Capítulo Veintiuno
Anne bajó a saltitos los últimos escalones de la gran escalera, que conducía al amplio salón Tudor, alrededor del cual se había construido el resto de Dalen Court, a lo largo de los siglos.
Se detuvo en la galería de los músicos, donde ellos afinaban sus instrumentos, y contempló con deleite la escena festiva, que se extendía bajo ella.
Un alegre fuego ardía en la gran chimenea, donde se había encendido un tronco navideño, esa misma tarde.
Ramas de árboles de hoja perenne, entrelazadas con cintas rojas y doradas, adornaban la barandilla, mientras que otras colgaban de las paredes.
La luz de las velas brillaba sobre las bayas rojas y blancas de los acebos y los muérdagos.
Largas mesas repletas de jamones, frutas, costillas de rosbif, pasteles y tartas de todo tipo se extendían, a lo largo de dos lados del salón.
Pero lo que realmente hacía que la escena fuera festiva eran los aldeanos que llenaban el salón, ataviados con sus mejores galas.
Las mujeres y las niñas, con vestidos de todos los colores, contrastaban con los hombres, que parecían algo incómodos con sus abrigos oscuros impecablemente cepillados y sus brillantes corbatas.
La emoción y la alegría eran casi palpables.
Las voces de los niños resonaban con risas, los adultos se saludaban alegremente y el chirrido de los violines, mientras los músicos los afinaban, aumentaba la expectación.
Justo cuando Anne se disponía a abandonar la galería, vio a Lord Laurence, conde de Sherbonne, sirviendo un vaso de ponche a la anciana señora Whitby.
Él se disculpó amablemente cuando aquella señora, a quien Anne había visto por última vez con las mangas remangadas y el delantal salpicado de barro, mientras limpiaba su gallinero, lo regañó por no llenarle el vaso hasta el borde.
El corazón de Anne se llenó de orgullo y casi estalló del amor, que sentía por su prometido.
Él se apartó de la señora Whitby con una reverencia para reírse con algunos niños, que pasaban corriendo y le tiraban de los faldones del abrigo, y luego saludó con seriedad al viejo Jim, que parecía algo incómodo lejos de su habitual cabaña de pastor.
El conde no se aferraba a su dignidad, no esperaba que los demás se inclinaran ante él, solo por ser rico y tener título nobiliario.
La puerta principal se abrió, dejando entrar a un grupo de aldeanos y granjeros, que charlaban animadamente, junto con la nieve que caía arremolinada.
Un lacayo cerró rápidamente la puerta exterior para protegerse del frío, y Anne se alegró enormemente al ver a Eva entre los recién llegados.
Con un grito de júbilo, Anne dejó su sitio en la galería y bajó corriendo las escaleras.
—Eva, ¡oh, Eva! Me alegra tanto verte.
Eva se rió, ante el entusiasta saludo y abrazó a Anne. Luego se apartó y observó a su amiga con atención. Asintió con satisfacción, mientras se arreglaba la falda azul oscuro. —Me alegra verte tan bien, después de todo lo que has pasado.
Anne ladeó la cabeza y sus ojos brillaron de risa y alegría.
—Imagínate, hace dos meses pensaba que estaría atrapada en un matrimonio con el señor Hargrave y ahora, bueno…
—Miró al otro lado del salón, donde Laurence inspeccionaba un gran pastel de frutas, bellamente decorado, señalándoles a algunos de los niños más pequeños, dónde creía que estaban las cerezas más jugosas.
Sus ojos se detuvieron en él, mientras terminaba su pensamiento—.
Ahora me voy a casar con el hombre más maravilloso del mundo.
Eva abrazó a Anne, pero no pudo resistir la tentación de bromear con ella. —Así que la próxima vez que te vea, tendré que hacer una reverencia y llamarte milady.
