Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4)
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Capítulo Uno
Lord Laurence George Roland Daillencourt, conde de Sherbonne, se recostó en el largo y cómodo sofá de cuero de su biblioteca en Dalen Court Manor, y saboreó un sorbo de exquisito brandy francés.
La acogedora habitación, con sus cálidos tonos rojizos y marrones propios del final del otoño, lo protegía del frío de la noche de noviembre.
Con un suspiro de satisfacción, observó el fuego ardiendo alegremente en la gran chimenea de piedra y escuchó la charla tranquila de sus amigos.
Había un placer especial en la camaradería de los buenos compañeros.
Reprimió una risita. Si los miembros de la alta sociedad pudieran leerle la mente, su reputación de libertino que coqueteaba sin reparo, jugaba con aparente imprudencia y solía estar tan borracho, como cualquier lord inmoral, quedaría destrozada.
Clarissa soltó una risita cuando su esposo, el vizconde Anthony Donnington, la sentó en su regazo.
Lord Sherbonne los observaba con los párpados entrecerrados.
Una sonrisa se asomó en las comisuras de sus labios.
Exteriormente, él se quejaba que la incorporación de mujeres a su pequeño grupo perturbaba la camaradería que habían compartido desde su primer día, en Eton, pero interiormente, el conde era lo suficientemente honesto como para admitir que Amelia, Charlotte y Clarissa aportaban riqueza y alegría a la vida de sus amigos, y una extraña sensación de satisfacción a la suya.
Se alegraba por ellas, complacido que hubieran encontrado la felicidad en el matrimonio.
Tragó un sorbo de brandy, intentando ahogar el pensamiento persistente que, por muy felices que parecieran, el amor no era más que una fábula, una ficción creada por mujeres que querían atraer a los hombres a sus astutas trampas.
Su propia experiencia había demostrado cuán voluble y frágil era realmente el amor.
Con un gruñido sordo, ante la desagradable tendencia de sus pensamientos, vació su copa de brandy, sumergiendo los dolorosos recuerdos en la reconfortante riqueza del alcohol.
La puerta se abrió y su madre, Lady Lydia, entró en la biblioteca.
Sus ojos penetrantes recorrieron la habitación, viendo a su hijo, antes de posarse en Charlotte, la esposa del marqués de Raeburn.
Aquella joven estaba arrodillada sobre un gran y mullido cojín, a los pies de su marido, con una tierna mirada, mientras apoyaba la cabeza en la rodilla de Theo y la mano de este hombre le acariciaba suavemente el cabello.
La mirada penetrante de Lady Lydia se suavizó y acarició la cabeza de Charlotte. —¿Cómo está querida? ¿Se encuentra bien?
—Sí, gracias, Lady Lydia —ronroneó Charlotte, mientras Theo colocaba su mano posesivamente sobre la protuberancia de ese abdomen.
—Si necesita algo, avíseme —dijo Lady Lydia, lanzando una mirada fulminante al conde—. Al fin y al cabo, parece poco probable que mi hijo me complazca con nietos, a quienes mimar, así que tendré que consentir a los hijos suyos.
Sherbonne alzó su copa en un saludo irónico, aunque una sonrisa cariñosa suavizó su mirada y le dio un aspecto casi juvenil, en lugar de parecer un hombre que se acercaba rápidamente a los treinta.
—Un plan excelente, mamá. Si tienes otros hijos a los que atender, puedes dejar de insistirme con lo de casarme.
Lady Lydia frunció el ceño, mientras los demás se reían, pero sus ojos reflejaban comprensión y preocupación.
—Algún día recordarás que necesitas una esposa, y espero que no sea demasiado tarde para que encuentres el amor...
Un día, Laurie, abandonarás esta absurda idea que el matrimonio es algo que debe despreciarse y evitarse.
Un día, te darás cuenta que el amor verdadero aporta una riqueza y una belleza a la vida que superan la mayor alegría que hayas experimentado hasta ahora.
—Le dio una palmadita en la cabeza a Charlotte y asintió a Clarissa, que estaba acurrucada en el regazo del vizconde Donnington, bebiendo brandy de la copa que él le acercaba a los labios—.
Después de todo, fíjate en el buen ejemplo de felicidad conyugal que te han dado Theo y Tony.
La alegría en los ojos de Laurence se atenuó. Sus amigos tal vez fueran tan ingenuos como para limitarse a una sola mujer, para enamorarse sin pensarlo dos veces, pero él sabía que no era así. No volvería a ser un tonto por ninguna mujer. ¡No otra vez!
El barón Adam Loxley, el cuarto del grupo de amigos, sonrió ante las palabras de Lady Lydia, pero dirigió una mirada preocupada a Laurie. Desvió la atención de su amigo. —Si hubiera más jóvenes como ellas, más hombres estarían felizmente casados, en lugar de llevar una vida de soltería solitaria.
