Capítulo 2 Se puede ver el mar
Se puede ver el mar
Ben
En cuanto cierro la puerta y dejo la maleta en la que llevo mis cosas apoyada en una esquina, echo un vistazo a mi alrededor.
La habitación no es grande en exceso, pero sí acogedora, muy luminosa y con un agradable aroma a mora.
Todas las paredes son blancas, a excepción de la que ocupa la cabecera de la cama, la cual luce decorada con un suave papel pintado en tonos verde agua.
El mobiliario es sencillo: una cama grande, dos mesillas, un armario y un escritorio, todo fabricado en madera de lo que, por el tono, juraría que es nogal.
No hay cortinas, pero sí un estor de tela fina y delicada que permite el paso de toda la claridad que penetra a través de la ventana.
Me aproximo hacia ella y sonrío al descubrir las impresionantes vistas de la hermosa ría de Vigo mientras me pregunto si mi abuela las habría disfrutado cuando estuvo aquí y, en caso de ser así, si le parecieron tan bonitas como a mí.
Un par de minutos después decido darme una ducha antes de bajar a cenar, y entro en el baño que, al igual que la habitación, no es nada ostentoso, pero sí práctico y cómodo.
Ducha amplia, toallero calefactor y toallas limpias… No es el Ritz, pero para el tiempo que voy a quedarme resulta más que suficiente.
Mis músculos, agarrotados a causa del viaje, comienzan a relajarse poco a poco en cuanto siento la agradable sensación del agua caliente resbalando sobre mi piel, sin embargo, mi cabeza es incapaz de dejar de darle vueltas a lo mismo una y otra vez.
Que el hotel siga existiendo y haber encontrado a Carmen sin duda es un golpe de suerte con el que no contaba, algo que me facilitará mucho las cosas a la hora de aclarar todas las incógnitas que he venido a resolver.
El gel del dispensador desprende un agradable aroma a limón, y aspiro con fuerza, impregnándome de él al mismo tiempo que me froto el pelo con ambas manos y echo la cabeza hacia atrás para permitir que el agua me resbale por la cara.
Espero que este viaje merezca la pena y me valga para poder quitarme de encima esa zozobra de la que no consigo deshacerme desde que descubrí esas fotos de mi abuela.
Minutos más tarde, cierro el agua, salgo y me seco con una toalla antes de volver a mi habitación, justo en el momento en que mi móvil suena avisándome de que está entrando una videollamada.
En cuanto descuelgo, la cara de mi hermano aparece al otro lado de la pantalla.
—¿Has encontrado la dirección de la foto? —se interesa, impaciente, sin molestarse siquiera en saludar.
—El viaje bien, gracias por preguntar —respondo.
—Sigues vivo, es evidente que el viaje ha ido bien —refunfuña—. ¿Has encontrado el sitio o no?
—Estoy en él ahora mismo —digo moviendo la pantalla para mostrarle una panorámica de la habitación.
—Basándome en tu respuesta, deduzco que, tal y como pensábamos, era un hotel —comenta.
—Lo era y lo sigue siendo… —afirmo—. Es un hotel familiar. No me cabe duda de que por dentro ha sufrido reformas a lo largo de estos años, pero esa fachada de piedra es inconfundible, sigue estando igual que en la foto.
—¿Qué tal tu habitación? —se interesa él.
—¿Necesitas que te haga una visita guiada? —me burlo.
—No, gracias, solo preguntaba por educación.
—Eso pensaba —respondo—. Pero, por si te interesa, la habitación está bien y desde la ventana se puede ver el mar.
—Mientras no tenga que meterme dentro o ponerme a nadar eso siempre es un plus —replica arrugando la nariz.
—Ni que le tuvieses alergia al agua —resoplo.
—Para nada, me encanta la de la bañera y, a poder ser, caliente.
—Eres terrible… —lo acuso.
—Dime algo que no sepa… —murmura a la vez que pone los ojos en blanco—. Ahora, volviendo a lo importante: ojalá puedas encontrar alguna respuesta. La curiosidad me está matando. —Suspira, estoy convencido de que debe de haber alguna explicación razonable.