La risa se apagó en los ojos de Anne. —No, por favor, no. —Dirigió una mirada angustiada a su amiga—. Sé que Lord Laurence me ama, pero desearía que casarme con él no signifique que tenga que convertirme en una aristócrata.
Eva rodeó con el brazo el hombro de su amiga.
—Siempre seré tu amiga, aunque nos movamos en círculos sociales diferentes.
—Una tierna sonrisa suavizó su rostro, cuando un joven y robusto granjero se acercó.
La voz de Eva se redujo a un susurro—. Rory Thompson me ha pedido matrimonio, así que seré la esposa de un granjero y tú serás una condesa.
—¡Oh, me alegro muchísimo! —Anne le dio un beso en la mejilla a Eva—.
Espero que me invites a la boda. —Su rostro se endureció—.
Mi abuelo, el conde de Brazington, era insoportable.
Nunca creyó que nadie sin título, ni siquiera su hijo menor, mereciera su atención.
No quiero perder a mis amigos solo porque voy a ser una lady.
Lady Amelia, la duquesa de Broadwell, llegó justo a tiempo para escuchar estas palabras.
Tomó la mano de Anne entre las suyas. —Querida amiga, usted lleva entre nosotros el tiempo suficiente para saber que no todos los aristócratas son como su abuelo.
Entre nuestros amigos contamos con personas de todos los estratos sociales, aunque debo admitir que las convenciones a veces dificultan pasar tiempo con la gente que realmente aprecio.
—Le sonrió a Eva—. He oído hablar mucho de usted, y creo que se llevará muy bien con nosotras.
El duque había seguido a Amelia, y ahora le posó la mano en el brazo. —¡Ya basta, jovencita! A la gente le cuesta seguir su parloteo. ¡Venga! Los músicos están a punto de empezar a tocar y creo que me ha prometido bailar el primer baile conmigo.
Cuando los duques se alejaron, Rory Thompson dio un paso al frente. Le sonrió a Anne, pero le puso una mano posesiva en el hombro a Eva. —Si no nos unimos a uno de los grupos, ahora, no habrá sitio para nosotros. —Hizo una reverencia a Anne—. Con su permiso, milady.
Anne y Eva se rieron entre dientes, cuando los músicos comenzaron a tocar una melodía animada. Eva siguió a su prometido y le prometió a Anne: —Hablaremos más tarde.
Anne sonrió al verlos, pero luego echó un vistazo al salón abarrotado, sin estar del todo segura qué se esperaba de ella.
Se sintió un poco decepcionada que Lord Laurence no la hubiera buscado para el baile de apertura, pero intentó reprimir su ansiedad.
Justo cuando decidió sentarse en una de las sillas, junto a la pared, Lady Lydia apareció frente a ella.
—Bueno, hija, me alegro de haber enviado a Sullivan para que la ayudara con su atuendo.
Usted se ve muy bien. La ha peinado de maravilla, y esa suave seda verde realza el color de sus mejillas y sus ojos.
Tiene razón. Su tez no combina bien con los blancos y cremas que se espera que usen las jóvenes de la alta sociedad.
Le apagan el rostro, mientras que este tono la hace lucir radiante.
El rostro de Anne se sonrojó. Logró saborear el halago y dejar de lado el disgusto. —Gracias, milady. No estoy acostumbrada a vestirme elegante, y la señora Sullivan fue de gran ayuda.
—Pronto usted será mi nuera, así que no hay necesidad de tanta formalidad. ¡Ah! Aquí está Laurie... Se ha tardado en venir a buscar a su pareja de baile —lo reprendió con suavidad.
Lord Laurence ignoró a su madre y se centró en Anne.
La observó como si fuera una obra de arte, que contemplaba por primera vez, y lo que vio le complació enormemente.
Un brillo posesivo apareció en sus ojos, mientras le extendía la mano.
Anne tomó la suya y enderezó los hombros, dejándose guiar por él para unirse a los bailarines.
