Una historia diferente Capítulo 6 Volver a respirar #2
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Capítulo 6 Volver a respirar #2

—Es bastante probable —reconozco, centrando durante unos segundos toda mi atención en las pecas que adornan su nariz.

—¿Has vuelto a hablar con él?

—No —confieso—. Le mandé un mensaje, pero estaba cansado y ya era tarde. Sin embargo, con quien sí que hablé fue con mi madre.

Su siguiente pregunta me toma por sorpresa, y solo al escucharla en voz alta soy consciente de que estoy frunciendo el ceño y poniendo una mueca.

—¿No te llevas bien con ella?

—Muy bien… —respondo—. Lo que pasa es que no suelo mentirle, y ayer por la noche tuve que hacerlo.

Parece intrigada, pero no pregunta, dándome la opción de seguir hablando o dar la cuestión por finalizada.

—Mi madre no sabe los motivos de mi viaje —confieso—. Estaba muy unida a mi abuela y lo pasó bastante mal cuando falleció, así que, al descubrir las fotografías, mi hermano y yo decidimos no decirle nada para no preocuparla.

—Tiene lógica.

La contemplo durante unos instantes con un sinfín de dudas y preguntas revoloteando en mi cabeza.

—Ya no tengo claro lo que tiene sentido en este asunto y lo que no, pero en ese momento nos pareció lo mejor, así que ayer por la noche, cuando me llamó, decidí mantener la farsa y le dije que estaba en España por motivos de trabajo.

—La verdad es que, si pasó casi siete meses en nuestro hotel, es raro que nunca os comentara que estuvo viviendo aquí… Es mucho tiempo como para que nunca lo haya dejado caer en una conversación.

Niego con la cabeza.

—Lo mismo pensamos nosotros.

El camarero llega con nuestro desayuno y le damos las gracias.

—¿Vas a seguir buscando? —se interesa ella antes de darle un buen bocado a su tostada.

—Me gustaría, pero es complicado al no tener ningún otro hilo del que tirar…

Me quedo en silencio, con la mirada clavada en el mar.

—Igual Manuela tenía razón en lo que dijo anoche —musito—. Puede que si ella no nos contó nada mientras vivió, lo mejor sea dejar las cosas como están ahora que ya no la tenemos con nosotros.

Uxía asiente, comprensiva.

—Me parece bien siempre y cuando seas capaz…

—¿Qué quieres decir? —pregunto con curiosidad después de darle un sorbo a mi café.

Ella fija sus ojos en los míos y, durante unos segundos, tengo la sensación de que puede bucear en mi interior, atravesar la fachada y ver mucho más allá.

—Creo que no eres el tipo de persona que puede dejar las cosas a la mitad, sin resolverlas por completo.

—Vaya —murmuro apoyando la espalda en el respaldo de la silla.

Me conoce solo desde hace unas horas y, por ello, no sé si estoy más molesto o sorprendido de que me haya calado con tanta facilidad.

—¿Eso piensas?

—Estoy bastante convencida, sí —afirma sosteniendo mi mirada.

Sus ojos son alegres, intensos, llenos de luz, vida y calor… Un calor que tiene el poder de colarse en mi pecho y caldearme por dentro.

Al instante, desecho la sensación.

—Me guste o no, en este caso, creo que tendré que conformarme. —Hago una pausa y continúo—. Haré un poco de turismo, volveré a casa y, tanto yo como mi familia, seguiremos adelante como si esas fotografías nunca hubiesen aparecido.

Trato de sonar convincente, pero hay cierta duda en mi voz.

—¿Qué me dices de ti? —pregunto, ansioso por desviar la conversación.

—¿De mí?

—Dado que, por lo visto, crees conocerme bien, lo justo es que yo también tenga esa oportunidad.

—No hay mucho que contar. —Ella se encoge de hombros y mete en la boca el último trozo de bizcocho, tomándoselo con calma antes de explicar—. Soy hija única, estudié Hostelería y Turismo y comencé a ayudar a mis padres en el hotel en cuanto me gradué.

—¿Siempre has vivido en el hotel?

—No, para nada. Antes ni mi abuela ni yo vivíamos en él, ella tenía su casa y yo vivía con mis padres, quienes, mientras dirigieron el hotel, siempre quisieron tener una vivienda propia que les permitiese mantener separado el trabajo de la vida familiar.

