Una historia diferente Capítulo 4 Más roja que un pimiento morrón
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Capítulo 4 Más roja que un pimiento morrón

Más roja que un pimiento morrón

Uxía

—¿Eso es una esvástica? —La pregunta es ridícula y por el tono en que la formulo suena bastante a acusación, sin embargo, soy incapaz de contenerla antes de que abandone mis labios al mismo tiempo que contemplo tanto a mi abuela como a Ben con los ojos abiertos de par en par y una enorme expectación.

Ambos permanecen en silencio, ella, con los ojos fijos en la imagen, y Ben, estudiando su reacción mientras juraría que contiene la respiración.

—No hay mucho que pueda contarte —murmura al final mi abuela alzando la mirada hasta encontrarse con esos ojos grises que la observan con una mezcla de esperanza, anhelo, confusión y miedo.

—Cualquier dato que pueda ayudarme a aclarar esta situación sería de ayuda —le asegura él sin apartar la mirada en ningún momento.

Mi abuela parece dudar y suspira con pesadez.

—Yo empecé a trabajar en la cocina un par de semanas antes de que Marie llegase al hotel. Tenía dieciséis años recién cumplidos y, como en mi casa el dinero escaseaba y mi madre tenía buena relación con los dueños del hotel, me contrataron como ayudante de la cocinera.

Él asiente sin perder detalle.

—Marie estuvo instalada aquí algo más de seis meses y, durante todo ese tiempo, hizo el pago de la habitación por adelantado, de forma mensual.

—¿En que trabajó mientras vivía aquí? —se interesa él.

Mi abuela ladea un poco la cabeza.

—Colaboraba como profesora de apoyo en el colegio alemán.

—En el colegio alemán —repite Ben pensativo.

Ella asiente.

—Me gustaría poder ayudarte más, pero coincidí poco con ella, porque casi todo el tiempo que estaba en el hotel me lo pasaba metida en la cocina, no interaccionaba demasiado con los huéspedes. Sin embargo, tu abuelo… —añade dirigiendo por primera vez su mirada hacia mí.

—¿Mi abuelo qué? —la apremio.

—Marie era alegre, extrovertida, adelantada a los tiempos que nos tocaron vivir en más de un sentido, siempre tenía una sonrisa dibujada en los labios y tu abuelo y ella enseguida congeniaron y se hicieron amigos.

—¿El abuelo y ella eran amigos? —No escondo la sorpresa que esa revelación me provoca.

Mi abuela asiente.

—Eran de la misma edad y, aunque se habían visto alguna vez en el comedor del hotel, en realidad, cuando empezaron a hablar y acercar posturas fue al coincidir en el autobús que tu abuelo conducía para trasladar a los niños y parte del personal del colegio alemán.

—Eso sí que no me lo esperaba —murmuro.

—Pero entonces… Si su marido y mi abuela eran amigos, imagino que él le contaría algo… en algún momento. ¿Nunca le dijo quiénes son los hombres que salen en esa foto? ¿Ni por qué estaba con ellos?

Ella niega con la cabeza.

—Me temo que no —responde, tomándose unos segundos antes de continuar—. Y, aunque es cierto que alguna vez la vi cenando con hombres, no podría garantizar que fuesen los mismos que aparecen en esa fotografía, ni mucho menos sé cuál es la relación que los unía.

Ben se frota el pelo con ambas manos y después las apoya encima de la mesa.

—Marie se fue de repente, se esfumó sin dejar rastro ni mirar atrás, incluso se dejó la mayor parte de sus pertenencias en la habitación.

—Su mirada se enturbia y parece que su mente ha regresado muchos años atrás—.

Y, cuando eso ocurrió, Antonio se quedó muy afectado por su partida.

Se le veía cabizbajo, ya nunca se reía, no salía con sus amigos, estaba ojeroso e incluso comenzó a perder peso.

