Una historia diferente Capítulo 5 Finn…, el Bocachancla
20%

Capítulo 5 Finn…, el Bocachancla

Finn…, el Bocachancla

Ben

—Siento que hablar con mi abuela no te haya sido de más ayuda. —La voz de Uxía me devuelve a la realidad cuando, al salir del ascensor, estoy a punto de encaminarme hacia la puerta de mi habitación.

Los dos hemos permanecido en silencio desde que nos levantamos de la mesa y salimos del comedor.

Me encojo de hombros intentando aparentar una indiferencia que en realidad no siento.

Lo cierto es que estoy decepcionado y tengo la sensación de que el venir hasta aquí ha sido un error.

Cuando esta tarde conocí a Carmen tuve la absurda certeza de que al hablar con ella se disiparían todas mis dudas y de que, gracias a eso, conseguiría alejar ese nubarrón que se mantiene sobre mi cabeza amenazando tormenta desde que descubrimos las dichosas fotos de mi abuela.

—No te preocupes, han pasado muchos años…, quizás demasiados —murmuro.

Ella asiente y me dedica una sonrisa comprensiva.

—A todo esto, no te sientas obligada a acompañarme mañana, sé que tu abuela y Manuela te pusieron en una situación complicada —digo, porque no quiero incomodarla ni mucho menos hacerle pasar el día entero conmigo cuando es evidente que no le apetece nada.

Ella resopla y pone los ojos en blanco.

—Mi abuela y Manuela siempre me ponen en situaciones complicadas, son especialistas en ello, de hecho, estoy convencida de que es su motivación principal para mantenerse con toda esa energía tan jóvenes y lozanas.

—A pesar de la crítica que encierran sus palabras, no me pasa inadvertido el brillo con el que se ilumina su mirada cuando habla de ellas—.

Pero tranquilo, no hay problema; además, en una cosa estoy de acuerdo con ellas —añade—: Sería una pena que te quedases sin conocer la ciudad ya que has venido hasta aquí.

—¿Segura? —insisto.

—Muy segura —responde ella convencida—. Nos vemos mañana temprano.

—¿Deduzco que eres madrugadora? —Sonrío porque es un rasgo que aprecio y que tenemos en común.

—Siempre —afirma con contundencia—. Me gusta aprovechar el día y estoy convencida de que dormir más allá de lo justo y necesario es una pérdida de tiempo.

—Me encantaría que mi hermano te escuchase decir eso —bromeo.

—¿Es dormilón?

—¿Dormilón? —repito alzando las cejas—. Es como un oso en invierno, lo que ocurre es que en su caso el periodo de hibernación dura todo el año y no solo una estación.

Ella se echa a reír.

Me gusta el sonido de su risa; es suave, natural y envolvente.

—¿A las ocho y media entonces? —sugiero—. ¿O prefieres antes?

—A las ocho y media en la recepción está bien —afirma.

—Buenas noches —me despido antes de dirigirme hacia la puerta de mi habitación.

—Que descanses —responde Uxía antes de girarse hacia su apartamento.

En cuanto entro y cierro la puerta me dejo caer sobre la cama y saco las fotografías del bolsillo para mirarlas una vez más.

El teléfono suena y sonrío incluso antes de contestar al ver el nombre de mi madre en la pantalla.

—Buenas noches, mamá —la saludo.

—Hola, tesoro. Tu hermano acaba de decirme que te has ido de viaje sin avisar. —Parece molesta.

Mi madre es una mujer que valora mucho la independencia, tanto la suya como la nuestra, sin embargo, siempre nos pide que, si nos vamos de viaje, la avisemos antes de despegar y al aterrizar, y tanto Finn como yo solemos cumplirlo a rajatabla.

No obstante, esta vez, dada la finalidad de mi viaje, ambos decidimos mantenerlo en secreto hasta tener más información… Al menos esa era la idea, porque, por lo visto, el bocazas de mi hermano no ha necesitado más que unas horas para irse de la lengua.

Sin colgarle a mi madre, le escribo un mensaje a Finn para saber con exactitud cuántos detalles le ha dado.

