ya ves que seguimos en pie… El mundo no va a desmoronarse porque te cojas unos días de vacaciones —responde Mati—. Brais puede encargarse de cubrirte y yo estaré disponible para echarle una mano en lo que necesite.

—También hay que ocuparse de que mi abuela y Manuela se tomen las pastillas, se comporten como personas civilizadas y no hagan ninguna de las suyas. ¡No puedo dejarlas solas! —protesto.

—Me instalaré en tu apartamento mientras no estás para tenerlas controladas —se ofrece mi amiga.

—No necesitamos que nadie nos vigile, pero aceptaré a Mati como vecina si con eso conseguimos que te vayas tranquila —acepta mi abuela.

No me están dejando demasiados argumentos para negarme; aun así, me sigo resistiendo porque no lo veo del todo claro.

—No se trata solo de mí, Ben también tiene que trabajar y a saber cuánto tiempo nos puede llevar encontrarlas si ni siquiera sabemos por dónde empezar a buscar.

—Con todos los días libres y las vacaciones que me deben podría cogerme un par de meses y nadie en la empresa se atrevería a decirme nada —responde él.

Fijo mis ojos en él; su gesto es firme, está claro que ya ha decidido que quiere hacerlo y que solo está esperando mi aprobación.

—Además, no seas exagerada, es una casita de campo, no un palacio, buscar allí no puede llevaros tanto —me espeta Manuela.

Sigo teniendo dudas, esas cartas son privadas y me siento como si estuviese a punto de profanarlas.

Sin embargo, por otro lado, mi posición dentro de todo esto es la fácil, porque no era mi abuelo, sino Marie quien llevaba una esvástica nazi en el brazo…

Si soy sincera, de haber sido al contrario creo que yo también querría indagar, no me gustaría quedarme con ese tipo de dudas sobre su pasado.

—Es importante para mi familia saber lo que pasó… —murmura Ben a mi lado—, pero si tú no estás de acuerdo, no iremos. No quiero forzarte a hacer algo con lo que no te sientas cómoda.

Lo observo fijamente; el anhelo y la esperanza que encuentro agazapados al fondo de su mirada me desarman.

Suspiro resignada.

—Vamos a ir a buscar esas cartas —accedo—. Salimos en media hora.

—Casi es de noche —duda él mirando al exterior.

—El pueblo está cerca, tardaremos sobre una hora y, cuanto antes empecemos a buscar, antes encontraremos esas cartas y las respuestas que encierran y podremos regresar.

—Ni siquiera tienes hecha la maleta —protesta mi abuela—. Y tu coche…

—¿Qué le pasa a mi coche? —cuestiono a la defensiva, interrumpiéndola.

—Que es una reliquia de la posguerra —murmura Manuela.

—Mi coche está perfectamente —replico—. ¿Tú tienes tus cosas guardadas? —pregunto dirigiéndome a Ben.

—Claro, tenía que irme al aeropuerto en un rato.

—Perfecto, pues dame diez minutos y nos vamos —le digo echando a correr en dirección al ascensor.

—Pero, Uxía… —protesta mi abuela.

—Diez minutos —repito antes de que la puerta se cierre.

Ni siquiera sé por qué he accedido a esto… ¿Irme con un completo desconocido a buscar unas viajas cartas de mi abuelo a la casa del pueblo? Cuanto más lo pienso, menos sentido le encuentro, pero lo que dije antes era cierto: cuanto antes empecemos, antes terminaremos.