Anne intentó ignorar las miradas curiosas y los susurros que resonaban entre los aldeanos, mientras tomaba su lugar, y por un instante olvidó todas las lecciones de baile que Laurie le había dado.
Sentía los pies pegados al suelo, y le era imposible moverse, pero entonces alzó la vista, y vio a Laurie sonriéndole con aprobación y con la ternura del amor en los ojos.
Se dejó llevar por la música y liberó sus pies.
Cuando terminó el baile, Anne se reía con la pura alegría de vivir y amar.
Abandonó la pista de baile con la mano firmemente entrelazada con la de Laurie.
Él la guió entre la multitud hacia la mesa, donde se habían dispuesto jarras de limonada, poncheras y barriles de cerveza.
Laurie le ofreció un vaso de ponche, que ella bebió con gratitud.
Al dejar su vaso vacío en la bandeja de un lacayo que pasaba, vio a Myra Hargrave sentada tranquilamente sola, al fondo del salón.
Tiró de la manga de Laurie. Él dejó de hablar con el granjero Haigh y siguió a Anne.
Myra llevaba un vestido lila que Amelia, de su misma talla, le había prestado.
El color le sentaba bien, pero aún tenía los ojos pesados y las manos apretadas con fuerza sobre el regazo.
Se sobresaltó cuando el conde se acercó.
Tras apretarle la mano a Anne, él regresó a la mesa de los refrigerios, dejando a las mujeres conversando.
—¿Usted está bien? —preguntó Anne—. ¿Hay algo que pueda traerle?
Myra intentó sonreír. —Estoy bien. No me sentía tan cómoda, desde hace muchos años, pero me siento un poco abrumada.
Ya no estoy acostumbrada a tanta gente. He olvidado cómo socializar.
Durante tantos años, las únicas personas que veía eran la señora Lumb, su hijo y mi hermano.
—Su boca se tensó al pronunciar la última palabra.
Anne le tomó la mano. —Bueno, la señora Lumb y su hijo ya no la molestarán, y estoy segura que el conde también la protegerá de su hermano.
Laurie había regresado justo a tiempo para escuchar a Anne. Le ofreció a Myra un vaso de limonada. —Nos aseguraremos que esté a salvo.
Myra dio las gracias al conde. Mirando a Anne, dijo: —Pero, ¿qué va a ser de mí?
—Primero, necesita tiempo para recuperarse y volver a acostumbrarse a la gente común. Luego, cuando se sienta más fuerte, la ayudaremos a encontrar un puesto adecuado. Pero no tiene que preocuparse por eso.
Myra asintió. —Pero, ¿qué pasa con mi hermano? ¿Cómo impedirá que me lleve de vuelta a su casa? Desafortunadamente, según la ley, él es mi tutor hasta que me case.
—Eso es lamentable, en efecto —coincidió el conde—.
Sería muy difícil acusarlo de algún delito concreto.
—Anne lo miró con indignación en los ojos—.
Jovencita, un tribunal consideraría que él tiene derecho a dirigir a su hermana, como mejor le parezca, y en cuanto a secuestro, dado que se habían leído las amonestaciones matrimoniales y usted se escapó el día de su boda, a él lo considerarían la parte perjudicada.
—¡Esto no es justo! —protestó Anne.
—No, no lo es, pero lamentablemente, la ley no otorga ningún derecho a las mujeres.
Quizás eso cambie algún día, pero, por ahora no podemos llevar al señor Hargrave ante el magistrado.
Pero, no todo está perdido. —Sonrió a las dos mujeres—.
Al obispo no le complació la conducta del señor Hargrave y no aprobará su nombramiento como vicario en Sheriton.
El obispo cree que al señor Hargrave le resultará difícil encontrar un puesto, en Inglaterra, y le ha recomendado que considere un cargo en las colonias, en Australia o Sudáfrica.
—Así que ahora podemos divertirnos sin preocupaciones —dijo Anne riéndose, mientras volvía a llevar a Laurie, a la pista de baile.