Una historia diferente Capítulo 6 Volver a respirar
22%

Capítulo 6 Volver a respirar

Volver a respirar

Ben

Ni siquiera son las ocho y veinticinco cuando bajo el último tramo de escaleras y llego a la recepción y, sin embargo, Uxía ya se encuentra detrás del mostrador, con la mirada fija en la pantalla del portátil mientras teclea a toda velocidad y mantiene una conversación por el teléfono, que mantiene pegado a la oreja y sujeta con el hombro en una posición bastante antinatural.

Lleva el pelo recogido en una especie de moño un tanto deshecho que sujeta con un boli, un jersey rojo y vaqueros.

Sus ojos abandonan el ordenador y vuelan hasta mí mientras hace un movimiento para indicarme que está a punto de terminar.

Antes de darle tiempo siquiera a colgar la llamada, la puerta del ascensor se abre y tanto Manuela como Carmen entran en escena y se acercan directamente a mí.

—Buenos días, ¿qué tal has dormido? —se interesa Carmen.

—Como un bebé —respondo dedicándole a la anciana una sonrisa.

—Nunca he entendido por qué la gente usa esa expresión cuando la mayoría de los niños duermen fatal —anuncia Manuela.

—Pues también es verdad —reconozco tras pensarlo durante unos segundos.

—¿Llevas mucho esperando? —pregunta Carmen dirigiendo a su nieta una mirada de soslayo.

—Qué va, acabo de llegar.

—Uxía debe de llevar más de una hora conectada a ese trasto —deja caer la anciana, disgustada.

—No lo dudes —confirma Manuela—. Esa chica necesita aprender a delegar.

—Sé delegar —responde la aludida desde su posición en cuanto cuelga la llamada.

—Seguro que sí… —se burla Manuela—. Y yo sé bailar claqué.

—Solo quería dejarlo todo preparado para Brais.

—El chico lleva dos años trabajando aquí, no necesita que tú le dejes hechos los deberes —resopla Carmen.

—Ya lo sé —le responde su nieta frunciendo el ceño—. Quería adelantarle algo de trabajo, ya que hoy va a tener el detalle de ocuparse del suyo y del mío.

—Perfecto, pues ahora que ya lo has hecho, ¿podrías largarte de una vez y dejar de tener al pobre Ben esperando como un pasmarote?

Uxía me dedica una ligera mirada de disculpa.

—No hay prisa —me apresuro a decir—. Además, no llevo aquí ni dos minutos.

Comprendo la necesidad de dejar las cosas atadas en el trabajo, además de que bastante hace con acceder a pasar el día haciéndome de guía cuando estoy seguro de que tendría mil cosas más importantes que llevar a cabo.

—¡Claro que hay prisa! —exclama Manuela—. ¡Hay mucho por ver y debéis aprovechar el tiempo!

—Vosotras dos. —Uxía las señala a ambas de forma alternativa—. No aprovechéis que no estoy para liar alguna de las vuestras.

—¿Nosotras? —replica Carmen haciéndose la ofendida—. ¡Pero si somos unas santas!

—Nada de saquear los postres de Mati, que sabéis que no podéis pasaros con el azúcar —les advierte obviando su respuesta.

—Nos mantendremos alejadas de la cocina —le asegura Manuela tratando de aparentar solemnidad a pesar de que intenta por todos los medios contener una sonrisa.

—No molestéis a los huéspedes…

—Nunca hacemos eso —responde Carmen.

—Ni los atosiguéis a preguntas, ni los interroguéis, ni mucho menos les deis consejos sobre cómo llevar su relación de pareja o su vida privada.

—Que no… Ni una palabra a los huéspedes —contesta Manuela en un tono condescendiente que me da a entender que, por mucho que Uxía les diga, van a terminar haciendo lo que les dé la gana.

—Y, por favor… Por encima de todo, no os quiero a menos de cien metros de los vecinos.

—Mantendremos la distancia de seguridad —bromea Carmen.

—Hablo en serio —insiste Uxía.

—Yo también —responde su abuela.

—Ni se os ocurra espiarlos.

—Por supuesto que no —le asegura Manuela con demasiada vehemencia.

—Ni mucho menos acercaros, meteros en sus asuntos o putearlos de cualquier forma imaginable o inimaginable. Lo digo muy en serio, no quiero más líos, al menos hasta dentro de un par de semanas —las avisa—. Que el tema de Federico, el del tercero, todavía está calentito.

Manuela y Carmen intercambian una sonrisa de orgullo que disimulan al volver a mirarla.

—Vete tranquila, no tendrás queja de nosotras —suelta Manuela.

—Eso, idos de una vez, pesada —la anima Carmen.

Ella las mira una vez más con suspicacia.

—¿Tú estás listo? —me pregunta con los ojos todavía puestos en las dos ancianas, quienes nos observan con la expresión de dos niñas preparadas para su próxima gamberrada.

—Está más que listo —Carmen responde de inmediato por mí.

—Pues entonces vámonos antes de que me arrepienta —dice Uxía girando sobre sus pasos para dirigirse a la puerta.

La sigo y los dos salimos al exterior.

La temperatura es agradable y, a pesar de que el cielo está despejado y luce el sol, el aire fresco me acaricia el rostro dándome los buenos días.

—¿Tienes hambre? —pregunta Uxía echando a caminar por la ancha acera.

—No demasiada, creo que ayer me pasé un poco con la cena —confieso manteniendo su paso.