—No me extraña, siempre has sido un cotilla de cuidado —lo acuso, a pesar de que en este caso yo tengo las mismas o incluso más ganas que él de encontrar información.
—Sería una estupidez negar lo evidente, pero, en este caso, no se trata de eso —replica—. Es que no comprendo qué narices hacía nuestra abuela rodeada de esos hombres y con eso en el brazo. —Un gesto de repulsión se adueña de su cara de forma natural.
Lo pienso durante unos segundos; yo también soy incapaz de dejar de preguntarme eso.
—Con un poco de suerte, pronto entenderemos lo que pasó en mil novecientos cuarenta y siete —afirmo—. He conocido a una mujer que coincidió con la abuela por aquel entonces, cuando ella estuvo aquí.
—¿De verdad? —Me contempla asombrado.
—Sí, me reconoció por el tono de los ojos.
—Ahhh, eres un suertudo, fuiste el único en heredar la preciosa mirada de la abuela —comenta mi hermano frunciendo el ceño—. Pero, volviendo a lo de esa mujer… ¿Cuántos años se supone que tiene?
—Pasa de los noventa, eso seguro —admito—. Pero, como comprenderás, no me dio por preguntarle su edad.
—¿Y crees que es fiable? Me refiero a que a esas alturas de la vida a veces los recuerdos pueden fallar.
Su duda es razonable, pero, si hubiese conocido a Carmen, ni se lo plantearía.
Niego con la cabeza y sonrío.
—Está más lúcida que tú y que yo juntos —le garantizo.
—¿Y cuándo se supone que vas a tener la oportunidad de volver a hablar?
—Esta noche he quedado para cenar con ella, con su amiga y con su nieta —le informo.
Su mirada se ilumina al otro lado de la pantalla.
—¿Nieta?
—No te emociones ni te montes historias en la cabeza.
—¿Por qué? ¿No es guapa?
La imagen de Uxía se abre paso en mi cabeza.
Su cabello es largo, casi hasta la mitad de su espalda, y castaño; tiene unos expresivos ojos de color caramelo, labios carnosos que frunce con facilidad, y la piel blanca y delicada con un tono sonrosado en las mejillas cuando se enfada… No hay duda de que es muy bonita.
—No es gran cosa —miento—. Además, me mira como si quisiera matarme.
—¿Quién es ahora el peliculero? —se carcajea.
—No, en serio, es evidente que no le he caído especialmente bien.
—Será porque has desplegado una dosis extra de tu encanto natural —se burla.
—No comprendo por qué dices eso —protesto.
—Te quiero, no me queda otra porque eres mi hermano y estoy obligado a ello —declara—. Pero tienes que reconocer que a simple vista pareces un bloque de hielo.
—Y dale —murmuro.
—Además de un poco chulo y bastante esnob.
—No soy chulo y mucho menos esnob —replico.
—No lo eres, pero lo pareces —matiza.
—No todos podemos vivir en los mundos de Yupi como tú.
—Ay, hermano, y lo bien que se vive. Cuando quieras le digo a Yupi que te invite.
Contengo una sonrisa. Está claro que es un caso perdido.
—Mejor tú quédate en tu mundo y yo, en el mío.
—¿A qué hora tienes que bajar a cenar? ¿No deberías terminar de prepararte?
Echo un vistazo a la hora.
—Todavía tengo algo de margen, sabes que aquí llevan otros horarios.
—Está bien, pero mantenme informado —me exige señalándome con el dedo.
—A sus órdenes —bromeo.
—Lo digo en serio —afirma—. Voy a salir con unos amigos, pero el teléfono va a ser como una extensión más de mi cuerpo.
—Qué raro —me burlo, porque siempre está pegado al móvil.
—Así que —añade ignorando mi comentario— cuando vuelvas a la habitación llámame para ponerme al día, sea la hora que sea.
—Hecho —acepto.
—Te lo advierto —insiste—: Ni se te ocurra venirme luego con alguna de esas patéticas excusas del tipo quería dormir o me moría de sueño…
—No son excusas, lo que ocurre es que no todos podemos ser murciélagos como tú —me excuso.