—Su voz adquiere un ligero temblor—. Tardó meses en sobreponerse, en volver a sonreír, pero lo consiguió y, para cuando, un par de años más tarde, comenzamos a salir él había vuelto a ser el mismo de siempre y Marie había pasado a formar parte de su pasado, un pasado del que él nunca volvió a hablar y sobre el que yo no quise saber ni preguntar.

—¿Nunca? ¿Nunca le preguntaste nada? —insisto, porque, conociendo a mi abuela, me parece increíble que no le pudiese la curiosidad.

—Jamás —afirma—. Antonio fue el amor de mi vida, llevaba enamorada de él desde que entré a trabajar en el hotel y, cuando se fijó en mí, sentí tanta felicidad que todo lo demás me daba igual.

Sus ojos se fijan en los míos y me dedica una sonrisa cargada de cariño y nostalgia.

—Tu abuelo era atento, divertido, inteligente y cariñoso. Tuvimos la suerte de disfrutar de un matrimonio repleto de momentos felices y siempre tuve claro que eso era lo único importante y que no valía la pena rebuscar en el pasado ni hurgar en viejas heridas que el tiempo ya había cerrado.

Ben parece decepcionado.

—Y puede que lo mejor sea que tú hagas lo mismo —le sugiere, apoyando su mano sobre la que él mantiene cerrada en un puño encima del mantel.

—¿A qué te refieres? —cuestiona él.

—Si Marie nunca os mencionó esa etapa de su vida, igual fue porque decidió que era algo que no necesitabais conocer —susurra ella—. Quizás deberías respetar sus deseos y recordarla como la mujer que fue con y para vosotros.

Él niega con la cabeza y sus labios forman una fina línea.

—Lo siento, pero no puedo dejarlo estar, no tiene sentido —dice convencido—. Nada de todo esto lo tiene.

Inspira con fuerza y prosigue hablando.

—Mi bisabuelo, el padre de Marie, fue fusilado por los nazis en mil novecientos cuarenta y cinco, poco antes de finalizar la guerra, porque descubrieron que había ayudado a escapar a un par de familias de judíos —confiesa—.

Ella misma nos contó que se fue del país en cuanto cumplió los dieciocho, pero siempre imaginamos que se había instalado directamente en Reino Unido, con su madre, y ninguna de las dos volvió a pisar jamás Alemania.

Ni siquiera para visitar a los tíos y los primos que allí le quedaban.

Niega con la cabeza con fuerza.

—Mi abuela era una persona pacífica y sensata. —Inspira profundamente—. Era dulce y empática. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué pintaba aquí y por qué narices llevaba una esvástica? Es incomprensible.

—Siento no poder ayudarte más —se disculpa ella—.

Si se me ocurriese alguien más a quien preguntar, te lo diría, pero ya somos pocos los que quedamos de esos años y, aunque siempre fue amable y educada con todo el mundo, a excepción de con mi marido no hablaba demasiado con nadie… Era bastante reservada.

—¿Y en el colegio alemán? ¿Podrían tener más información sobre ella? —inquiere.

—Cerró hace años —le informa mi abuela.

Deslizo mis ojos hasta Ben, quien asiente con gesto sombrío, y siento lástima al verlo tan desmoralizado.

—Entiendo que estés confuso y que quieras saber más —interviene Manuela, quien ha estado sorprendentemente callada hasta este momento—.

Pero esos tiempos fueron difíciles y oscuros y, aunque dicen que el saber no ocupa lugar, deberías hacerle caso a Carmen: a veces, remover el pasado no aporta nada y es mejor dejarlo todo justo como está.

Ben no parece convencido…

—Lo comprendo, pero mi familia necesita conocer la verdad —dice exhalando el aire y dejándose caer contra el respaldo de la silla con pesar—. Por eso me da tanta rabia haber venido hasta aquí y marcharme tal y como vine.

—Tal y como viniste no. Has tenido el placer de conocernos a nosotras —bromea Manuela para quitarle un poco de presión a la conversación—. Y ya que estás aquí, deberías aprovechar para hacer algo de turismo.

