Capítulo 6 Volver a respirar #3
La sonrisa que me dedica en el momento que alcanzamos un sendero de tierra rodeado de naturaleza es tan luminosa que parece querer hacerle la competencia a los rayos del sol que se cuelan entre las ramas y las hojas de las secuoyas gigantes, los cedros atlánticos o los inmensos robles americanos que forman un hermoso arco natural sobre nuestras cabezas y enmarcan el paisaje enraizando hacia arriba y abajo del camino.
El canto de los pájaros, el sonido alegre del viento o el color de las flores silvestres me envuelven, e inspiro hondo, hechizado por este oasis en el que se entremezclan interminables tonos de verde.
Dejamos atrás varias pistas de patinaje y un par parques infantiles de tierra completamente integrados en el entorno que los rodea y seguimos avanzando hasta detenernos delante de la muralla de un castillo cuya entrada, flanqueada por dos cañones, da paso a unos extensos jardines que parecen sacados de un cuento de hadas y que conviven en varias alturas con antiguas escaleras de piedra, zonas de cuidado césped, árboles de diferentes clases y tamaños, flores de colores imposibles, varias almenas e incluso con un lago plagado de nenúfares, peces y alguna que otra rana.
—Ven —me indica Uxía dirigiéndose a unas estrechas escaleras de piedra por las que se accede a uno de los múltiples miradores de la muralla desde los que poder disfrutar de las maravillosas vistas de la ría.
—Tenías razón —murmuro sobrecogido ante la visión del poderoso e infinito océano Atlántico extendiéndose ante mis ojos—. Hemos tenido que subir unas cuantas cuestas, pero no hay duda: merece la pena.
A mi lado, ella permanece en silencio, tan deslumbrada por el paisaje como yo.
—Eres afortunada de vivir en un sitio así —reconozco en el mismo tono.
—Lo sé —admite en un tono apenas audible.
—Aunque me imagino que ya estarás acostumbrada.
Ella niega con la cabeza y esboza una sonrisa un tanto nostálgica.
—Creo que nunca terminaré de acostumbrarme a tanta belleza. —Hace una pausa y suspira—. No lo cambiaría por nada del mundo.
Ambos permanecemos un rato más ahí, callados, contemplando la forma en que la luz del sol se cuela entre las nubes para reflejarse arrancando destellos sobre el azul del mar, recorriendo con la mirada la silueta de las islas Cíes y observando como algunos veleros aprovechan la calma para navegar por el mar.
Aprovecho para sacar alguna foto que enseguida envío al grupo familiar que tengo con mi madre y mi hermano, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos para disfrutar durante unos instantes de la caricia del sol que a estas horas ya empieza a calentar más.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuro con los ojos todavía cerrados.
—Puedes hacerla, lo que no te garantizo es que yo vaya a responderla.
Una sonrisa asoma a mis labios.
—Cuando me viste entrar en el hotel… Te caí fatal, ¿verdad?
—¿Por qué deduces eso?
La observo de medio lado. Sigue con los ojos cerrados y una sonrisa asoma a la comisura de sus labios.
—Porque me mirabas como si quisieras estrangularme.
—Nunca haría eso, no estoy a favor de la violencia, soy pacífica por naturaleza... Pero sí —admite—. Me caíste fatal.
—Y ahora que hemos hablado un poco más… ¿Qué piensas?
Yo soy el primer sorprendido al encontrarme aguardando su respuesta con cierto nerviosismo e impaciencia.
Si tengo que ser sincero, lo que dijo ayer mi hermano era un poco verdad; por norma general parezco frío y distante, pero es que lo que piense la gente me da igual…
Pero con Uxía es diferente, siento que al menos en parte hemos conectado, estoy agradecido por todo el tiempo que me está dedicando y las molestias que se está tomando y, aunque me joda admitirlo, su opinión me importa más de lo que me resulta habitual.
—¿En serio quieres saberlo?
—Por eso he preguntado.
—¿La verdad?
—Siempre la cruda verdad.
—Pues ahora… Sigo pensando que por momentos tienes un palo metido por el culo y que no te lo puedes sacar, pero que en el fondo no eres tan malo como te empeñas en aparentar.
—Cuánta sinceridad… —murmuro—. Eso me pasa por preguntar.
Ella se echa a reír.
—Deberíamos empezar a bajar —sugiere con voz perezosa.
—¿Ya? —pregunto echando un vistazo a mi reloj de pulsera.
—¿No tienes hambre?
—La caminata me ha abierto el apetito —reconozco—. Pero esto es tan bonito que me da pena irme.
Los dos nos tomamos unos segundos más para admirar las vistas y, al inspirar con fuerza para llenar de aire mis pulmones, tengo la sensación de que hacía tiempo que había olvidado lo que es respirar de verdad.
Mi vida suele ser tan acelerada, el ritmo de mi día a día es tan frenético que no recuerdo estar tan relajado desde… Lo cierto es que no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí tan en paz como ahora, apoyado en estas piedras mientras me pierdo en la belleza del mar.
Y comprendo que, aunque anoche y esta mañana me sentía decepcionado por no haber hallado las respuestas que vine a buscar, solo por estos minutos y por esta increíble panorámica que me llevo grabada en la memoria sin duda ha merecido la pena el viaje y venir a conocer este lugar.