—Ya podías haberme comparado con algún otro animalito un poco más glamuroso o sofisticado —protesta poniendo una mueca de disgusto.
—Que sí, que te llamo cuando vuelva a la habitación, pero ahora me tengo que ir, todavía tengo que vestirme y al final se me va a acabar echando el tiempo encima.
Nos despedimos, me pongo unos vaqueros negros y un jersey gris claro, me paso las manos por el cabello para tratar de ordenarlo un poco y, después de calzarme, cojo mi móvil, la tarjeta de la habitación y salgo del cuarto.
A pesar de estar en el quinto, en lugar de tomar el ascensor, me dirijo a las escaleras y comienzo a bajarlas observándolo todo con atención.
El pasamanos de madera es una auténtica obra de arte, estoy convencido de que es una pieza original, y en las paredes hay cuadros pintados al óleo y muchas fotografías antiguas, algunas en blanco y negro y otras ya a color, de diferentes zonas de la ciudad.
El puerto, una pequeña playa en cuya orilla un grupo de mujeres se afanan recogiendo redes de pesca, una barca de madera un tanto destartalada.
Me detengo delante de la imagen de un autobús.
—Era de mi abuelo.
Estoy tan ensimismado contemplándola que la voz que suena a mi espalda me sobresalta y doy un respingo de forma involuntaria.
Al girarme descubro a Uxía, la nieta de Carmen, justo detrás de mí, contemplando la foto del autobús con una sonrisa dibujada en su cara y cierta añoranza empañando su mirada.
La observo con atención.
Así, tan de cerca, descubro algunos detalles en los que no había reparado cuando el mostrador de recepción ejercía de barrera entre los dos.
Su pelo huele a manzana ácida, el iris de sus ojos alberga algunas pequeñas motitas de color ámbar, tiene unas cuantas pecas en la parte alta de la nariz y sus pestañas son espesas y largas.
Apenas lleva maquillaje, una ligera línea en el interior del ojo y brillo de labios, pero es que tampoco le hace falta.
Es unos centímetros más baja que yo y, a pesar de que tiene curvas, no resulta exuberante, más bien está delgada.
—Di por hecho que tu abuelo trabajaba en este hotel… —comento devolviendo la mirada a la fotografía de la pared cuando me pilla demasiado centrado en su cara.
Ella se encoge de hombros.
—El hotel lo fundaron mis bisabuelos, que eran sus padres, pero él nunca quiso trabajar aquí, era conductor de autobús y le encantaba.
Es evidente lo mucho que lo quería, porque cuando habla de él su tono se dulcifica.
—La que sí lo hizo fue mi abuela, su mujer, a la que acabas de conocer. Mis bisabuelos la contrataron como ayudante de cocina cuando tenía dieciséis años, así fue como se conocieron, y después, cuando se casaron, dejó la cocina y empezó a ayudarlos a gestionar el hotel.
Permanezco unos segundos más contemplando las diferentes imágenes antes de volver a dirigirme a ella.
—Siento mucho que te hayas visto obligada a darme alojamiento —me disculpo con sinceridad. Las palabras de mi hermano me han hecho pensar que quizás su actitud arisca se debiese a que la primera impresión que se llevó de mí no fue la ideal.
—No pasa nada —responde de forma educada, a pesar de que los dos somos conscientes de que tenerme aquí no le hace ni pizca de gracia.
No la culpo, a mí tampoco me gustaría meter a un extraño en mi casa. Así que insisto.
—Aun así, de verdad te lo agradezco. Es importante para mí estar aquí.
El brillo que cruza sus ojos me indica que acabo de despertar su curiosidad, pero se limita a asentir y no pregunta nada.
—Deberíamos ir bajando —sugiere señalando las escaleras con un movimiento de cabeza antes de empezar a descender por ellas—. Sé de dos que están ansiosas y que ya te están esperando.
La sigo en silencio e inspiro con fuerza… Suelo tener un control de las emociones del que me enorgullezco y por eso me cuesta tanto admitir lo nervioso que me pone esta cena.