Alzo la mirada al escuchar a una bandada de gaviotas que planea unos metros por encima de nuestras cabezas con un claro objetivo: los pinchos que se ha dejado sobre la mesa una pareja que estaba desayunando en una de las numerosas terrazas que nos vamos encontrando según vamos avanzando.

Observo como las aves se lanzan en picado sobre los platos que el camarero retira con un movimiento ágil antes de que consigan hacerse con el preciado botín.

Durante unos minutos continuamos caminando en silencio mientras admiro la belleza de los impresionantes edificios de piedra, la mayoría de ellos con cafeterías, discotecas u otros negocios ocupando sus locales a pie de calle.

—Esto es la Alameda —me explica mi improvisada guía turística cuando, al cruzar la calle, accedemos a un parque de tierra que alberga imponentes camelias con flores blancas y de una multitud de diferentes tonos rosados, además de castaños y otros árboles centenarios cuyas raíces descansan y, en algunos casos, sobresalen creando artísticas formas sobre el cuidado césped de los jardines, que están salpicados, además, de bancos colocados de forma estratégica y, en algunos casos, ornamentados con pequeñas estatuas de piedra.

Justo en el punto central una gran fuente redonda y cercada por flores aporta un toque fresco y natural.

—Me gusta mucho este sitio… —confiesa mi acompañante—. Sé que no es demasiado grande, pero cuando era pequeña me encantaba comprar un helado allí —añade señalando una heladería que descubro en uno de los laterales— y venir a comérmelo a uno de estos bancos.

—¿Cuál es tu sabor favorito? —pregunto con curiosidad.

—¿De helado?

Asiento.

—Dulce de leche.

Pongo una mueca de disgusto.

—Eso es como comerte un caramelo derretido.

—Esa es la gracia —afirma—. Un delicioso tofe derretido y frío. —Cierra los ojos e inspira con fuerza, deleitándose en el recuerdo del sabor—. Se me hace la boca agua solo de pensarlo.

—Demasiado empalagoso…

—¿No te gusta el dulce?

—Sí me gusta, cuando era pequeño más que ahora, la verdad.

Me observa durante unos segundos.

—Tienes más pinta de salado, te pega más.

—Ah, ¿sí? —cuestiono con curiosidad—. ¿Y qué pinta tiene la gente a la que le pega el salado?

—No sabría explicarlo…

—Inténtalo —la animo.

Ella medita la respuesta unos instantes.

—La tuya —dice al fin encogiéndose de hombros.

—Esa no es una descripción demasiado detallada.

—¿Cómo qué no? —replica—. No necesitas más que mirarte al espejo para apreciar todo lujo de detalles.

Resoplo.

—Tu hermano, por ejemplo… —deja caer.

—¿Qué le pasa a mi hermano?

—A él sí que le pega el dulce.

La contemplo conteniendo una sonrisa.

—Finn es adicto al azúcar; estoy bastante convencido de que llegará un momento en que, al hacerse un análisis, en vez de sangre, de sus venas saldrá glucosa pura —admito.

—¿Ves? —me dice, feliz de haber acertado, mientras seguimos caminando y cruzamos la calle hacia otros jardines situados justo delante del largo paseo de madera del puerto—. Esas cosas se notan.

Desvío la mirada hacia dos pequeños veleros que se preparan para salir a navegar e inspiro con fuerza, disfrutando del olor salado que siempre impregna el aire al lado del mar.

—Si tú lo dices…

Pasamos de largo la entrada de un centro comercial y nos dirigimos a las escaleras que dan entrada a la terminal marítima por donde embarcan y desembarcan los turistas que llegan a la ciudad en los grandes trasatlánticos que hacen escala en ella cada día.

—¡No me digas que nos vamos de crucero! —bromeo—. Sé que comenté que iba a ampliar mi estancia, pero no sé si tengo tantos días.

—Se trata de enseñarte la ciudad, no de alejarte de ella —me recuerda sonriendo.

Accedemos al edificio y, al subir a la primera planta, nos encontramos con una cafetería alargada, cuya joya es, sin duda, la enorme terraza cerrada por una cristalera a la que se accede atravesando el pasillo principal y en la que se tiene la sensación de estar sentado directamente encima del mar.

—Este sitio es una pasada —digo desviando la mirada hacia los enormes ventanales que ocupan toda la pared lateral y que, en este momento, permanecen abiertos permitiéndonos disfrutar del sonido y la brisa del mar.

—Lo sé —sonríe ella mientras toma asiento en una de las sillas y coloca su teléfono encima de la mesa.

El camarero llega antes de que yo tenga tiempo de imitarla.

—Un chocolate con leche, un trozo de bizcocho y una tostada con mantequilla y mermelada —pide de memoria.

—Un café solo y una tostada con tomate y jamón —le indico al chico, que toma nota de la comanda y se aleja con rapidez.

—Caray, qué serio y qué sano todo —murmura con un tono de cierta desaprobación.

—¿El tomate y el jamón te parecen serios? —cuestiono.

Por toda respuesta, Uxía se encoge de hombros.

—No puedo estar en España y no tomar jamón.

—Eso es cierto —admite.

—Creo que ya has pedido tú suficiente azúcar por los dos —añado.

—No hay mejor forma de empezar el día que endulzándolo un poco —responde.

—Creo que la mayor parte del sector médico tendría bastante que objetar a esa afirmación.

—Eso es porque son todos unos sosos.

—Hablas igual que Finn —la acuso, negando con la cabeza.

—Creo que él y yo nos llevaríamos bien —predice esbozando una sonrisa.