—No tengo el cuerpo para eso, la verdad —refuta él desanimado.

—¡Venga! ¡Al final vamos a tener que darle la razón a tu hermano cuando dice que eres un aguafiestas! —trata de picarlo mi abuela.

—Cierto —la apoya su amiga—. Además, no me digas que no te apetecer pasear por los mismos lugares que estoy segura que recorrió Marie durante el tiempo que estuvo aquí.

Este último comentario parece hacerlo dudar y ella aprovecha el momento para insistir un poco más.

—Además, no puedes quejarte, incluso tendrás guía personal, Uxía te acompañará —anuncia la muy lianta, metiéndome en la ecuación sin molestarse en preguntarme si la idea me apetece o si me parece bien o mal.

—No quiero molestar… —Ben parece dudar y me mira de soslayo.

—¡Qué molestar ni qué nada! ¡Si hasta le haces un favor sacándola de esa recepción en la que se pasa el día metida! —exclama Manuela emocionada.

Le dedico una mirada molesta que ella ignora como si nada.

—¿Seguro? —cuestiona él.

—¡Por supuesto que sí! —responde mi abuela.

—¿Tú estás de acuerdo? Si estás ocupada o tienes planes, no es necesario… —dice nuestro huésped dirigiéndose a mí.

—¡Planes! ¿Qué planes va a tener si se está quedando más pálida que un vampiro de estar todo el día aquí encerrada?

Le dedico una mirada de «te la vas a cargar» que ella esquiva sin inmutarse.

—Eso no es cierto, hago planes con Mati muy a menudo —replico.

Mati, diminutivo de Matilde, que es nuestra talentosa cocinera y mi mejor amiga.

—Dudo que tirarse horas en el sofá viendo Netflix o salir a inspeccionar cómo avanzan las obras del barrio puedan catalogarse como planes, a no ser que ya hayas cumplido al menos los cien años —murmura mi abuela.

—Ni siquiera habiéndolos cumplido —la corrige Manuela.

Aprieto los dientes, molesta.

—No nos tiramos horas en el sofá, y mucho menos inspeccionamos las obras del barrio —replico alzando el mentón—. A veces vamos al cine.

—La última vez que fuisteis las películas aún debían ser en blanco y negro —susurra mi abuela.

—Y salimos a tomar algo o a pasear —añado ignorándola—. Lo cual, por si no lo sabéis, es buenísimo para la salud.

—También lo es el sexo y no catas varón desde que lo dejaste con Tomás —anuncia Manuela en voz alta y clara, dedicándome una mirada de lo más afilada.

—A ese desgraciado ni lo nombres —la avisa mi abuela—. Como escuche de nuevo su nombre, me va a sentar mal la cena.

Ben observa la escena con atención y, aunque no la ha pedido, Manuela se apresura a darle una explicación.

—Tomás era el novio de Uxía, estuvieron juntos dos años, pero a mí nunca me gustó… Le hizo un sinfín de promesas y, en cuanto le salió un trabajo fuera, a las dos semanas la dejó.

—No creo que Ben necesite más detalles —digo molesta entre dientes.

—Tienes razón, tesoro —concede mi abuela—. Pero Manuela también la tiene al decir que el sexo es importante y hace años que no pones ningún empeño en practicarlo —añade.

Parpadeo repetidas veces y me pongo más roja que un pimiento del piquillo mientras trato de asimilar lo que este par de… brujas acaban de decir en voz alta. ¿Cómo se les ocurre ponerse a dar detalles sobre mi vida personal? ¡Esta vez me las cargo! ¡Vamos que si me las voy a cargar!

¡Es que no me puedo creer la perla que acaban de soltar! Ni yo ni Ben quien, a juzgar por su expresión, no sabe si descojonarse de la risa, hacer como que no lo ha escuchado o salir disparado.

—Eso no es verdad —respondo en tono contenido—. Y, de todas formas, no entiendo a qué leches viene sacar a colación el tema de mi vida sexual.