—¿Y tú no quieres eso? —me intereso.

—No lo necesito —responde con seguridad—. El hotel me encanta, y vivir en él me permite ahorrar tiempo, tenerlo todo bajo control y la posibilidad de tener a la abuela vigilada sin quitarle su propia autonomía e independencia.

—¿Y tus padres?

—Tener un hotel familiar como el nuestro es bastante sacrificado, no te deja demasiado tiempo libre, así que ahora que se han jubilado, se han comprado un barco y se dedican a navegar.

—Caramba… —Alzo las cejas.

—La pasión de mi padre siempre ha sido el mar —confiesa.

Mientras terminamos de desayunar, descubro que Uxía no es demasiado dada a hablar de sí misma; no obstante, me entero de que su mejor amiga es Mati, que estudió Artes Culinarias y es la encargada de la cocina del hotel.

También descubro que Manuela es como una segunda abuela para ella y que, a pesar de que le encantan los perros, nunca ha tenido uno.

Por mi parte, me encuentro admitiendo que, aunque me encanta mi trabajo, soy consciente de que a veces me consume demasiado.

Le hablo de Londres, de la buhardilla donde Finn y yo nos escondíamos de pequeños, y ella me cuenta lo mucho que le gustaba subir al autobús de su abuelo.

Cuando quiero darme cuenta, estamos atravesando el casco viejo de la ciudad, una zona llena de encanto, de vida, donde el presente se une con el pasado gracias a sus construcciones antiguas de gruesas y resistentes paredes de piedra y a sus calles estrechas y adoquinadas que confluyen en la orgullosa concatedral de la ciudad.

Inspiro con fuerza, embriagándome del olor marino, concentrado en las ostras que diversas mujeres ofrecen en algunos de los puestos colocados a pie de calle, y continuamos avanzando entre el sonido de las voces y los pasos de autóctonos y foráneos, la mayoría de ellos turistas procedentes de uno de los dos cruceros que permanecen atracados y que se entretienen sacando fotos o visitando los puestos de recuerdos que ocupan muchos de los locales (en uno de ellos me detengo yo para comprar un par de camisetas de España para mi hermano y mi madre) entremezclándose con los bares.

La arquitectura va cambiando, al igual que lo hace el tamaño de las calles, según avanzamos.

—A Vigo se la conoce como la ciudad olívica porque el olivo es nuestro símbolo, por eso el árbol forma parte del escudo al lado de un castillo, que representa la fortaleza y defensa de la ciudad, y junto a una cinta en la que aparece escrito «fiel, leal, valerosa y siempre benéfica ciudad de Vigo» —manifiesta cuando pasamos por delante de un olivo centenario rodeado por una valla de hierro ornamentada—.

El título de «fiel, leal y valerosa» nos fue concedido en 1810 por el Consejo de Regencia, al ser la primera ciudad que consiguió expulsar a las tropas francesas durante la guerra de la Independencia —continúa explicándome—.

El de «siempre benéfica» fue un título concedido a posteriori , por la acogida y asistencia que los vigueses prestaron a los soldados españoles repatriados de la guerra de Cuba.

Escucho con atención las pinceladas de información con las que Uxía da color al recorrido ascendente que vamos trazando sin dejar de contemplarlo todo, tratando de memorizar cada detalle de lo que me voy encontrando.

Ella no solo me deja disfrutar del paseo, sino que también parece deleitarse con él.

Me va desvelando los datos o curiosidades que considera oportunos, pero no me atosiga con explicaciones innecesarias; tampoco trata de hablar para llenar el cómodo silencio que, por momentos, se instala entre los dos haciendo aún más agradable camino y logrando que su compañía me esté resultando de lo más encantadora.

—Este es el monte de O Castro —anuncia con una pizca de orgullo en su voz al dejar atrás el Ayuntamiento y llegar a los pies de la gran elevación natural—. Hay que subir un poco, pero te prometo que las vistas merecen la pena.

Dirijo la mirada hacia arriba, maravillado y sorprendido de encontrarme con este refugio natural en medio de una de las zonas más céntricas de la ciudad.