Yo: ¿Le has dicho a mamá que he venido a Vigo?

Finn aparece en línea y no tarda más de cinco segundos en leerlo y ponerse a escribir.

Finn: No, solo le dije que habías salido de viaje. Pero no especifiqué ni a dónde ni para qué.

Yo: Tienes la boca más grande que un buzón, habíamos quedado en mantenerla al margen.

Le recrimino mientras mi madre sigue protestando al otro lado de la línea.

Finn: Mamá pretendía venir a visitarnos a los dos esta tarde, algo tenía que decirle para justificar que no estuvieses aquí.

Yo: Una reunión de trabajo que se alarga habría sido una excusa de lo más razonable.

Finn: Sabes que habría insistido en esperar; además, no me gusta mentir y menos a mamá, se me da fatal.

Yo: Claro, y por eso, como siempre, mucho mejor irte de rositas y dejarme a mí el marrón…

—Ben, ¿sigues ahí? —Mi madre eleva un poco el tono para comprobar que la estoy escuchando.

—Lo siento, mamá, fue una salida relámpago por trabajo y se me olvidó avisarte.

—Tú y el trabajo, el trabajo y tú —protesta ella—. A ver cuándo me haces caso y te coges unos días de vacaciones de una vez por todas.

—Pronto, te lo prometo.

—Hay que disfrutar de la vida, hijo, las experiencias y los momentos son lo que nos vamos a llevar de este mundo, créeme, no te va a servir de nada ser el más rico del cementerio.

—Tienes razón —admito, porque sé que la tiene y también porque los dos sabemos que no son ni la necesidad ni la ambición económica las que me llevan a trabajar sin parar.

Ella suspira, dejándome por imposible.

—¿Dónde te han mandado esta vez? —pregunta con resignación.

—Estoy en España, tenemos una reunión importante con un posible nuevo cliente y yo domino el idioma.

Es mentira y, al igual que le sucede a mi hermano, tampoco a mí me gusta mentirle a mi madre, sin embargo, me consuelo pensando que solo lo estoy haciendo en parte, ya que, en el hipotético caso de que mi empresa tuviese alguna reunión en España, es muy probable que sí me eligiesen a mí para representarlos por la razón que le acabo de dar.

—Fue una suerte que la abuela se empeñase tanto en que aprendiésemos a hablarlo —añado con toda la intención.

¿Y si ella tiene más datos de lo que pensamos? ¿Y si está al tanto de todo esto y nunca dijo nada? ¿Y si estoy haciendo el idiota porque he venido a buscar información y en realidad las respuestas estaban en casa?

—Le encantaba —suspira con nostalgia.

—¿Sabes si alguna vez viajó aquí? Quizás cuando era joven.

—No. Por desgracia, nunca se animó a hacerlo. Siempre lo tuvo en su lista de deseos pendientes… Pero, por unas cosas u otras, al final siempre se echaba para atrás, nunca le parecía un buen momento.

Es evidente que ella no sabe nada.

—Qué lástima —murmuro sin dar más detalles.

—Hazme un favor y, ya que estás ahí, disfruta un poco y busca un hueco para hacer algo de turismo en su honor.

Sonrío.

—Eso puedo hacerlo.

—¿De verdad?

—Te lo prometo.

—Manda alguna foto.

—Por supuesto.

—No olvides que eres uno de mis dos hijos preferidos —bromea.

Me echo a reír.

—No tengo demasiada competencia.

—Eso porque tú lo digas.

—Te quiero, mamá.

Nunca me ha costado decírselo; así como mi padre no entendería la definición de la palabra «cariño» ni aunque se la deletreasen, mi madre siempre fue cariñosa por los dos, así que tanto mi hermano como yo estamos acostumbrados a recibir numerosas muestras de afecto de su parte y a corresponderlas.

—Y yo a ti, hijo. Recuerda disfrutar, me lo has prometido.

Nos despedimos y cuelgo con mal sabor de boca por haberle mentido, aunque sigo convencido de que no merece la pena preocuparla por unas fotografías que no tienen explicación ni respuestas.