—O de la falta de ella… —musita Manuela sin sentir ni pizca de culpabilidad.

Aprieto los puños sobre las piernas y siento tanto calor en las mejillas que temo que de un momento a otro me explote la cabeza mientras la contemplo como si estuviese a punto de saltar sobre la mesa.

Mi abuela interviene tratando de poner algo de paz entre las dos.

—Cariño, lo que Manuela quiere decir es que igual deberías buscar algunas aficiones un poco más emocionantes y acordes a tu edad.

—Tengo toda la emoción que necesito —respondo escueta.

—Todavía no has cumplido los treinta y eres más paradita que uno de esos árboles que están ahí plantados en la acera —comenta Manuela quien, al parecer, esta noche se ha propuesto tocarme las narices porque tiene ganas de fiesta.

—No soy paradita —replico poniendo especial énfasis en la palabra.

—¡Anda que no! A este paso, el valiente que se atreva a quitarte las telarañas de ahí abajo va a necesitar por lo menos una motosierra —responde ella como si tal cosa.

Si pensaba que no podía sentirme más abochornada, me equivocaba, porque ahora sí que acabo de escalar a tal nivel de vergüenza que debería llamar a los del Récord Guinness, porque estoy convencida de que acabo de batir todas las marcas en apenas un par de segundos y sin moverme de la silla ni hacer siquiera el amago de levantarme de la mesa.

Sobre todo, cuando veo a Ben contemplando a la anciana divertido y con la cara tan roja de tratar de contener la risa que parece a punto de empezarle a salir humo por las orejas, y la verdad no comprendo dónde le ve la gracia.

Por lo que a mí respecta, era mucho más divertido cuando era su hermano quien lo estaba poniendo a él a caldo.

Estoy tan cabreada que ni siquiera me salen las palabras, lo que la muy… no sé ni cómo llamarla aprovecha para continuar.

—Solo lo digo porque nos preocupamos por ti —comenta fingiéndose afligida.

Manuela me quiere como a una nieta, sé que lo hace, pero le encanta darme caña, y esta vez se le ha ido de las manos a la muy majadera.

Achico los ojos y Ben carraspea a mi lado.

—Yo no quiero ser una molestia. Si estás ocupada, no hace falta…

—No hay problema —respondo un poco más seca de lo que era mi intención.

—¿Estás segura? —lo pregunta acercándose un poco hacia mí y en un tono algo más bajo.

—Segura, me vendrá bien tomarme un descanso y perder de vista a estas dos elementas durante un rato —lo digo tratando de dejar mi enfado a un lado, porque no ha sido él quien lo ha provocado y, por lo tanto, no tiene por qué pagarlo—.

Brais puede encargarse de todo —añado refiriéndome al chico que se convirtió en mi segundo mejor amigo desde que lo contratamos a media jornada hace algo más de un año.

—Por supuesto que puede —se apresura a afirmar mi abuela.

Ben estudia mi cara con semblante dubitativo; no es tonto, y es consciente de que he aceptado por obligación y no porque en realidad tenga ganas de acompañarlo.

Al final, asiente, dedicando al par de liantas con las que compartimos mesa una sonrisa de agradecimiento que incluso a mí me resulta deslumbrante.

—Supongo que la empresa no se irá a pique porque alargue un poco mi visita. Estoy seguro de que sobrevivirán sin mí un día más.

—No hay nadie indispensable en esta vida, con los años os daréis cuenta de que, falte quien falte, el resto del mundo nunca deja de girar —asegura Manuela señalándonos a los dos con el dedo—. Además, ¿no dijo tu hermano que llevabas tres años sin coger vacaciones?

—Eso sí, si voy a quedarme, insisto en pagar por la habitación —afirma Ben con firmeza.

—¡Qué pagar ni qué gaitas! ¡Eres nuestro invitado, no hay discusión! —replica mi abuela llevándose un trozo de empanada a la boca y dando así por finalizada la conversación.