El conde le arrojó un trozo de papel arrugado a su amigo, que Adam atrapó con destreza. —No hay nada de solitario en mi soltería. Tengo muchos compañeros muy agradables —declaró con un tono algo enérgico.
Adam se rió, arrojó el papel al fuego y dijo: —Tienes muchos conocidos, pero pocos amigos de verdad. Proteges tu corazón y tu alma con tanto celo que pocas personas son lo suficientemente persistentes o valientes, como para traspasar tu guardia.
Lord Laurence miró a su alrededor, a los hombres que habían sido sus amigos desde su primer día en Eton.
Compartían la misma visión de la vida, los mismos intereses y provenían de entornos similares.
Y eran, aparte de su madre, las únicas personas a las que permitía ver más allá de la fachada de libertino que había construido alrededor de su corazón.
Con una mirada severa, murmuró: —Cuanto más dejes que la gente se acerque a ti, mayor será la posibilidad que te traicionen, te lastimen, te abandonen.
Solo Adam estaba lo suficientemente cerca para oír el murmullo de Laurie.
El barón le dio una palmada, en el hombro, a su amigo con un gesto de comprensión, pero no dijo nada.
En cambio, tras echar un vistazo rápido al lugar, se dirigió a la mesita auxiliar donde siempre había una jarra de brandy de cristal lista para los invitados del conde.
—A todos nos vendría bien un poco más de brandy —declaró, intentando recuperar la cordialidad anterior.
Una vez que su propia copa estuvo llena, llevó la jarra hasta donde Clarissa, sentada en el regazo de Donnington, pasaba la lengua por el borde de la copa de su marido, apurando las últimas gotas de brandy.
El barón le sonrió, reflexionando sobre lo mucho que había cambiado desde la remilgada y perfecta dama de la alta sociedad que había sido hacía tan solo unos meses.
—Tres matrimonios en menos de dieciocho meses —destacó Loxley, mientras se acercaba a Laurie, que seguía recostado en el sofá, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa.
Adam vertió el líquido color ámbar intenso en el vaso de su amigo—.
Eso nos deja solo a ti y a mí. ¿Te gustaría apostar a quién de los dos se enamorará y se casará próximamente?
Theo se rió. —Apuesto a que el próximo potrillo de Saturno será Laurie.
Tony le dio un beso en la mejilla a Clarissa y dijo: —Aunque me encantaría ganar una apuesta así, no lo veo posible. Creo que ganará Adam, así que aceptaré tu apuesta y apostaré uno de mis cuadros.
El conde de Sherbonne estiró las piernas, mientras se recostaba sobre los cojines del sofá.
Sacudiéndose la inesperada melancolía, que le habían provocado sus pensamientos anteriores, soltó una risita.
—Cualquiera que apueste por mí, seguramente perderá.
Tu caballo estará a salvo, Theo. No caeré en la trampa del vicario, antes de tener al menos treinta y cinco o cuarenta años.
—El conde bebió un trago de brandy, antes de añadir—, seguro que, Lox, no estás dispuesto a renunciar al tipo de placer que disfrutamos la semana pasada en Briar House.
—Su voz adquirió un tono inusualmente lastimero—.
¿De verdad crees que sería mejor renunciar a todas esas mujeres exquisitas y limitarte a una sola persona por el resto de tu vida?
Loxley esbozó una leve sonrisa, mientras rellenaba la copa de Theo. —Lo pasamos muy bien esa noche. —Hizo una reverencia cortés a Lady Lydia, que se había acomodado en una silla cerca del fuego—. ¡Pero mejor no escandalices a tu madre, contándole lo bien que lo pasamos en compañía de Lady Sylvia!
Sherbonne cerró los ojos, evocando los recuerdos de aquella noche.
Dos mujeres muy ansiosas le habían chupado el pene con entusiasmo, mientras Adam jugaba con los senos de una tercera. Después, los dos se unieron a la deliciosa Lady Sylvia, en una de las habitaciones privadas, donde la poseyeron juntos, una y otra vez, durante toda la noche.
Sherbonne agitó su brandy con inquietud, mientras recordaba cómo se habían quedado dormidos todos juntos.
Normalmente, no pasaba la noche en la cama de las mujeres con las que se acostaba, pero había sido extrañamente placentero con Lady Sylvia acurrucada contra su pecho, y Adam extendido a su otro lado.
El sonido de esos suaves ronquidos y la intimidad de despertar juntos le habían resultado profundamente satisfactorios.
Con un encogimiento de hombros mental, Sherbonne desterró esos pensamientos traicioneros.
Theo se inclinó hacia adelante y le dio una palmada en el hombro a Lord Laurence.
—Disfrutar de placeres pasajeros era divertido, antes de conocer a Charlotte, pero es mucho más gratificante darle placer a la mujer que amo.
—Para ilustrar su punto, deslizó la mano por el escote del vestido de Charlotte y le acarició el pecho, pellizcándole el pezón entre los dedos y sonriendo cuando ella soltó un pequeño grito.